Conversaciones en cualquier terraza de verano (I)

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(Mesa a la izquierda)

Ella: A mí me gustan los hombres de antes pero con las cosas de ahora.

Él   : Pues yo antes era muy malo. Ahora soy así.

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(Mesa a la derecha)

Él:   Permítame…

Ella: ¡Ay, muchas gracias!, qué amable es usted.

Él:     Señora, así me educó mi abuelo. Siempre me decía que un hombre se viste con los pies. Además, soy republicano…

 

Madrid, Calle Alcalá (1935)
Madrid, Calle Alcalá (1935)

 

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N.deA.-  Prometo que las conversaciones, pilladas al vuelo, fueron reales. Mi mesa, por supuesto, estaba al centro… Aunque yo también soy republicana.

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Píxeles

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Pues ahí estaba yo: rellenando el perfil, que más que perfil, parecía una ficha policial.

¿Altura? Pues 1,64 m. ¿Edad? Bueno, un par de años menos, ¡qué más da!: 42. ¿Color de pelo? Bueno, ahora lo tengo castaño, pero tengo ganas de un cambio: pelirroja.

¿Tatuajes? Un error de juventud: sí. ¿Aficiones? ¡Uf! Si digo que me gusta hacer ganchillo, pensarán que soy una antigua. Y si digo que me gustan las motos… Nada, lo normal: cine, lectura y pasear. ¿Quieres tener más hijos? ¡Pero si no tengo ni uno! Y si digo que sí, saldrán huyendo: No, no quiero.

¿Apariencia? ¿Esbelta, delgada, atlética, unos kilos de más? ¡Pero si todas tenemos unos kilos de más!

¿Te consideras muy atractiva, agradable de ver, solo atractiva, normalita?… ¿Qué significará “agradable de ver”?

¿Qué tipo de hombre quieres? Marca las casillas que se correspondan con tu búsqueda… ¡Pues puesta a pedir!: “Alto, atractivo, universitario, buena posición económica, sin cargas familiares, simpático, buen humor, inteligente, cariñoso, sincero, romántico, culto, con pelo, ojos claros, sonrisa agradable, que sea fiel y con disposición al compromiso”.

Tampoco es que pida mucho. Pues bien, ya está: perfil aprobado y activado. Allá voy… (seguir leyendo…)

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Publicado en “Los Relatos de Estío” del periódico Cuarto Poder.

Crónica de una pregunta inevitable

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Se lo fue advirtiendo por activa, por pasiva y hasta por reflexiva.
Lo hizo por la mañana, por la noche, y algunas veces, por teléfono.
También a voces. También sin voz, pero por escrito. Una vez trató en silencio.
Alguna tarde lo intentó con risas que, inevitables, se trocaron en sal.
Por ahí leyó que era bueno hacerlo con velas y vino. Tan solo consiguió enturbiar la oscuridad.
Lo probó con todo y se quedó sin nada. Al final, un mal día, se rindió.

− ¿Cuándo dejaste de quererme?, le escuchó preguntar desde el fondo del insomnio.

No consiguió responder.
También se le habían muerto las palabras.

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Me voy, Julieta Venegas.

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