Desde tu amada Ínsula…

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Ajuste de Cuentas (III)

Esta mañana me has pegado duro, querido. ¿Será por qué dormí ocho horas seguidas? O quizá le estoy tomando gusto a esto de sentirme triste. Vamos, yo creo que no, pero, a la mejor, en esta nueva vida me convierto en una masoca, que creo que es de las pocas cosas que me faltan por hacer.

Pues eso, que estaba yo a lágrima abierta cuando sonó el teléfono. Una voz me pregunta qué si tendría algún problema en que tu amada Ínsula publicará un artículo In memoriam y yo que voy y pongo a Bach, con quien te gustaba corregir galeradas.

¿Cómo habría de molestarme tal acción? Lo extraño es que no lo hicieran, pues treinta y cinco años de tu vida se quedaron entre sus páginas. ¿Recuerdas la broma qué te solía hacer respecto a la revista? «Has tenido muchos amores, pero a la única que le ha sido fiel es a ella, a tu Ínsula» Y, por eso, cuando te la arrancaron de las manos, tu dolor debió ser tan intenso como el qué yo ahora mismo tengo. Tarde y mal lo he entendido.

Un merecido ajuste de cuentas, pienso y cuelgo el teléfono.

Me sumerjo, tranquila,  en el Trío Sonata III en d minor…

Ajuste de Cuentas (II)

Sí hay algo que me reconforta en esta desolada «ínsula» desde la que emprendiste tu vuelo que, de tan previsto me pilló totalmente de imprevisto, es recordar el homenaje que te hicieron el 8 de febrero. Sobre todo, los preparativos y el «post-partido» como dirías tú.

Saber que te has llevado en la maleta las palabras, los abrazos, los besos y los versos de los que bien te querían, respetaban y hasta te admiraban (cosa que nunca quisiste aceptar) me llena de un profundo orgullo.  Y además, te has llevado tu libro entre las manos: el mismo que comenzaste a escribir el mismo día en que nos conocimos y del que adelantaste el verso final.

Esto es de lo que más duele: ya no habrá más versos esperando a ser leídos en tu pequeña libreta negra con lomo rojo. Ya no hay más lecturas de madrugada de Cernuda o de Otero o de Cirlot o de la Pizarnik…

Me dicen que la gente no se marcha, qué se queda en el recuerdo. Pero llevo cuatro noches en que tu recuerdo no me besa. No me mira con sus ojos bien abiertos ni me sonríe de medio lado y me pregunta (sabiendo la respuesta de antemano) « ¿Es qué acaso ya no me quieres?» Te encantaba hacerlo, para que yo respondiera: «Por supuesto que no, ya lo sabes» Entonces, me llamabas brujilla mentirosa.

Por cierto, ayer me hiciste un reclamo. Hay una persona a la que parece que hemos olvidado en medio del caos. Una persona a la que tú querías inmensamente. Te sentías muy orgulloso de ella. Quizá fue ella la que comprendió, antes que nadie, tu inmenso dolor. Se volvió tu cómplice y abierta defensora cuando yo te echaba la bronca. Le gustaba mucho venir al pueblo y estar contigo, picándote con el Barça.

Con ella pasamos las navidades de los últimos siete años: siempre te traía regalitos que te gustaban mucho. De hecho, en tu pasado cumpleaños, el único regalo que recibiste te lo dio ella: el último disco de Serrat, que ya no fuiste capaz de escuchar.  Nos fuimos de vacaciones varias veces. La quisiste invitar a ella y a Aurelié a Lisboa para descubrirles sus rincones. Las introdujiste en la poesía portuguesa, hablándoles de Camöes y de Pessoa y de Ángel Campos… Le descubriste tu Asturias y a tus amigos, que después se han hecho de ella. La ayudaste para que se fuera a Gijón a hacer aquel curso…

Se te llenaba la boca al llamarla mi “hijastra”. Te sentiste un padrastro satisfecho cuando terminó la carrera. Con ella pasaste muchas horas y muchos paseos hablando de la vida, de la poesía, de los dos. Guardaste como un tesoro aquel poema que te escribió y leyó en tu cumpleaños del 2009. Entonces, le pediste que siguiera escribiendo, pero, sobre todo, que no dejara de leer.

Pues, yo la primera, no supe ver el gran dolor que estaba sintiendo. Todos dimos por hecho que estaba ahí por ser mi hija y que esa era la principal causa de su tristeza.

Pero, no era así. Ella te cuido como una hija más. Veló tus sueños y limpio tu cuerpo con el mismo cariño con qué lo hacíamos los demás. Fue testigo de las órdenes médicas y corría a tu lado apenas escucharte. No supe, ni supimos, darle el abrazo que necesitaba para reconfortar su pena. Se quedó ahí, cerca de ti, pero alejada de nosotros, que apenas notamos su presencia. Fue ella la que recibió tus cenizas y las trajo, cobijadas entre sus brazos, desde Valladolid hasta casa. Creo que esa fue su íntima despedida.

Curiosamente, fue tu sobrino Luis, siempre tan cariñoso, el único que se dio cuenta de su tristeza. Entonces, generoso y fraterno, le dijo que el día 15 de mayo era la comida de los primos y que, por supuesto, ella tenía que estar ahí. Me conmovió ese gesto con que la reconocía parte de esa parte de la familia.

Por eso, no fue de extrañar que el domingo por la mañana estallara su dolor ante la sorpresa de los que estábamos ahí. Hasta yo me enfadé mucho con ella. No supe consolarla, creyendo que en la escala de dolor yo tenía más derechos. Pero para eso no hay valores: simplemente duele.

Esta madrugada, me has despertado para hacerme comprender que Daniela no lloraba por mí.

Ella, también, se ha quedado huérfana de ti.

Desde aquí, Daniela, mi más sentido abrazo.