Tequila y reposada

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I

No me digas que sí, cuando quieres decir que sí: desarmas mis argumentos.

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II

Es soñar y quedarme dormida.


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¿Un día?

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25 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia de Género. Un día que sirve para recordar(nos) el terrible drama del maltrato hacia la mujer en cualquier parte del mundo. Un día que moviliza conciencias, opiniones, campañas mediáticas, editoriales, actos públicos… Un día, con la esperanza de que dejen de morir mujeres a manos de aquellos a los que, un día, confiaron su vida por el argumento más sencillo: el amor…

 

Pero, no basta un día. Se necesitan todos los días, todas las horas, todos los recursos, todos los ojos atentos al miedo de una mujer maltratada; a su vergüenza por serlo; a su futuro incierto.

 

Hay que entender que una mujer maltratada no puede, no sabe, pedir ayuda. La está esperando…

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Con pecado concedido

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Desde la ventana del hotel, en el agitado centro de la ciudad de México, mi ciudad, la veo. No tendrá más de veinte años. Supongo que espera a su novio. Pero no. Es un viejo gordo y feo él que se le acerca. Intercambian cuatro frases y ella echa a andar  detrás del hombre. Recuerdo la misma escena en la calle Montera de Madrid. Y en las calles del centro de Lisboa. Y en las de Guatemala, de Puerto Rico, de Los Angeles. En el centro del mundo…

Esta mañana leo que el Papa, desde su confortable púlpito vaticano, ha cedido:  “Sólo la prostitución está autorizada a utilizar el condón”…

Hoy la iglesia me ha convertido.  De ser una mujer responsable, he pasado a ser una discípula de María Magdalena.

¡Alabado seas, Señor!…

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Un minuto para Claudio

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Efraín Huerta nos juntó por primera vez (¡Ay, la poesía, siempre la poesía!). Claudio Obregón presentaba el libro del poeta mexicano,  Amor patria mía (Efraín Huerta, ECP, 1980) que publicó Ediciones de Cultura Popular, la editorial del desaparecido Partido Comunista Mexicano. En ese entonces, yo recién estrenaba mi primer trabajo en las oficinas de la editorial, en la calle de Balderas, en el flamante puesto de «coordinadora de ventas» que no era otra cosa más que, chica para todo (incluido el café). Raúl Macín era el director en aquella época y fue quien me mandó coordinar el acto.

Sí algo hubo en Claudio que llamó mi atención, fue su voz. Él, que entonces ya era considerado un actor de primer orden, no sólo por las películas y obras de teatro en las que tenía por demás demostrada su valía, sino también por su constante quehacer cultural, a mi me resultaba un tanto lejano.

Sabía que mis padres le admiraban por su papel en la película Reed, México Insurgente (Paul Leduc, 1973)  o en Actas de Marusia (Miguel Litin, 1975), entre otras.  Yo, que apenas rondaba los veinte años, le ubicaba, más bien, como un activo militante de izquierdas. Y como un hombre mayor.

Pero, terminamos comiendo un solomillo al cognac, que él preparó con soltura, en su casa de los edificios Condesa. Así comenzó una relación que pocos conocieron: la también desaparecida actriz, Beatriz Sheridan, su íntima amiga; el propio Macín; mi amiga Sonia y Jorge L. y pocos más. No obstante, para mí fue, y sigue siendo, una historia básica en mi vida y que marcaría mi manera de entender a la pareja en el futuro.

A pesar de la considerable diferencia de edad; de que más de una vez sufrimos el típico tópico de «Y su hija ¿qué va a comer?», los cinco o seis meses que estuvimos juntos estuvieron llenos de mucho amor.

Aún me veo sentada en un rinconcito de la habitación que Claudio solía utilizar para ensayar (en aquel momento, creo recordar, que era un monólogo que estrenó en una pequeña sala de la Colonia Roma). Él repasaba toda la obra mientras yo, su público, le observaba llena de admiración. Luego, me pedía mi opinión… Así aprendí que, sí quieres ser feliz con un actor, te debes convertir en un hermoso espejo.

La ruptura fue triste para ambos. Yo tardé mucho tiempo en comprender porqué lo hizo: me quería, simplemente y, dejarme, fue su mejor acto de amor. A modo de despedida, me regaló una pequeña flecha de oro colgada de una cadenita y que un mal día perdí. A veces,  he buscado reemplazarla con otra cuando me da por ver la sección de joyería. Pero no he encontrado una igual.

Durante un par de años, seguimos en contacto. Poco a poco, nos fuimos perdiendo la pista. Yo, de vez en cuando, le veía en la tele o en algún periódico, pues su carrera nunca se detuvo. El año pasado leí que le habían homenajeado por sus cincuenta años de trayectoria artística. Me alegré.

Esta mañana, apenas con la resaca del mal sabor que dejó la noticia de la despedida de José Luis Berlanga, me encuentro con la partida de Claudio. Lo primero que me vino a la cabeza fue que este año, 2010, lo recordaré por los demasiados adioses tristes en su haber.

Luego, me vino el recuerdo de la última vez que nos vimos. Fue en el jardín del Centro Cultural Helénico.

Estábamos sentados en una banca Jaime López y yo, durante un descanso del ensayo de su Lírica, que íbamos a estrenar en el foro cultural la Gruta. Claudio, por su parte, ensayaba en el Teatro Helénico, me parece recordar que la adaptación de Art.

Fue un encuentro bonito, mientras se consumían un par de cigarrillos. Nos despedimos con un par de besos y prometimos llamarnos para vernos pronto… Lo lamento, Claudio, el pronto se prolongó demasiado…

Va por ti, y para ti, mi mejor recuerdo… Descansa en paz…

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Domingo 7

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Han venido tus hijos a conocer la casa nueva. También vino tu hermano; Sara, tu dulce nuera y Ana, la sobrina cantarina.

Para empezar, nos hemos comido una deliciosa paella con garrafones y rosellones.Vinito y sidra a tu salud.

Luego, hemos hecho lo que teníamos pendiente por hacer: repartir los recuerdos…

Mientras iban colocando las cosas sobre la mesa, el triste silencio se fue rellenando con anécdotas. Fueron unas cuantas horas repartiendo tu vida en montoncitos.

Se han marchado, cada uno, con sus bolsas llenas de ti.

Y cuando creo que ya no queda más, te descubro mirándome desde la foto que se escondió, astuta,  por debajo de la mesa…

Un día muy duro…

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