Los buenos vecinos

En pleno verano, con la ciudad medio desierta, es muy refrescante ser bienvenida en la casa de un buen vecino… ¡Gracias!

Amor al primer verso*

Amor al primer verso, es un cuento de la escritora mexicana Alejandra Díaz Ortiz, productora de televisión, guionista, promotora cultural y productora de conciertos (representó a Joaquín Sabina en México y una de las socias y promotoras de “La tres catorce”, librería y algo más, que se inauguró hace poco en el madrileño Barrio de Chamberí. Espero que este cuento os guste tanto como a mí.  J.L.Soba(seguir leyendo)

*** Este cuento forma parte del libro Cuentos chinos, editado por Trama editorial, con prólogo de Luis Eduardo Aute. El libro va por su cuarta edición…

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Al margen de la red

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Hace unas semanas decidí darme unas vacaciones de Facebook. Fue a raíz de una charla con un amigo que no solo se tomó vacaciones, sino que directamente cerró su cuenta. Y lo hizo ante el temor de quedarse sin amigos, de los de carne y hueso.

¿La razón? Ir descubriendo, entre posts y comentarios, lo que opinaban, y hasta defendían con vehemencia, sus amigos ante determinadas situaciones y que no se correspondía con la imagen que se había forjado de ellos/ellas a lo largo de años de amistad.

Se sintió superado por las furibundas reacciones ante sus propias opiniones; la intolerancia a discrepar de algunos o la complacencia de otros. Se dio cuenta que le resultaba difícil quedar a tomar una cerveza con ellos sin que salieran a relucir sus últimos comentarios en el caralibro y, por consiguiente, se sucediera una retahíla de reproches y resentimientos. Al final, volvía a casa con la sensación de haber perdido el tiempo, y a más de un amigo.

De pronto pasó de ser un tipo buen rollito a ser etiquetado como rojo por unos, conservador por otros. Insensible por no solidarizarse con ciertas causas. Bobo por sus gustos musicales. Demasiado intelectual por sus argumentaciones. Capitalista por sus vacaciones en Dubái y pobre, por haberse quedado en el paro… etc… etc…

Un buen día, un fallo técnico le dejó sin internet ni móvil, lo que le impidió, durante toda una mañana, su cita con las redes. Si bien al principio tuvo cierta angustia, esa desconexión le sirvió para reflexionar sobre las horas que invertía en mantenerse “enredado” en los muros de los demás. Pensó en que el  tiempo que invertía en quitarse los enfados, era inversamente proporcional al que había dejado de tener para salir a pasear, tomar café, sentarse en una terraza a leer un libro, llamar a la familia o ir al cine. Por no hablar de la privacidad que se había olvidado por el camino…

Siente, sin duda, que ahora vive más feliz y relajado. Queda con sus viejos amigos y siempre tienen muchas cosas que contarse. Ha sustituido la vida de los demás por varias películas interesantes. También está descubriendo un montón de sitios muy interesantes que han abierto en los últimos tiempos y de los que no tenía ni idea. Y, por si fuera poco, su dolor de espalda ha mejorado muchísimo, pues ya no vive con el cuello doblado sobre el móvil.

Me aseguró que vivir al margen de la red, es muy, pero que muy excitante…

Y no le sobraba razón a mi querido amigo: desde que no me conecto a la red azul camino más ligera. Del ánimo se me han ido problemas y angustias ajenas. De la cabeza, algunas malas ideas. Ahora, cuando quiero saber cómo están mis amigos, los llamo por teléfono y quedo con ellos. Y tengo que hacer el esfuerzo de recordar sus cumpleaños, porque no hay algoritmo que me lo diga. Es más, desde que no tengo facebook, me han llegado tres invitaciones en papel, con su sobre y su sello, como las de antes. De hecho, en cuanto termine con esto, me pondré a escribir una carta. Tengo pluma, papel y sobre.

Y tiempo…

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Lecturas

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De mi padre heredé la «maldita» costumbre de leer dos, tres o hasta cinco libros al mismo tiempo. Todo depende del momento y, sobre todo, del estado de ánimo para tal o cual lectura.

Casi siempre, el libro de la mesita de noche no tiene nada que ver con el de la mesa del estudio o el de la hora del sofá. Sí, todos y cada uno están dispersos por toda la casa. Incluido el baño, faltaba más.

El caso es que, sin proponérmelo, en este último mes, se me han juntado tres libros preciosos, y precisos. Dos de ellos están escritos por dos amigos. Dos amigos a los que nunca he mirado a los ojos y con los que, sin embargo, mantengo una relación constante a través de mensajes y correos.

No obstante, en el caso de Luis Cremades, es como si lo conociera de toda la vida. Nuestro amado Carlos hizo que yo quisiera a Luis. A través de sus anécdotas y del profundo cariñoMaquetaci—n 1 que le tenía, me fui dibujando una imagen de él. Más tarde, Luis y yo descubrimos otros amigos en común, lo que me hizo refrendar ese especial cariño por alguien a quien nunca he tocado. Es por esa razón que, al comenzar a leer El invitado amargo, que escribió a la limón con Vicente Molina Foix, me asaltó un extraño pudor. Algo delicadamente duro. Que me invitara a sentarme en un rincón de su habitación en el colegio mayor o a acompañarle en la construcción de sus versos, me ha traído, inevitable, un montón de recuerdos. Según avanzo en la lectura, cobra sentido el comentario que me hizo su autor cuando le dije que ya tenía el libro entre mis manos: «A ver si se deja…». Se está dejando, Luis, se está dejando…

Y, cuando no se deja, paro.

 

Entonces, me voy en busca de Los Hemingway, una familia singular, de otro singular amigo: John Hemingway. Y he aquí, que aunque tampoco he tocado ni mirado nunca de frente al nieto del Nobel, me encuentro con la puerta abierta para entrar hasta la cocina de su pasado. Pero, sobre todo, para entrar a la vida de mi amigo y conocerle hasta los sueños. En su libro, John narra la extraña relación de su padre, Greg, con su abuelo, Ernest, todos del mismo apellido. Con una buena estructura narrativa, se va descubriendo una vida muy dura a pesar de que su protagonista la intenta suavizar. Sus entrelíneas lo delatan. Lo cierto es que, según avanzo en la historia, me entran unas inmensas ganas de querer abrazarlo de verdad. (También ha provocado mi deseo de releer a su abuelo, pero desde una nueva perspectiva: la que John propone).hemingwaylibrojohn

Entre sus páginas, me subo con él al montón de autobuses en los que se veía obligado a cruzar, una y otra vez, su país. Me mudo tantas veces como él con su madre y sus hermanos. Me permito amar a Greg, su padre, con la misma fuerza con que intuyo que, a veces, lo llegó a odiar. Y, una vez más, aparece el pudor de quien se sienta, testigo mudo, en el muelle de Miami, participando de su ilusión al reparar su primer barco. O de quien está detrás de la ventana, sintiéndole reflexionar sobre la vida, mientras leo las cartas de su abuelo y su montón de números. ¿Quién iba a imaginar que su abuelo era un experto financiero?

John apareció en mi vida −o yo aparecí en la suya− a través de la red que tejió otro amigo, también virtual: Miguel Cobo Rosa y su Riografía. Recuerdo que fue a partir de un video de Chris Isaak: Wicked Game.
Y, como si de un juego nada perverso se tratara, con el tiempo, esa amistad virtual se ha consolidado. No solo eso: en un acto de auténtica generosidad, John me ha obsequiado un puñado de hermosas palabras para acompañar mi nuevo libro, No hay tres sin dos.

Pero, a veces, también tengo que parar con su libro. Y paro.

¿Para qué?… Para seguir con la intensa vida de George Sand…

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¿Me estaré volviendo vouyer?

La vida es una noria (FIL 2010)

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(*Artículo publicado en el periódico de El Espinar el 3/12/10)

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Adivina, adivinanza: estoy en una Feria. Al otro lado del charco. Está repleta de atracciones de papel. Hay mucha gente buscando diversión en formato de tapa dura o de bolsillo, fácil de llevar y económico de pagar. El colorido y las formas atrapan las miradas y la tentación.

Una vez al año, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (en Jalisco, México), reúne a cientos de editores, libreros, autores y a medios de comunicación de todo el mundo. Y, por supuesto, a los imprescindibles visitantes (y potenciales compradores), que éste año se calculan en cuatro millones.

Durante diez días, la FIL, que el próximo año cumple su primer cuarto de siglo de existencia, convoca al público a firmas de libros de mano de sus autores.  Lecturas de novedades y atractivos conciertos. A numerosas actividades infantiles e  interesantes talleres de creación. Para comer, sabrosos encuentros gastronómicos, etc. A lo largo de su recorrido, podemos llegar a descubrir la oferta de editoriales que ni siquiera imaginamos que existan. Por ejemplo, la especializada en Futbología.

Pero, antes que ser un atractivo mercado literario, la feria es un lugar de encuentro entre editores y distribuidores que buscan cerrar acuerdos entre sus empresas,  en unas pequeñas salas preparadas para tal fin: pequeñas mesas redondas con tres o cuatro sillas cada una, en donde los unos muestran su catálogo y los otros hacen sus ofertas. En una de ellas, me encontré a la hermosa Maite Ortuño, de Trama Editorial.

Por el siguiente pasillo (porque han de saber que la FIL está llena de pasillos que te van guiando al área nacional, internacional, infantil, de servicios, etc.) caigo, sin darme cuenta, en el stand de ARCE (Asociación de Revistas Culturales de España), que hace un par de años ganó el premio al mejor expositor. Me recibe la cálida sonrisa de Patricia, su coordinadora.

Poco tardé en ver caras conocidas: Hugo Vargas, editor mexicano,  y a quien no veía desde hacia diez años; Armando Mena, librero  de la Universidad de Puebla; Manuel Gil, de editorial Siruela… Esto es la Feria, un lugar de encuentros, reencuentros, negocios y, como no, de  gustosas reuniones alrededor de una buena mesa y exquisitos tequilas, guiados por el incombustible editor Manuel Ortuño.

Feliz estaba, tras presentar mi libro “Cuentos chinos” en la Ciudad de México, dar entrevistas y grabar un programa de televisión, cuando entré a las instalaciones de la  Expo. Curiosamente, la última vez que estuve en ese mismo sitio, fue como productora de conciertos. Ocho años después, crucé la misma puerta con una acreditación que asegura que soy: “Escritora”… ¡Las vueltas que da la vida!… Como una imparable noria…

Una de las atracciones de la FIL es que en cada edición hay un país o una región invitada de honor. Al invitado de turno,  se le concede un espacio preferente para que exhiban lo mejor de su industria editorial, de su quehacer cultural y puedan dar a conocer su región, cultura, costumbres, etc. Cuba, precisamente hace ocho años,  presentó a un buen número de sus escritores y editores, a la par que organizó un festival cultural y musical con más de trescientos artistas. Además de sus muestras gastronómicas y artesanales.

Este año, para mi orgullo y curiosidad, el invitado de honor era Castilla y León. Así pues, me fui rápidamente a conocer el espacio destinado a “La cuna del español” como se anunciaba en la publicidad,  tras presumirle a todos los que me iba encontrando que yo vivía, precisamente, en un pequeño pueblo de la provincia de Segovia.

Y, bueno, queridos lectores, poco puedo contarles, porque poco, muy poco, había en ese espacio. La verdad, me quedé parada. Me fui a buscar el programa de actividades de CyL para ver si era yo la que me encontraba sosa, pero no, no era yo.

Tan sólo dos conferencias llamaron mi atención, y en las dos, el protagonista era el querido Don Antonio Gamoneda. Por supuesto, no perdí la oportunidad de acercarme a saludarlo. Nos dimos un par de besos. Su apretón en mi brazo, mientras recordábamos a Carlos, “nuestro Carlitos”, ha sido lo mejor de mi visita.

Cariñosamente, le pregunté qué tal estaba: “Estoy muy cansado”, me dijo, sin soltar mi mano. En eso, apareció un amable caballero, mientras yo le aconsejaba: “A descansar, Don Antonio”. Resignado, me respondió: “Es que este buen hombre no me suelta”, mientras se marchaban a paso lento.

Mientras me alejaba de ahí, en busca de un libro de Roberto Bolaño, pensé en qué había echado de menos. Fueron varias cosas que no encontré en el espacio de “Castilla y León, la cuna del español”. Por ejemplo, ni una sola mención al centenario del poeta Miguel Hernández. Poco o nada de María Zambrano, autora muy reconocida en México. Del importante y prestigioso premio literario, Gil de Biedma, nada. De excelentes poetas como Miguel Casado, Olvido García Valdés, vecinos de la ciudad de León…

La segunda, la que más me chocó, por haber desaprovechado una oportunidad muy valiosa para difundir, a nivel internacional y, precisamente, en el sector interesado, el mensaje de las ciudades catellanoleonesas candidatas a Capital Cultural 2016, Burgos y Segovia, no encontré absolutamente nada más que una foto del acueducto.

El espacio centró gran parte de su atención literaria en la figura de Miguel Delibes. En cuanto a obra expuesta,  además de una extraña disposición de estanterías con obras de diversos géneros; tres vitrinas con libros, supongo que,  incunables, también contaba con una sala pequeña para las conferencias, mal llamada Vinoteca, en la cual yo esperaba encontrar una buena exposición de vinos de Rivera o de Rueda o de la DO de Castilla y León. Lo que había, a la hora del evento, era un agradable camarero ofreciéndonos una copa. Nunca supe de qué vino.

Más tarde, al incorporarme en una animada tertulia, en la terraza exterior de la primera planta de la feria, y en la que se podía fumar y beber una cerveza para paliar los 26º que marcaba el termómetro, confirmé que la agridulce sensación que me había producido la representación de Castilla y León en la Feria no había sido sólo mía: los siete tertulianos de la mesa, cada uno de diferente país, coincidían en que esperaban mucho más de, en efecto, la Cuna del Español. “¡Con la de cosas maravillosas e interesantes que tienen para mostrar al mundo!… Al menos, se podrían haber traído un pedacito del acueducto”, concluyó un editor inglés.

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