Ajuste de cuentas (IX)

Hoy he asomado la nariz a los quehaceres cotidianos. Tenía que llevar el coche al taller, para tenerlo listo para el viaje.

Justo a mitad de camino, me he encontrado con la bella Ainhoa  ¿la recuerdas? Te gustaba tanto ese hermoso duende de la vida, siempre regalando una sonrisa.  Pues, fue verla y comenzar a llorar como una Magdalena.  Su delicado y firme abrazo, desmoronó lo poco que me quedaba de coraza y desarmó mi mueca 34,  la de “estoy bien, a ratos”… y ya no pude parar…  Al final, terminamos las dos llorando en mitad del camino del palacio, ante la mirada del guarda que no entendía nada y  de unos gamos que corrían felices a nuestro alrededor.

Cuando llegué al taller, media hora más tarde,  los ojos me delataron.  Tuve qué decírselo a José,  que me dio el pésame y conmovido se ofreció a hacerse cargo de todo. Incluso, me llevó hasta mi otro quehacer. Para las dos de la tarde, ya me había cruzado con cuatro personas conocidas más.

Me escondí en la peluquería, pero resultó peor el remedio: durante el tiempo que estuve ahí, todas las canciones “chorras” (como solías decir) que salían del pequeño altavoz, y que tenía justo al lado de mi oreja derecha, me ponían más melancólica. Pero, sobre todo, me sentí triste al mirarme al espejo y saber qué no estarías en casa para ver el nuevo tinte.  Tú siempre te fijabas en esos detalles.

Volví a casa corriendo y, desde entonces,  no ha parado de llover.

Creo que llueve porque sabes qué el sábado nos vamos y no te quieres ir…

Ni yo tampoco.

Ajuste de Cuentas (VIII)

Esta mañana me levanté fuerte de ánimo y decidí subir a la torre. Durante todos estos días, lo había estado evitando, llenando la escalera que lleva a ella, de cualquier cosa: periódicos, libros, papeles, etc… Como sí todo ello fuese fabricando un muro inexorable entre la triste realidad de tu partida y las estanterías de nuestra vida.

Lo primero que hice fue abrir la ventana y permitir que la luz y el incansable piar de los pajarillos invadiera la habitación. Luego, con un giro de 180º  la recorrí con la mirada. La verdad es que estábamos recopilando una buena biblioteca: la de tu «tercera reencarnación», solías decir.

Di cinco pasos y abrí un cajón de los tuyos, de los que llevaban cerrados muchos años. El primer recuerdo, una foto tuya, me pegó un puñetazo en el estómago. Fue como esas horribles cajas sorpresa que te asustan, literalmente, con la cara de un payaso mal hecho. Pero, hice de tripas, corazón, y hundí la mano hasta el fondo del desconcierto.

Se me ha ido la mañana en ello. Me gustó comenzar a (re)descubrir tu pasado. Un pasado del que tan sólo me hablabas, pero del que apenas fui testigo. Encontré un montón de documentos y de cartas. He decidido invertir mi tiempo en ordenar y clasificar todos esos archivos. Es probable que hasta surja un buen proyecto de repaso histórico literario. La verdad, ha resultado interesante mirar con estos ojos, tu tesoro poético.

Estaba tan entusiasmada leyendo manuscritos, poemas, artículos que, sin darme cuenta, caí en una caja que hubiese preferido abrir en otra ocasión. Tenía que haberte insistido en que hicieras la limpieza qué tanto postergabas, cuando nos mudamos a esta casa. Imaginarás que se nubló todo de pronto, aunque la ventana seguía abierta. Un intenso pudor me impidió hurgar el contenido de tus «otras vidas»: tus amores, tus pasiones, tus tristezas… La cerré de golpe y di por concluida la labor del día de hoy.

Mientras trataba de cocinar algo para comer, pensé qué la pena que me hiere se hace inmensa porque, tú y yo, no tuvimos tiempo de dejarnos de amar. Apenas siete años que no alcanzan ni a guardarse en un cajón.

No, querido, no: uno se tiene que marchar cuando no se noté su ausencia. Ni antes, ni después.

En eso si qué me has fallado.

Y en no haber limpiado tus cajones…

Ajuste de cuentas (VII)

Resulta que ayer debía de entregar el artículo mensual para el periódico de El Espinar. Aunque JJ me dijo que me dispensaba de la entrega para este mes, yo me opuse, argumentado que me tenía que exigir el escribirlo, más como terapia, que por obligación.

Me puse a ello. Busqué un tema que me alejara de ti, pero no hubo manera. Pensé en escribir acerca de los sueños que tienen los cangrejos cuando están despiertos y ¡zaz! Qué a ti te encantaban los cangrejos. Pues nada, vamos a hablar del paralelismo entre las hormigas y Callao en día de rebajas. Pero no, tú te podías pasar horas contemplando, asombrado, el ir y venir de aquellos diminutos seres, con sus inmensas cargas a la espalda. Hablemos pues de la nada, pensé. Y, claro, salió tu nombre…

Así que, dado que el tiempo se acababa, retomé uno de mis diálogos imposibles, uno que te gustaba mucho en particular, y se lo dediqué a tus hijos. Ya verán el por qué.

El problema vino cuando terminé el artículo y me giré sobre mi silla, como siempre hacia, para decirte «¡Listo, tu turno!» y, entonces, te sentabas frente al ordenador, le ponías las gafas a tu gesto de editor e ibas leyendo el escrito a la vez que hacías las obligadas correcciones, siempre diciendo «¡ay, esas comas, generala!»…

He enviado el texto sin tu apreciada revisión. Luego, me he enfadado mucho contigo, pobre de ti, pero no hay derecho: ¡No sólo me has dejado sola, sino que, además, me has dejado aconjogada por las erratas!

Ajuste de Cuentas (V)

Ayer me dio una tregua la tristeza. Desayuné con Daniela y fuimos a comprar su regalo de cumpleaños (el qué me habías dicho tú, que le querías hacer). Luego me fui a comer con tus hijos al Nabuco. La verdad, Carlos, tienes tres hijos maravillosos: dulces, cariñosos, buenas personas y con la cabeza bien amueblada.  Lamento no haberles tenido más cerca durante todos nuestros años.

En fin, la comida, además de sabrosa, fue divertida. Eva recordó que ahí te gustaba comer las berenjenas, pero nadie las pidió. Concretamos las cosas que quedan por concretar y que parecen complicadamente concretables.

Conclusión, el sábado nos vamos todos para el norte, pues resulta que tus queridos Miguel Trevin y Avelino te han organizado un homenaje en Llanes. Creo que va a ir media Asturias por ahí. Ya le avisé a Luis Arias Arias que ha sentido mucho tu partida y él a su vez le avisará a otros y esos a otros y, bueno, ya sabes como funciona la cosa.

El caso es que después iba a ver a Ruth pero, por una absurda desconexión de teléfonos de mi parte y de la suya (todo hay que decirlo), cuando conseguimos hablar, yo ya estaba metida en el supermercado. Le dije que la llamaría cuando terminara de hacer la compra.

Así pues, con mi carrito fui recorriendo los pasillos. Había demasiada gente ¡a quién se le ocurre ir en sábado! Me comencé a agobiar y a andar más de prisa. Puse el automático y a meter lo que necesitaba, apenas sin mirar. Al final, como siempre, la comida de los perros y la gata.

Busqué la caja con menos cola, puse la compra en la cinta y de pronto ¡Joder! Me doy cuenta de que llevo un montón de cosas que no son para mí, pues no me gustan. Todo aquello que compraba sólo para ti: espárragos, mejillones, cuajada, berenjenas, chocolate Lindl (y no de otra marca)… Así que, toco retirada, vuelvo a meter todo en el carrito, sonrío a  la mirada sorprendida de la cajera y doy marcha atrás.

Por alguna razón que no cuestioné, me sentí en la necesidad de devolver todo a su sitio, cuando lo más fácil habría sido dejarlo en la misma caja. Pero no, necesitaba volverlo a poner uno por uno en su lugar. Como si de una lección de infancia se tratara. Para que no me olvide que, a partir de ese momento, la manera de comprar ha cambiado extrañamente.

Pasé por la caja rápida. Comida de gato, comida de perro, café, una botella de leche, algo de queso y un poco de agua con gas.

Al subirme al coche, le mandé a Ruth un mensaje: «Me voy a casa, me urge recolocar la despensa».

Ajuste de Cuentas (IV)

Me dicen que tenga paciencia, que esto con el tiempo se cura. Qué me queda el recuerdo de nuestro amor. Pues vale: voy, me siento, lloro, fumo y espero… pero, antes se me termina el tabaco que las lágrimas. Ni qué decir de la silla, que ya está algo cansada…

Abro nuestra cajita de madera, la de nuestros tesoros.  Me encuentro con este papelito escrito, ¡puta coincidencia!  hace justo seis años (24 de abril de 2004):

“… Recuérdame estos días con mi mirada enamorada y tus ojos respondiéndome. Así los voy a tener yo. Amor de mi vida, acuérdate de mis besos más dulces, no de los que agónicamente te daba anoche. Enséñame a amarte, pues me das siempre buenas lecciones de cómo hacerlo. Mi ratita, relee esto de vez en cuando, y el resto de correos que te he ido enviando todo este tiempo que llevamos juntos. Yo, desgraciadamente, no podré hacerlo. Hazlo tú por mí y recuérdamelos cuando te haga esas llamadas que significarán, por fin, mi “medalla de oro” de Telefónica.

Los besos más tiernos del mundo, Oso”.

Aquella  mañana marchaste a dar una conferencia en algún lugar lejano y tardaste en volver cinco días…

Hoy me quedo con las mismas  palabras. Pero sin vuelta.

Ajuste de Cuentas (III)

Esta mañana me has pegado duro, querido. ¿Será por qué dormí ocho horas seguidas? O quizá le estoy tomando gusto a esto de sentirme triste. Vamos, yo creo que no, pero, a la mejor, en esta nueva vida me convierto en una masoca, que creo que es de las pocas cosas que me faltan por hacer.

Pues eso, que estaba yo a lágrima abierta cuando sonó el teléfono. Una voz me pregunta qué si tendría algún problema en que tu amada Ínsula publicará un artículo In memoriam y yo que voy y pongo a Bach, con quien te gustaba corregir galeradas.

¿Cómo habría de molestarme tal acción? Lo extraño es que no lo hicieran, pues treinta y cinco años de tu vida se quedaron entre sus páginas. ¿Recuerdas la broma qué te solía hacer respecto a la revista? «Has tenido muchos amores, pero a la única que le ha sido fiel es a ella, a tu Ínsula» Y, por eso, cuando te la arrancaron de las manos, tu dolor debió ser tan intenso como el qué yo ahora mismo tengo. Tarde y mal lo he entendido.

Un merecido ajuste de cuentas, pienso y cuelgo el teléfono.

Me sumerjo, tranquila,  en el Trío Sonata III en d minor…