It´s a safe place?

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En su cara no había más de veintidós años y unas ojeras que delataban algunas noches de mal dormir. Me fijé en él cuando se acercó a hablar con Ruth, al finalizar la asamblea de los Derechos animales. Agobiado, casi disculpándose, le dijo que no podía acudir a la siguiente reunión, convocada a menos de media hora: «Me tengo que ir al pueblo. Hay un autobús a las doce. Hay que votar y me despisté con el voto por correo. Mañana mismo estoy de vuelta aquí».

Mientras la Toledano y yo pedíamos la vez en el baño de un bar cercano, reflexioné   – es lo que había que hacer ayer según la ley electoral –  en la gran lección que estamos recibiendo. Le dije a la comadre: «Si hace una semana me preguntan que en qué país se iba a gestar el cambio, desde luego, España habría ocupado uno de los últimos lugares». Así de asumida teníamos a la mal llamada generación Ni-Ni: la de mi hija.

Y es que son los jóvenes los encargados de revolucionar. Todos hemos tenido nuestra generación para ello. A mis padres les tocó la revolución del Ché y, ya de salida, el 68. A mí, la herencia de aquel año olímpico; la movilización estudiantil y la legalización del partido comunista. Luego, a partir de los noventa, todo pareció quedarse quieto, hasta que volvió la guerra de Irak y los «S y M» en Usa y España. Entonces, pareció moverse algo que pronto volvió a quedarse inmóvil.

Hasta que, el domingo 15-M (m de Muchos, de Movimiento, de Manifestación) nos sorprendió a todos. Y, cuando digo a todos, incluyo a los propios convocantes de aquella primera marcha, tal como ellos mismos han declarado.

Con desalojo incluido, lo que éste movimiento ha dejado claro es: primero, su espontaneidad. Segundo, su ejemplar civismo. Tercero, en mi opinión, una nueva forma de hacer revolución: no hay siglas ni líderes visibles (no hay chés, ni leníns, ni sub-marcos a la vista), lo cual es una gran ventaja para no levantar suspicacias.

No hay violencia, sino todo lo contrario: se impone el “buen rollo”. Hay indignación reconvertida en fuerza creativa. Un hombre mayor, cocinero voluntario, declara contento: “Aquí es el único sitio donde he encontrado trabajo en los últimos cinco años”.

Han demostrado una ejemplar capacidad de organización en menos de nada. En la Puerta del Sol y alrededores (y, supongo, que en el resto de plazas de toda España) hay una «ciudad» que funciona coordinadamente. Hay horarios que se respetan, por ejemplo, en las áreas de alimentación. Hay guarderías, bibliotecas. Un taller de diseño. Hay espacios para opinar, para pensar, para descansar, para debatir. Hay una comisión de limpieza. Voluntarios que vigilan el orden anticipándose al desorden. Se aconseja evitar el consumo de alcohol para no ser etiquetados de botellón. Ayer, los vigilantes instaban a no desplegar pancartas contra ningún partido. Y todos, TODOS los que estaban ahí, estaban convencidos de ir a votar hoy domingo.

Por la tarde,  me «empotré» a las actividades de Ruth. Quería ver como funcionaba el asunto de las asambleas. Ella tenía que participar en la de Derechos animales. Tardé cerca de una hora en dar con su reunión en la plaza del Carmen, reconvertida en un ágora repleta de grupos de trabajo temáticos: vivienda, empleo, economía, política, medio ambiente, etc… Lo cierto es que mientras veía como se desarrollaban los debates, recordé mis épocas estudiantiles: «Vamos a votar si votamos».

A mi lado estaba una chica que, desde luego, no respondía al perfil definido por intereconomía: no era una perroflauta, sino más bien rubia bien teñida y perfectamente maquillada. Tampoco se la veía antisistema, más bien todo lo contrario: vestida a la moda, con buen tacón y bolso al uso. Vamos, lo que yo, mal etiquetaría, como una “pijilla”. Pues ¡sorpresa! La chica estaba ahí porque le preocupaba mucho votar correctamente. Del otro lado, otra mujer, imagino jubilada, llegada de algún pueblo cercano, participaba muy activamente en la asamblea animalista. Le inquietaba mucho no poder estar en la siguiente reunión porque también participaba como voluntaria en la comisión de limpieza y le coincidían las horas.

Ninguna de las dos, ni el resto de los que estábamos en la plaza, les aseguro, estábamos haciendo «el indio». Aunque a mí, lo de indio, me gusta serlo, que para eso algo de ellos corre por mi sangre. Y si algo han demostrado los indios a lo largo de la historia, es su coraje y dignidad al defender a su pueblo y sus derechos.

Entrada la noche. Bien entrada, antes de volver a casa y después de dejar a la comadre en la plaza Jacinto Benavente, en la reunión previa a la Asamblea General, me perdí por Sol. Más de una hora tardé en cruzar el kilómetro cero de un lado a otro. El ambiente era emocionante: parecía no caber ni un cuerpo más pero cabíamos todos. A cada instante, se levantaban las manos agitadas al aire. Unas manos que dicen ¡Sí!

Mientras trataba de avanzar entre la multitud para irme de la Puerta del Sol, sentí que una mano se aferraba a mi hombro como si yo fuera el salvoconducto para salir de ahí. Al volverme sorprendida, una hermosa mujer morena, turista desconcertada, se disculpó:

― Excuse me… What does happen here?

― It´s a spanish revolution ― contesté.

― It´s a safe place? ― me preguntó con ojos de sorpresa.

― It´s the most safe place on the world… Enjoy it! ― le respondí orgullosa…

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(Foto tomada del blog de calipso)

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Cena para tres

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― Cariño, tenemos que hablar…

Juan suspiro con fastidio. Sabía que esa frase era la antesala para una mala noche. Era algo que no lograba entender de las mujeres: ¿Por qué demonios siempre dejaban los asuntos espinosos para última hora?

― ¿Qué te pasa ahora, María?

― Me he acostado con Paco… No sé como pasó, pero pasó…― Tomó aire y se lo soltó así, a bocajarro. Cerró los ojos llena de vergüenza, esperando la explosión.

― ¡¿Con Paco?!…  ¡¿El vecino del 3ºA?! ― respondió, incrédulo.

― Sí, la otra noche, cuando estuviste en tu congreso… Nos encontramos en la escalera… Le invité a cenar… Nos pusimos a ver una película… Y cuando quisimos darnos cuenta… Lo siento, de verdad lo siento…― Hipando por el llanto, María trataba de disculparse.

― ¿Con besos?

― Sí ― musitó, avergonzada.

― ¿Desnudos?… ¿En nuestra cama?

― Sí… Por favor, perdóname… ¡No sé como sucedió!

― ¿Con orgasmos?

― Sí… no… no sé… ¡No sabes lo mal que me siento!― respondió María, confundida por la tranquilidad de su marido.

― ¿Te gustaría hacerlo otra vez?

― ¡Juan, por dios! ¿Qué pregunta es esa?

― Ninguna, cariño, es que deberías volverle a invitar para poder cenar los tres…

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Babel (El club de las canciones)

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Este mes, para variar, el querido Antón nos pone otra prueba. En esta ocasión pretende confundirnos con el tema. Llevo varios días dándole vueltas a este post para terminar aún más confusa. Así que, me remito a las definiciones: Babel o Balái, es una palabra derivada del hebreo,  aunque su etimología bien podría acercarse más a bab-ilu «lugar de confusión».

Según la RAE, confundir es:

(Del lat. confundĕre).

1. tr. Mezclar, fundir cosas diversas, de manera que no puedan reconocerse o distinguirse. La oscuridad confunde los contornos de las cosas. U. m. c. prnl. Su voz se confundía en el griterío.

2. tr. Perturbar, desordenar las cosas o los ánimos. Su estrategia confundió a los jugadores. U. t. c. prnl.

3. tr. equivocar. Los daltónicos confunden el rojo y el verde. U. t. c. prnl. Me confundí de calle y me perdí.

4. tr. Convencer o concluir a alguien en la disputa.

5. tr. Humillar, abatir, avergonzar. U. t. c. prnl.

6. tr. Turbar a alguien de manera que no acierte a explicarse. U. t. c. prnl.

Inevitable, me viene a la memoria una de las frases favoritas de Carlos: «Estoy perfectamente instalado en la confusión». Le gustaba citarla cuando de amores andábamos de estreno. Ese estado confuso al que te lleva el enamoramiento: una mezcla de alegría, miedo y pocas certezas.

Aunque Antón subtitula el tema como un asunto de comunicación e incomunicación humana, lo cierto es que en bab-ilu se puede vivir felizmente, mientras no se nos ocurra aclarar la situación. Cosa, por cierto, bastante habitual en los seres humanos.

Como muestra de los estados babelicos, me permito incluir unos de mis Cuentos chinos (Trama editorial), así como proponer a Luz Casal como una buena muestra del estado confuso en que se puede decidir permanecer porque así nos resulta más agradable vivir.

Gal y Matías

–         Matías, quiero hablar contigo…

–         Mira, Gal,  mejor no… ¿Sabes?… Yo sé que tú sabes que yo sé lo que tú quieres que yo sepa… Y yo prefiero no saber lo que tú sabes que yo sé… Mejor lo dejamos pasar… ¿Vale?

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Tema:  No me importa nada

Intérprete: Luz Casal

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Tiempos modernos

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¿Qué tienen en común los milagros y los cuerpos?

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escepticismo.

(De escéptico e -ismo).

1. m. Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo.

2. m. Doctrina de ciertos filósofos antiguos y modernos, que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla.

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