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Descuida, no estoy sufriendo.
Es sólo el poder de tanta ausencia…
(Los mares detenidos, Carlos Álvarez-Ude, 2010)

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La culpa fue de ese inesperado correo, el primero de la mañana. Me solicitaban algo tuyo. Como se trataba de un asunto que te haría sentir orgulloso, decidí buscarlo.

Me acerqué al baúl, el nuestro, ese que no conseguimos llenar. El mismo que lleva conmigo cuatro mudanzas y  dos nuevas vidas, sin abrir. Me hundí en él.

Ya sabes como soy: resultó inevitable mojar con sal más de tres recuerdos. Revolví todo. Me revolví toda.  No conseguí encontrar lo que me pedían.

Entonces, rabiosa de tanta ausencia, te pregunté: «¿Cariño, ¡dónde coño lo has guardado!?»

Bruce me respondió…

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Sí, los recuerdos pulga pican de tres en tres… Sin avisar.

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Un gintonic a tu memoria

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Cuatro años después, aquí sigo. Aquí seguimos.
Todo va más o menos bien. Hay poco que contarte.
Lo más reciente es que, al final me decidí, y he vuelto a vivir en Madrid.
Por otro lado, y aunque perjuré lo contrario, he escrito otro libro. Sí, lo sé, mis «nuncas» de siempre.
Me imagino que ya sabrás que algunos amigos tuyos se han marchado para seguir haciendo poesía al mismo sitio al que tú te adelantaste. Supongo que ya estarás verseando con Panero.
Una buena noticia es  que Ruth ha sido tía abuela de una hermosa niña. También se cambió de casa. Por mi parte, en los últimos tiempos, he hecho nuevos amigos y sigo tratando de conservar a los viejos, pero ya sabes que soy un desastre. Esperanza, tu «niña», está muy divertida. Daniela se fue a seguir sus sueños a Mallorca. Tus hermanos, uno cantando, el otro, viajando, como siempre. Manuel sigue siendo mi compadre, amigo y editor. No hemos dejado de cantar rancheras.
En fin, ya ves, todos seguimos empeñados con la vida.
¿Yo? Ya sabes, la misma. Sonriéndole al diablo, enamorada del presente y sin más futuro que lo que estoy tratando de escribirte ahora mismo, robándole un instante a la mañana para decirte que sigues tan vivo como siempre. Que aunque la vida, mi vida, se ha rehecho en otras calles, lo bueno y lo duro, no lo puedo, ni lo quiero, olvidar.
Ni en uno ni en cuatro años. Ni en siete vidas.
Y, aunque la espalda me siga doliendo, la ausencia, la tuya, por fin encontró su sitio en éste devenir de la vida mía. Escogió un buen lugar, a salvo de penas y tristuras. Un lugar amable, cálido, muy cercano a esa «extraña lasitud de la ternura»…
Quiero imaginar que tú debes estar muy bien, disfrutando de ese limbo privado para poetas que gustaban de los gintonics sin floripondios y que ahora están tan de moda por aquí. ¡Te daría un ataque si vieras esas copas llenas de gominolas, pétalos de flores y granitos de raras especias!
En fin, querido Carlos, ya para despedirme, quiero darte las gracias por andar revoloteando por ahí como un duendecillo invisible, ayudándome a desenredar las dudas y arropándome los miedos, mientras voy tratando de ser feliz.
No es fácil, tú lo sabes. Los años, los sueños y la puñetera realidad no ayudan. Se trata de aquello que solías citar de Cernuda sobre «la realidad y el deseo», lo que no termino de cuadrar.
Pero no te preocupes. Bien me conoces y sabes que seguiré «braceando a muerte» para no ahogarme en los mares detenidos de éste absurdo cuento que es la vida.

(A Carlos Álvarez-Ude, en el cuarto aniversario de su último beso.)

 

 

Las cuatro estaciones

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Mi madre era muy  puntual.  Una vez al año, durante cuatro veranos, fue pariendo a sendas hijas. Yo soy la tercera de arriba abajo.

Laura, la primera. Lena, la segunda y Dana, la última.  El quinto parto de mi madre fue en invierno y fue un niño: Julián. Mi padre se sintió tan feliz, que murió de orgullo a la siguiente primavera.

Como  mi madre se quedó tan sola, no tuvo reparo, dos otoños después, en dejar entrar a nuestra casa al tío Aurelio. Y a su cama, también.

Al siguiente verano…

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Herbert von Karajan dirige a la Orquesta Filarmónica de Berlín y a la violinista Anne – Sophie Mutter en el concierto nº2 (Verano) de Las cuatro estaciones de Vivaldi.

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