Aviso

«Tan lejos de la piedad, como la queja –
tan frío a la palabra -como la piedra -…»
(Emily Dickinson)

 

.

Me voy a fumar todo el tabaco que encuentre en el estanco. Me beberé toda la ginebra que me escondan.

Insomnes serán todos mis sueños. No volveré a probar bocado alguno.

Me alejaré del agua, del mar y de tus versos.

Luego, si me queda tiempo, me olvidaré de ti.

.

____

Del libro Pizca de sal, Trama editorial.

Tarjeta de embarque

A pesar del tiempo, podía recordar cada detalle de aquella habitación. En su memoria, el azul de la acuarela colgada cerca de la ventana con cortinas grises. Sobre la mesilla, dos vasos con restos de güisqui.

Lo hicieron tres veces. Dos por la noche y una al despertar. Durante el desayuno, evitaron hablar de lo que ya sabían: él se regresaba a su país a media tarde. Lo más probable sería que nunca se volvieran a encontrar. Al menos no, como en la tarde anterior. Por culpa de un paquete de tabaco.

Tras su marcha, se dedicó a preservar en la memoria aquel azar. Una y otra vez, fue buscando en las historias que le siguieron, al único hombre que le dejó probar que, el amor que idealizaba, sí existía. Menos que eso, no aceptaba. Así pues, solo se fijaba en los altos, morenos, de pelo negro rizado. Con pómulos definidos y hoyuelos en la sonrisa. Con la mirada dulce de unos ojos marrones. Pero, en los diez años que pasaron desde aquel cuarto de hotel, ninguno tuvo la suerte de coincidir, ni en el momento, ni con su deseo.

― ¿Julia?

Escuchó su voz. Ahí estaba él, detrás de ella, esperando su turno en la puerta de embarque. Sin atreverse a girar la cabeza, evocó en un instante el azul del cuadro, el gris de las cortinas, el verde de la colcha. Las sábanas hechas nudos, la ropa por el suelo. A su olfato vino el olor que mezclaron sus cuerpos. Repasó el montón de cartas que le envió de tarde en tarde. Rescribió las que él nunca le mandó.

De golpe, despertó del montón de noches arrepentidas por no haber tenido las agallas, hasta ese preciso momento, con el billete en la mano, para ir a buscar al amor de su vida. A su amor eterno. Tampoco él se lo pidió.

Buscó y rebuscó en su memoria, en los detalles e, incluso, en sus fantasías. Pero no fue capaz. No consiguió recordar su nombre.

Sin mirar atrás, fingiendo no haberle oído, subió al avión…

Fumar mata

º

º

El hombre que tiene miedo sin razón,
inventa la razón para justificar su miedo.
(Alain Emile Chartier)

º

― ¡Qué guapa está y qué colgado estoy! pensó él, mientras la veía acercarse a la terraza del Meeting Point.

― ¡Qué suerte tengo!, pensó ella al verlo: Poderme fiar de un hombre tan especial.

Apenas sentarse, ella le acarició la cara mientras le susurraba: «me gustas mucho». Sintió un agradable vértigo al besarla. Entonces, súbitamente, todo su cuerpo comenzó a rilar, poseído por un incomprensible pánico.

Trató de disimular detrás de su mejor sonrisa, pero en cuanto ella se levantó para ir a la barra, aprovechó para esfumarse dentro del paquete de tabaco. Al volver a la mesa, desconcertada por su desaparición, le buscó a su alrededor.

No podía haber ido lejos: sus cigarrillos y el mechero color caramelo tofe seguían al lado de su cerveza. Pidió otra copa de vino para mojar la espera. Inquieta, se encendió un pitillo.

Y luego, otro. Y otro. Y otro. Y así cuatro horas hasta terminar con la cajetilla.

Lejos estaba de imaginar que durante ese tiempo, él se le había ido metiendo muy adentro hasta convertirse en una silenciosa mancha de negro alquitrán que quedaría incrustada, para siempre, sobre su pulmón izquierdo, bien pegadito al corazón.

Abrió otro paquete de tabaco.

º

Doble moral

º

º

Si, yo puedo dejar de fumar como podría dejar de amar.

Lo sé, ambas licencias pueden ser nocivas para la salud, llegando, incluso, a ocasionar  severos trastornos a los que están a nuestro alrededor.

Gracias a que mi madre me educó muy bien y me enseñó a respetar al prójimo, donde me dicen «No fumar», yo no fumo. Lo mismo hago cuando me advierten «No amar»: yo no entro.

Comprobado está que fumar y amar contienen sustancias químicas que pueden dañar directamente al corazón. De hecho, hasta  impotencia se puede llegar a sufrir.

De acuerdo con las autoridades, y la sociedad en particular, dichos actos se deben practicar en cotos muy concretos: al aire libre, fumar. A puerta cerrada, amar.

Más qué delicia cuando ambos logran coincidir. Primero amar, luego fumar. Seguir amando…

Así pues, excelentísimas autoridades, les pido, les súplico que prohíban totalmente la venta de cigarrillos. Cierren los estancos. Acaben con los productores de tabaco. Impidan la libre circulación del amor. No me cobren más impuestos por aquello que prohíben. No me faciliten la cicuta. No solapen mi adicción…

Y, quizá, así, me sea más fácil dejar de fumar.

(De lo otro… ya hablaremos otro día…)

º

º