La vida es una noria (FIL 2010)

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(*Artículo publicado en el periódico de El Espinar el 3/12/10)

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Adivina, adivinanza: estoy en una Feria. Al otro lado del charco. Está repleta de atracciones de papel. Hay mucha gente buscando diversión en formato de tapa dura o de bolsillo, fácil de llevar y económico de pagar. El colorido y las formas atrapan las miradas y la tentación.

Una vez al año, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (en Jalisco, México), reúne a cientos de editores, libreros, autores y a medios de comunicación de todo el mundo. Y, por supuesto, a los imprescindibles visitantes (y potenciales compradores), que éste año se calculan en cuatro millones.

Durante diez días, la FIL, que el próximo año cumple su primer cuarto de siglo de existencia, convoca al público a firmas de libros de mano de sus autores.  Lecturas de novedades y atractivos conciertos. A numerosas actividades infantiles e  interesantes talleres de creación. Para comer, sabrosos encuentros gastronómicos, etc. A lo largo de su recorrido, podemos llegar a descubrir la oferta de editoriales que ni siquiera imaginamos que existan. Por ejemplo, la especializada en Futbología.

Pero, antes que ser un atractivo mercado literario, la feria es un lugar de encuentro entre editores y distribuidores que buscan cerrar acuerdos entre sus empresas,  en unas pequeñas salas preparadas para tal fin: pequeñas mesas redondas con tres o cuatro sillas cada una, en donde los unos muestran su catálogo y los otros hacen sus ofertas. En una de ellas, me encontré a la hermosa Maite Ortuño, de Trama Editorial.

Por el siguiente pasillo (porque han de saber que la FIL está llena de pasillos que te van guiando al área nacional, internacional, infantil, de servicios, etc.) caigo, sin darme cuenta, en el stand de ARCE (Asociación de Revistas Culturales de España), que hace un par de años ganó el premio al mejor expositor. Me recibe la cálida sonrisa de Patricia, su coordinadora.

Poco tardé en ver caras conocidas: Hugo Vargas, editor mexicano,  y a quien no veía desde hacia diez años; Armando Mena, librero  de la Universidad de Puebla; Manuel Gil, de editorial Siruela… Esto es la Feria, un lugar de encuentros, reencuentros, negocios y, como no, de  gustosas reuniones alrededor de una buena mesa y exquisitos tequilas, guiados por el incombustible editor Manuel Ortuño.

Feliz estaba, tras presentar mi libro “Cuentos chinos” en la Ciudad de México, dar entrevistas y grabar un programa de televisión, cuando entré a las instalaciones de la  Expo. Curiosamente, la última vez que estuve en ese mismo sitio, fue como productora de conciertos. Ocho años después, crucé la misma puerta con una acreditación que asegura que soy: “Escritora”… ¡Las vueltas que da la vida!… Como una imparable noria…

Una de las atracciones de la FIL es que en cada edición hay un país o una región invitada de honor. Al invitado de turno,  se le concede un espacio preferente para que exhiban lo mejor de su industria editorial, de su quehacer cultural y puedan dar a conocer su región, cultura, costumbres, etc. Cuba, precisamente hace ocho años,  presentó a un buen número de sus escritores y editores, a la par que organizó un festival cultural y musical con más de trescientos artistas. Además de sus muestras gastronómicas y artesanales.

Este año, para mi orgullo y curiosidad, el invitado de honor era Castilla y León. Así pues, me fui rápidamente a conocer el espacio destinado a “La cuna del español” como se anunciaba en la publicidad,  tras presumirle a todos los que me iba encontrando que yo vivía, precisamente, en un pequeño pueblo de la provincia de Segovia.

Y, bueno, queridos lectores, poco puedo contarles, porque poco, muy poco, había en ese espacio. La verdad, me quedé parada. Me fui a buscar el programa de actividades de CyL para ver si era yo la que me encontraba sosa, pero no, no era yo.

Tan sólo dos conferencias llamaron mi atención, y en las dos, el protagonista era el querido Don Antonio Gamoneda. Por supuesto, no perdí la oportunidad de acercarme a saludarlo. Nos dimos un par de besos. Su apretón en mi brazo, mientras recordábamos a Carlos, “nuestro Carlitos”, ha sido lo mejor de mi visita.

Cariñosamente, le pregunté qué tal estaba: “Estoy muy cansado”, me dijo, sin soltar mi mano. En eso, apareció un amable caballero, mientras yo le aconsejaba: “A descansar, Don Antonio”. Resignado, me respondió: “Es que este buen hombre no me suelta”, mientras se marchaban a paso lento.

Mientras me alejaba de ahí, en busca de un libro de Roberto Bolaño, pensé en qué había echado de menos. Fueron varias cosas que no encontré en el espacio de “Castilla y León, la cuna del español”. Por ejemplo, ni una sola mención al centenario del poeta Miguel Hernández. Poco o nada de María Zambrano, autora muy reconocida en México. Del importante y prestigioso premio literario, Gil de Biedma, nada. De excelentes poetas como Miguel Casado, Olvido García Valdés, vecinos de la ciudad de León…

La segunda, la que más me chocó, por haber desaprovechado una oportunidad muy valiosa para difundir, a nivel internacional y, precisamente, en el sector interesado, el mensaje de las ciudades catellanoleonesas candidatas a Capital Cultural 2016, Burgos y Segovia, no encontré absolutamente nada más que una foto del acueducto.

El espacio centró gran parte de su atención literaria en la figura de Miguel Delibes. En cuanto a obra expuesta,  además de una extraña disposición de estanterías con obras de diversos géneros; tres vitrinas con libros, supongo que,  incunables, también contaba con una sala pequeña para las conferencias, mal llamada Vinoteca, en la cual yo esperaba encontrar una buena exposición de vinos de Rivera o de Rueda o de la DO de Castilla y León. Lo que había, a la hora del evento, era un agradable camarero ofreciéndonos una copa. Nunca supe de qué vino.

Más tarde, al incorporarme en una animada tertulia, en la terraza exterior de la primera planta de la feria, y en la que se podía fumar y beber una cerveza para paliar los 26º que marcaba el termómetro, confirmé que la agridulce sensación que me había producido la representación de Castilla y León en la Feria no había sido sólo mía: los siete tertulianos de la mesa, cada uno de diferente país, coincidían en que esperaban mucho más de, en efecto, la Cuna del Español. “¡Con la de cosas maravillosas e interesantes que tienen para mostrar al mundo!… Al menos, se podrían haber traído un pedacito del acueducto”, concluyó un editor inglés.

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Segovia, 2016

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A Segovia llegué por amor, que es la mejor razón para llegar a cualquier sitio. Fue en el mes de abril de hace algunos años. La primavera asomaba tímida.

Recuerdo con cariño aquella «primera vez» en que, mi entonces novio, luego marido y del que ahora soy viuda, Carlos, mi poeta, preparó con diligencia aquella clandestina escapada (porque en aquel entonces, éramos furtivos). Me citó a las nueve de la mañana, advirtiéndome de que no debía retrasarme. Me subió en un autobús en la vieja estación de Príncipe Pío, en Madrid.

Yo, que apenas llevaba unos pocos meses en territorio español, supuse que me llevaba a conocer ¡Toledo! Cuando la listilla de mi se lo dijo, se echó a reír, me cogió la mano y me dijo: «Te llevo al sitio donde nacen los mejores versos» Entonces me imaginé que íbamos al pueblo vallisoletano de su amigo Gamoneda.

Pero el viaje se hizo corto: apenas una hora y ya habíamos llegado a nuestro destino. Al entrar a la estación leí: «Bienvenidos a Segovia» ¡Eso sí que fue una inesperada sorpresa!

Carlos, diestro guía, me condujo hasta el hermoso Paseo de la Fuencisla. A mitad del camino nos sentamos, abrió su inseparable bolso, sacó un pequeño libro, casi diminuto, de tapa roja y comenzó a leer un poema que me conmovió profundamente.

No sé si fue el inigualable entorno, la grave voz del lector, el amor que me bullía o todo junto al mismo tiempo:

«Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo…»

(Poemas de Faná, San Juan de la Cruz)

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En ese instante comprendí que estaba en Segovia, en el sitio preciso y con el hombre indicado. A partir de ahí, seguir andando, llegar hasta San Juan de la Cruz y guardar como un tesoro aquel pequeño ejemplar de sus poemas, han marcado mi vida desde entonces.

Al poco tiempo, llegamos a vivir juntos (y legales) a un pueblo cercano, pero como todos los caminos conducen a Segovia, he pasado todos estos años al pie del acueducto. Y de las calles de la judería. Y en los cafés de la Plaza Mayor. He subido y bajado la calle real tantas veces como he admirado las vistas en el paseo del Salón. Me saqué el carné de conducir entre sus pequeñas calles y la circunvalación. El Figón de los Comuneros ha sido testigo de grandes celebraciones al sabor de un plato de judiones. Muchos libros he regalado de sus pequeñas y acogedoras librerías.

Descubrí el mundo de Titirimundi. De las ferias interculturales, donde, por cierto, una vez me encontré con una vecina que tenía en la ciudad de México. He visto tocar a mi cuñado en las plazas, al son de la Música al fresco. Alguna noche la he pasado en blanco, sin darme tiempo a ver cuanto espectáculo estaba programado.

Segovia me ha dejado conocer a personas muy interesantes. Comprometidas con su entorno, con la cultura, con la vida. He ido al cine, al teatro. He conocido pintores, artistas, escultores que la aman y, que a través de sus obras y de sus charlas, me han enseñado a amarla de igual manera. Porque, lo más bonito de Segovia no está en su gran patrimonio histórico, sino en su gran patrimonio humano, que comparte, generoso, su ciudad.

Es aquí donde me bautizaron como escritora. Fue la ciudad y sus pueblos, los que llenaron mis folios de cuentos. La parroquia fue el Bar Santana, el padrino Luis Eduardo Aute, los invitados, todos, segovianos. Mi madrina, Doña Ana San Romualdo, que sin conocerme de nada, me conocía del todo. En una esquina, discreto, amable, sensible, descubrí a Pedro Arahuetes, un hombre que despierta mi curiosidad y respeto, pues, según cuentan las buenas lenguas, una de sus grandes inquietudes como alcalde, es apoyar a los que de una forma u otra, nos dedicamos a la cultura.

En Segovia también he vivido el peor episodio de mi vida, pero de ello sólo puedo agradecer la atención y cariño que recibí, y sigo recibiendo, en tan penoso trance.

Y podría seguir sumando los bienes que me ha dado esta hermosa ciudad: sus paisajes; sus callejones empedrados que me recuerdan mucho a algunos rincones mexicanos. Inconfundibles sus dulzaineras y las aguederas con sus rosquillas. Me gusta que me cuenten la leyenda del acueducto, una historia de las miles que componen su tradición oral…

A Segovia llegué por amor, y  me seguiré quedando por la misma razón, aunque la vida me conduzca por otros lares.

Por eso, cuando leo que en breve será la selección de las capitales culturales, no me queda ninguna duda de que los jurados que hayan estado alguna vez en Segovia, optarán por ella. Porque no hay nada más que se le pueda exigir a esta ciudad, que ya lo tiene todo.

Toda la suerte para Segovia, Capital Europea de la Cultura 2016.

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Texto leído en el homenaje a Carlos Álvarez-Ude en Poo de Llanes.

El pasado día 1 de mayo, en el Centro de Cerámica de Póo de Llanes, Asturias (un sitio que hay que conocer) se le rindió un cálido homenaje a Carlos. Organizado por Miguel Trevín y Avelino (sus amigos de toda la vida), participaron de sus recuerdos el poeta Leopoldo Sánchez Torres; el escritor Luis Arias Argüelles-Meres; su hermano Fernando y su “primogénito” Juan, además del propio Trevín y yo misma.

Hablar de Carlos Álvarez-Ude resulta relativamente sencillo. Sería repetir lo que  un montón de personas han dicho, y escrito, acerca de su bien hacer profesional. De su singular generosidad, algo muy escaso, en el entorno literario. Sería redundar en su gran sentido de la amistad y de la solidaridad.

Lo que sí podría agregar, es algo acerca de la excepcional expresividad de sus ojos.

Pero, en esta ocasión, me gustaría destacar una faceta que tuve el privilegio de conocer, y vivir, al lado de él. La del editor riguroso… y enamorado.

A través de las cartas que solíamos escribirnos, Carlos intuyó en mí la capacidad de transmitir a partir de la escritura. Yo misma la ignoraba, no obstante él, a lo largo de  los años, me insistió para que me lo tomara en serio. Yo, con la desconfianza que da, el ni siquiera haberme planteado jamás, volar en globo y escribir un libro, me reía de él y le decía que me leía con ojos de amante.

Pero sembró la semilla de la duda y comencé a inventar historias que, luego, discusión mediante, entre autora y editor, él me iba corrigiendo. Y así, sin darnos cuenta, ya estaba yo publicando mi primer libro. Creo que, además de su mujer, para él fui un muy  personal proyecto editorial, del que se sintió muy orgulloso.

También, estoy segura, que se involucró tanto en desarrollar mis habilidades, para poder evadir las suyas, que en él eran innatas.

Yo siempre le preguntaba qué razón había para que, a esas alturas de su vida, jamás hubiese publicado su propio libro. Sobre todo, conociendo la gran cantidad de poemas que a lo largo de la misma fue escribiendo: para cada uno de sus amores; para sus hijos; para sus amigos; para la vida misma… Carlos, mostrando el índice derecho, en ese gesto tan suyo, me decía: «Después de haber leído que la vida iba en serio, yo no tengo nada qué decir» Así pues, la culpa era de Gil de Biedma… y yo, sin argumentos, aceptaba su respuesta…

Hasta el día que se me ocurrió robarle el original de «Los mares detenidos» (Trama Editorial, 2010)  y publicarlo, con la complicidad de sus buenos amigos Marcelo y  Manolo Ortuño. De no haberlo hecho así, Carlos, pudoroso y, porque no decirlo, temeroso de no encajar la crítica, jamás habría tenido su primer libro publicado.

Y digo primer, porque tengo toda la intención de rescatar una serie de poemas que he ido encontrando en el cajón de los recuerdos, así como diversos textos y correspondencia, que bien pueden dar un buen repaso a la vida literaria desde 1970 al 2005, años en los que estuvo inmerso de lleno en el mundo editorial y poético, no sólo de España, sino de América en general.

Carlos y yo no tuvimos hijos, sin embargo, conformamos una hermosa familia numerosa: Juan, Eva, Sara y Daniela, dos perros y una gata.

Y, bueno, si: tuvimos dos bellos hijos de papel, que llevan nuestros apellidos…

Quince días después del homenaje que le organizó la querida comadre, Ruth Toledano,  el 8 de febrero en el Círculo de Bellas Artes en Madrid, recibió una carta de Don Antonio (para él), Gamoneda para todos los demás. En esa hermosa hoja de papel, escrita a mano —que, por cierto,  me pasé «traduciendo» más de cuatro horas—  el poeta le dice:

Gracias, muchas gracias por Los Mares Detenidos , un libro espléndido, que he leído de un tirón, que sin duda, va a colocarte en el alto lugar de reconocimiento en que, no sé porque no estabas. O sí, si lo sé: porque durante toda tu vida, has hecho más por otros, que por ti mismo. Pues a ver si te acuerdas de una puñetera vez de Carlos Álvarez-Ude, de Carlos el que escribe cosas como

«Incertidumbre de la miel que recuerda

y se adhiere al corazón del amante…»

Después de leer la carta, Carlos guardó silencio durante dos días. Al tercero, me pidió que le transcribiese, de su libretita, negra y roja,  el libro de “La Losa”: «Tengo que ponerme a corregir algunos versos» me dijo.  Pero fueron más las ganas, que las fuerzas…

La madrugada anterior a su partida, recobró algo de fuerza. Me llamó y me pidió un cigarro. Nos lo fumamos juntos. Luego, me pidió que le diera un beso y me preguntó «¿Me quieres?» Yo, como siempre hacíamos en esos juegos pactados de pareja, le respondí: «ya sabes que no». Sonrió y me dijo que apagara la luz…

Y, ya ves, Carlos (me van a disculpar, pero esto es entre él y yo),  al final me has hecho venir a Llanes. Aunque de muy mala manera, querido…

Dónde estés haciendo versos, gracias por estos años…

Centro de Cerámica de Póo de Llanes

1 de mayo, 2010.

Insomnios VI

Febrero 20, 2010.

Viernes por la noche. Estoy metida en la cama, en alerta, pues estás muy inquieto.

            Al caer la tarde, te ha llamado tu viejo amigo Luis Alberto de Cuenca. «Me gusta hablar de la vida con él», me dijiste. Estuviste largo rato contándome de cuando le conociste y de cómo se fraguó el cariño entre los dos. Del gran respeto que le guardas como poeta e intelectual. Pero, sobre todo, de la inmensa admiración que le profesas como persona. Te imaginé sentado en el bar de la calle Juan Bravo donde, me dices, le viste por primera vez.

            Supongo que, exaltado por los recuerdos y la nostalgia, me pediste el número de Don Antonio. «¿De qué Antonio?» te pregunté. «De Gamoneda» me respondiste con cierto fastidio en la voz ¿Cómo no saber que Don Antonio es él? Fue divertido escucharte y deducir lo que pasaba al otro lado de la línea. Al final, habéis quedado para ir a tomar unos vinos al Humedal…

            Para cerrar la noche, te llamó Juan José Lanz. Sólo alcancé a escuchar que le decías: «Juanjo, no te pongas sentimental». Luego, dejaste el teléfono y lo único que dijiste fue: «Veinticinco años». Y no volviste a hablar.

            Por supuesto, tantas emociones juntas, te agotaron. Te metí en la cama muy pronto, pues estabas especialmente «torpe». Cuando salía de la habitación, me diste un ejemplar de tu libro: «Toma» —¿Para quién es?, te pregunté . «Para ti…»

            Me quedé parada. No me esperaba eso. «Para mi Valentina, luz de mis ojos» habías escrito con una minúscula letra y una extraña fecha: 08/02/1012. Así has firmado varios libros: 1012.  Me reí y te dije que tenías una errata en la dedicatoria. «Trampas del editor» afirmaste. Te di un par de besos y me fui con mi ejemplar entre las manos. Al poco, me llamaste de nuevo para decirme: «Tú aún no me has dedicado tu libro». Es verdad, no se me había ocurrido.

            Me quedé pensando en ello.

            Don Manuel Ortuño, padre, me hizo firmarle el primer ejemplar de mi libro. Entonces, nerviosa y abochornada, le pregunté qué era lo que se debía escribir en una dedicatoria. Él, hombre sabio y amable, me aconsejó:«Tú siempre escribe Con amor y la firma, así nunca fallas».

            El caso es que, a estas alturas, he firmado algunos libros con más que amor, tratando siempre de dar un toque especial a cada mensaje, que es, al fin y al cabo, lo que la otra persona espera. Pero, en tu caso, querido mío, no puedo escribir con amor, con cariño ni cosas así. Eso te lo trato de  dar a cada momento y sin recato. No hay lugares comunes qué dedicarte ni palabras que se ajusten a tres líneas en este libro: es este trozo de vida, mi mejor dedicatoria.

            Al final, en un avanzado estado de insomnio me tuve que admitir que en realidad, lo que me impide firmarte el libro es pensar que, en cualquier momento, lo tendría que meter en la maleta de los recuerdos. Mientras lo pueda evitar…

            Lo siento, la noche de anoche, no se me ocurrió nada feliz.