Cuentos del (t)error: La merienda

 

Las únicas personas que me agradan son las que están locas:
 locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas.
(Jack Kerouac)

 

 

La historia comenzó así. Una mañana, casi al alba, iba yo andando por el desierto. Bordeando el pueblo, para más exactitud. Ni un alma viva se asomaba a mi encuentro: ni lobos, ni zorros, ni víboras. Un color rojizo asomaba tímido por mi lado izquierdo. Calculé que debía apurar el paso o el calor del mediodía me atraparía sobre el camino que me llevaba al lugar al que no quería volver. Por un instante, deseé que cambiara mi maldita suerte.

¿De dónde salió? Juro que no lo puedo asegurar con certeza. Simplemente, apareció justo a mi vera.

Sin ruido, sin polvo, sin aviso. Con el brazo extendido sobre el asiento vacío de un Cadillac azul del sesenta y cinco. Con la otra mano, de exquisitos y largos dedos, sujetaba el volante. Mostraba la sonrisa más bonita que había visto nunca. Y, que conste, yo no soy de cursilerías pero, sus ojos, detrás de aquella negra mata de pelo enmarañado, me parecieron la más bella epifanía a la que pueda aspirar cualquier mortal.

Con voz grave, me invitó a subir. (Si existía el demonio, seguro que hablaba así.)

Y me subí.

Tan alucinada estaba, que no reparé en la guadaña que aguardaba sobre el asiento trasero. No me importó: me dejé matar. Luego, yo hice lo propio.

Bueno, en ello estaba, cuando llegaron aquellos hombres.

No fueron suficientes mis desesperadas súplicas. No quisieron creerme cuando les juré que aquella mañana, el diablo y yo nos amamos por sobre todas las cosas.

― Desde luego, cada día entiendo menos… Mira que vivir en pleno centro y asegurar que esto es un yermo…, dijo uno de ellos.

― Pues en eso tiene toda la razón: tanta gente alrededor puede resultar el peor de los desiertos… En realidad, su locura es pretender merendarse a cachos a éste pobre infeliz…, respondió el otro, mientras me quitaba el tenedor de las manos.

Fue inevitable. A pesar de mi férrea resistencia, me ciñeron la camisa blanca de mangas entrecruzadas…

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N. de A.- Gracias al dueño del coche, Eduardo Fresneda, por regalarme la idea.

º

El desierto (2)

A Carlos, desde aquella tarde…

Abrumado por tanto dolor, el animal herido huía cuando su mirada tropezó conmigo y yo salí volando.

Al tiempo, aquellos ojos, medio marrones, medio verdes, me volvieron a encontrar  ―distraída―  en un rincón del desierto cotidiano. Con urgencia, desaparecí.

No me sirvió de nada. Imperceptible, su contemplación se fue enredando con mí soledad, abrasándome. Una tarde de febrero le miré por primera vez. Sonreí.

Desde ese momento ― sin perderme de vista ni un instante ― me robó el alma, el cuerpo y la razón.

Apagué la luz, cerré los ojos y le dejé hacer.

(Cuando volví a ver, él miraba para otro lado.)

(Variación sobre un cuento chino)
Julio 2007/ Mayo 2010