Encuesta de bolsillo

 

 

Pregunta para encuesta de bolsillo ref: 3.1416-Kbrea-T:

 

¿Ha recibido, leído, escuchado, soñado y/o imaginado, alguna buena noticia en los últimos ciento veinte días?

 

  1. No
  2. NS/NC

 

*No tener en cuenta el día de los reyes magos. Ni el  de San Valentín o el de su propio cumpleaños. Se excluyen números de lotería con premio y/o reintegro. Tampoco vale hablar de Islandia que, sin discusión, es la mejor noticia recibida en mucho tiempo por los comunes y corrientes que quisiéramos reproducirla en todos, y cada uno, de nuestros países. Pésima para los banqueros y sus políticos.

 

  • En el caso de que su respuesta haya sido SI, le rogamos sea tan amable de compartirnos el milagro.
  • En el caso de haber respondido que NO, le informamos que queda usted incluido automáticamente en un nuevo estudio, que será publicado en breve, sobre personas (pre)ocupadas en leer el periódico todas  las mañanas y de individuos que se (re)crean con los noticiarios durante las comidas. Incluirá al grupo de enloquecidos conductores que escuchan los debates radiofónicos en el coche. En suma, el estudio estará dirigido al perfil poblacional en riesgo de sufrir el Síndrome del masoquista social.
  • Si es de los que no saben no contestan… ¿Está usted vivo?

 

Noche de Champions

«…Odio la plancha. El cubo y la fregona. Las sábanas limpias. Preparar el desayuno. Sacar la basura. Pensar en la comida. Sonreír al frutero. El café de la esquina. La camisa de mi jefe. No aguanto el tráfico. La lejía me marea. Igual que el insoportable aroma de la gente. Me irritan las voces de mis compañeras. Detesto el fútbol. Mi suegra es una foca. Los niños me molestan. Qué vieja me estoy haciendo…»

Terminó de mojarse la cara. Se miró al espejo. Lanzó un profundo suspiro. Se sonrió a sí misma. Le sentaban tan bien esos desahogos.

Pasó por la cocina, sacó dos cervezas bien frías y preparó un par de bocadillos. Dejó las viandas en la mesita del salón, justo a los pies de Juan, su marido, que ni se inmutó. Ella no se lo tenía en cuenta.

El pobre estaba muy ocupado en discutir las órdenes del entrenador de su equipo, mientras trataba de no perder de vista al árbitro. No era para menos: la mismísima Champions estaba en juego.

Abrió la lavadora…

 

 

Tarjeta de embarque

A pesar del tiempo, podía recordar cada detalle de aquella habitación. En su memoria, el azul de la acuarela colgada cerca de la ventana con cortinas grises. Sobre la mesilla, dos vasos con restos de güisqui.

Lo hicieron tres veces. Dos por la noche y una al despertar. Durante el desayuno, evitaron hablar de lo que ya sabían: él se regresaba a su país a media tarde. Lo más probable sería que nunca se volvieran a encontrar. Al menos no, como en la tarde anterior. Por culpa de un paquete de tabaco.

Tras su marcha, se dedicó a preservar en la memoria aquel azar. Una y otra vez, fue buscando en las historias que le siguieron, al único hombre que le dejó probar que, el amor que idealizaba, sí existía. Menos que eso, no aceptaba. Así pues, solo se fijaba en los altos, morenos, de pelo negro rizado. Con pómulos definidos y hoyuelos en la sonrisa. Con la mirada dulce de unos ojos marrones. Pero, en los diez años que pasaron desde aquel cuarto de hotel, ninguno tuvo la suerte de coincidir, ni en el momento, ni con su deseo.

― ¿Julia?

Escuchó su voz. Ahí estaba él, detrás de ella, esperando su turno en la puerta de embarque. Sin atreverse a girar la cabeza, evocó en un instante el azul del cuadro, el gris de las cortinas, el verde de la colcha. Las sábanas hechas nudos, la ropa por el suelo. A su olfato vino el olor que mezclaron sus cuerpos. Repasó el montón de cartas que le envió de tarde en tarde. Rescribió las que él nunca le mandó.

De golpe, despertó del montón de noches arrepentidas por no haber tenido las agallas, hasta ese preciso momento, con el billete en la mano, para ir a buscar al amor de su vida. A su amor eterno. Tampoco él se lo pidió.

Buscó y rebuscó en su memoria, en los detalles e, incluso, en sus fantasías. Pero no fue capaz. No consiguió recordar su nombre.

Sin mirar atrás, fingiendo no haberle oído, subió al avión…

As time goes by

«Cuando despiertes y te levantes,
Y veas tu cuerpo en ese espejo de amor,
Acuérdate: te estoy mirando.»
( Los mares detenidos, Carlos Álvarez-Ude)

 

¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que llegue el tiempo de mejores tiempos? Siento pasar el tiempo que no se piensa ir.

Nuestro tiempo. No fue largo, ni breve. Tampoco fue lento, ni bueno ni malo: fue tiempo, simplemente. Nosotros fuimos los adjetivos. Él, el sustantivo epiceno que nos vio pasar.

Pero el tuyo se detuvo a contratiempo. Desde entonces, mi mal tiempo, y el tiempo por venir, le siguen dando vueltas al reloj. Y me consuelo con un «tiempo al tiempo», cuasi un atemporal oxímoron, al que supongo poderes curativos. Incluso, hay quien me asegura que, a su paso, obra olvidos.

Tiempo laso que apenas avanza. A des-tiempo in-justo para (re)nacer. El tiempo de ausencias, de lluvias, de rosas, de calor, de sequía. Invernal.  Tiempo muerto.

Hace tiempo. Cuánto tiempo. Vaya tiempo.  Pasado, presente y futuro: tiempos del verbo amar. Tiempo completo. Tiempo perdido. Día a día, voy haciendo tiempo, como si de una maleable plastilina entre mis manos se tratara, mientras espero a que se agote el tiempo.

Así, con apenas tiempo, yo quise parar el tiempo, pero tú seguiste andando.

De aquello, hace tiempo. Dos años justos, el día de hoy…

El 16 de abril de 2010, Carlos Álvarez-Ude, poeta y editor, soltó amarras y se pararon las olas
para facilitar el camino a sus naves: la de la poesía, la de la amistad, la del amor… In memóriam (Ruth Toledano, 2010)(leer más…)

Derecho canónico

Pues nada, que llega mi marido y me dispara a bocajarro que se va. Dice que lo nuestro se agotó. Así,  en plan telenovela.  Me senté por no caer. Le pregunté si se encontraba bien. Me dijo que sí, que no, que bueno. ¿Y, entonces, cuál es la razón?, me atreví a preguntar.

― No es una razón, son muchas acumuladas en el tiempo. Pero voy a ser directo: me he enamorado de otra mujer que me hace muy feliz. Es guapa, joven, atenta, trabajadora, muy cariñosa, alegre…

― ¡Para! No hace falta que me digas más ―le interrumpí. Si así son las cosas, querido, marca tú el destino, que yo te sigo.

¿Acaso no es el sagrado sacramento el que obliga a estar unidos para siempre, en lo bueno y en lo malo?… ¡Ni loca me pierdo yo de una chica tan perfecta!…

 

(Imagen: sueñito rem)

Al punto

 

Mientras el señor de la mesa cuatro elige su menú, ignora que en la cocina Everardo acaba de matar a Roco, el gerente en turno, sospechoso de ser el objeto de los excesos clandestinos de Lupita, la camarera. Por las noches, su mujer.

El cliente de la tal mesa se decide por una ensalada y un lomo al punto, tras un breve intercambio de sugerencias con la mujer que le acompaña:

― ¡Pero, María! ¿Cómo es que piensas pedir pescado? Date cuenta que estamos en la parrilla de las mejores carnes de la ciudad. No sé cómo o qué les echarán, pero ya me gustaría a mí saber su secreto, porque mejores no he comido…

Él ignora que Lupita, la recién ascendida al cargo de «gerente emergente en funciones», está ordenando, en ese momento,  que metan a Roco a la cámara frigorífica. Que limpien la sangre del suelo y que atiendan la última comanda. La de la mesa cuatro.

Everardo, el pinche convertido en inesperado cocinero en  jefe, apenas y se atreve a mostrar a su nueva jefa la hoja de existencias. Con la cabeza gacha, extiende una temblorosa mano que sostiene el papel en el que, precisamente, se indica que lomo de buey es lo que no hay. Lupita, impasible, deja caer su mano sobre la tabla de picar, justo sobre el arma del delito.

¡Supremo!, declara el cliente, satisfecho al ver su kilo de carne en el centro de la mesa. Al tiempo que se deleita con una buena tajada, insiste a su compañera de mesa:

― ¿Lo ves, hermosa?… Mira si la carne es fresca en este lugar…  Fíjate en las manchas de sangre que lleva la chica en el delantal… ¡Hasta parece que acaban de matar al buey!…

 

De amores y machos

Sé que estás agradecida por no tener que estar siempre «estupendísima y divina de la muerte» delante de mí. Me gustas igual en pijama, despeinada y ojerosa, que vestida con tu linda falda azul.

Incluso, podría jurar que adoro tus ronquidos. Y que me hace muy feliz lo libre que te sientes para desnudar conmigo tus emociones. Me da igual que grites, blasfemes o te pongas a bailar como una feliz desquiciada. Desde hace mucho tiempo dejó de preocuparme  la hora de tu regreso a casa. Tengo la certeza de que siempre volverás por mí.

Me crezco al notar tu orgullo cuando salimos juntos por la ciudad. Percibo tu miedo si, al acercarse algún desconocido, saco pecho. Y, aunque parezcas enfadada, y hasta te puedas llegar a ofuscar, sé que te sientes la persona más segura del mundo cuando estoy a tu lado.

Disfruto mucho cuando les cuentas a los demás las cosas que hacemos juntos. De lo guapo que estoy, y de lo feliz que andas desde que vivimos juntos.

¿Sabes cuándo te empecé a querer? Sucedió a los pocos días de conocernos.

Fue en aquella merienda  veraniega en el campo. Lucías hermosa. Estabas tan radiante y siempre pendiente de mí. Recuerdo que fui unos de los temas principales de conversación. Me estaba molestando mucho que opinaran sin ningún tipo de pudor. ¡Como si yo no estuviera presente en aquel corro! Tus amigos, algunos parecían seriamente  preocupados, iban exponiendo sus pros y contras de nuestra incipiente relación. Una decía que te ibas a atar «de por vida» con un compromiso así. Otro pensaba que estabas conmigo por no estar sola. Lola profetizó que te ibas a quedar como tu tía María, la que nunca se casó. Alguno más aseguró que podrías encontrar algo mejor. ―Es que no me da confianza, te susurró la prima Inés.

Tú me defendías con ahínco, hasta que, harta ya de tanta tontería, diste por zanjado el tema con un: «Lo sé. Es un macho, pero no me importa. Lo adoro.» Fue entonces, y no antes, cuando yo disipé todos mis miedos y te empecé a querer de verdad.

Me gusta verte dormir. Tranquila, confiada de que estoy velando tus sueños. Cuando sales de viaje, te añoro tanto que hasta me llega a doler. Y es que no hay nada que se pueda comparar a nuestras caricias. A tus manos paseando por mi cuerpo. Tu presencia es lo que más deseo a cada momento.

Y me siento morir cuando estás desolada y te da por hablar conmigo durante horas, y noches eternas. Y yo, que te quiero a rabiar, apenas si soy capaz de ir lamiendo tu tristeza…

Pero, ¡mujer! Tienes que entender que yo soy un perro que, como mucho, te puedo ladrar. Te lo suplico, por el bien de nuestra relación, sal a la calle y búscate un novio de tu misma especie, con el que puedas jugar a amar…

¡Ah! Y, de ser posible, que tenga una perrita tan hermosa como tú…

Mezcalito, mi macho…