Cuento chino

Que sea mi sombra la que mueva tu aire.
(JAG)

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Es lunes. Apenas marca las siete el reloj. Hoy es el día que señala la mitad de diciembre, pero no hace frío.

Sobre el inmenso telón del universo, luce una espectacular luna. Me emociona su descarada belleza a esa hora. De fondo,  Space Oddity de Bowie.

Vuelvo a casa. Me sirvo un café. Abro el periódico: «Los chinos han llegado a la luna».

Inevitable, se me estruja la emoción ante tal noticia. Se desvanecen los veinte minutos de lujo inesperado que pasé acompañada por ella: la última luna, casi llena, de este año.

(Un viaje de ida y vuelta hasta la estación de tren. Corto en kilómetros. Demasiado largo hasta la próxima vez…)

Ahora he visto las imágenes en la red. ¡Es verdad! Los chinos han llegado a la luna.

Y, de pronto, la he imaginado invadida por los todo a cien…

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(Re)ajustes I

He vuelto, tres meses después,  al lugar del  “crimen”. Ese sitio tan hermoso, donde te tuve que decir “hasta pronto”.  Aunque había planeado ir acompañada, la verdad es que sentí una necesidad irracional de hacerlo sola.

Con tu partida, también se fue mi seguridad. Hasta para decidir si quería café o té, necesitaba de alguien que me aconsejara o, directamente, decidiera por mí. Toda aquella fortaleza, en la que te sentías tan seguro, se desmoronó el mismo día  en que te diluiste en tu mar. Entonces, no me di cuenta de aquello pero,  ahora, tras este primer trimestre de soledad, veo que el trabajo de reconstrucción resulta tan complicado como la ausencia.

(Anoche te eché muchísimo de menos. Así, sin más…)

El sábado por la mañana, emprendí camino para el norte. Dudé en ir a Lisboa o a Asturias. Pero, para nuestros fados, aún no estoy lista. Y me da rabia, porque bien sabes que amo esa ciudad.

El caso es que me perdí, nada raro en mí. Para llegar a Poo, primero llegué a Bilbao… Una extraña y larga ruta, pero me divertí. Me encantan los bares de carretera, con sus camioneros y sus bocadillos de lomo.

Di por hecho que, era mi in(sub)consciente dando rodeos para evitar llegar a su destino. Pero, ya me conoces, cabezota que soy: llegué. Tu cantábrico me recibió con un hermoso atardecer rojo.  “Aquí estoy, he vuelto”, te saludé. Enseguida se oscureció.

A la mañana siguiente, estaba nublado y lloviendo… ¿Llorabas?… Yo sí…

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Insomnios III

Febrero 8/9, 2010.

Venimos en el coche de vuelta a casa. Te he despertado pronto, con la promesa de tomar un rico desayuno por el camino. Estás cansado: han sido dos días muy agitados y cargados de emociones, que ahora comenzarás a digerir.

El domingo nos sorprendió  la remodelación de la casa de Caro y Marcelo, aunque lo que más nos gustó  fue ver a  los niños, que se están haciendo mayores.  Comiste muy bien, así que le dije a Caro que te tendrá que cocinar más a menudo.

Por la tarde,  nos fuimos al hotel a esperar a Marigel y Avelino. Cenamos con ellos y con Daniela, que apareció a última hora. Les contaste que pensabas publicar tu libro. Te siguieron la corriente. Todos han sido unos cómplices perfectos. Nos fuimos a la cama pronto. Te quedaste dormido enseguida. Yo, como si dormir en un hotel me proporcionara una extraña seguridad, también dormí profundamente, como hacia tiempo no lo hacia.

El lunes por la mañana, me fui a desayunar con Marigel. Me dijo que había comentado con Ave “el papel qué me había tocado”. “El qué me tocó”, le respondí. “Ya, pero vosotros apenas estabáis en la luna de miel”… “Bueno, se firma para lo bueno y lo malo, ya ves…” le respondí. Cambiamos el tema porque se me mojaron los ojos.

Ella se fue a duchar y yo me fui a caminar por Callao. A las doce, estaba completamente agotada: me pesaba cada paso que daba. Me regresé al hotel y me tiré sobre el sofá. Justo, en ese momento despertaste y quisiste ir a desayunar. Tuve que sacar fuerzas. Te ayudé a ducharte; te afeité y subimos a tomar café. Luego, a comer. Luego, a vestirte para la ocasión; luego a esperar a Miguel, Olvido y Ruth. Luego a ir andando al Círculo; luego a…  mirabas para un lado y otro; recibías besos y abrazos; Víctor García de la Concha salió a la puerta a recibirte, te dio un gran abrazo. Con tu bastón tratabas de sostenerte, ya no por el equilibrio, si no por  la emoción.

Apareció tu hermana Maite: tantos años de silencio se borraron en el instante en que os mirastéis. Tus hermanos y tus hijos, expectantes. A mi se me saltaron un par de lágrimas: yo sabía que aquel  (re)encuentro era muy importante para ti.

Conseguí llevarte hasta la mesa. Víctor me ayudó a sentarte. Ahí estaban Juan Carlos Suñén, Germán Gullón, Ruth Toledano,Víctor, Miguel Casado, Noni Benegas… las palabras más dichas: amistad, Ínsula, poesía, compromiso, generosidad, Carlos…

Llegó el momento libro. Te quedaste mudo. Eras el niño al que le dan el regalo tan deseado. No lo esperabas. Tu hermano cerró el acto con la lectura de cuatro poemas de tus “Mares detenidos”.

Todos querían su ejemplar firmado. No esperabas eso, pero no te negaste a hacerlo. Te cuesta mucho trabajo escribir. Tú, que tenías unas letra hermosa, ahora se ha convertido en una minúscula escritura, díficil de plasmar. Más tarde, me confiaste que te había costado mucho pensar en  cada dedicatoria, que te habías equivocado en las fechas y que, incluso, en algún nombre… te consolé diciéndote que así valía más el gesto.

En fin, luego vino la cena. El cansancio te quiso cobrar un disgusto, que sólo quedo en un susto. Ayer me dijo Marcelo, muy triste, que te veía muy frágil. Manolo, por segunda vez, ha sido testigo involuntario. Entonces, me miran y, como Marigel, se preguntan cómo puedo yo con tu enorme cuerpo. “No sé, debe ser la adrenalina del momento”, les respondo.

La carretera está muy agradable. Tú estás muy contento, casi eufórico. A diferencia de otros viajes, en que permaneces callado, en éste no has parado de hablar y recordar a Cataño y su afeitado ¿Dónde se quedó?, me preguntas. Te digo que no lo sé. Recuerdas las palabras de Víctor “El verdadero director de Insula fue Carlos”. Nos reímos de nuestra “Ruth Queen” que es una crack como moderadora. Sigues disfrutando del juego de Suñén y el grupo de Rock. Lamentas no tener copia de las palabras de Miguel Casado. Te emocionas con lo que dijo Germán Gullón.  Me cuentas tu historia de amistad con Noni Benegas.

Mientras pasamos el túnel de Guadarrama, me sorprendo con el repaso que  haces de todos y cada uno de los asistentes. Después, me hablas del libro. De la gran ilusión que te ha hecho. Yo te hablo de mis temores, de que dudaba si te podría molestar. ¿Por qué?  me preguntas.  “No sé, un libro es algo tan personal e íntimo, que sentí que me estaba tomando demasiadas libertades”, te respondí.

Después nos reímos juntos cuando te contaba las cosas que tuve qué hacer para que no me pillaras con el “gran secreto”.  Mis tantas horas en el ordenador y tu mosqueo por ello. De cuando me llamaban por teléfono y yo me iba a otra habitación para poder hablar… Entonces, suspiraste muy hondo, casi con alivio y muy serio me dijiste:

– ¡Menos mal!… yo pensaba que te habías echado un novio…

Esta noche, ese comentario tuyo ha estado dando vueltas en mi insomnio. Es decir que, lo pensabas y ¿lo aceptabas?…  ¡joder!