2011

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Como los osos en invierno

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Cuando despiertes, y te levantes,

y veas tu cuerpo en ese espejo de amor,

acuérdate: te estoy mirando.

Obsérvate despacio,

estudia cada uno de tus poros:

me verás, seré «el testigo» de tanta belleza.

 

Vuelve a recordar:

qué poro es el que absorbe,

cuál el que aguarda.

 

Resulta ridículo que, «a estas alturas de la vida»,

vayamos a creer que todo esto es incierto,

una invención, sólo un sueño;

no lo es. Es simplemente vida.

 

Nunca me escondí,

fue que estuve en un letargo,

como los osos en invierno.

 

Los mares detenidos, Carlos Álvarez Ude

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De las pocas cosas buenas que podría contar de 2010, año fatal, es, sin duda, el recuerdo de tu cara llenita de sorpresa y  tu mirada de amor al sentir, por primera vez, Los mares detenidos entre tus esbeltas manos…

Nuestros sueños y tu cuerpo se rindieron a una batalla perdida de antemano… Más tus versos están muy vivos, aquí, conmigo, observándome cada poro…

¡Feliz eternidad 2011, cariño mío!

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Edad(es)

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― ¿Cómo vas de novios?

― ¡Uy, fatal! El mercado no anda bien. Más bien escaso.

― Pues yo estoy harta, querida. Todos los hombres que se me acercan sólo buscan eso…

― ¿Eso?

― Sí… eso… ya sabes… lo único en lo que piensan… en sexo…

― ¡Abuela!… ¡Por dios!

― ¡Es que es así, hija! Qué le voy a hacer… Quién me iba a contar a mí, que a esta edad tendría más jaleo que cuando tenía la tuya y era una buena moza… Pero es que estos hombres mayores, van a lo suyo y punto. No se andan con rodeos ni medias tintas… ¡Y ellas, ni te cuento!… Menos mal que tu abuelo ya no está, qué si no, tendría que andarle espantando a todas esas viejas glotonas…

Sin salir de su asombro y tratando de evitar la imagen de su abuela en una escena pasional, la nieta la miró con preocupación, aunque, según el médico, la cabeza y el cuerpo le iban estupendos para sus setenta y nueve años. Bebió un poco de té.

― Pues ya me gustaría un poco de lo tuyo, abuela… Al contrario que a ti, yo sólo encuentro hombres que desean tranquilidad. Me agradecen que los escuche y no les presione, sea lo que eso signifique. Estresados por el trabajo o por una ex mujer que les quitó la casa y no les deja en paz. Con hijos adolescentes que adolecen tanto como ellos. Hombres interesantes, pero cómodamente instalados en su piso de soltero en el que apenas cabes unas cuantas horas.  Cultos, listos, guapos. Preocupados por el dinero y por su futuro. Son tan simpáticos como temerosos.  Deportistas, sanos, que se cuidan el cuerpo y la piel…  Y, de vez en cuando, se acuerdan de “eso”…

― ¿Del sexo?… ¡Ay, hija!… Pues no veas aquí en la residencia… Te digo yo que la tercera edad está para la fiesta…  De haberlo sabido, llego antes… Como no tenemos nada que perder, sino todo por ganar… Créeme, te aseguro que al llegar a mi edad, echarás de menos esas tardes de plácidas charlas…

La abuela rompió a reír a carcajadas, ante el desconcierto de su joven nieta.

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Regalos de navidad

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Un día como hoy, hace cinco años, Malena pasó tres tardes buscando el regalo perfecto para Francisco.

Habían acordado, unos días antes, celebrar juntos la nochebuena. Ilusionados, al despedirse, quedaron en no buscarse hasta la hora en que él llamaría a su puerta, cargado de sorpresas, cual papá Noel.

Sería la primera vez que celebrarían juntos una fecha tan especial. De hecho, sería la primera vez en todo: cenar juntos, dormir juntos, despertar juntos…  Malena deseaba con todas sus fuerzas sorprenderlo y, con ello, demostrarle que su amor por él era posible.

Echó un vistazo a los libros: un regalo interesante, pero nada original. Miró en la sección de discos, pero seguro que él los tendría todos, que para eso trabajaba en la radio. Pensó en un jersey o una corbata: aún no le conocía lo suficiente como para estar segura de acertar. ¿Un perfume? ¿Una cartera?

¡Qué difícil resultaba hacerle un regalo a un hombre que apenas conoces, pero que te hace sentir como si lo conocieras de toda la vida!, pensó.

El tiempo pasaba. Las tiendas estaban a punto de cerrar y no conseguía dar con lo que no sabía qué buscaba. ¿Una botella de champagne, como preámbulo a la noche que planeaba pasar con él? Demasiado directo, concluyó.

Se fue a la sección de juguetes. Alguna vez había escuchado que a los hombres les hacía gracia recibir regalos que les recordaran su infancia, pero todo le pareció demasiado infantil. La sección de herramientas: ¡No! Sí a mí me regalase una plancha, lo mataría, murmuró. Salió del gran almacén con las manos vacías. Miró el reloj: aún quedaban quince minutos.

Entró en el Vip´s y escogió una tarjeta gigante de felicitación. Sobre los divertidos dibujos que la ilustraban, tiernamente escribió:

«Para mi mejor sorpresa de este año: Vale por una vida llena de felicidad»…

¡Feliz navidad, amor mío!

Francisco no se presentó a la cena. Tampoco llamó. Ni siquiera respondió a las llamadas de enfado, ni a las de tristeza. Simplemente, desapareció.

Un mes después, cuando aún Malena seguía deambulando con el desconcierto  causado por aquella noche fatal, recibió por correo una tarjeta gigante de felicitación. Con tinta azul, escrito sobre unos dibujos que le parecieron penosamente absurdos, pudo leer:

Extrañadísima Male:

Te deseo que este nuevo año de tu vida sea tan increíble como el que yo acabo de empezar. Me casé hace un mes, justo el día de navidad. Fue una locura de último momento, pero ha sido el mejor regalo que he recibido en toda mi vida.

Ojalá y pronto, aparezca alguien que te sorprenda tanto como a mí.

Un beso y feliz cumpleaños,

Francisco.

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Doble moral

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Si, yo puedo dejar de fumar como podría dejar de amar.

Lo sé, ambas licencias pueden ser nocivas para la salud, llegando, incluso, a ocasionar  severos trastornos a los que están a nuestro alrededor.

Gracias a que mi madre me educó muy bien y me enseñó a respetar al prójimo, donde me dicen «No fumar», yo no fumo. Lo mismo hago cuando me advierten «No amar»: yo no entro.

Comprobado está que fumar y amar contienen sustancias químicas que pueden dañar directamente al corazón. De hecho, hasta  impotencia se puede llegar a sufrir.

De acuerdo con las autoridades, y la sociedad en particular, dichos actos se deben practicar en cotos muy concretos: al aire libre, fumar. A puerta cerrada, amar.

Más qué delicia cuando ambos logran coincidir. Primero amar, luego fumar. Seguir amando…

Así pues, excelentísimas autoridades, les pido, les súplico que prohíban totalmente la venta de cigarrillos. Cierren los estancos. Acaben con los productores de tabaco. Impidan la libre circulación del amor. No me cobren más impuestos por aquello que prohíben. No me faciliten la cicuta. No solapen mi adicción…

Y, quizá, así, me sea más fácil dejar de fumar.

(De lo otro… ya hablaremos otro día…)

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Tic tac pum

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Eran las cuatro y treinta y dos de la madrugada cuando se despertó. Un  ruido desconocido le sacó de la horrible pesadilla en la que vivía feliz sin ninguna razón.

 

Pum-pum-pum-pum… A veces, el sonido variaba a un acelerado tic-tac-tic-tic-tic-tac, justo en los momentos en que recordaba aquel extraño sueño. Se pasó todo el día buscando por su casa; por debajo de la cama; en la nevera y hasta en la guantera del coche, más fue incapaz de hallar el origen de tal malestar.

 

Agotado, sintió llegar la noche de nuevo. El extraño ruido no cesaba: era como si lo llevara dentro.

 

Bien entrada la madrugada, cayó dormido, arrullado al compás de su resucitado corazón… pum-pum-tic-pum-tac-tac-tic…

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8

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Ocho años es mucho tiempo para volver o irse a ningún sitio. Es el tiempo que tardé en volver a México. Casi los mismos años que nos tuvimos.

Son ochenta kilómetros los que hay entre Madrid y el pueblo, distancia suficiente para no poder evadir la cercanía de las fiestas navideñas: la carretera está atascada de coches a una hora en la que ya no debería haber más de tres despistados como yo.

Me viene a la cabeza la imagen del tatuaje de la querida Ruth. “El ocho, el infinito”, me dijo el día que se lo descubrí.

A nosotros nos faltó uno para llegar a ocho. Fueron siete las navidades que pasamos juntos, tú y yo. Siete años nuevos que comenzamos al sabor de un zumo de naranja que distrajese la resaca de las últimas uvas. Siete roscones en día de reyes. Siete regalos que busqué para sorprenderte. Siete obsequios que me diste y que podría enumerar. Siete cumpleaños para ti y otros tantos para mí.

Recuerdo como contabas, ufano, que te bastaron siete minutos para convencerme de casarme contigo. En realidad, te sobraron siete, querido.

Desde la radio, Bruce me sorprende cantando «In my dream my love is lost… Back in your arms, again»… Una vez más, the Boss me ciñe a tu recuerdo.

Hago un rápido recuento: llevo ocho meses dando vueltas por el mundo sin poder parar, en un viaje de ida y vuelta sin sentido, pero, siempre, volviendo a la misma ausencia. Son los meses que nos faltaron para sumar.

Porque, ocho, es un tiempo infinito para dejar(te) de amar… Y menos en estas fechas…

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