Los buenos vecinos

En pleno verano, con la ciudad medio desierta, es muy refrescante ser bienvenida en la casa de un buen vecino… ¡Gracias!

Amor al primer verso*

Amor al primer verso, es un cuento de la escritora mexicana Alejandra Díaz Ortiz, productora de televisión, guionista, promotora cultural y productora de conciertos (representó a Joaquín Sabina en México y una de las socias y promotoras de “La tres catorce”, librería y algo más, que se inauguró hace poco en el madrileño Barrio de Chamberí. Espero que este cuento os guste tanto como a mí.  J.L.Soba(seguir leyendo)

*** Este cuento forma parte del libro Cuentos chinos, editado por Trama editorial, con prólogo de Luis Eduardo Aute. El libro va por su cuarta edición…

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cuentos-chinos

 

 

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Y ella, ¿qué?

Ella denunció. Ella tuvo que sostener su denuncia. Tuvo que revivir una y otra vez el episodio. Ella ha tenido que defender la credibilidad de unos hechos que aún siguen bajo sospecha. Ella, con sus apenas dieciocho años.

Casi un año después, con un año más, sigue siendo demasiado joven para encajar el despliegue mediático que han suscitado sus «abusadores» según sentencia judicial. Demasiado joven para asumir por qué ellos pueden estar en libertad, hacer fiestas e, incluso, sonreír. Ella es demasiado joven para entender porque a ella se le cuestionó durante el juicio que retomara su vida normal, la de una jovencita que no ha llegado a los veinte años. Se le cuestionó ir a fiestas con sus amigos. Usar camisetas con frases «impropias». Se le cuestionó haber bebido alcohol. Se le cuestionó haber besado al chico que le había gustado. Ella es demasiado joven para comprender porqué, ese chico que le había gustado, la ofrendó, cual trofeo de caza, al resto de su manada.

Esa chica era, en ese momento, demasiado joven para intuir la perversión humana.

Y ahora me la imagino evitando ver las caras y sonrisas de los condenados que, gracias a esa persecución mediática, se van convirtiendo en sutiles victimas de la ira pública, que se revuelve al ver a uno de los condenados pedir que les dejen hacer una vida normal. A sus familiares diciendo que los dejen en paz, que son unos buenos chicos. A sus vecinos divididos, entre la furia y la complacencia. Me pregunto qué siente cuando ve a una joven, casi de su misma edad, decir ante un micrófono, que ella se lo ha buscado.

Puedo imaginar su dolor de estómago al ver a las novias, parejas, mujeres, defendiendo a sus machos condenados, culpabilizando a la víctima, porque, claro, ellos son bien machos. Tan machos que hasta se pueden reproducir estando en la cárcel.

Ella sigue siendo demasiado joven para entenderlo. Ella es todas las ellas que son demasiado jóvenes. Nosotras, todas las mujeres, lo seguimos siendo como para comprender por qué la ley continua haciéndonos responsables de cuidarnos de los malos.

Me pregunto qué pasará si uno, o todos los condenados de la manada puesta en libertad provisional, bajo  argumentos tan nimios como el de que la pérdida del anonimato les impedirá reincidir en el delito, lo vuelven a hacer.

¿Sería, entonces, condenada como culpable la víctima por haberse dejado «abusar» de alguien tan conocido, tan poco anónimo?

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libre

Al margen de la red

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Hace unas semanas decidí darme unas vacaciones de Facebook. Fue a raíz de una charla con un amigo que no solo se tomó vacaciones, sino que directamente cerró su cuenta. Y lo hizo ante el temor de quedarse sin amigos, de los de carne y hueso.

¿La razón? Ir descubriendo, entre posts y comentarios, lo que opinaban, y hasta defendían con vehemencia, sus amigos ante determinadas situaciones y que no se correspondía con la imagen que se había forjado de ellos/ellas a lo largo de años de amistad.

Se sintió superado por las furibundas reacciones ante sus propias opiniones; la intolerancia a discrepar de algunos o la complacencia de otros. Se dio cuenta que le resultaba difícil quedar a tomar una cerveza con ellos sin que salieran a relucir sus últimos comentarios en el caralibro y, por consiguiente, se sucediera una retahíla de reproches y resentimientos. Al final, volvía a casa con la sensación de haber perdido el tiempo, y a más de un amigo.

De pronto pasó de ser un tipo buen rollito a ser etiquetado como rojo por unos, conservador por otros. Insensible por no solidarizarse con ciertas causas. Bobo por sus gustos musicales. Demasiado intelectual por sus argumentaciones. Capitalista por sus vacaciones en Dubái y pobre, por haberse quedado en el paro… etc… etc…

Un buen día, un fallo técnico le dejó sin internet ni móvil, lo que le impidió, durante toda una mañana, su cita con las redes. Si bien al principio tuvo cierta angustia, esa desconexión le sirvió para reflexionar sobre las horas que invertía en mantenerse “enredado” en los muros de los demás. Pensó en que el  tiempo que invertía en quitarse los enfados, era inversamente proporcional al que había dejado de tener para salir a pasear, tomar café, sentarse en una terraza a leer un libro, llamar a la familia o ir al cine. Por no hablar de la privacidad que se había olvidado por el camino…

Siente, sin duda, que ahora vive más feliz y relajado. Queda con sus viejos amigos y siempre tienen muchas cosas que contarse. Ha sustituido la vida de los demás por varias películas interesantes. También está descubriendo un montón de sitios muy interesantes que han abierto en los últimos tiempos y de los que no tenía ni idea. Y, por si fuera poco, su dolor de espalda ha mejorado muchísimo, pues ya no vive con el cuello doblado sobre el móvil.

Me aseguró que vivir al margen de la red, es muy, pero que muy excitante…

Y no le sobraba razón a mi querido amigo: desde que no me conecto a la red azul camino más ligera. Del ánimo se me han ido problemas y angustias ajenas. De la cabeza, algunas malas ideas. Ahora, cuando quiero saber cómo están mis amigos, los llamo por teléfono y quedo con ellos. Y tengo que hacer el esfuerzo de recordar sus cumpleaños, porque no hay algoritmo que me lo diga. Es más, desde que no tengo facebook, me han llegado tres invitaciones en papel, con su sobre y su sello, como las de antes. De hecho, en cuanto termine con esto, me pondré a escribir una carta. Tengo pluma, papel y sobre.

Y tiempo…

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conexión

La princesa y el ministro

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– Desde que sales con ministros…

– ¿Yo? ¡Anda, déjate de bobadas!

– Pues entonces es que ya no te gusto, que ya no me quieres ver. Será que soy músico…

– A ver, a ver… ¿Con quién se fue la princesa después del concierto?

– Conmigo

– ¿En que cama ha despertado la princesa esta mañana?

– En la mía

– ¿Y con quién está hablando la princesa en este momento?

– ¡Joder,  pues estás hablando conmigo!

– Entonces, ¿quién ha ganado en esta historia? ¿El ministro o tú?

– ¡Por supuesto que yo!… ¿Es que acaso lo dudabas?

– ¿Yo? ¡Pero qué cosas dices!…

En realidad el que ganó fue el ministro que, una vez conseguido el más primitivo de los objetivos, utilizó su astucia para librarse de un futuro miserable al lado de la puñetera princesa…

Moraleja

Ten cuidado con lo que deseas…

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Woman with Guitar 1988, Fernando Botero

Woman with Guitar 1988, Fernando Botero.

 

Van Gogh

Todo lo que uno pueda imaginar, otros pueden hacerlo realidad.
(Julio Verne)

 

Ella

Me invitó a comer y yo me sentía muy feliz. Había estado fuera más de una semana y me moría de ganas de verlo. Lo había echado tanto de menos…

Él

La invité a comer. Pensé en llevarla a un sitio agradable. Un entorno relajado, aire limpio, cielo abierto. Nos iríamos a la sierra. Estaba seguro de que aquel entorno ayudaría.

Ella

Me recogió puntual. Parecía tener la misma urgencia que yo por nuestro encuentro. Le planté un ardiente beso al verlo. El arrancó hacia la carretera.

Él

Al verla tan sonriente, tan guapa, tan esperándome, me sentí feliz por un instante. Me besó. Un cosquilleo me recorrió todo el cuerpo. Enfilé el coche hacia el norte.

Ella

La comida fue estupenda. Me puso al día de su viaje mientras bebíamos vino y dábamos cuenta de un exquisito pulpo a la brasa. Luego me invitó a dar un paseo por el campo. Me sentí enamorada.

Él

Tenía que llevarla a caminar. En campo abierto todo sería más fácil. Así, sin más vueltas.

Ella

Pasmada me quedé. Muda, noqueada, cual boxeador antes de caer a la lona. El maldito canalla no había podido escoger mejor paisaje para mandarme a la mierda.

Si su propósito era anular mi resistencia, lo consiguió sin mucho esfuerzo. Además, tuvo la cortesía de regalarme el mejor recuerdo de mi peor desgracia con aquel bello y bucólico campo pintado de girasoles que se extendía delante de mi desconcierto. Crueldad supina la suya. Me llevó hasta ahí para cumplir con la última voluntad del condenado: buena comida y la visión de algo hermoso, justo antes de morir.

Creo recordar que comenzó con un “Lo siento, no es por ti. Me equivoqué. Yo creí que un nosotros sería posible…”.  Sé que en algún momento dejé de escucharlo. Su voz se iba transformando en un susurro muy lejano, mientras mi vista se perdía en los infinitos campos pintados de amarillo girasol. Pensé en Van Gogh. Entendí, en ese instante, la triste languidez de sus pinceladas.

Él

Bueno, tal parece que no se lo tomó tan mal. Resultó mejor de lo que yo esperaba. Me dejó hablar y, sin decir ni reclamar nada, se volvió a subir al coche.

En el camino de vuelta, lejos de hacer el drama que yo temía, me fue hablando de aquel pintor que se cortó una oreja. Sí, ese que se hizo célebre pintando girasoles. Creo que se mató, ¿no?

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Los girasoles

Acampada 2017

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El 5 de junio de 2011, bajo el pretexto de que me tocaba firmar en la caseta de Trama editorial, en la Feria del Libro de Madrid de aquel año, terminamos convocando a amigos, escritores y gentes del buen beber, a la que llamamos Primera Acampada Trama, que no era más cosa que un animado picnic sobre el césped del Retiro, justo detrás de la caseta.

Por aquel entonces nos observaban, paseantes y feriantes, con cierta curiosidad, algo de reprobación y, estoy segura, una poquita de envidia (de la buena, claro está). Incluso no faltó el gracioso que se acercó a saludar y, ya de paso, a preguntar con sorna, y una buena dosis de mala leche, que si tan mal nos iban las ventas como para no poder comer en un restaurante, sentados en una silla, como todo el mundo.

Lo cierto es que lo pasamos tan bien, que la convivencia se prolongó hasta que terminaron por echarnos de nuestra pequeña “parcela”, con la graciosa ayuda de los aspersores.

A partir de ese año, en cada Feria, convocaba, junto con mi editor, una nueva edición de firmas y acampada. Cada vez se acercaban más amigos, dispuestos a disfrutar de unas horas sentados en el césped. La cosa era simple: cada uno traía sus viandas y bebidas, que compartíamos entre todos.

Desde aquella primera vez, en años sucesivos, hemos venido observando como varios feriantes, al principio timidamente, han ido colocando sus manta-manteles en el prado, hasta tal punto, que el año pasado fue necesario estar al loro -en plan Benidorm- para conseguir lugar. (Y es que la gracia es hacerlo justo detrás de la caseta, por aquello de que el autor en turno de firmas, pueda salir pitando para atender a sus lectores.)

Pero las cosas van cambiado y el césped también. Desde el año pasado, a saber si por la crisis del sector o por la ecología, los picnics cobraron una gran relevancia, de tal modo que ahora hasta se hacen carteles e invitaciones muy formales, avaladas por diversas editoriales y/o editores, para convocar a variopintos picnics, a cada cual de más alcurnia y mejor mantel.

Así que, dado que el pretexto para sacar el guacamole, el tequila, las empanadas, la ensaladilla, el chicharrón, la tortilla de patata, y muchos etcéteras más, ha pasado a ser de dominio público, este año los amigos de la caseta 195 de Trama editorial, nos vamos a ir a comer a un restaurante, sentados, como todo el mundo,

Sirva pues, este post, para comunicarles que este año 2017, NO HACEMOS ACAMPADA TRAMA. Y que quien quiera venir a compartir mesa y mantel con nosotros, los amigos, los de siempre, está cordialmente invitado (a pachas, por supuesto), el último sábado de Feria.

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Primera Acampada Trama

Primera Acampada Trama, 5/06/2011