Cuentos chinos

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Hace siete años ya de aquella lluviosa noche de diciembre, en la que mi admirado Luis Eduardo Aute, tan generoso como buen amigo, se acercó hasta el Bar Santana de Segovia para ratificar en voz alta, lo que por escrito (a)firmó de los Cuentos chinos, mi primer libro… Dando fe de todo ello, mi querida Ana San Romualdo.

¿Y qué mejor regalo para celebrarlo, que saber que mi «padrino» avanza en su recuperación con gran empeño?

¡A por el mar, querido Eduardo…!

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Luis Eduardo Aute, Alejandra Díaz Ortiz y Ana San Romualdo (Segovia, 2009)

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Bautismo

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Algo escribió Luis Eduardo Aute en el prólogo de Cuentos chinos sobre «la irregularidad caótica justificada por el contenido» de mis cuentos. Yo agregaría que el caos, entendido como algo que sucede para desarmar el orden que uno se empeña, inútilmente, en conseguir, se extiende al resto de mi vida.

Les cuento esto, porque nunca se me habría ocurrido imaginar que la presentación «mundial» de mi último libro sería en Bilbao, ciudad muy especial para mí, y a la que regreso después de unos cuantos años, uno más otro menos. De hecho, por aquella época, nada más lejos que pensar en escribir un libro. Mucho menos cuatro. Esa primera vez, como siempre que he cambiado de país, ciudad, continente, fue por un amor. ¿Por qué sí no?

En este segundo viaje a la ciudad de las Siete calles, las cosas han cambiado. Un cúmulo de inesperadas circunstancias y felices complicidades canallas, encabezadas por Txetxu Barandiarán, me llevarán el próximo jueves 3 de julio a la Librería Cámara de Bilbao, para presentar «No hay tres sin dos» (Trama editorial), acompañada de dos impecables −e implacables−, padrinos: Manuel Ortuño, editor donde los haya, y  John Hemingway, que ha reconocido al «chamaco», con sus letras y apellido.

Y aunque todo lo anterior me hace muchísima ilusión, lo que más me inquieta es el encuentro con las tres madrinas de excepción: Beatriz Celaya, Elena Sierra y Noemí Pastor, que se harán cargo de «destripar» al bautizado.

Por cierto, por si se lo preguntaban, de aquel amor, solo quedaron un par de relatos. Aunque estoy segura que en esta próxima aventura, se van a consolidar otros amores… (y algún nuevo cuento…)

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Presentación Bilbao.

 

Ay, Haití

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Una día de enero del 2010, sábado por la noche, recibí una llamada de Aurelio Martín. Recién le había conocido unos pocos días antes, durante la presentación de mis cuentos en Segovia.

Aurelio, periodista localmente mundial, de franca sonrisa, me pedía el contacto con Luis Eduardo Aute, para proponerle ser parte del concierto solidario «Ellos somos nosotros», cuyo objetivo era recaudar fondos urgentes para Haití. Me explicó que era una iniciativa popular y espontánea, pero totalmente apoyada por Pedro Arahuetes, el alcalde de Segovia.

Pensaron en Aute, porque le habían visto dando la cara por mi libro. Les pareció una persona cercana y, sobre todo, solidaria. No se equivocaron: en menos de diez días, fui a recoger a mí admirado amigo a la gasolinera que está a la entrada de la ciudad.

Nos recuerdo entrando al camerino. Eduardo estaba emocionado. Hacía mucho tiempo que no cantaba en la ciudad del acueducto y el Frontón Segovia estaba repleto de sus fans y de un montón de personas solidarias, cuya entrada sería destinada al fondo de ayuda para Haití.

Aquella noche, además, había una carga emocional muy especial en el ambiente: se había confirmado la muerte de Pilar Juárez, diplomática de la UE y conocida vecina de La Granja, a la que su propio hijo, recién llegado junto con su padre, desde Haití, rindió homenaje a su madre con música: una inesperada pieza llena de notas tristes, de esas que desgarran.

Mientras cantaba Rebeca Jiménez, la joven segoviana que se va abriendo un sólido camino en el panorama roquero nacional, nosotros intercambiábamos impresiones sobre lo que estaba pasando en Haití; lo que se sabía y lo que no se llegaba a contar. A Eduardo le preocupaba mucho poder hacer llegar ayuda efectiva. El concierto, para él, era el primer paso, pero ya se había puesto en contacto con otras organizaciones para colaborar. En eso estábamos, cuando llegó el marido de Pilar Juárez. Emocionado, le confío que ella había sido una gran admiradora suya y que, por eso, había insistido que fuera él, Aute,  y no otro, quien cantase esa noche.

Comenzó a sonar el grupo de Eduardo. Antes de salir hacia el escenario, como en los viejos tiempos aquellos en que hacíamos kilómetros de carreteras y despertábamos en cualquier hotel, nos abrazamos (un rito de camerino de los artistas, para que todo salga bien). Le desee el típico: «Mucha mierda, querido»… «Por y para ellos, nunca podrá salir mal» contestó.

Fue un hermoso concierto…

Un año después, los haitianos se han vestido de blanco para recordar a sus muertos. La Granja continúa su labor en Haití, manteniendo una procesadora de leche infantil, a modo de homenaje activo, y efectivo, a su desaparecida vecina. Muchas ONG´s siguen trabajando en la isla, pero nada es suficiente para resolver tantos años de olvido.

Mientras tanto, nos enteramos que la tan urgente ayuda ofrecida por los países desarrollados, proclamada en plena tragedia, cuando el desastre y los cuerpos de las víctimas llenaban las pantallas de los telediarios y las columnas de todos los periódicos, no ha llegado. No llegó. Y no se sabe si llegará.

Apenas un cincuenta por ciento de lo prometido ha ingresado a los fondos de ayuda. España es uno de los pocos países que ha cumplido con su compromiso solidario.

Ayer,  mi amiga Pilar Velasco nos compartió un vídeo que me ha emocionado tanto como aquel concierto… Lo he visto y re-visto muchas veces y tan sólo puedo decir: enhorabuena y gracias por la iniciativa, activa y efectiva,  de los colaboradores y trabajadores de la cadena Ser…

¡Ay, Haití!… Qué no te dejemos de oír…

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Casa número siete (Reajustes VII)

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Seis meses después de tu partida, me marcho de nuestra casa. No voy lejos. De hecho, apenas tengo fuerzas para irme tan solo unas cuantas calles arriba. Me mudo a la mitad de espacio. Será la única manera de abrir tu armario. De tirar los zapatos viejos. De romper papeles. De romper con esta pena…  ¡Tengo tantas cosas que tirar y no me atrevo!

Comienza la mañana y debo llenar cajas. Abro un cajón: saltan las tarjetitas que venían escondidas entre las flores que me enviabas por mis cumpleaños. Este noviembre no habrá flores ni tarjetas. Entonces, lo cierro con ira y me paseo por el jardín. No quiero, no puedo permitirme caer en este juego. Pero caigo.

Estoy haciendo la mudanza más dura y triste de mi vida, porque no estaba en mis planes hacerla. Porque ahora me tengo que inventar un espacio sin ti.

Porque marcharme de aquí es la prueba más certera de que ya no estás en mis días.

(Más no te preocupes, cariño, tu aroma está tatuado en los recuerdos. Y en tus libros de poesía, en los cuadros, en tu taza… Las cajas se van llenando.)

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El número siete de mi nueva casa me hizo recordar “Calle Melancolía”. Al buscarla en el youtube, me encontré con esta versión en la que aparecen dos hombres que han dejado una profunda huella en mi vida. Curioso compartirlos en este post contigo…

Segovia, 2016

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A Segovia llegué por amor, que es la mejor razón para llegar a cualquier sitio. Fue en el mes de abril de hace algunos años. La primavera asomaba tímida.

Recuerdo con cariño aquella «primera vez» en que, mi entonces novio, luego marido y del que ahora soy viuda, Carlos, mi poeta, preparó con diligencia aquella clandestina escapada (porque en aquel entonces, éramos furtivos). Me citó a las nueve de la mañana, advirtiéndome de que no debía retrasarme. Me subió en un autobús en la vieja estación de Príncipe Pío, en Madrid.

Yo, que apenas llevaba unos pocos meses en territorio español, supuse que me llevaba a conocer ¡Toledo! Cuando la listilla de mi se lo dijo, se echó a reír, me cogió la mano y me dijo: «Te llevo al sitio donde nacen los mejores versos» Entonces me imaginé que íbamos al pueblo vallisoletano de su amigo Gamoneda.

Pero el viaje se hizo corto: apenas una hora y ya habíamos llegado a nuestro destino. Al entrar a la estación leí: «Bienvenidos a Segovia» ¡Eso sí que fue una inesperada sorpresa!

Carlos, diestro guía, me condujo hasta el hermoso Paseo de la Fuencisla. A mitad del camino nos sentamos, abrió su inseparable bolso, sacó un pequeño libro, casi diminuto, de tapa roja y comenzó a leer un poema que me conmovió profundamente.

No sé si fue el inigualable entorno, la grave voz del lector, el amor que me bullía o todo junto al mismo tiempo:

«Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo…»

(Poemas de Faná, San Juan de la Cruz)

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En ese instante comprendí que estaba en Segovia, en el sitio preciso y con el hombre indicado. A partir de ahí, seguir andando, llegar hasta San Juan de la Cruz y guardar como un tesoro aquel pequeño ejemplar de sus poemas, han marcado mi vida desde entonces.

Al poco tiempo, llegamos a vivir juntos (y legales) a un pueblo cercano, pero como todos los caminos conducen a Segovia, he pasado todos estos años al pie del acueducto. Y de las calles de la judería. Y en los cafés de la Plaza Mayor. He subido y bajado la calle real tantas veces como he admirado las vistas en el paseo del Salón. Me saqué el carné de conducir entre sus pequeñas calles y la circunvalación. El Figón de los Comuneros ha sido testigo de grandes celebraciones al sabor de un plato de judiones. Muchos libros he regalado de sus pequeñas y acogedoras librerías.

Descubrí el mundo de Titirimundi. De las ferias interculturales, donde, por cierto, una vez me encontré con una vecina que tenía en la ciudad de México. He visto tocar a mi cuñado en las plazas, al son de la Música al fresco. Alguna noche la he pasado en blanco, sin darme tiempo a ver cuanto espectáculo estaba programado.

Segovia me ha dejado conocer a personas muy interesantes. Comprometidas con su entorno, con la cultura, con la vida. He ido al cine, al teatro. He conocido pintores, artistas, escultores que la aman y, que a través de sus obras y de sus charlas, me han enseñado a amarla de igual manera. Porque, lo más bonito de Segovia no está en su gran patrimonio histórico, sino en su gran patrimonio humano, que comparte, generoso, su ciudad.

Es aquí donde me bautizaron como escritora. Fue la ciudad y sus pueblos, los que llenaron mis folios de cuentos. La parroquia fue el Bar Santana, el padrino Luis Eduardo Aute, los invitados, todos, segovianos. Mi madrina, Doña Ana San Romualdo, que sin conocerme de nada, me conocía del todo. En una esquina, discreto, amable, sensible, descubrí a Pedro Arahuetes, un hombre que despierta mi curiosidad y respeto, pues, según cuentan las buenas lenguas, una de sus grandes inquietudes como alcalde, es apoyar a los que de una forma u otra, nos dedicamos a la cultura.

En Segovia también he vivido el peor episodio de mi vida, pero de ello sólo puedo agradecer la atención y cariño que recibí, y sigo recibiendo, en tan penoso trance.

Y podría seguir sumando los bienes que me ha dado esta hermosa ciudad: sus paisajes; sus callejones empedrados que me recuerdan mucho a algunos rincones mexicanos. Inconfundibles sus dulzaineras y las aguederas con sus rosquillas. Me gusta que me cuenten la leyenda del acueducto, una historia de las miles que componen su tradición oral…

A Segovia llegué por amor, y  me seguiré quedando por la misma razón, aunque la vida me conduzca por otros lares.

Por eso, cuando leo que en breve será la selección de las capitales culturales, no me queda ninguna duda de que los jurados que hayan estado alguna vez en Segovia, optarán por ella. Porque no hay nada más que se le pueda exigir a esta ciudad, que ya lo tiene todo.

Toda la suerte para Segovia, Capital Europea de la Cultura 2016.

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