Cuarta planta

 

Lo malo de la mala espera es la cantidad de cosas que se pueden observar mientras avanza, impasible, el tiempo.

Eso es lo que hacía María, una vez más: contemplar a su alrededor.

Un radiante sol de primavera se colaba por la ventana de su habitación, cuando decidió que ella sería un cadáver de piel tersa.

Con las carnes firmes, y con buen olor, su muerte tendría la tez rosada.

A su boca no asomaría ningún rictus que afeara su sonrisa.

Deseo ser una muerta de muerte hermosa. De piernas ligeras, sin venas rotas.

No habría artrosis en sus manos, ni canas en su larga cabellera.

María decidió morir en paz.

Y así lo hizo, tras salir del hospital…

 

 

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Tres salas tres

º

En lo que va de semana, he tenido que pasar tres tardes en tres salas de espera diferentes por tres razones  muy distintas entre sí.

Hospital provincial

El lunes, mientras tomaba café con una amiga, ésta recibió una llamada para avisarle que su madre había sufrido un desgraciado accidente. Salimos volando hacia su casa, para encontrarnos con lo que luego se confirmó: su madre se rompió la cadera.  En menos de media hora, ambulancia del Samur incluida, ya estaba yo esperando noticias en la sala de espera de urgencias, mientras mi amiga y su madre eran llevadas a un box.

Durante el tiempo que estuve por ahí, contabilicé nueve llegadas de ambulancias. Una mujer  a punto de parir. Un par de madres con sus bebes. Y dos hombres. Uno, el que luego supe que era el patrón de una finca, cosa que no era difícil de adivinar por su vestimenta: pantalón de montar, chaleco de cazador y botas a juego. El otro, por su aspecto y oraciones a Alá, marroquí seguramente, llevaba en su mano izquierda su mano derecha, prácticamente desprendida del brazo, tratando ―inútilmente― de controlar la sangre con una venda. De inmediato salió un médico a recibirlo y, junto a él, el asustado hombre, desapareció.

― ¡Joder, Francisco!  Me da igual que esté en la playa o en la partida de mus. Búscalo y dile que le haga un contrato al desgraciado éste con fecha de ayer y que le dé de alta… Sí, ya pago lo que se tenga que pagar de seguridad social… ¡Hombre, es que si pierde la mano, me como un marrón de tres pares!… Sí, por supuesto,  lo despido en cuanto salga de aquí…

―…

― ¿Su nombre?… Y yo que sé… Qué se lo pregunten a su primo…

―…

― Jajajaja… ¡Fíjate si se cagó, que hasta se le olvidó el ramadán!… Julio le metió dos vasos de zumo para que no se desmayará… ¡Alá… Alá….! No sé cuántos rezos echó cuando veníamos en el coche… Pues sí, lo dejó hecho una mierda…  Ya me dirás dónde queda el sitio ese en que te lo lavan de puta madre…

―…

― ¡Qué dices! De eso nada… Qué terminen de poner el techo y que no se vayan hasta que lo acaben… Encima me va a tocar pagarle el día completo a los vagos estos…

Rabiosamente indignada por lo que estaba escuchando, justo cuando estaba a punto de ganarme al señorito de enemigo tras decirle cuatro cosas, apareció mi amiga con la mala noticia de que su madre se quedaba ingresada…

Aeropuerto de Barajas

Dos asientos más allá de mí propia espera, un hombre y sus dos pequeñas hijas, de entre ocho y diez años, se sientan a lo mismo. Él pide a las niñas que se estén quietecitas, pero ellas ya andan saltando entre sus maletas y las de los vecinos. Suena su móvil.

― Han dicho que sale en una hora…

―…

― ¿Y qué quieres que haga, mujer?… ¿Me subo al avión y lo conduzco yo?… ¡Andrea, mira lo que hace tu hermana!…

―…

― ¡No puedo estar a todo, guapa!… Ya te llamo cuando las embarque…  ¡¿Qué dices?!… Ya estamos con lo mismo… Pero mira que eres cansina, bonita… No, no hace falta que me lo recuerdes, ¿cómo crees que se me va olvidar porqué nos divorciamos?…

―…

―Pues ya sabes: ajo y agua…

Clínica dental

En la salita de espera coincidimos cinco personas. Ninguna abre la boca.

º

Insomnios VII

Febrero 25, 2010.

 Hace cinco insomnios que no escribo: no tenía ganas. Cansada de no dormir, no he dormido. Al final, anoche, conseguí soñar un poco. Cuando el insomnio llega, no hay que echarlo, hay que hacerlo amigo. Así, tras cinco noches de duerme vela, ayer, por fin, llegamos a un acuerdo: se acostó sobre la almohada vacía y me dio la espalda.

            El 22 fue tu cumpleaños y el de mi madre, curioso que los dos sean del mismo día. Tú, 57, ella 70. Tú aquí, ella al otro lado del charco. Fue un cumpleaños extraño. Desde que estamos juntos, siempre te he organizado reuniones para celebrarlo. Pero, desde la última que organicé, hace ya tres años, esa que al final tuve que cancelar para convocar a los invitados en el hospital, ya no me atrevo a hacerlo más.

            Cuando se va a acercando la fecha, me invade cierto desasosiego. Recuerdo que el día 20 de febrero de 2007 te acompañé al médico a una visita rutinaria. No había ninguna razón en particular para ir, tan sólo tu analítica anual. Salimos de ahí, quince días después, pero tú ya no eras el mismo: te habían quitado un riñón y te habían emplazado para volver a qué te quitaran más pedazos de tu cuerpo. Te recetaron un kilo de pastillas de colores y se reservaron la sentencia que tú no quisiste escuchar.

            Curiosamente, desde el día 21 de este mes, llevas unos días muy malos. Es como si tu cuerpo recordase tan mal aniversario y no quisiera estar alegre. Trato de animarte. Te han llamado tus hijos. Tu hermano Luis vino a verte. Los amigos te han felicitado, pero no te brillan los ojos. Me tienes preocupada.

            Ese mismo día, recibí un correo de Maggie, mi amigocha del alma desde hace años. Ahora vive en París, felizmente casada con un hombre maravilloso. Me trajo un montón de recuerdos de una época de la vida en que las dos coincidimos y conseguimos salir vivas. Fue nuestra particular “movida”, tardía, pero natural en dos mujeres que, hasta entonces, sólo habían tenido que ir resolviendo la vida. Luego, yo me vine a España y te conocí y me quedé. Tú conociste a Maggie en Madrid. Recuerdo que tu dictamen fue: «Una mujer muy interesante y muy bella» Por aquel entonces ella vivía en Argentina y yo la echaba mucho de menos. Ahora está tan cerca y nosotros tan lejos. Se ha puesto triste cuando le he comentado de lo tuyo: quiere que te abrace y no te suelte. Te has reído cuando te lo he comentado y me has dicho «Pues a ver si le haces caso…»

            Y como los fantasmas nunca vienen solos, también me ha llamado Manolo, mi Manolo. Esa persona que siempre está en mi vida pero, por ello, nunca lo estará del todo. Me ha dado alegría escucharlo y prometernos, una vez más, vernos pronto. Tú me miras y aunque sabes perfectamente quién es, pones ese gesto de disimulo y esbozas tu sonrisa de «No estoy celoso…» Me enterneces…

            Por la madrugada me visita mi pasado, tan lleno de aventuras y de mágicas historias. Hago un recuento de anécdotas y de pasiones. «No hay sarao dónde no haya bailado», me digo. Pienso en todas las personas que me han sido y en los abrazos que he habitado; en los que he amado; los que me han llorado. En daños y facturas por pagar…

            Pienso en Bulevar y en aquel hombre que vestía una camisa muy bonita pero poco discreta, que tras unas gafas rojas, también, poco discretas, fingía leer el periódico mientras interrogaba a Nico, el camarero y amigo, para saber más de aquella mujer sentada enfrente suyo. «Es una amiga que acaba de llegar de México». «¿Y a qué se dedica?» necesitabas más información. «Pues trabajaba con Sabina» contestó y se fue a servir al otro lado de la barra.

            Te acercaste por la espalda y tu hermosa voz, dijo: «Hola, acabo de llegar de la feria del libro de México». Sorprendida,  te miré. «¿Tú quién eres?», respondí con desagrado ¡estabas interrumpiendo un momento crucial de mi charla con Daniela!  «Un extraño, como un pato en el Manzanares», sonreíste, canalla…

            De aquello hace ya ocho cumpleaños… ¡Felicidades!