It´s a safe place?

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En su cara no había más de veintidós años y unas ojeras que delataban algunas noches de mal dormir. Me fijé en él cuando se acercó a hablar con Ruth, al finalizar la asamblea de los Derechos animales. Agobiado, casi disculpándose, le dijo que no podía acudir a la siguiente reunión, convocada a menos de media hora: «Me tengo que ir al pueblo. Hay un autobús a las doce. Hay que votar y me despisté con el voto por correo. Mañana mismo estoy de vuelta aquí».

Mientras la Toledano y yo pedíamos la vez en el baño de un bar cercano, reflexioné   – es lo que había que hacer ayer según la ley electoral –  en la gran lección que estamos recibiendo. Le dije a la comadre: «Si hace una semana me preguntan que en qué país se iba a gestar el cambio, desde luego, España habría ocupado uno de los últimos lugares». Así de asumida teníamos a la mal llamada generación Ni-Ni: la de mi hija.

Y es que son los jóvenes los encargados de revolucionar. Todos hemos tenido nuestra generación para ello. A mis padres les tocó la revolución del Ché y, ya de salida, el 68. A mí, la herencia de aquel año olímpico; la movilización estudiantil y la legalización del partido comunista. Luego, a partir de los noventa, todo pareció quedarse quieto, hasta que volvió la guerra de Irak y los «S y M» en Usa y España. Entonces, pareció moverse algo que pronto volvió a quedarse inmóvil.

Hasta que, el domingo 15-M (m de Muchos, de Movimiento, de Manifestación) nos sorprendió a todos. Y, cuando digo a todos, incluyo a los propios convocantes de aquella primera marcha, tal como ellos mismos han declarado.

Con desalojo incluido, lo que éste movimiento ha dejado claro es: primero, su espontaneidad. Segundo, su ejemplar civismo. Tercero, en mi opinión, una nueva forma de hacer revolución: no hay siglas ni líderes visibles (no hay chés, ni leníns, ni sub-marcos a la vista), lo cual es una gran ventaja para no levantar suspicacias.

No hay violencia, sino todo lo contrario: se impone el “buen rollo”. Hay indignación reconvertida en fuerza creativa. Un hombre mayor, cocinero voluntario, declara contento: “Aquí es el único sitio donde he encontrado trabajo en los últimos cinco años”.

Han demostrado una ejemplar capacidad de organización en menos de nada. En la Puerta del Sol y alrededores (y, supongo, que en el resto de plazas de toda España) hay una «ciudad» que funciona coordinadamente. Hay horarios que se respetan, por ejemplo, en las áreas de alimentación. Hay guarderías, bibliotecas. Un taller de diseño. Hay espacios para opinar, para pensar, para descansar, para debatir. Hay una comisión de limpieza. Voluntarios que vigilan el orden anticipándose al desorden. Se aconseja evitar el consumo de alcohol para no ser etiquetados de botellón. Ayer, los vigilantes instaban a no desplegar pancartas contra ningún partido. Y todos, TODOS los que estaban ahí, estaban convencidos de ir a votar hoy domingo.

Por la tarde,  me «empotré» a las actividades de Ruth. Quería ver como funcionaba el asunto de las asambleas. Ella tenía que participar en la de Derechos animales. Tardé cerca de una hora en dar con su reunión en la plaza del Carmen, reconvertida en un ágora repleta de grupos de trabajo temáticos: vivienda, empleo, economía, política, medio ambiente, etc… Lo cierto es que mientras veía como se desarrollaban los debates, recordé mis épocas estudiantiles: «Vamos a votar si votamos».

A mi lado estaba una chica que, desde luego, no respondía al perfil definido por intereconomía: no era una perroflauta, sino más bien rubia bien teñida y perfectamente maquillada. Tampoco se la veía antisistema, más bien todo lo contrario: vestida a la moda, con buen tacón y bolso al uso. Vamos, lo que yo, mal etiquetaría, como una “pijilla”. Pues ¡sorpresa! La chica estaba ahí porque le preocupaba mucho votar correctamente. Del otro lado, otra mujer, imagino jubilada, llegada de algún pueblo cercano, participaba muy activamente en la asamblea animalista. Le inquietaba mucho no poder estar en la siguiente reunión porque también participaba como voluntaria en la comisión de limpieza y le coincidían las horas.

Ninguna de las dos, ni el resto de los que estábamos en la plaza, les aseguro, estábamos haciendo «el indio». Aunque a mí, lo de indio, me gusta serlo, que para eso algo de ellos corre por mi sangre. Y si algo han demostrado los indios a lo largo de la historia, es su coraje y dignidad al defender a su pueblo y sus derechos.

Entrada la noche. Bien entrada, antes de volver a casa y después de dejar a la comadre en la plaza Jacinto Benavente, en la reunión previa a la Asamblea General, me perdí por Sol. Más de una hora tardé en cruzar el kilómetro cero de un lado a otro. El ambiente era emocionante: parecía no caber ni un cuerpo más pero cabíamos todos. A cada instante, se levantaban las manos agitadas al aire. Unas manos que dicen ¡Sí!

Mientras trataba de avanzar entre la multitud para irme de la Puerta del Sol, sentí que una mano se aferraba a mi hombro como si yo fuera el salvoconducto para salir de ahí. Al volverme sorprendida, una hermosa mujer morena, turista desconcertada, se disculpó:

― Excuse me… What does happen here?

― It´s a spanish revolution ― contesté.

― It´s a safe place? ― me preguntó con ojos de sorpresa.

― It´s the most safe place on the world… Enjoy it! ― le respondí orgullosa…

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(Foto tomada del blog de calipso)

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La primavera es pelirroja

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a Ruth Toledano, porque la quiero.

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El día de hoy entra oficialmente la primavera. Y llega como debe ser: una mañana soleada, alborotada por el ir y venir de los pajarillos que apuran sus nidos y sus mejores trinos de amor.

También hoy se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, un tema del que aún queda mucho recorrido por hacer.

En todo el mundo, los poetas celebran el Día de la Poesía, lo que me recuerda lo mal que he quedado con Norberto García Herranz, entusiasta y comprometido poeta y organizador del Día de la Poesía en Segovia. Este año me acercaré al teatro Juan Bravo y veré si puedo volver con el ejemplar del libro editado el año pasado y en el que se incluyen algunos versos de Carlos.

Curiosamente, hace ocho años, nos manifestábamos en la Puerta del Sol al grito de: NO A LA GUERRA. Hoy estamos siendo testigos, impasibles, del comienzo de una nueva intervención militar. Nos dicen que ésta tiene carácter humanitario. ¿Acaso no fue el mismo argumento utilizado en la guerra de Irak?  Las razones no han cambiado: el petróleo y los oscuramente claros intereses económicos, valga el oxímoron.

Pero, también hay un buen recuerdo. El 21 de marzo de 2003 tuve el privilegio de conocer a una mujer pelirroja natural en Madrid, lo que ya la hacia única en ese momento.

El encuentro fue en el salón de su casa en Chueca, ahumado, en ese momento, por muchos de sus amigos que también lo eran de Carlos, quien le había pedido prestado el «nido» a su mejor amiga. Cuál sería mi sorpresa al llegar ahí, yo con toda la vergüenza de quien se siente culpable por andar cometiendo pecado, y ver aquella fiesta tan divertida. Pensé «nuestro gozo en un pozo».

Más la sorpresa fue mayor cuando, a los diez minutos de nuestra llegada, aquella curiosa pelirroja llamó al orden y se llevó a todos sus invitados a otro sitio. Creo recordar que dijo algo así como: ¡Vamos, que estos chicos tienen que quedarse solos! Yo no entendía nada. «Esto en México no pasa», me dije. ¡Una cita de amor clandestino, de pronto, se había convertido en todo un suceso público!

Antes de cerrar la puerta de su casa, la hermosa pelirroja, que luego se convertiría en mi comadre (a la mexicana) en mitad de nuestra accidentada boda y, que a la fecha, considero cuasi una hermana, aunque nuestra historia es tan atípica como nosotras mismas, me plantó dos besos y me dijo: Te dejo el corazón rojo encendido…

Esa noche, a la luz del corazón rojo, Carlos escribió estos versos a modo de ofrenda. Hoy, 21 de marzo, ocho años después, los encuentro por demás significativos: la primavera, la guerra, la civilización, el amor, la ausencia…

La ausencia

Ahora mismo te estoy viendo

con esa expresión tan tuya:

un rictus en la boca

que significa.

Los ojos entornados,

mirándote el corazón,

pensando -poco- el sentimiento.

Y, de repente, la luz

que, aunque en el cielo poco le queda,

tú la pones, farola de la vida,

de toda nuestra vida.

Esos ojos rasgados

que miran del todo

y, aun pareciendo ausentes,

delatan ternura, pasión

que tú mereces.

Llegó la primavera

y nos sorprendió reunidos.

Sí, re-unidos, pues -estoy seguro-,

nos vimos en otra parte,

y el imán nos fue acercando

hasta el encuentro.

Dos mundos,

varias civilizaciones,

hicieron explosión.

No para la guerra,

sino para la ternura,

para escucharnos,

para acariciarnos despacio

y poder decir

que aún existe el respeto,

y, más que nada,

esa manera de estar completa

que significa amar,

amor.

No tengo palabras para despedirme. Sólo te guiño un ojo y, más tarde, te haré una caricia y te daré dos besos, que no son blasfemia ni derrotas, sino regreso a la inocencia perdida.

Bexos,

Carlex

(N.- Lo transcribo tal cual lo recibí)

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¿Por delante o por detrás?

Así como de inevitable ha sido mantenerme al margen del mundial, más por razones del corazón que por tener una razón, así de inevitable fue no ver esta mañana uno de los encierros de San Fermín. Bueno, si, pudo ser evitable, apagando el televisor, pero quise comprobar la sinrazón.

La primera idea que me vino a la cabeza fue que, en México, se les  llama mozos a los que sirven. A los que van delante del amo, abriéndole las puertas y limpiando sus zapatos.

Luego, pensé en que todos esos mozos vestidos de blanco con pañuelo rojo al cuello, que corren por delante de seis animales desorientados  (cuyo instinto les hace buscar una salida, ignorantes de que el juego es el «pilla, pilla» y cuyo final ya está pagado, hagan lo que hagan), son una manada de egoístas, por no hablar de lo irracional que resulta todo el tema.

Se trata de que no les pille el toro. No importa los que caigan a su paso. El mozo pasa por encima de quien sea, aunque el caído esté herido. Da igual que pueda ser su hermano o un torpe  desconocido. El caso es llegar,  por encima del que sea y como sea. El objetivo final  es muy claro:  ser  el más animal de todos.

A modo de premio, horas después, ese mismo mozo, aplaudirá que, otros, vestidos de pocas luces, cobren la factura, armados con espadas de matar. Pero, eso, ya lo explica bastante bien, Ruth Toledano en  http://www.elpais.com/articulo/madrid/Salvajadas/elpepiespmad/20100709elpmad_12/Tes

Para completar el domingo, esta tarde seremos testigos de la gran e histórica final del mundial de fútbol. No la quiero evitar. Se la debo a Carlitos.

Veremos justo lo contrario. Dos equipos, cada uno con diez jugadores correr por detrás de un balón y,  al onceavo jugador, defender su portería. En este caso, el objetivo es clavar tantos goles, como sea posible, en la casa del rival.

El secreto del éxito, coincide todo el equipo de la selección española, es la labor de equipo. Cada uno tiene que estar pendiente del resto. Sólo con la labor de conjunto, pueden sorprender al contrario con jugadas que culminen en el gol decisivo. O, evitar que el otro equipo sorprenda al portero y les gane la partida.

Al final, tras correr los noventa minutos reglamentarios, más el tiempo extra que otorgue el árbitro, a modo de premio, el ganador recibirá una copa: la más deseada del mundo. Entonces habrá lágrimas de alegría; abrazos; felicitaciones, besos…

Y, para los hinchas, forofos, seguidores y, hasta para los simples espectadores ocasionales  como yo, contagiados por la euforia de la masa, habrá una clara lección:  entre todos, detrás del objetivo, podemos conseguir que las cosas cambien.

Los que corren por delante, me dan miedo. Sé que no dudan en pasar por encima de ti o de mi o del resto, para clavarnos la estocada…

Así que yo,  prefiero por detrás… Y ¿usted?

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Carles Puyol haciendo el signo "Tortura no es cultura" (Contra el maltrato animal)

“Egos a las finas hierbas” de Ruth Toledano (publicado en El País, 11/06/2010)

Allí estábamos todos, con nuestros egos revueltos, como los llama Juan Cruz (“los egos son la materia misma de la escritura”). Egos revueltos esplendiendo sobre la hierba en ese backstage al que se refería el otro día la periodista Lola Huete. Éramos esos excursionistas que han ido a pasar un día de picnic en lo que ella llamaba la trastienda de la Feria del Libro: la parte de jardín, más o menos privilegiado, que hay detrás de las casetas de editores y libreros. Excursionistas librescos, por así decir.

Nos había convocado la escritora Alejandra Díaz-Ortiz, que como es mexicana no tuvo dificultad en sobornarnos con promesas de guacamole. Allí estábamos, en la parte de atrás de la caseta 94, compartida por la editorial Trama y por la joven editorial Veintisiete Letras (cuyo lema son estas palabras, también mexicanas, de Octavio Paz: “Nos hacen falta obras-puente y hombres-puente. Nos hace falta un pensamiento crítico que, sin ignorar la individualidad de cada obra y su carácter único e irreductible, encuentre entre ellas esas relaciones, casi siempre secretas, que constituyen una civilización”).

En ese backyard nos recibieron Alejandra y Manuel Ortuño, su admirable editor, un hombre que hace libros porque le gusta, porque quiere y por lo tanto puede, porque ama los libros, porque cree en la literatura. En sus expositores, una delicia, se codean títulos raros de grandes escritores (Lady Nicotina, de J. M. Barrie; Diario de Adán y Eva, de Mark Twain; Cuentos de una abuela,de Georges Sand) con títulos raros de escritores estrambóticos (París Canalla, de Maurice Sachs; Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Philippe) y títulos raros de escritores exquisitos (Mi suicidio, de Henri Roorda; El amor es la desgracia, de Joan Rois de Corella).

A su lado, codo con codo, los brevísimos Cuentos chinos, de Alejandra Díaz-Ortiz (Siete vidas tiene el gato: “Mi primera vida la perdí jugando a la pelota. La segunda me abandonó buscando una respuesta que nunca encontré. La tercera me la robó un cantante de mala fama. De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón. Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta. La sexta la doné a Soledades sin Fronteras. La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar en lo más profundo de tu boca”). Y junto a ellos, junto a ella, Los mares detenidos, de Carlos Álvarez-Ude, editor de la mítica revista Ínsula, que fue su esposo y pasó recientemente a la otra dimensión, desconocida. El último regalo de su vida fueron sus poemas, publicados por Trama, escritos por Manuel Ortuño: “Resucita el Cantábrico. / He llegado y le hablo, de ti, de mí, de cuando el aire / es viento, o solo eso: / aire, tenue caricia del beso”.

Así, en familia de sangre y en familia literaria, sobre la hierba, bajo la sombra de cualquier árbol (que diría la escritora Bárbara Aranguren -quien también firmará, mañana sábado, en la caseta de Huerga&Fierro Editores, su nuevo libro de relatos,Madame Ming),en un microclima de frescura y cariño que combatía el calor con calor, pasamos el día en la Feria del Libro, rodeados de niños con un cuento en la mano, de perros sueltos, de familias latinas que compartían sandía. Bebimos, reímos, nos tumbamos: okupamos la Feria. Y me dio por pensar que esta edición incorporaba más que nunca esa parte de atrás sobre cuyo césped se tumban los autores, los editores, los amigos, los lectores; me dio por pensar que la Feria del Libro, de las palabras, era más que nunca un pacífico reducto, un refugio neutral frente a la crispación y el miedo que provoca una sola palabra.

Me dio por pensar que esa (esta) crisis maldita nos estaba brindando la ocasión de recuperar el verde, la brisa, la lectura, el simple estar. Que (más allá del negocio) los libros siempre han sido nuestros aliados frente a la soledad, a la frustración, a la incertidumbre, a la confusión, a la tristeza. Que han sido también el mejor reflejo de nuestra alegría y de nuestro amor. Pensé que los libros nos han salvado siempre y que acaso esta sea la ocasión de salvarlos también a ellos de la especulación, de la banalidad, del exceso. Recordé que Carlos Borsani, hombre de teatro, me había dicho que la crisis iba a ser buena para templarnos el carácter: ¿acaso hay una imagen que retrate mejor a un carácter templado que la de alguien concentrado frente a un libro abierto, enfrascado en su lectura, abstraído?

En esas estaba cuando otro editor, Juan González, llegó acompañado del más pospoético de sus escritores, Agustín Fernández Mallo, cuyo alto y gafapastoso ego esplendió como un paradigma en nuestra fina hierba. Tuve fe, entonces, al recordar la Aclaración previa su libro titulado Postpoesía: “De la misma manera que las células actúan por duplicación de lo más pequeño a lo más grande, y acogen en su estructura toda la información del pasado para lanzarla al organismo futuro, la poesía postpoética intenta ser ese germen proteico, esa célula, que recoja la tradición, experimente con ella, la ensamble a todos los ámbitos de la cultura del siglo XXI, y la relance hacia un futuro orgánico, no estático, complejo, sin que por ello deba arrastrar proyectos utópicos del pasado”. Tal aclaración se subtitula El huevo lógico. Entonces pensé que nada está perdido si existen libros así, nucleares. (Si existen momentos así). Feliz lectura, compañeros de crisis. Va por vuestro ego, lógicamente.

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Texto leído en el homenaje a Carlos Álvarez-Ude en Poo de Llanes.

El pasado día 1 de mayo, en el Centro de Cerámica de Póo de Llanes, Asturias (un sitio que hay que conocer) se le rindió un cálido homenaje a Carlos. Organizado por Miguel Trevín y Avelino (sus amigos de toda la vida), participaron de sus recuerdos el poeta Leopoldo Sánchez Torres; el escritor Luis Arias Argüelles-Meres; su hermano Fernando y su “primogénito” Juan, además del propio Trevín y yo misma.

Hablar de Carlos Álvarez-Ude resulta relativamente sencillo. Sería repetir lo que  un montón de personas han dicho, y escrito, acerca de su bien hacer profesional. De su singular generosidad, algo muy escaso, en el entorno literario. Sería redundar en su gran sentido de la amistad y de la solidaridad.

Lo que sí podría agregar, es algo acerca de la excepcional expresividad de sus ojos.

Pero, en esta ocasión, me gustaría destacar una faceta que tuve el privilegio de conocer, y vivir, al lado de él. La del editor riguroso… y enamorado.

A través de las cartas que solíamos escribirnos, Carlos intuyó en mí la capacidad de transmitir a partir de la escritura. Yo misma la ignoraba, no obstante él, a lo largo de  los años, me insistió para que me lo tomara en serio. Yo, con la desconfianza que da, el ni siquiera haberme planteado jamás, volar en globo y escribir un libro, me reía de él y le decía que me leía con ojos de amante.

Pero sembró la semilla de la duda y comencé a inventar historias que, luego, discusión mediante, entre autora y editor, él me iba corrigiendo. Y así, sin darnos cuenta, ya estaba yo publicando mi primer libro. Creo que, además de su mujer, para él fui un muy  personal proyecto editorial, del que se sintió muy orgulloso.

También, estoy segura, que se involucró tanto en desarrollar mis habilidades, para poder evadir las suyas, que en él eran innatas.

Yo siempre le preguntaba qué razón había para que, a esas alturas de su vida, jamás hubiese publicado su propio libro. Sobre todo, conociendo la gran cantidad de poemas que a lo largo de la misma fue escribiendo: para cada uno de sus amores; para sus hijos; para sus amigos; para la vida misma… Carlos, mostrando el índice derecho, en ese gesto tan suyo, me decía: «Después de haber leído que la vida iba en serio, yo no tengo nada qué decir» Así pues, la culpa era de Gil de Biedma… y yo, sin argumentos, aceptaba su respuesta…

Hasta el día que se me ocurrió robarle el original de «Los mares detenidos» (Trama Editorial, 2010)  y publicarlo, con la complicidad de sus buenos amigos Marcelo y  Manolo Ortuño. De no haberlo hecho así, Carlos, pudoroso y, porque no decirlo, temeroso de no encajar la crítica, jamás habría tenido su primer libro publicado.

Y digo primer, porque tengo toda la intención de rescatar una serie de poemas que he ido encontrando en el cajón de los recuerdos, así como diversos textos y correspondencia, que bien pueden dar un buen repaso a la vida literaria desde 1970 al 2005, años en los que estuvo inmerso de lleno en el mundo editorial y poético, no sólo de España, sino de América en general.

Carlos y yo no tuvimos hijos, sin embargo, conformamos una hermosa familia numerosa: Juan, Eva, Sara y Daniela, dos perros y una gata.

Y, bueno, si: tuvimos dos bellos hijos de papel, que llevan nuestros apellidos…

Quince días después del homenaje que le organizó la querida comadre, Ruth Toledano,  el 8 de febrero en el Círculo de Bellas Artes en Madrid, recibió una carta de Don Antonio (para él), Gamoneda para todos los demás. En esa hermosa hoja de papel, escrita a mano —que, por cierto,  me pasé «traduciendo» más de cuatro horas—  el poeta le dice:

Gracias, muchas gracias por Los Mares Detenidos , un libro espléndido, que he leído de un tirón, que sin duda, va a colocarte en el alto lugar de reconocimiento en que, no sé porque no estabas. O sí, si lo sé: porque durante toda tu vida, has hecho más por otros, que por ti mismo. Pues a ver si te acuerdas de una puñetera vez de Carlos Álvarez-Ude, de Carlos el que escribe cosas como

«Incertidumbre de la miel que recuerda

y se adhiere al corazón del amante…»

Después de leer la carta, Carlos guardó silencio durante dos días. Al tercero, me pidió que le transcribiese, de su libretita, negra y roja,  el libro de “La Losa”: «Tengo que ponerme a corregir algunos versos» me dijo.  Pero fueron más las ganas, que las fuerzas…

La madrugada anterior a su partida, recobró algo de fuerza. Me llamó y me pidió un cigarro. Nos lo fumamos juntos. Luego, me pidió que le diera un beso y me preguntó «¿Me quieres?» Yo, como siempre hacíamos en esos juegos pactados de pareja, le respondí: «ya sabes que no». Sonrió y me dijo que apagara la luz…

Y, ya ves, Carlos (me van a disculpar, pero esto es entre él y yo),  al final me has hecho venir a Llanes. Aunque de muy mala manera, querido…

Dónde estés haciendo versos, gracias por estos años…

Centro de Cerámica de Póo de Llanes

1 de mayo, 2010.

Ajuste de Cuentas (V)

Ayer me dio una tregua la tristeza. Desayuné con Daniela y fuimos a comprar su regalo de cumpleaños (el qué me habías dicho tú, que le querías hacer). Luego me fui a comer con tus hijos al Nabuco. La verdad, Carlos, tienes tres hijos maravillosos: dulces, cariñosos, buenas personas y con la cabeza bien amueblada.  Lamento no haberles tenido más cerca durante todos nuestros años.

En fin, la comida, además de sabrosa, fue divertida. Eva recordó que ahí te gustaba comer las berenjenas, pero nadie las pidió. Concretamos las cosas que quedan por concretar y que parecen complicadamente concretables.

Conclusión, el sábado nos vamos todos para el norte, pues resulta que tus queridos Miguel Trevin y Avelino te han organizado un homenaje en Llanes. Creo que va a ir media Asturias por ahí. Ya le avisé a Luis Arias Arias que ha sentido mucho tu partida y él a su vez le avisará a otros y esos a otros y, bueno, ya sabes como funciona la cosa.

El caso es que después iba a ver a Ruth pero, por una absurda desconexión de teléfonos de mi parte y de la suya (todo hay que decirlo), cuando conseguimos hablar, yo ya estaba metida en el supermercado. Le dije que la llamaría cuando terminara de hacer la compra.

Así pues, con mi carrito fui recorriendo los pasillos. Había demasiada gente ¡a quién se le ocurre ir en sábado! Me comencé a agobiar y a andar más de prisa. Puse el automático y a meter lo que necesitaba, apenas sin mirar. Al final, como siempre, la comida de los perros y la gata.

Busqué la caja con menos cola, puse la compra en la cinta y de pronto ¡Joder! Me doy cuenta de que llevo un montón de cosas que no son para mí, pues no me gustan. Todo aquello que compraba sólo para ti: espárragos, mejillones, cuajada, berenjenas, chocolate Lindl (y no de otra marca)… Así que, toco retirada, vuelvo a meter todo en el carrito, sonrío a  la mirada sorprendida de la cajera y doy marcha atrás.

Por alguna razón que no cuestioné, me sentí en la necesidad de devolver todo a su sitio, cuando lo más fácil habría sido dejarlo en la misma caja. Pero no, necesitaba volverlo a poner uno por uno en su lugar. Como si de una lección de infancia se tratara. Para que no me olvide que, a partir de ese momento, la manera de comprar ha cambiado extrañamente.

Pasé por la caja rápida. Comida de gato, comida de perro, café, una botella de leche, algo de queso y un poco de agua con gas.

Al subirme al coche, le mandé a Ruth un mensaje: «Me voy a casa, me urge recolocar la despensa».