Waka Waka

El fútbol es el opio del pueblo

(Karl Marx, actualizado)

Ocho equipos en cuartos de final. Dos semanas y media ya de mundial de fútbol. Millones y millones de dólares, euros, libras, pesos… gastados en retransmisiones, jugadores, comentaristas, patrocinadores, vuelos, decepciones y bajas por extrañas enfermedades que se presentan un día después del partido más importante de según qué país.

Se llenan las plazas y monumentos, representativos de los orgullos nacionales locales, para celebrar que el país correspondiente le ha ganado a otro, lo cual quiere decir que “estamos mejor que el vecino”.

Anoche, en mi pequeño pueblo de La Losa, en Segovia, en el que el silencio apenas es roto por los ladridos de los perros o la moto del vecino, tuvimos que escuchar durante un buen rato las bocinas de los chavales y los gritos del “si se puede… oé oé oé…”  La alegría colectiva se contagia (igual que el pesimismo, claro). Los mismos chavales que no te pueden ubicar en un mapa dónde queda Sudáfrica.

Entonces pensé, sin ánimo de caer en populismos ni demagogia barata, que era una pena no aprovechar ahora que todas las miradas están puestas en el mundial, para recordar que, precisamente, en ese país las injusticias sociales y la pobreza, pese a la admirable lucha de Mandela, siguen a pie de calle. Recordar que Sudáfrica está en el continente más pobre y extremo del mundo. Que los niños mueren de hambre por minutos, mientras nos invitan a beber San Miguel.

Pero, mientras Paraguay, uno de los países más pobres de América, celebra su pase a cuartos de final, las pateras siguen llegando a las costas españolas. ¿Por qué en lugar de Shakira bailando el waka waka, no se aprovechó para que el mundo conociera a los cantantes africanos, que hay muchos y buenos? ¿Por qué son pobres, feos, negros? ¿Por qué nos cantarían lo que no queremos escuchar?

Las selecciones nacionales de cualquier país son pagadas por los impuestos de los ciudadanos. Esos que recauda hacienda de nuestras nóminas y pensiones. Para países del “primer mundo” el gasto está dentro del presupuesto sin mucha merma pero, para países como el propio Paraguay o la mismísima Ghana, mantener ahí a sus equipos y todo el circo alrededor, puede significar mucho más pobreza por tiempos infinitos: un hospital que no se hará, casas que no se construirán, agua que no llegará…

Una última consideración: ¿Por qué el fútbol?  Un juego, por lo visto, arcaico, que se niega al avance tecnológico para evitar injusticias como los goles quitados, anulados o, simplemente ignorados por dos omnipotentes ojos, llamados arbitros, a pesar de sus monaguillos (o liniers).

Ni Dios les hace cambiar su decisión, a pesar de que el resto de mortales seamos testigos de su error.

¿Será esto, en esencia, el comportamiento humano?

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La primera vez

A dos meses…

Ayer me preguntó Fernando, mi querido cuñado doctor, si sabía la razón por la qué el duelo dura un año.

La verdad, nunca lo había pensado. De hecho, ignoraba que “científicamente” tuviera ese valor. Su respuesta fue muy sencilla:

El primer año, tras la perdida, es en el que todo sucede por primera vez: el primer cumpleaños que no festejaréis juntos; las primeras vacaciones sin él; la primera navidad y un regalo menos bajo el árbol. El aniversario de casados que ya no se celebrará. La primera vez que tienes la certeza de que no volverá…

¿Así qué tengo un año?, pensé.

Pues bien, en cuanto se marchó el Doc, me fui directo al calendario y comencé a marcar, mes a mes, todas esas fechas señaladas para nosotros.

El resultado no me dejó lugar a dudas: un día especial por cada  día del año,   de los cuales ya gasté,  las  primeras sesenta veces…

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Tanto por ciento

Se despertó viuda.

«Así es la vida» le dijo alguien a su lado. Te acuestas casada y por la mañana, el funcionario de turno,  te dice: «Firme donde pone viuda». Ella firmó, obediente. Salió de ahí sin preguntar: ¿Qué es una viuda?

¿Cómo se viste una viuda? Se preguntó a la puerta de su armario, repleto de colores. Creía recordar a su abuela vestida de negro, pero, justo, ese era el color que usaba para salir con él, en las noches de cenas, copas y amor.

¿Se debe reír una viuda? Ella era de risa suelta. Él le había enseñado a hacerlo con su generosa  sonrisa, mientras ella lo imitaba, enamorada.

¿Cuánto tiempo llora una viuda? A su lado, había llorado muchas veces de alegría, pero, llorar por él, no era cosa que estuviese escrita.

¿Qué come una viuda? Desde el primer día en que estuvieron juntos, de su cocina solo habían salido manjares para dos. Para ella, viuda ahora, no tenía recetario ni una pizca de sal.

Una viuda ¿Baila? ¿Canta? ¿Qué hace una viuda con el tiempo?

Releyó la carta en que el estado certificaba su nueva condición y le informaba de los «beneficios»  que su nuevo status le confería. ¡Vaya, puedo viajar barato! Las viudas tienen una pensión calculada al cincuenta por ciento (punto arriba, punto abajo) de los ingresos del que fuera su marido. Y descuentos en el tren. Y médico y medicinas gratuitas. Y entradas al museo muy baratitas y…

Al final, en letra discreta, se le advertía que todo ese paquete de prestaciones las perdería en caso de volver a contraer matrimonio.

Así pues, su primera pregunta quedaba resuelta: una viuda es el resultado de dividir a la mitad, sin posibilidad de reclamar, su vida de casada.

Metió el papel en un cajón y se volvió a la cama.

Con algo de suerte, se acostaba viuda y despertaba, por la mañana, sin sus nuevos «beneficios»…

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“Egos a las finas hierbas” de Ruth Toledano (publicado en El País, 11/06/2010)

Allí estábamos todos, con nuestros egos revueltos, como los llama Juan Cruz (“los egos son la materia misma de la escritura”). Egos revueltos esplendiendo sobre la hierba en ese backstage al que se refería el otro día la periodista Lola Huete. Éramos esos excursionistas que han ido a pasar un día de picnic en lo que ella llamaba la trastienda de la Feria del Libro: la parte de jardín, más o menos privilegiado, que hay detrás de las casetas de editores y libreros. Excursionistas librescos, por así decir.

Nos había convocado la escritora Alejandra Díaz-Ortiz, que como es mexicana no tuvo dificultad en sobornarnos con promesas de guacamole. Allí estábamos, en la parte de atrás de la caseta 94, compartida por la editorial Trama y por la joven editorial Veintisiete Letras (cuyo lema son estas palabras, también mexicanas, de Octavio Paz: “Nos hacen falta obras-puente y hombres-puente. Nos hace falta un pensamiento crítico que, sin ignorar la individualidad de cada obra y su carácter único e irreductible, encuentre entre ellas esas relaciones, casi siempre secretas, que constituyen una civilización”).

En ese backyard nos recibieron Alejandra y Manuel Ortuño, su admirable editor, un hombre que hace libros porque le gusta, porque quiere y por lo tanto puede, porque ama los libros, porque cree en la literatura. En sus expositores, una delicia, se codean títulos raros de grandes escritores (Lady Nicotina, de J. M. Barrie; Diario de Adán y Eva, de Mark Twain; Cuentos de una abuela,de Georges Sand) con títulos raros de escritores estrambóticos (París Canalla, de Maurice Sachs; Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Philippe) y títulos raros de escritores exquisitos (Mi suicidio, de Henri Roorda; El amor es la desgracia, de Joan Rois de Corella).

A su lado, codo con codo, los brevísimos Cuentos chinos, de Alejandra Díaz-Ortiz (Siete vidas tiene el gato: “Mi primera vida la perdí jugando a la pelota. La segunda me abandonó buscando una respuesta que nunca encontré. La tercera me la robó un cantante de mala fama. De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón. Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta. La sexta la doné a Soledades sin Fronteras. La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar en lo más profundo de tu boca”). Y junto a ellos, junto a ella, Los mares detenidos, de Carlos Álvarez-Ude, editor de la mítica revista Ínsula, que fue su esposo y pasó recientemente a la otra dimensión, desconocida. El último regalo de su vida fueron sus poemas, publicados por Trama, escritos por Manuel Ortuño: “Resucita el Cantábrico. / He llegado y le hablo, de ti, de mí, de cuando el aire / es viento, o solo eso: / aire, tenue caricia del beso”.

Así, en familia de sangre y en familia literaria, sobre la hierba, bajo la sombra de cualquier árbol (que diría la escritora Bárbara Aranguren -quien también firmará, mañana sábado, en la caseta de Huerga&Fierro Editores, su nuevo libro de relatos,Madame Ming),en un microclima de frescura y cariño que combatía el calor con calor, pasamos el día en la Feria del Libro, rodeados de niños con un cuento en la mano, de perros sueltos, de familias latinas que compartían sandía. Bebimos, reímos, nos tumbamos: okupamos la Feria. Y me dio por pensar que esta edición incorporaba más que nunca esa parte de atrás sobre cuyo césped se tumban los autores, los editores, los amigos, los lectores; me dio por pensar que la Feria del Libro, de las palabras, era más que nunca un pacífico reducto, un refugio neutral frente a la crispación y el miedo que provoca una sola palabra.

Me dio por pensar que esa (esta) crisis maldita nos estaba brindando la ocasión de recuperar el verde, la brisa, la lectura, el simple estar. Que (más allá del negocio) los libros siempre han sido nuestros aliados frente a la soledad, a la frustración, a la incertidumbre, a la confusión, a la tristeza. Que han sido también el mejor reflejo de nuestra alegría y de nuestro amor. Pensé que los libros nos han salvado siempre y que acaso esta sea la ocasión de salvarlos también a ellos de la especulación, de la banalidad, del exceso. Recordé que Carlos Borsani, hombre de teatro, me había dicho que la crisis iba a ser buena para templarnos el carácter: ¿acaso hay una imagen que retrate mejor a un carácter templado que la de alguien concentrado frente a un libro abierto, enfrascado en su lectura, abstraído?

En esas estaba cuando otro editor, Juan González, llegó acompañado del más pospoético de sus escritores, Agustín Fernández Mallo, cuyo alto y gafapastoso ego esplendió como un paradigma en nuestra fina hierba. Tuve fe, entonces, al recordar la Aclaración previa su libro titulado Postpoesía: “De la misma manera que las células actúan por duplicación de lo más pequeño a lo más grande, y acogen en su estructura toda la información del pasado para lanzarla al organismo futuro, la poesía postpoética intenta ser ese germen proteico, esa célula, que recoja la tradición, experimente con ella, la ensamble a todos los ámbitos de la cultura del siglo XXI, y la relance hacia un futuro orgánico, no estático, complejo, sin que por ello deba arrastrar proyectos utópicos del pasado”. Tal aclaración se subtitula El huevo lógico. Entonces pensé que nada está perdido si existen libros así, nucleares. (Si existen momentos así). Feliz lectura, compañeros de crisis. Va por vuestro ego, lógicamente.

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Simple

Ahora todo es simple: ya no estás. Así que da igual que el martes caiga en sábado. Qué el día sea de noche. No importa que en febrero sea verano. Comer o comer, ese es el olvido. Ya no me preocupa el alma del almanaque ni las horas que cuentan los minutos. Reír a medianoche o llorar como una cuerda ¿Qué más da?

Ahora todo es simple. Pero yo, amaba enredar(lo) contigo…

(Te echo de menos)

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