Ni un miedo más


España, 23 de enero de 2012: seis víctimas mortales
por violencia de género en lo que va de año.

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El miedo a ser golpeada es, quizá, el más doloroso pero el más previsible.  Basta ver unos ojos llenos de ira para saber que en menos de nada, te caerá el primero.  Pero éste miedo llega detrás de otros muchos que han entrado en tu vida, invisibles, apenas perceptibles.
Comencemos con el miedo a vestirnos como siempre lo hemos hecho porque a él no le gustan las faldas cortas ni tus escotes. No le gusta el maquillaje con el que te conoció porque, en su lógica, si él se fijo en ti, cualquier otro puede hacerlo.
Luego viene el miedo a mirar. Mucho menos a expresar que tal o cual actor, amigo, viandante o sencillamente un hombre, te pueda resultar atractivo. Los masculinos de tu vida quedarán reducidos a padre, hermanos y, quizá, tíos si son mayores. Tus primos siempre pueden acabar siendo una amenaza. Olvídate de tus amigos y de la gran mayoría de tus amigas, en caso de que las tengas.
A cambio, él te compensará con un trato amable hasta que, un día, sin que tú sepas la razón, porque no la hay, te dirá que te estás poniendo gorda. Y tú te pondrás a dieta. Otro día te sorprenderá diciéndote que tu pelo, tu ropa y tus zapatos le parecen horribles. Te mirarás al espejo y te dirás: «Tiene razón, me estoy descuidando». A partir de ese momento, meditarás mucho antes de vestirte por temor a no agradarle.
Comenzarán sus ausencias sin aviso ni justificación. Pasarás noches en vela esperando su regreso, temiendo que algo malo le hubiese ocurrido. Pero él llegará a las tantas sin mayor explicación. A tus preguntas y reclamos, como mucho te dirá: «Mañana hablamos, ¿no ves que estoy cansado?». Aprenderás a no hacer preguntas. Ni ruidos que molesten su descanso. Temes su mal despertar.
También aprenderás que, cuando dices que no, él siempre se sale con la suya. Da igual que no quieras, estés cansada o en esos días: si a él le apetece, más vale acceder y que la cosa acabe pronto. Has aprendido que, de no hacerlo, te esperan unos cuantos días de reproches. En cambio, pasarás –con suerte- unos días sin sus exigencias que antaño fueron deseos.
Hasta aquí, el proceso ha sido silencioso, no por ello, menos violento: ya controla tu cuerpo. Pero le falta algo: tu carácter. Sabes que no está bien lo que él te hace ni está bien que tú lo admitas, pero estás convencida que tan solo es una mala etapa y que ya cambiarán las cosas. Está claro que él tiene su carácter y tú también. Sin saberlo,  has asumido una culpa que no te pertenece.
De vez en cuando protestas, gritas, te enfadas. Al principio, las discusiones parecen ser poco importantes. Poco a poco, van subiendo de tono. Tú subes el volumen de la razón: pides respeto. Él se va quedando sin argumentos. Lo de gorda, fea, descuidada, sucia, etc… ya no te hiere. Tú sigues tratando de hablar con el corazón…  Entonces, el calor en tu mejilla tras el primer bofetón, es tan grande como tu sorpresa.
De no salir corriendo en ese instante, estarás condenada a continuar con el guion que miles de mujeres ya hemos escrito, y que otras tantas están viviendo ahora mismo, mientras tú estás leyendo este post.
La historia es muy sencilla: se sucederán meses, años de vejaciones, de golpes y  de perverso maltrato sicológico.
Nunca, por más que te empeñes, cambiará la situación. Cuando te des cuenta de ello, será demasiado tarde. Porque, desde el primer insulto, ya está siendo demasiado tarde.
En una relación de pareja, sea entre hombre y mujer, mujer con mujer, hombre con hombre, lo que jamás puede cohabitar en ella, es el miedo. Cuando aparece el primero, hay que detenerse a reflexionar en ello. De seguir adelante, ese miedo reproducirá al resto.
No esperes a que  llegue el último y, por ello, el peor de todos: el miedo a que te maten.
Y, de eso, hubo alguien, hace muchos años, que me enseñó bastante.

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Compromiso

«… Así pues,  considerando que debe ser horrible tenerme y, luego, por una tontería, perderme, ¿qué dices?» ― concluyó. ¡Y se quedó tan fresco!
Mi primer instinto fue el de arrancarle de un tajo su petulante lengua. A cambio, me mantuve serena; esbocé mi mejor sonrisa y me dejé colocar el anillo.
― Sí, por supuesto que me casaré contigo, mi amor.
Dicho lo dicho, me prometí a mí misma que él no dejaría de sentir lo que era tenerme y no perderme… Día a día, segundo a segundo…

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De canas y correos

Recibo el correo de una buena amiga completamente abatida. Me cuenta que ayer, viernes 13, para más inri ,subraya, se descubrió una cana en el pubis y, de pronto, se le cayeron todos los años y la experiencia, encima. «Por si fuera poco, sigo sola», concluye.

Mientras leo su dramático mail, voy recordando otro correo que recibí hace unos meses, en éste caso de un lector al que no conozco pero que se sintió con la confianza (no pedida) de contarme que, uno de los peores momentos de su vida fue, precisamente, el día que se descubrió lo mismo en parecida salva sea la parte. (Aclaro que no entendí muy bien el sentido de dicho correo. Pero, esa es otra historia.)

Sin el permiso de mi atribulada amiga, les transcribo la respuesta que le acabo de enviar:

¡Disfruta de tu cana! Es la última vez que algo te descolocará tanto. Porque lo malo de los años no son los pelos blancos, ni las arrugas. O tener que controlar las grasas. Ni siquiera la perspectiva de quedarte sola, que no lo estás, todo hay que decirlo.

Lo irremediable, sin duda, es lo listillos que nos vamos volviendo.

Pocas cosas, por no decir, raras, te han de volver a sorprender. Y, eso sí, hay que lamentarlo.

La cosa es que, a estas alturas, querida, hemos visto, y vivido,  tantas películas, que tan solo nos bastan unos minutos para anticipar el final de las historias sin gran temor a equivocarnos…

¿O no?

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Cuentos del (t)error: La merienda

 

Las únicas personas que me agradan son las que están locas:
 locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas.
(Jack Kerouac)

 

 

La historia comenzó así. Una mañana, casi al alba, iba yo andando por el desierto. Bordeando el pueblo, para más exactitud. Ni un alma viva se asomaba a mi encuentro: ni lobos, ni zorros, ni víboras. Un color rojizo asomaba tímido por mi lado izquierdo. Calculé que debía apurar el paso o el calor del mediodía me atraparía sobre el camino que me llevaba al lugar al que no quería volver. Por un instante, deseé que cambiara mi maldita suerte.

¿De dónde salió? Juro que no lo puedo asegurar con certeza. Simplemente, apareció justo a mi vera.

Sin ruido, sin polvo, sin aviso. Con el brazo extendido sobre el asiento vacío de un Cadillac azul del sesenta y cinco. Con la otra mano, de exquisitos y largos dedos, sujetaba el volante. Mostraba la sonrisa más bonita que había visto nunca. Y, que conste, yo no soy de cursilerías pero, sus ojos, detrás de aquella negra mata de pelo enmarañado, me parecieron la más bella epifanía a la que pueda aspirar cualquier mortal.

Con voz grave, me invitó a subir. (Si existía el demonio, seguro que hablaba así.)

Y me subí.

Tan alucinada estaba, que no reparé en la guadaña que aguardaba sobre el asiento trasero. No me importó: me dejé matar. Luego, yo hice lo propio.

Bueno, en ello estaba, cuando llegaron aquellos hombres.

No fueron suficientes mis desesperadas súplicas. No quisieron creerme cuando les juré que aquella mañana, el diablo y yo nos amamos por sobre todas las cosas.

― Desde luego, cada día entiendo menos… Mira que vivir en pleno centro y asegurar que esto es un yermo…, dijo uno de ellos.

― Pues en eso tiene toda la razón: tanta gente alrededor puede resultar el peor de los desiertos… En realidad, su locura es pretender merendarse a cachos a éste pobre infeliz…, respondió el otro, mientras me quitaba el tenedor de las manos.

Fue inevitable. A pesar de mi férrea resistencia, me ciñeron la camisa blanca de mangas entrecruzadas…

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N. de A.- Gracias al dueño del coche, Eduardo Fresneda, por regalarme la idea.

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