Alejandra Díaz Ortiz de La tres catorce en Madrid. No es lo que buscas… es lo que encuentras

Origen: Alejandra Díaz Ortiz de La tres catorce en Madrid. No es lo que buscas… es lo que encuentras

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Van Gogh

Todo lo que uno pueda imaginar, otros pueden hacerlo realidad.
(Julio Verne)

 

Ella

Me invitó a comer y yo me sentía muy feliz. Había estado fuera más de una semana y me moría de ganas de verlo. Lo había echado tanto de menos…

Él

La invité a comer. Pensé en llevarla a un sitio agradable. Un entorno relajado, aire limpio, cielo abierto. Nos iríamos a la sierra. Estaba seguro de que aquel entorno ayudaría.

Ella

Me recogió puntual. Parecía tener la misma urgencia que yo por nuestro encuentro. Le planté un ardiente beso al verlo. El arrancó hacia la carretera.

Él

Al verla tan sonriente, tan guapa, tan esperándome, me sentí feliz por un instante. Me besó. Un cosquilleo me recorrió todo el cuerpo. Enfilé el coche hacia el norte.

Ella

La comida fue estupenda. Me puso al día de su viaje mientras bebíamos vino y dábamos cuenta de un exquisito pulpo a la brasa. Luego me invitó a dar un paseo por el campo. Me sentí enamorada.

Él

Tenía que llevarla a caminar. En campo abierto todo sería más fácil. Así, sin más vueltas.

Ella

Pasmada me quedé. Muda, noqueada, cual boxeador antes de caer a la lona. El maldito canalla no había podido escoger mejor paisaje para mandarme a la mierda.

Si su propósito era anular mi resistencia, lo consiguió sin mucho esfuerzo. Además, tuvo la cortesía de regalarme el mejor recuerdo de mi peor desgracia con aquel bello y bucólico campo pintado de girasoles que se extendía delante de mi desconcierto. Crueldad supina la suya. Me llevó hasta ahí para cumplir con la última voluntad del condenado: buena comida y la visión de algo hermoso, justo antes de morir.

Creo recordar que comenzó con un “Lo siento, no es por ti. Me equivoqué. Yo creí que un nosotros sería posible…”.  Sé que en algún momento dejé de escucharlo. Su voz se iba transformando en un susurro muy lejano, mientras mi vista se perdía en los infinitos campos pintados de amarillo girasol. Pensé en Van Gogh. Entendí, en ese instante, la triste languidez de sus pinceladas.

Él

Bueno, tal parece que no se lo tomó tan mal. Resultó mejor de lo que yo esperaba. Me dejó hablar y, sin decir ni reclamar nada, se volvió a subir al coche.

En el camino de vuelta, lejos de hacer el drama que yo temía, me fue hablando de aquel pintor que se cortó una oreja. Sí, ese que se hizo célebre pintando girasoles. Creo que se mató, ¿no?

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Los girasoles

Acampada 2017

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El 5 de junio de 2011, bajo el pretexto de que me tocaba firmar en la caseta de Trama editorial, en la Feria del Libro de Madrid de aquel año, terminamos convocando a amigos, escritores y gentes del buen beber, a la que llamamos Primera Acampada Trama, que no era más cosa que un animado picnic sobre el césped del Retiro, justo detrás de la caseta.

Por aquel entonces nos observaban, paseantes y feriantes, con cierta curiosidad, algo de reprobación y, estoy segura, una poquita de envidia (de la buena, claro está). Incluso no faltó el gracioso que se acercó a saludar y, ya de paso, a preguntar con sorna, y una buena dosis de mala leche, que si tan mal nos iban las ventas como para no poder comer en un restaurante, sentados en una silla, como todo el mundo.

Lo cierto es que lo pasamos tan bien, que la convivencia se prolongó hasta que terminaron por echarnos de nuestra pequeña “parcela”, con la graciosa ayuda de los aspersores.

A partir de ese año, en cada Feria, convocaba, junto con mi editor, una nueva edición de firmas y acampada. Cada vez se acercaban más amigos, dispuestos a disfrutar de unas horas sentados en el césped. La cosa era simple: cada uno traía sus viandas y bebidas, que compartíamos entre todos.

Desde aquella primera vez, en años sucesivos, hemos venido observando como varios feriantes, al principio timidamente, han ido colocando sus manta-manteles en el prado, hasta tal punto, que el año pasado fue necesario estar al loro -en plan Benidorm- para conseguir lugar. (Y es que la gracia es hacerlo justo detrás de la caseta, por aquello de que el autor en turno de firmas, pueda salir pitando para atender a sus lectores.)

Pero las cosas van cambiado y el césped también. Desde el año pasado, a saber si por la crisis del sector o por la ecología, los picnics cobraron una gran relevancia, de tal modo que ahora hasta se hacen carteles e invitaciones muy formales, avaladas por diversas editoriales y/o editores, para convocar a variopintos picnics, a cada cual de más alcurnia y mejor mantel.

Así que, dado que el pretexto para sacar el guacamole, el tequila, las empanadas, la ensaladilla, el chicharrón, la tortilla de patata, y muchos etcéteras más, ha pasado a ser de dominio público, este año los amigos de la caseta 195 de Trama editorial, nos vamos a ir a comer a un restaurante, sentados, como todo el mundo,

Sirva pues, este post, para comunicarles que este año 2017, NO HACEMOS ACAMPADA TRAMA. Y que quien quiera venir a compartir mesa y mantel con nosotros, los amigos, los de siempre, está cordialmente invitado (a pachas, por supuesto), el último sábado de Feria.

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Primera Acampada Trama
Primera Acampada Trama, 5/06/2011

Cuentos chinos

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Hace siete años ya de aquella lluviosa noche de diciembre, en la que mi admirado Luis Eduardo Aute, tan generoso como buen amigo, se acercó hasta el Bar Santana de Segovia para ratificar en voz alta, lo que por escrito (a)firmó de los Cuentos chinos, mi primer libro… Dando fe de todo ello, mi querida Ana San Romualdo.

¿Y qué mejor regalo para celebrarlo, que saber que mi «padrino» avanza en su recuperación con gran empeño?

¡A por el mar, querido Eduardo…!

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Luis Eduardo Aute, Alejandra Díaz Ortiz y Ana San Romualdo (Segovia, 2009)

Paracetamol

Si hay un sabor, un aroma, una textura que a la mayoría de los mexicanos nos acerca a la infancia y al calor familiar es, sin duda, el de una buena sopa.

¿Cómo entender la comida mexicana sin un generoso plato de sopa de pasta, de primero?

Por eso, cuando a once mil kilómetros de distancia me da por echar de menos los cuidados maternales −esos que todo lo arreglan con una sopita bien caliente−, máxime si me está atacando una buena bronquitis, pues me voy directo a la cocina y me preparo una generosa perola.

Vaya por delante que me encanta la sopa de nadal (típica catalana) y la sopa de cocido madrileño, que son muy ricas, pero de aspecto paliducho para mi gusto. En cambio, la sopa mexicana es tan coloradita, tan llena de color. Y de calor. Y yo la echo de menos.

Así que anoche, con 37,4º en el termómetro, escalofríos por medio, me puse manos a la obra. Quería mimos, pero estaba sola. Necesitaba recuperar mi cuerpo. Dispuse un par de cucharadas de aceite en una olla y la puse al fuego. Una vez caliente, le eché la pasta que tenía: conchitas. Pero se pueden usar fideos finos o gruesos; municiones, letras, estrellitas, coditos, moños, etc… Desde un puñado por persona, si les gusta la sopa aguada; o dos o más, si les gusta espesa. Yo soy de doble ración. De mimos y de pasta.

A la vez, puse en la licuadora jitomate coloradito (tomate rojo), cebolla y un diente de ajo. Lo licue muy bien. Hay quien lo pasa por el colador, yo no. Cuando la pasta estuvo bien impregnada por el aceite (sin que llegue a dorar), le incorporé el jitomate molido y le agregué un litro de caldito de res. También se puede usar caldo de pollo. Si no hay a mano caldo hecho, pues se le agrega agua y una pastilla de caldo.

Yo le pongo un poco de cilantro, pues me gusta mucho el gusto que le da. Pero, por ejemplo, mi madre le echaba espinacas (y así nos las colaba en la comida). Mi abuela, en cambio, le echaba “menudencias” (higaditos de pollo). A veces, mi hermana le echa verduras. El caso es que la sopa de pasta admite cuanta variante se nos ocurra, incluso, al servir, se le puede echar queso (yo lo hago) o, hasta un huevo cocido (como lo hacía mi padre).

Veinte minutos después, sudando como un pollo, me sentí reconfortada tras dar buena cuenta de un sabroso plato de sopa bien caliente. Luego me metí a la cama, me arropé con la manta, como si fueran los mimos anhelados, y me quedé dormida, por primera vez en los últimos días, sin toses ni miasmas.

Pues oigan, que me he levantado en franca mejoría… Y es que, lo que no remedie un buen plato de sopa caliente, no lo remedia ni el paracetamol…

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sopadeconchitas

La mochila

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Ayer, a propósito de unos textos que estoy transcribiendo, comentaba con MO que desde mi juventud no había vuelto a leer, ni a escuchar, términos como “dictadura del proletariado”, “la revolución de las masas”, “centralismo democrático”, “moral comunista”… Y es que el texto en cuestión tiene  mucho que ver con una ardiente defensa de la Revolución Cubana, allá por el año 1974.

Así, lo último que podría imaginar es que hoy me despertaría con la muerte de Fidel Castro. Es curiosa la vida.

Hace cuatro años que escribí “Los hijos de la Revolución”  (publicado en Pizca de sal, Trama ediorial),  un cuento en el que imaginaba un “diálogo imposible” entre Fidel y el Ché acerca de sus respectivos hijos. Y es que yo nací en, crecí con  y heredé la defensa de aquella revolución. Aún recuerdo a mi padre con su eterna sudadera de la bandera cubana. En mi casa familiar, Cuba era Cuba. Y punto.

Hoy, tras la triste noticia, tengo la sensación que, de pronto, me he hecho mayor. Fidel era la última referencia viva de mi infancia y juventud como activista revolucionaria, cuando la mochila la tenía llena de ideales, energía y sueños para cambiar el mundo. Hoy, la mochila se ha quedado vacía…

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El 25 de noviembre de 1956, zarpa de Tuxpan (Veracruz, México) el barco Granma rumbo a la revolución cubana. Fidel Castro eligió ese mismo día, pero de 2016, para zarpar a otro plano.