(Re)ajustes III

Papeles. Todo trata de papeles. El papel certificado del banco. El certificado en papel del seguro. El certificado de nacimiento, el de matrimonio, el de los hijos, el de defunción… Al final, tu vida no es más que  un montón de folios certificados. Sin sello, no vale. Sin número de libro actualizado, no has nacido. Sin inscripción, no has muerto. Aunque a mí me haya roto el corazón decirte adiós.

Es increíble que, en plena era tecnológica, en la que basta con teclear el nombre de cualquier ciudadano, por más anónimo que parezca, para enterarte de sus miserias y milagros, la administración y las compañías aseguradoras, en este caso la imposible Mapfre, no sean capaces de teclear tu nombre y dar por concluidos una serie de trámites, cuyo origen per se es bastante penoso. Da igual con o sin testamento. Da igual con o sin dinero. Da igual con o sin voluntad. El caso es marearte de tal manera que, a veces, te dan ganas de tirar la toalla. La única oficina que tiene claro el asunto, que sabe a qué tecla hay que darle y que no te pide nada más que dinero es, por supuesto, la eficiente Hacienda…

En fin, que andaba yo con mis papeles, mis quejas y lamentos, cuando me encontré con Toño y Yoli. Tan sólo bastó mirarnos y saber que  los tres estamos muy tristes. Toño comentó que el día que ganó España el mundial, se acordó mucho de ti. Te imaginó en ese rincón donde compartíais el etiqueta negra. Suspiró y dijo: “¡Joder! si es que se está perdiendo todas… mira ahora a Contador…” Yoli contó que la última vez que te vio, le pediste que te hiciera sus inigualables croquetas. Fue un rato muy agradable. Nos quieren bien ese par de dos, como les llamabas.

¿Sabes? Lo bueno fue que he podido hablar de ti sin el nudo en la garganta… Bueno, al principio, cuando apareció Yoli, casi se me saltan las lágrimas, pero las contuve. Luego, pudimos recordarte con alegría… Me gustó volver a casa y darme cuenta de ello.  Parece que la tristeza comienza a encontrar su sitio…

Mientras tanto, yo seguiré tratando de encontrar el papel ganador. Ese con el que, por fin, certifiquen que ni tú estás tan muerto ni yo estoy tan viva… o ¿Es a la inversa?…

_

Anuncios

(Re)ajustes II

Esta mañana lo he intentado. No puedo. El armario, el tuyo, seguirá cerrado.

Puse la mano en el picaporte y el corazón dio un respingo. Lo solté como si fuese una brasa ardiendo. Te preguntarás que buscaba ahí. La intención era guardar algunas cosas y reordenar la ropa de invierno. Pero me asaltaron todos tus colores. Esas camisas tuyas tan divertidas y que tanto te gustaban. Me golpearon tus olores, que siguen ahí, como sí de un frasco de buen perfume se tratara. Tus zapatos me pisaron los recuerdos. Casi, te lo puedo jurar, te sentí descolgarte de una percha con tu camisa vaquera y  tu sonrisa, abriendo la puerta del jardín. Pero, cerré de golpe. No, aún no te puedo dejar salir del armario.

(Supongo que una vez pasado el verano, vendrán los chicos y tu hermano, tal como lo habíamos planeado y lo abriremos juntos.)

Lo cierto es que, cada día, hay un instante en que me siento algo mejor. Además, el calor apenas deja tiempo para la tristura. El pueblo se ha llenado de la gente de verano. Y, con tu ausencia, descubro que salir a la compra o a dar un paseo o a tomar algo, se torna, a veces, en triste tarea. Apenas tres pasos y, algún amigo o conocido tuyo, se detiene a saludar y a darme el pésame o, en el peor de los casos (porque no se han enterado), a preguntar por ti.

Hay que pasar por esto, sin duda, pero, a veces, resulta hasta cruel. Es la herida que no se consigue cerrar. El otro día, al bueno de Eusebio, le hice pasar un rato muy malo, pues no tenía yo un buen día y cuando me preguntó por ti, le miré como si me estuviese haciendo una mala broma y por toda respuesta, me puse a llorar desconsolada. El pobre hombre se quedó de piedra.

Así que,  para evitar situaciones como esa, he sacado de tu armario la sonrisa calibre veintidós y cuando me preguntan cómo estoy,  les digo que como el tiempo: a veces, insoportable. A veces, tormentoso. A veces, bien…

Ya sabes,  las cosas del cambio climático…

_

(Re)ajustes I

He vuelto, tres meses después,  al lugar del  “crimen”. Ese sitio tan hermoso, donde te tuve que decir “hasta pronto”.  Aunque había planeado ir acompañada, la verdad es que sentí una necesidad irracional de hacerlo sola.

Con tu partida, también se fue mi seguridad. Hasta para decidir si quería café o té, necesitaba de alguien que me aconsejara o, directamente, decidiera por mí. Toda aquella fortaleza, en la que te sentías tan seguro, se desmoronó el mismo día  en que te diluiste en tu mar. Entonces, no me di cuenta de aquello pero,  ahora, tras este primer trimestre de soledad, veo que el trabajo de reconstrucción resulta tan complicado como la ausencia.

(Anoche te eché muchísimo de menos. Así, sin más…)

El sábado por la mañana, emprendí camino para el norte. Dudé en ir a Lisboa o a Asturias. Pero, para nuestros fados, aún no estoy lista. Y me da rabia, porque bien sabes que amo esa ciudad.

El caso es que me perdí, nada raro en mí. Para llegar a Poo, primero llegué a Bilbao… Una extraña y larga ruta, pero me divertí. Me encantan los bares de carretera, con sus camioneros y sus bocadillos de lomo.

Di por hecho que, era mi in(sub)consciente dando rodeos para evitar llegar a su destino. Pero, ya me conoces, cabezota que soy: llegué. Tu cantábrico me recibió con un hermoso atardecer rojo.  “Aquí estoy, he vuelto”, te saludé. Enseguida se oscureció.

A la mañana siguiente, estaba nublado y lloviendo… ¿Llorabas?… Yo sí…

_

¿Por delante o por detrás?

Así como de inevitable ha sido mantenerme al margen del mundial, más por razones del corazón que por tener una razón, así de inevitable fue no ver esta mañana uno de los encierros de San Fermín. Bueno, si, pudo ser evitable, apagando el televisor, pero quise comprobar la sinrazón.

La primera idea que me vino a la cabeza fue que, en México, se les  llama mozos a los que sirven. A los que van delante del amo, abriéndole las puertas y limpiando sus zapatos.

Luego, pensé en que todos esos mozos vestidos de blanco con pañuelo rojo al cuello, que corren por delante de seis animales desorientados  (cuyo instinto les hace buscar una salida, ignorantes de que el juego es el «pilla, pilla» y cuyo final ya está pagado, hagan lo que hagan), son una manada de egoístas, por no hablar de lo irracional que resulta todo el tema.

Se trata de que no les pille el toro. No importa los que caigan a su paso. El mozo pasa por encima de quien sea, aunque el caído esté herido. Da igual que pueda ser su hermano o un torpe  desconocido. El caso es llegar,  por encima del que sea y como sea. El objetivo final  es muy claro:  ser  el más animal de todos.

A modo de premio, horas después, ese mismo mozo, aplaudirá que, otros, vestidos de pocas luces, cobren la factura, armados con espadas de matar. Pero, eso, ya lo explica bastante bien, Ruth Toledano en  http://www.elpais.com/articulo/madrid/Salvajadas/elpepiespmad/20100709elpmad_12/Tes

Para completar el domingo, esta tarde seremos testigos de la gran e histórica final del mundial de fútbol. No la quiero evitar. Se la debo a Carlitos.

Veremos justo lo contrario. Dos equipos, cada uno con diez jugadores correr por detrás de un balón y,  al onceavo jugador, defender su portería. En este caso, el objetivo es clavar tantos goles, como sea posible, en la casa del rival.

El secreto del éxito, coincide todo el equipo de la selección española, es la labor de equipo. Cada uno tiene que estar pendiente del resto. Sólo con la labor de conjunto, pueden sorprender al contrario con jugadas que culminen en el gol decisivo. O, evitar que el otro equipo sorprenda al portero y les gane la partida.

Al final, tras correr los noventa minutos reglamentarios, más el tiempo extra que otorgue el árbitro, a modo de premio, el ganador recibirá una copa: la más deseada del mundo. Entonces habrá lágrimas de alegría; abrazos; felicitaciones, besos…

Y, para los hinchas, forofos, seguidores y, hasta para los simples espectadores ocasionales  como yo, contagiados por la euforia de la masa, habrá una clara lección:  entre todos, detrás del objetivo, podemos conseguir que las cosas cambien.

Los que corren por delante, me dan miedo. Sé que no dudan en pasar por encima de ti o de mi o del resto, para clavarnos la estocada…

Así que yo,  prefiero por detrás… Y ¿usted?

_

Carles Puyol haciendo el signo "Tortura no es cultura" (Contra el maltrato animal)