Bruma

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Cuán lábil es la razón.
Le basta un puñado de niebla
Para volver a ti.

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niebla

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Revistas que entretienen a un hombre solo

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Debe ser algo inherente al ser humano la atracción por el peligro. Sentir la excitación que provoca poseer un secreto importante y el placer de la adrelina a tope. Supongo que el saberse elegida para formar parte de una misión harto compleja, sin pensar en todo lo que aquello  acarreará en un futuro,  será lo que nos incita a bordear e, incluso, traspasar los límites.

Esta reflexión la hago a propósito del escándalo suscitado por la entrevista de Sean Penn al Chapo Guzmán, con intermediaria famosa incluida. Y es que me ha venido a la memoria una anécdota que viví en primera persona y que me hizo sentir, en su momento, como una aplicada discípula del agente de Cipol.

Por aquel entonces llevaba varios años siendo la representante de Joaquín Sabina en México, entre otros artistas. En cuanto al país, era el momento de máxima efervescencia del movimiento zapatista. Estoy hablando del otoño de 1996.

A mitad de la gira de aquel año, una tarde de descanso, apareció por el hotel de Paseo de la Reforma, donde tenía hospedado a todo el grupo, cantante incluido, un conocido periodista que en aquel entonces trabajaba en Radio Educación. Su aparición fue más bien extraña, con mucho halo de misterio, casi podría afirmar que llevaba capa y sombrero. Tenía dos misiones a cumplir: entregar una carta a Sabina, firmada de puño y letra por el mismísimo Subcomandante Marcos. También portaba una invitación personal para ir al territorio liberado. El caso es que, como yo ya conocía al intermediario, fui convocada a formar parte de la “misión secreta”. Joaquín recibió la famosa carta del Dolor de Muelas, que luego se convertiría en canción. También aceptó la invitación para reunirse con el sub. ¡Cómo negarse a tal distinción!

Pocos días después, entre concierto y concierto, fuimos convocados a una segunda reunión, también secreta, para que nos explicaran todo lo relacionado al viaje. El encuentro, al que solo acudimos Sabina y yo, fue en una librería cafetería del barrio de Mixcoac. Su manager había decidido escurrirse de aquel asunto.

Así pues, aquella tarde nos enteramos que tendríamos que viajar hasta San Cristóbal de las Casas. Que ahí nos recogería una furgoneta. Que había unas ocho horas de viaje por carreteras y caminos, seguros pero incómodos. Que en el campamento no se permitía ni el alcohol ni las drogas. Que una vez estando ahí, el sub aparecería en cualquier momento, “por seguridad, él no vive ahí”, aclaró el organizador, y que podrían reunirse el tiempo que les hiciera falta (por supuesto, a mí, en este apartado, me excluían. Tan solo me admitían como “dama de compañía”.).

El enviado especial se deshizo en alabanzas y piropos al artista. Repitió, al menos cinco veces, lo mucho que el sub le admiraba. “Siempre está escuchando sus discos, maestro.”.

Antes de despedirnos, Sabina preguntó al interlocutor si le hacia falta algo al sub: ¿Tiene cd, grabadora, pilas, libros? ¿Qué le puedo llevar? El periodista/enviado/mediador sonrió, pícaro. Me guiñó un ojo y, bajando la voz, le respondió: “Unas revistas”. Sorprendido, Joaquín repitió la pregunta: “¿Revistas?… ¿De música, de arte, de política, españolas?…”
“No, no, no… – rechazó el otro- revistas de las otras. De las que entretienen a un hombre solo…”.

De regreso al hotel, no pudimos evitar reírnos de tan inesperada petición. Por supuesto que Sabina me pidió que comprara un buen lote de tan peculiar literatura.

Acordamos la fecha. Yo me haría cargo de llevarme a Joaquín hasta San Cristóbal. Tan solo teníamos cuatro días para toda la aventura, pues a la siguiente semana tenía un concierto en España. Por su parte, el manager se llevaría de regreso al resto del grupo.

El caso es que, la noche anterior a nuestro viaje, algo debió pasar por la cabeza de Joaquín: o una pereza infinita a la logística del viaje o cierto titubeo ante lo que se le podría venir encima. Prefiero pensar que fue lo primero, pero lo cierto es que me pidió que cancelara la visita. Que alegara que un inesperado y urgente asunto familiar (¿Un dolor de muelas?, le pregunté irónica.)  le obligaba a volar a Madrid de manera inmediata, cosa que así hizo.

Antes de salir hacia el aeropuerto, Joaquín me entregó una fotocopia de la carta firmada por el Sub Marcos. Fue la primera vez que yo la leí completa. Me pidió que hiciera todo lo posible para que algún periódico mexicano la publicara. Él estaba convencido que ese sería un importante apoyo al movimiento zapatista.

Así lo hice. Contacté con un amigo periodista que trabajaba en el periódico Crónica (ignoro si sigue existiendo). Le mostré la carta y le transmití el deseo de Sabina. Por supuesto que le encantó la idea, aunque no tenía muy claro que el periódico estuviera dispuesto a publicarla. Lo consiguió: publicó la famosa carta en sábado y a doble página. Parece ser que aquel día agotaron la edición.

Y así fue como yo NO conocí al sub. Pero lo habría hecho sin dudar…

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Cleopatra

 

 

al poeta Antón Castro



“Tuvimos tiempo. Pero no el suficiente.”
(Liz Taylor)


Cuidado con ese momento en que el recuerdo te traicione y enmascare la nostalgía. Cuando lo amargo se transmute en imperioso deseo. Cuando lo feo se tiña de ensoñada belleza y la ausencia se troque en incómoda presencia.

Atento a ese instante en que te descubras añorando el infernal averno de aquella indeleble mirada.

De esa, y no de otra.

Entonces, justo en ese preciso instante, huye del teléfono más cercano como quien huye de la peste.

Házme caso, por tu bien, no escudriñes en las buenas intenciones. Recuerda que se envenenaron de palabras no cumplidas. No lo olvides.

Corre. Conjura la insensata tentación de volver atrás. No te detengas. Blasfema contra tus miles de demonios.

Porque es inútil, Marco Antonio, te lo aseguro. Ni yo, el mismísimo Burton, lo conseguí.

Los ojos de ella jamás cambiaron de color…

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Where are we now?

En No hay tres sin dos (Trama editorial, 2014), incluí mi muy personal homenaje a uno de los míos. Lo sabía desde entonces: lo haría en domingo. Ese maldito día en el que ni los héroes se animan… Buen viaje, Bowie…

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Trama editorial.

                                                                                      No hay tres sin dos, (Alejandra Díaz Ortiz, 2014)
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Paradoja

Te quiero pero no contigo…

 

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Los amores de Kafka

Del libro “Los amores de Kafka” de Nahum N. Glatzer

(Ediciones del Subsuelo, 2015)

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La perversión de la palabra

¡Ojo con las palabras!

A veces transitan del amor al odio sin apenas darnos cuenta…

Día Internacional contra la

Violencia de Género

Microvideo

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Objetos olvidados

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En el metro de Madrid, domingo, 13,40 pm. Línea 6 hacia Legazpi. Nos subimos en el primer vagón. Enfrente de nosotros viajaban dos chicos de aspecto ¿africano? A nuestro lado, un paquete bastante grande en el suelo.
Di por hecho que aquello pertenecía a los chicos, hasta que ellos se bajaron y el paquete se quedó ahí, abandonado.
Yo, que siempre voy curioseando todo en el metro, me sobresalté. Instintivamente nos alejamos del paquete y caminamos hacia la parte de atrás, rogando que apareciera algún agente de seguridad, dudando si debíamos tirar de la palanca de emergencia, en caso de no encontrarlo.
Afortunadamente, dos estaciones más adelante, vimos a uno en el andén. Desde la puerta le hicimos señas para que se acercara. El uniformado dudo varios segundos, aunque terminó por subir al vagón acompañado de un hombre alto, decidido, vestido de civil, que hizo una seña al conductor para que detuviera el arranque. Luego, se acercó directamente al paquete en cuestión, lo recogió sin más miramientos y abandonaron el vagón, no sin antes comentar que parecía ser la pantalla de una lámpara.
Mientras llegábamos a nuestro destino, el resto de “compañeros de viaje” nos miraban y se miraban entre sí, creo que con cierto alivio. Me pareció que todos seguimos viajando en silencio.
Esta anécdota, que en otro momento habría tenido otro tipo de reacción, al menos de mi parte, me llevó a reflexionar tres cosas:
Una, había hecho lo que había que hacer.
Dos, me aterró la poca precaución del hombre vestido de civil. No digo más.
Tres, que me niego a vivir con paranoia, pero…

(Pd.- Luego nos encontramos con mi amiga Paloma, que nos contó el caso de una pequeña niña abandonada en Atocha, de donde ella venía…)

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Carlos Monsiváis (Escritor, México 1938/2010.)

Carlos Monsiváis (Escritor, México 1938/2010.)

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