Paracetamol

Si hay un sabor, un aroma, una textura que a la mayoría de los mexicanos nos acerca a la infancia y al calor familiar es, sin duda, el de una buena sopa.

¿Cómo entender la comida mexicana sin un generoso plato de sopa de pasta, de primero?

Por eso, cuando a once mil kilómetros de distancia me da por echar de menos los cuidados maternales −esos que todo lo arreglan con una sopita bien caliente−, máxime si me está atacando una buena bronquitis, pues me voy directo a la cocina y me preparo una generosa perola.

Vaya por delante que me encanta la sopa de nadal (típica catalana) y la sopa de cocido madrileño, que son muy ricas, pero de aspecto paliducho para mi gusto. En cambio, la sopa mexicana es tan coloradita, tan llena de color. Y de calor. Y yo la echo de menos.

Así que anoche, con 37,4º en el termómetro, escalofríos por medio, me puse manos a la obra. Quería mimos, pero estaba sola. Necesitaba recuperar mi cuerpo. Dispuse un par de cucharadas de aceite en una olla y la puse al fuego. Una vez caliente, le eché la pasta que tenía: conchitas. Pero se pueden usar fideos finos o gruesos; municiones, letras, estrellitas, coditos, moños, etc… Desde un puñado por persona, si les gusta la sopa aguada; o dos o más, si les gusta espesa. Yo soy de doble ración. De mimos y de pasta.

A la vez, puse en la licuadora jitomate coloradito (tomate rojo), cebolla y un diente de ajo. Lo licue muy bien. Hay quien lo pasa por el colador, yo no. Cuando la pasta estuvo bien impregnada por el aceite (sin que llegue a dorar), le incorporé el jitomate molido y le agregué un litro de caldito de res. También se puede usar caldo de pollo. Si no hay a mano caldo hecho, pues se le agrega agua y una pastilla de caldo.

Yo le pongo un poco de cilantro, pues me gusta mucho el gusto que le da. Pero, por ejemplo, mi madre le echaba espinacas (y así nos las colaba en la comida). Mi abuela, en cambio, le echaba “menudencias” (higaditos de pollo). A veces, mi hermana le echa verduras. El caso es que la sopa de pasta admite cuanta variante se nos ocurra, incluso, al servir, se le puede echar queso (yo lo hago) o, hasta un huevo cocido (como lo hacía mi padre).

Veinte minutos después, sudando como un pollo, me sentí reconfortada tras dar buena cuenta de un sabroso plato de sopa bien caliente. Luego me metí a la cama, me arropé con la manta, como si fueran los mimos anhelados, y me quedé dormida, por primera vez en los últimos días, sin toses ni miasmas.

Pues oigan, que me he levantado en franca mejoría… Y es que, lo que no remedie un buen plato de sopa caliente, no lo remedia ni el paracetamol…

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La mochila

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Ayer, a propósito de unos textos que estoy transcribiendo, comentaba con MO que desde mi juventud no había vuelto a leer, ni a escuchar, términos como “dictadura del proletariado”, “la revolución de las masas”, “centralismo democrático”, “moral comunista”… Y es que el texto en cuestión tiene  mucho que ver con una ardiente defensa de la Revolución Cubana, allá por el año 1974.

Así, lo último que podría imaginar es que hoy me despertaría con la muerte de Fidel Castro. Es curiosa la vida.

Hace cuatro años que escribí “Los hijos de la Revolución”  (publicado en Pizca de sal, Trama ediorial),  un cuento en el que imaginaba un “diálogo imposible” entre Fidel y el Ché acerca de sus respectivos hijos. Y es que yo nací en, crecí con  y heredé la defensa de aquella revolución. Aún recuerdo a mi padre con su eterna sudadera de la bandera cubana. En mi casa familiar, Cuba era Cuba. Y punto.

Hoy, tras la triste noticia, tengo la sensación que, de pronto, me he hecho mayor. Fidel era la última referencia viva de mi infancia y juventud como activista revolucionaria, cuando la mochila la tenía llena de ideales, energía y sueños para cambiar el mundo. Hoy, la mochila se ha quedado vacía…

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El 25 de noviembre de 1956, zarpa de Tuxpan (Veracruz, México) el barco Granma rumbo a la revolución cubana. Fidel Castro eligió ese mismo día, pero de 2016, para zarpar a otro plano.

Cocido madrileño

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Mientras yo trataba de ahogar las carcajadas con una cucharada de sopa, provocadas por la enésima tontería que acababa de presumir el novio de mi hermana,  va éste y me suelta:

−  No te rías, colega. Como me ves, te verás… Algún día TÚ también serás un cuñado…

Aún recuerdo como recalcó el «tú», con el índice extendido, mirándome a los ojos. Utilizó un tono similar al de las mujeres del ramito de romero cuando rechazas que te lean la mano.

Un intenso escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Mi mano temblorosa tuvo que soltar la cuchara, agriándome el relleno y los garbanzos con los que mi abuela inauguraba el otoño familiar.

Al caer la noche, con el estómago revuelto, afectado aún por aquella maldición, me juré en silencio que mi próxima novia sería hija única, huérfana a ser posible.

No me pregunten cómo terminé casado con Soledad, la cuarta de ocho hermanos…

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Misantropía 4.0

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Te subes al vagón. Compartes trayecto con veinte, treinta extraños, atrapados en la red.

Pasas por el bar a tomar café. Miras a un lado y a otro: seis personas abducidas por el móvil, incluído el camarero.

En la sala de espera están ocupados todos los asientos. Desde un rincón, cuentas veinte pacientes abstraídos en su íntimo mundo virtual. Sus  apellidos, uno a uno, son reclamados por una pantalla. No los conoces ni los vas a conocer. En todo caso, tu única certeza es que les duele algo. Igual que a ti.

De regreso, te paras a hacer la compra. Vas esquivando a un montón de semejantes ajenos a ti. En la caja, una mujer te da unas desgastadas buenas tardes. Parece tener un nombre propio: lo lleva impreso en una chapa sujeta al pecho. Agradeces ese sútil toque de humanidad. Le devuelves el saludo.

Vuelves a casa. En tu edificio hay veinticuatro puertas que resguardan historias que no te afectan. Solo conoces al portero. En realidad, solo sabes que dice llamarse Ángel porque un día te envió un mensaje para avisarte de la llegada de un paquete. De su vida, ni remota idea.

Colocas las viandas. Cuando llevas el jabón al baño, te chocas en el espejo con una mirada baldía que te observa inquieta.

Se te ocurre que sería una buena idea colgarte una chapa como la de la cajera…

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