Cuentos chinos

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Hace siete años ya de aquella lluviosa noche de diciembre, en la que mi admirado Luis Eduardo Aute, tan generoso como buen amigo, se acercó hasta el Bar Santana de Segovia para ratificar en voz alta, lo que por escrito (a)firmó de los Cuentos chinos, mi primer libro… Dando fe de todo ello, mi querida Ana San Romualdo.

¿Y qué mejor regalo para celebrarlo, que saber que mi «padrino» avanza en su recuperación con gran empeño?

¡A por el mar, querido Eduardo…!

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Luis Eduardo Aute, Alejandra Díaz Ortiz y Ana San Romualdo (Segovia, 2009)

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Tres amigas y una rusa

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Aprender de la rusa

 

Por Ana San Romualdo*

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. Mejor dicho, estos días he estado quedando mucho con ‘la’ rusa, porque Irina es la única rusa que ha pisado este pueblo en los últimos 70 años, desde que, cuentan, algún ruso que hizo la guerra para intentar defender la República o para llevarse el oro a Moscú se dejó caer, seguramente despistado, por estas tierras.

El caso es que Irina, una chica monísima, jovencísima, majísima… y rubísima, faltaría más, apareció en el pueblo hace un par de semanas, una buena mañana de agosto, salida nunca se supo muy bien de dónde y armada con una sonrisa arrolladora y unos nulos conocimientos del castellano.

Mi madre, que es una santa, ya lo dice todo el mundo en el pueblo, anda que no le aguantó a mi padre hasta que tuvo a bien pasar a mejor vida, no pudo soportar la idea de que la pobre muchacha, sola en el mundo, no tuviese ni dónde pasar la noche, con el sitio que hay en casa, y si fueras tú, hija, la que estuviera perdida en otro país… Total, que la adoptamos.

Desde entonces paseo a la rusa por las calles del pueblo; yo por la sombra, para evitar el sol que a ella, se ve que por lo del frío que habrá pasado en Rusia, le encanta. Los chicos nos persiguen, las chicas nos esquivan… Y en medio del calor sin tregua, yo estoy aprendiendo ruso…

 

Narcisismo secundario

 

Por Maribel Gil-Sanz**

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. Sin embargo, no la conozco. No me refiero a conocerla en profundidad, no. Quiero decir que tampoco conozco su superficie. Quedo con ella, sí, pero no se presenta a ninguna de las citas. Cada vez me pone una disculpa diferente: todas tan originales que me niego a dejar de quedar. He descubierto, con sus plantones, mi vocación de escritor. Sus excusas alimentan mis relatos.

Andaba perdido, con la única preocupación de ligar un poco al salir de la oficina. Ahora sé a lo que quiero dedicar esa energía que desperdiciaba entre mujeres que no me importaban nada en realidad.

Creo que la rusa ha comprendido lo que quiero de ella y me sigue el juego.

Temo que me plante definitivamente o que empiece a presentarse a las citas y sus pretextos dejen de ser mi fuente de inspiración.

¿Y ella? ¿Tendrá deseos de convertir esos imaginarios encuentros en realidad? Mi única esperanza es que sea tan fea que no quiera dejarse ver o que esté utilizando mis variadas formas de perdonar sus plantones para escribir algún tratado de psicología.

 

Puenting

 

Por Alejandra Díaz-Ortiz

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. No suele ser muy puntual cuando acordamos una cita, pero siempre llega, aunque sea temprano.

Algunas veces le gusta dar largos paseos por el campo. Asegura que el aire fresco y el olor de la tierra la relajan. A mí no es que me encante lo de andar pero, si ella lo pide, ¿quién soy yo para negarme?

En otra ocasión, llegó muy entusiasmada con la idea de tirarnos de un puente. Claro que, asustada, me negué en rotundo. Ella me explicó que a esa experiencia se le llamaba puenting. Me aseguró que contaba con muchas medidas de seguridad homologadas por no sé cuántos ministerios. En algún sitio había leído que la descarga de adrenalina era atómica. Al final, me convenció de hacerlo cuando me juró que era una inigualable terapia de choque para recolocar la autoestima a su nivel más óptimo.

Y no se equivocó: desde entonces, no quepo en mí.

Es verdad que sus visitas me producen una inmensa y desconocida felicidad. Su costumbre es aparecer sin avisar, por lo que casi siempre me sorprende. Hábil, me conmueve con sus locuras y, a veces, también se ríe de mí. (Y no conmigo, que sería lo suyo.)

Desde que empecé a quedar con ella, mi rutina está vuelta de cabeza. Es como una niña malcriada: nunca pide permiso para cantar, para bailar, para irse… Igual se mete a la cama conmigo toda la noche que se queda como ausente en un rincón, ignorándome, perversa. Al rato está de lo más dicharachera y al siguiente está más triste que una plañidera.

Más, os voy a confesar, y no lo repitáis, os lo suplico, es que comienza a visitarme la fatiga con tantas idas y venidas. No, no me juzguéis mal: no soy una malagradecida. Para ella, sólo albergo infinita gratitud en el corazón y la plena disposición de mi cuerpo para satisfacer todos, y cada uno, de sus caprichos. Pero, si al menos observase un horario o la cortesía de advertirme sus visitas, yo podría complacerla de mejor ánimo.

Sí, señor, lo sé. Vos me los advertisteis: así son las ru… ¡Ay, de mi torpeza! Habrá de disculpadme, gentil lector. ¿Cómo he podido cometer tamaña errata? Seguro que fue ella, jugándome otra de las suyas… Quise decir musa… ¡M-u-s-a!

(Qué no es lo mismo pero bien podría ser igual.)

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* Ana San Romualdo, periodista.

**Maribel Gilsanz, escritora.

Ambas, segovianas.

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Segovia, 2016

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A Segovia llegué por amor, que es la mejor razón para llegar a cualquier sitio. Fue en el mes de abril de hace algunos años. La primavera asomaba tímida.

Recuerdo con cariño aquella «primera vez» en que, mi entonces novio, luego marido y del que ahora soy viuda, Carlos, mi poeta, preparó con diligencia aquella clandestina escapada (porque en aquel entonces, éramos furtivos). Me citó a las nueve de la mañana, advirtiéndome de que no debía retrasarme. Me subió en un autobús en la vieja estación de Príncipe Pío, en Madrid.

Yo, que apenas llevaba unos pocos meses en territorio español, supuse que me llevaba a conocer ¡Toledo! Cuando la listilla de mi se lo dijo, se echó a reír, me cogió la mano y me dijo: «Te llevo al sitio donde nacen los mejores versos» Entonces me imaginé que íbamos al pueblo vallisoletano de su amigo Gamoneda.

Pero el viaje se hizo corto: apenas una hora y ya habíamos llegado a nuestro destino. Al entrar a la estación leí: «Bienvenidos a Segovia» ¡Eso sí que fue una inesperada sorpresa!

Carlos, diestro guía, me condujo hasta el hermoso Paseo de la Fuencisla. A mitad del camino nos sentamos, abrió su inseparable bolso, sacó un pequeño libro, casi diminuto, de tapa roja y comenzó a leer un poema que me conmovió profundamente.

No sé si fue el inigualable entorno, la grave voz del lector, el amor que me bullía o todo junto al mismo tiempo:

«Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo…»

(Poemas de Faná, San Juan de la Cruz)

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En ese instante comprendí que estaba en Segovia, en el sitio preciso y con el hombre indicado. A partir de ahí, seguir andando, llegar hasta San Juan de la Cruz y guardar como un tesoro aquel pequeño ejemplar de sus poemas, han marcado mi vida desde entonces.

Al poco tiempo, llegamos a vivir juntos (y legales) a un pueblo cercano, pero como todos los caminos conducen a Segovia, he pasado todos estos años al pie del acueducto. Y de las calles de la judería. Y en los cafés de la Plaza Mayor. He subido y bajado la calle real tantas veces como he admirado las vistas en el paseo del Salón. Me saqué el carné de conducir entre sus pequeñas calles y la circunvalación. El Figón de los Comuneros ha sido testigo de grandes celebraciones al sabor de un plato de judiones. Muchos libros he regalado de sus pequeñas y acogedoras librerías.

Descubrí el mundo de Titirimundi. De las ferias interculturales, donde, por cierto, una vez me encontré con una vecina que tenía en la ciudad de México. He visto tocar a mi cuñado en las plazas, al son de la Música al fresco. Alguna noche la he pasado en blanco, sin darme tiempo a ver cuanto espectáculo estaba programado.

Segovia me ha dejado conocer a personas muy interesantes. Comprometidas con su entorno, con la cultura, con la vida. He ido al cine, al teatro. He conocido pintores, artistas, escultores que la aman y, que a través de sus obras y de sus charlas, me han enseñado a amarla de igual manera. Porque, lo más bonito de Segovia no está en su gran patrimonio histórico, sino en su gran patrimonio humano, que comparte, generoso, su ciudad.

Es aquí donde me bautizaron como escritora. Fue la ciudad y sus pueblos, los que llenaron mis folios de cuentos. La parroquia fue el Bar Santana, el padrino Luis Eduardo Aute, los invitados, todos, segovianos. Mi madrina, Doña Ana San Romualdo, que sin conocerme de nada, me conocía del todo. En una esquina, discreto, amable, sensible, descubrí a Pedro Arahuetes, un hombre que despierta mi curiosidad y respeto, pues, según cuentan las buenas lenguas, una de sus grandes inquietudes como alcalde, es apoyar a los que de una forma u otra, nos dedicamos a la cultura.

En Segovia también he vivido el peor episodio de mi vida, pero de ello sólo puedo agradecer la atención y cariño que recibí, y sigo recibiendo, en tan penoso trance.

Y podría seguir sumando los bienes que me ha dado esta hermosa ciudad: sus paisajes; sus callejones empedrados que me recuerdan mucho a algunos rincones mexicanos. Inconfundibles sus dulzaineras y las aguederas con sus rosquillas. Me gusta que me cuenten la leyenda del acueducto, una historia de las miles que componen su tradición oral…

A Segovia llegué por amor, y  me seguiré quedando por la misma razón, aunque la vida me conduzca por otros lares.

Por eso, cuando leo que en breve será la selección de las capitales culturales, no me queda ninguna duda de que los jurados que hayan estado alguna vez en Segovia, optarán por ella. Porque no hay nada más que se le pueda exigir a esta ciudad, que ya lo tiene todo.

Toda la suerte para Segovia, Capital Europea de la Cultura 2016.

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