Cuento chino

Que sea mi sombra la que mueva tu aire.
(JAG)

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Es lunes. Apenas marca las siete el reloj. Hoy es el día que señala la mitad de diciembre, pero no hace frío.

Sobre el inmenso telón del universo, luce una espectacular luna. Me emociona su descarada belleza a esa hora. De fondo,  Space Oddity de Bowie.

Vuelvo a casa. Me sirvo un café. Abro el periódico: «Los chinos han llegado a la luna».

Inevitable, se me estruja la emoción ante tal noticia. Se desvanecen los veinte minutos de lujo inesperado que pasé acompañada por ella: la última luna, casi llena, de este año.

(Un viaje de ida y vuelta hasta la estación de tren. Corto en kilómetros. Demasiado largo hasta la próxima vez…)

Ahora he visto las imágenes en la red. ¡Es verdad! Los chinos han llegado a la luna.

Y, de pronto, la he imaginado invadida por los todo a cien…

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El ladrón de sonrisas

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Dentro de la especie de «guante blanco» se clasifica al ladrón de sonrisas. Hábil, sagaz, afable y refinado, es especialista en escoger a sus víctimas. En su tarjeta de presentación se define como un ser atractivo pero triste. Prefiere que la gente se divierta sola, más su propia felicidad depende de que no lo hagan en absoluto. De ahí, su profesión.

Le basta un fugaz cruce de miradas con unos ojos desvaídos para, a continuación, hacer una rápida valoración de sus manos. Si de acariciar se trata, el ladrón sabe que las manos que no practican, se vuelven torpes.

Muchos años de experiencia le han enseñado a rumiar el momento propicio en que, sibilino y encantador, se lanzará, despiadado, al indefenso cuello de su próxima recompensa.

Para que la misión tenga el éxito deseado, es importante sopesar el ánimo distraído de la presa. Esta deberá tener la guardia tan baja que le resulte harto imposible volver a levantarla. De esa forma, le será más sencillo acercarse a ella para musitarle las tres obligadas palabras envenenadas al oído.

En menos de un chasquido,  la sonrisa será suya.

Por lo general, la víctima en turno será incapaz de reaccionar al inesperado asalto. Tal como indica el instinto común, la presa se rendirá antes de oponerse y no dudará en entregar cuanto de valor posee. Casi siempre, el corazón. Pero al ladrón sólo le interesará sustraerle la sonrisa, por lo que, sin reparos, despreciará el resto del botín.

Hábil taxidermista, lo primero a transformar de su objetivo será la mueca que, a forma de labios extendidos, exhibe el incauto rostro. Este paso lo conseguirá con relativa facilidad bajo aviesas zalamerías, tales como: «me emocionan tus palabras escritas… tu voz que acaricia cuando habla… los decorados que encargas para el embeleso… los regalos que transmites con el roce de tus labios… la sabiduría de tus manos y la calidez de tu piel ahuyentadora de inviernos…».

Lejos estará la víctima de intuir que, en un abrir y cerrar de boca, su gozo será transmutado en infeliz castigo. Cándida, inerme y encantada, le entregará su mejor sonrisa. Con ella,  transformará lo que antes era un rostro grisáceo y desanimado, en un hermoso poema cargado de vida. Será entonces cuando el zaino ladrón verá completado con éxito su delito. Satisfecho, desaparecerá tan expedito que la presa apenas tendrá tiempo de darse cuenta de lo que le acaba de suceder.

Más tarde, en algún escondrijo de ignota región, el ladrón de sonrisas expondrá en la estantería su recién disecado trofeo. Satisfecho de su generosidad, se sentirá en paz con su inconsciencia. En su huida, además de devolver a su víctima la mirada turbia, le dejará la certeza de que no tendrá con que volver a sonreír. También le obsequiará un nuevo miedo.

En tanto, al otro lado del espacio, ella recreará hasta la saciedad los detalles del atraco, sintiéndose culpable por haber caído obnubilada ante el vil ladrón. Lamentará haber sido una gran boba, incapaz de haberle visto venir. Inútilmente, tratará de recordar cómo se sonríe.

Pero este cuento tendrá final feliz.

Una soleada mañana, nuestra víctima se despertará ligera de miedos, convencida de que donde las dan, las toman. Se mirará al espejo y verá reaparecer una especie de mueca que pintará de nuevo sus labios. Con firmeza, se jurará ― y perjurará ― que ningún ladrón de sonrisas volverá a sorprenderla… ¿O sí?

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N. de A.-  Es de justicia señalar a Óscar Berdugo como coautor de este cuento, ya que sin su inestimable inconsistencia, nunca habríamos descubierto al ladrón. Gracias.

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El desierto (2)

A Carlos, desde aquella tarde…

Abrumado por tanto dolor, el animal herido huía cuando su mirada tropezó conmigo y yo salí volando.

Al tiempo, aquellos ojos, medio marrones, medio verdes, me volvieron a encontrar  ―distraída―  en un rincón del desierto cotidiano. Con urgencia, desaparecí.

No me sirvió de nada. Imperceptible, su contemplación se fue enredando con mí soledad, abrasándome. Una tarde de febrero le miré por primera vez. Sonreí.

Desde ese momento ― sin perderme de vista ni un instante ― me robó el alma, el cuerpo y la razón.

Apagué la luz, cerré los ojos y le dejé hacer.

(Cuando volví a ver, él miraba para otro lado.)

(Variación sobre un cuento chino)
Julio 2007/ Mayo 2010