Van Gogh

Todo lo que uno pueda imaginar, otros pueden hacerlo realidad.
(Julio Verne)

 

Ella

Me invitó a comer y yo me sentía muy feliz. Había estado fuera más de una semana y me moría de ganas de verlo. Lo había echado tanto de menos…

Él

La invité a comer. Pensé en llevarla a un sitio agradable. Un entorno relajado, aire limpio, cielo abierto. Nos iríamos a la sierra. Estaba seguro de que aquel entorno ayudaría.

Ella

Me recogió puntual. Parecía tener la misma urgencia que yo por nuestro encuentro. Le planté un ardiente beso al verlo. El arrancó hacia la carretera.

Él

Al verla tan sonriente, tan guapa, tan esperándome, me sentí feliz por un instante. Me besó. Un cosquilleo me recorrió todo el cuerpo. Enfilé el coche hacia el norte.

Ella

La comida fue estupenda. Me puso al día de su viaje mientras bebíamos vino y dábamos cuenta de un exquisito pulpo a la brasa. Luego me invitó a dar un paseo por el campo. Me sentí enamorada.

Él

Tenía que llevarla a caminar. En campo abierto todo sería más fácil. Así, sin más vueltas.

Ella

Pasmada me quedé. Muda, noqueada, cual boxeador antes de caer a la lona. El maldito canalla no había podido escoger mejor paisaje para mandarme a la mierda.

Si su propósito era anular mi resistencia, lo consiguió sin mucho esfuerzo. Además, tuvo la cortesía de regalarme el mejor recuerdo de mi peor desgracia con aquel bello y bucólico campo pintado de girasoles que se extendía delante de mi desconcierto. Crueldad supina la suya. Me llevó hasta ahí para cumplir con la última voluntad del condenado: buena comida y la visión de algo hermoso, justo antes de morir.

Creo recordar que comenzó con un “Lo siento, no es por ti. Me equivoqué. Yo creí que un nosotros sería posible…”.  Sé que en algún momento dejé de escucharlo. Su voz se iba transformando en un susurro muy lejano, mientras mi vista se perdía en los infinitos campos pintados de amarillo girasol. Pensé en Van Gogh. Entendí, en ese instante, la triste languidez de sus pinceladas.

Él

Bueno, tal parece que no se lo tomó tan mal. Resultó mejor de lo que yo esperaba. Me dejó hablar y, sin decir ni reclamar nada, se volvió a subir al coche.

En el camino de vuelta, lejos de hacer el drama que yo temía, me fue hablando de aquel pintor que se cortó una oreja. Sí, ese que se hizo célebre pintando girasoles. Creo que se mató, ¿no?

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Los girasoles

Anuncios

Madrid-Donostia-Irún-Madrid

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En Donostia, jueves 11 de diciembre a las 20:00 h. Espacio Reflex.

Calle Egia 24 bis, sótano.
En Irun, viernes 12 de diciembre a las 19:00 h. Kabigorri Ateneoa.

Calle Peña 1.

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Cherry’s Club

(Lunes, 5:23 a.m.)

 

¿Bailas?

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“… Alguno dirá que ahí hay más de una palabra. No es cierto, lo que hay de más es el título, pero no importa. Lo que importa es que con mi intervención o sin ella, nació la autora de ya tres libros originales, frescos (en todos los sentidos) divertidos y desde luego, fáciles y difíciles de leer. Porque son historias mínimas que obligan (es un decir) a escribir mentalmente lo que falta: qué pasó antes, durante y después, quiénes son ellos y sus circunstancias, de dónde vienen, a dónde van… Son tres libros que convierten al lector en escritor…” (seguir leyendo)

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Conversaciones en cualquier terraza de verano (I)

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(Mesa a la izquierda)

Ella: A mí me gustan los hombres de antes pero con las cosas de ahora.

Él   : Pues yo antes era muy malo. Ahora soy así.

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(Mesa a la derecha)

Él:   Permítame…

Ella: ¡Ay, muchas gracias!, qué amable es usted.

Él:     Señora, así me educó mi abuelo. Siempre me decía que un hombre se viste con los pies. Además, soy republicano…

 

Madrid, Calle Alcalá (1935)
Madrid, Calle Alcalá (1935)

 

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N.deA.-  Prometo que las conversaciones, pilladas al vuelo, fueron reales. Mi mesa, por supuesto, estaba al centro… Aunque yo también soy republicana.

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Día del libro 2013

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             El próximo día 23 de abril, día de San Jorge y Día del Libro,  he sido invitada a la Librería del Mercado, en la calle Tribulete 18, Madrid, para leer algunos Cuentos chinos con una Pizca de sal, a partir de las 19,30 hrs.

            Valga el pretexto para hacer nuevos amigos…

Y para saludar a los conocidos… 

¡Pasaré lista!

Contra

Llamada perdida

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Ayer, mientras esperaba una llamada que nunca llegó, me di cuenta que tenía una llamada perdida que, por estar esperando la llamada que nunca llegó, devolví ya entrada la noche.

Siempre es una alegría, sobre todo si no estás en uno de tus mejores días,  saludar a un buen amigo desde hace un infinito de años, «mejor no hacemos cuentas», me dijo. Resulta que me llamaba para preguntarme si tenía algún plan para el domingo. «Pues no, ninguno», le respondí, convencida de que me propondría ir a comer o algo así.

En efecto, era «algo así». O algo más que así: era para invitarme a la gala de los premios Goya. ¡Y yo con estos pelos!, pensé. (¡Con la de amigas guapas que tiene este chico y me invita a mí!, eso ya lo pensó mi ego…)

Por supuesto que sí, encantada, acepté. Pero también le dije que me estaba haciendo una gran faena. No tengo disfraz para la ocasión. Estamos en crisis. Agenda en mano, a llamar a las amigas con «fondo de armario».

Adoro la solidaridad femenina. En menos de una hora, ya tenía el ajuar completo: vestido, abrigo, zapatos y complementos.

Luego, como no tenía mucha idea sobre esta gala, me puse a buscar información. Se entregarán veintiocho premios y un Goya de Honor, en esta ocasión para la actriz Concha Velasco. Las películas favoritas son, Blancanieves de Pablo Berger y Grupo 7, de Alberto Rodríguez.

Mi paisano mexicano, y excelente actor, Daniel Jiménez Cacho, es uno de los nominados. Fernando Trueba, con El artista y la modelo. Maribel Verdú, José Sacristán, Ángela Molina… También me enteré que estrenan un nuevo escenario, conducido por Eva Hache.

Por supuesto que esta edición no estará exenta de reivindicaciones. Se anuncian «tambores de guerra», en protesta contra los recortes al cine y la subida del IVA.

Y entonces caí en cuenta que, hace justo diez años, también estuve en la gala de los Goya. Entonces, la protesta fue contra la guerra de Irak. Aún, hoy, se habla de aquel memorable día. Fue en febrero del 2003. Yo apenas llevaba un mes en Madrid y, si ahora confieso no tener mucha idea de lo que se mueve tras bambalinas, entonces mi conocimiento era nulo. Fue un lujo inesperado haber estado ahí, en directo.

También recordé con cierta nostalgia como, mi amigo Nico el siciliano, me acompañó, en plan «personal shopper»,  a elegir el modelito para la ocasión. Gracias a su buen gusto, y a que era época de rebajas, pude asistir, divina de la muerte, con un vestido que me costó diecinueve euros…

Una vez más, ¡gracias vida!, estaré en una gala que se promete especial. Tan especial como la de hace una década. Y vuelvo a tener la suerte de verla en directo. Ya no como una «sin papeles», sino como una con muchos papeles escritos…

(Prometo contar los pormenores…)

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La moda es sueño, Museo Cerralbo.
La moda es sueño, Museo Cerralbo.

Tarjeta de embarque

A pesar del tiempo, podía recordar cada detalle de aquella habitación. En su memoria, el azul de la acuarela colgada cerca de la ventana con cortinas grises. Sobre la mesilla, dos vasos con restos de güisqui.

Lo hicieron tres veces. Dos por la noche y una al despertar. Durante el desayuno, evitaron hablar de lo que ya sabían: él se regresaba a su país a media tarde. Lo más probable sería que nunca se volvieran a encontrar. Al menos no, como en la tarde anterior. Por culpa de un paquete de tabaco.

Tras su marcha, se dedicó a preservar en la memoria aquel azar. Una y otra vez, fue buscando en las historias que le siguieron, al único hombre que le dejó probar que, el amor que idealizaba, sí existía. Menos que eso, no aceptaba. Así pues, solo se fijaba en los altos, morenos, de pelo negro rizado. Con pómulos definidos y hoyuelos en la sonrisa. Con la mirada dulce de unos ojos marrones. Pero, en los diez años que pasaron desde aquel cuarto de hotel, ninguno tuvo la suerte de coincidir, ni en el momento, ni con su deseo.

― ¿Julia?

Escuchó su voz. Ahí estaba él, detrás de ella, esperando su turno en la puerta de embarque. Sin atreverse a girar la cabeza, evocó en un instante el azul del cuadro, el gris de las cortinas, el verde de la colcha. Las sábanas hechas nudos, la ropa por el suelo. A su olfato vino el olor que mezclaron sus cuerpos. Repasó el montón de cartas que le envió de tarde en tarde. Rescribió las que él nunca le mandó.

De golpe, despertó del montón de noches arrepentidas por no haber tenido las agallas, hasta ese preciso momento, con el billete en la mano, para ir a buscar al amor de su vida. A su amor eterno. Tampoco él se lo pidió.

Buscó y rebuscó en su memoria, en los detalles e, incluso, en sus fantasías. Pero no fue capaz. No consiguió recordar su nombre.

Sin mirar atrás, fingiendo no haberle oído, subió al avión…

Rédito

 

Para mi hija Daniela, que espera un golpe de suerte…

 

Sí, el piso en el que vivo ha sido un golpe de suerte. Esas sorpresas que te da la vida y que, o las tomas o no las vuelves a ver. Claro que dudé muchísimo cuando vi el anuncio:

«Piso de 150m, en el centro de Madrid, al lado del parque del Retiro. Completamente amueblado. 150€ al mes, incluye gastos». Eso era imposible.

Di por hecho que se trataba de una errata, así que ni me molesté en llamar. Sin embargo, el anuncio aparecía día sí, día también. Intrigada, mandé un correo a la dirección indicada. Cuál no sería mi asombro al recibir la respuesta:

«No hay ningún error en el precio.  Si está interesada, se lo puedo mostrar el próximo jueves…»

Entonces, sospeché que se trataba de un timo o, peor aún,  de algún pervertido que atraía a sus víctimas con una oferta tan chocante, máxime con la que está cayendo. Pero, lo confieso, picó mi curiosidad: quería comprobar alguna de mis teorías.

Confirmé, por la misma vía, la cita para tres días después.

Luego, llamé a mi amigo Pedro ―dos metros y mucho músculo― y a su novia, Blanca, cinturón negro de karate, para que me acompañaran. Antes de salir hacia la dirección acordada, tomé la precaución de dejar santo y seña en casa de mi madre, en la mesa de mi jefe y en la mesilla de mi hermana.

El piso era extraordinario. Era la última planta de un viejo edificio señorial,  recién reformado, y  con los acabados más finos que uno se pueda imaginar. El salón lucía un inmenso ventanal desde el que se apreciaba una  espectacular vista de la ciudad. Los suelos eran de madera barnizada y pulida con esmero. Los muebles, simplemente, exquisitos.

Entrando y saliendo de cada habitación,  me sentía una especie de Cinderella colada en algún palacio. Por un segundo, me imaginé viviendo bajo esos  techos altos, arropada por sus delicados frisos. Hasta que me topé con los ojos verdes de la dueña de la casa.

Se trataba de una mujer hermosa que delataba una antaña juventud de belleza y buena cuna. Vestía de negro riguroso. Su rostro era una mezcla de dulzura y encono, a partes iguales. Constreñidos, sus labios parecían incapaces de sonreír.

― Señora, el piso es una preciosidad, pero no lo entiendo: ¿Ciento cincuenta euros mensuales?… ¿No le parece una locura?…

Discretos, Pedro y su novia  desaparecieron por algún pasillo. La dueña me indicó con su delgado brazo que me sentara en el mullido, e inmenso, sofá de plumas de oca. O, al menos, de eso pensé que debería estar relleno tan delicioso mueble. Ella hizo lo propio, sentándose justo enfrente de mí.

― Hay poco que entender, dijo casi en un susurro. Mira, ¿Julia?…

― Sí… Julia del Valle, le confirmé.

― Hoy hace un año que enviudé. Cuarenta años de matrimonio. Tres maravillosos hijos y cinco nietos. Un marido que hasta el último día fue un ejemplo de rectitud. Buen padre, buen marido, buen trabajador, buen amigo y… buen amante…

― ¿Un buen qué?, repliqué. Me parecía haber escuchado mal. Tal palabra no podía haber salido de su contenida boca.

― Sí, eso: un buen amante, repitió, frunciendo el ceño con aversión. Eso fue, querida. El día que se abrió su testamento, tras repartir lo que todos dábamos por hecho, al llegar a la última cláusula, apareció éste piso a su nombre y su póstumo deseo:

«Ha de arrendarse y el rédito de tal operación deberá ser entregado, con obligado cumplimiento, cada día cinco de mes, a Doña Aurora Montero, en justo reconocimiento a la mujer que entregó su juventud a mis tardes enamoradas durante los últimos treinta años. De ésta forma, dejo garantizada su manutención, que se verá seriamente afectada a consecuencia de mí deceso. También ordeno que le sea devuelto el reloj de oro que nunca me quité y que conservé en arras de tan noble amor»…

Y yo, que le quise tanto, cumpliré con su última voluntad… ¿Firmamos el contrato?

*Basado en una historia real que me contó mi madre hace muchos años…