8 de abril de 2010

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El tercer mundo

 

            A propósito de las graves consecuencias de la tormenta de nieve que dejó varias zonas de Barcelona sin suministro eléctrico, amén de otros desastres, los informativos y, en general, los medios de comunicación, se han lanzado a la calle, micrófono en mano, para conocer de propia voz, los testimonios de los afectados.

            Las escenas, en general, son desoladoras. Sobre todo, la de las torres eléctricas dobladas como un mondadientes al final de la comida. Las carreteras llenas de vehículos esperando al paso de una quita nieves o, al menos, de alguna información. Los gimnasios, reinventados en improvisados albergues. Las casas a oscuras.

            Lo más desagradable del corte de luz, es la incertidumbre de no saber cuándo volverá. Entonces, llamas al teléfono de información y una amable voz te dice “es una avería y ya lo estamos arreglando”.  Es mejor no haber llamado. A medida que va pasando el tiempo a oscuras, te vas dando cuenta de la inutilidad de estar vivo sin luz.

            Para empezar, en invierno, la calefacción no funciona sin electricidad y no tienes chimenea. Te da la sensación de que la casa se queda helada enseguida aunque el termostato indique que sigue a 20º.  El teléfono tampoco sirve, pues te compraste un inalámbrico para tu comodidad. No puedes hacerte la cena, ya que al reformar la cocina, pediste una moderna vitrocerámica y, hasta que no inventen el microondas a pilas, no hay nada caliente que se pueda hacer.

            También te preocupa que, justo esa mañana, hiciste la compra de la semana y los congelados se van a estropear. ¿Una ducha? Imposible, no hay caldera. Decides aprovechar el tiempo arreglando tus archivos en el ordenador: ¡joper, sí no hay luz!

            El móvil. Te queda el móvil para llamar a tu vecina. No sabes bien para qué, pero necesitas ruidos, porque el silencio de un apagón se torna muy amenazante. La consabida grabación,  te indica que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. Decides ir andando hasta su casa. El timbre no funciona. Esperas un rato para ver si entra o sale alguien. No hay suerte.

            Enfilas hacia el bar, un café para matar el tiempo. Lo siento, sin luz no hay café ni cañas. Un vino, si acaso y con la advertencia de que, como «la cosa va para largo» mejor van a cerrar.

           Pues nada, en la calle, otra vez. Sin remedio, vuelves a casa. Por el camino, recuerdas que hace muchos años la tía Pili te regaló un radio pórtatil pequeñito. «¿Dónde demonios lo habré guardado?» Lo encuentras, pero el tiempo y el no haberle quitado las pilas, lo ha llenado de óxido. Te empeñas en limpiarlo con cuidado y le pones un par de baterías nuevas doble AA.

            — ¡Lo que está sucediendo es tercermundista, es increíble que esté pasando esto…!

            Escuchas la voz crispada de una mujer mayor, supones, quejándose del desastre ocasionado por la imprevisión.

            — ¡Sí…sí… esto es peor que el tercer mundo!, confirma un coro de voces que, supones, rodean al reportero.

            La señal de la radio se pierde. Te quedas pensando. ¿Tercer mundo?… ¿Y el segundo?… ¿En qué universo gravita el primero?…

            No, señora, está usted muy equivocada. En el tercer mundo, ese al que siempre se remiten cuando de desgracias se trata. Ese mundo al que la mayoría sólo conoce por las imágenes de niños famélicos, rodeados de moscas y peligros. Un mundo hecho de casas de cartón en medio de basura y ríos de lodo maloliente. El mundo de tercera, que no tiene agua, ni luz, ni salud, pero al que le sobra mucha hambre. Ese mundo, señora, estaría muy feliz y agradecido de que, un día, dos, tres; veinte horas, incluso, una semana, se viese privado de electricidad porque un temporal de nieve reventase sus torres y no pudiese, en consecuencia,  usar el  teléfono o encender la calefacción. O, que,  su comida congelada, terminara en la basura.

            En ese tercer mundo, al que alegremente se refieren como sinónimo peyorativo (e indeseable)  de la desgracia del estado de bienestar, harían una gran fiesta, iluminada por una cálida  fogata en medio de la calle pobreza y compartirían canto, baile y miseria entre todos los vecinos, por igual.

            Vamos, lo que suelen hacer siempre, a falta de luz…

Los tratos malos

8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

 

            Cuando alguien le pregunta sobre el padre de sus hijos,  lo primero que recuerda es la sensación de ardor en las mejillas. Lo sintió el día que lo vio en la plaza, tan lejano. El rubor le maquilló la cara cuando él la miró por primera vez. Esa misma noche, él le propuso un trato: ella aceptaba pasear cada día y él se comprometía a quererla toda la vida.

            Despertó con un fuerte ardor en el estómago —«Son los nervios» le consoló su madre—,  el día que firmaron aquel papel  con el que él cumplía su promesa: una vida juntos, en las buenas y en las malas.

            Un doloroso ardor mezclado con lágrimas y sangre fue lo que sintió cuando le sorprendió con la primera bofetada. Desde entonces, el trato tácito fue que, él le pedía perdón y ella se callaba.

            Diez años después, no hubo tiempo para más tratos:  mientras una ambulancia la llevaba al hospital, a él le obligaban a dejar la casa.

            Pero a ella, le sigue ardiendo el miedo.

Treinta minutos

 

«Ya no soy más que yo para siempre…»

(Idea Vilariño)

 

Mercedes llevaba unos días triste, sin poder encontrar una buena razón para asomar la nariz más allá de la puerta de casa. Al principio, culpó al mal clima: exceso de lluvias, frío y cielos grises. Pero el domingo había salido el sol y tampoco pudo sonreír. Entonces pensó que, quizá, la razón de su desasosiego estaría en su falta de actividad, así que se apuntó a un gimnasio. No es que se sintiera mejor, pero ahí fue donde comprendió la razón de su pesar.

            El primer día, llegó vestida con un viejo pantalón deportivo que solía utilizar para estar en casa. Una camiseta cualquiera y unas zapatillas que, de tan viejas y poco usadas, estaban nuevas. El monitor quiso saber cuál  era su objetivo, a lo que ella respondió que no lo tenía claro: «Quizá mantenerme en forma, ya no seré Miss Musculitos». Así que la mandaron a la cinta caminadora por treinta minutos, para empezar.

            Por la colocación de las maquinas, ella podía observar el resto del gimnasio. Distinguió dos grupos claramente: los de su quinta, en las caminadoras, bicicletas, escaladoras y, digamos, ejercicios de bajo impacto, específicos para quemar calorías y contener el tiempo.  Al otro lado, los jóvenes, los que si querían ser musculitos. Los que se preparaban para mostrar los resultados de su esfuerzo, en cuanto llegase el buen tiempo. Los que, sin miramientos, cargaban barras y pesos imposibles. Entre ellos, las chicas jóvenes que endurecían sus glúteos; levantaban sus pechos y pegaban saltos al  enloquecido ritmo del aeróbic.

            Al ver los gastados cuerpos de sus compañeros de caminata, que sobrepasaban, la mayoría, los sesenta años y ver los de los chicos, que no sobrepasaban los cuarenta, Mercedes cayó en cuenta de que su problema era, precisamente, ese.

            Se recordó a la edad de doce años. Sus hermanos y sus primos eran más pequeños que ella y no la dejaban compartir sus juegos y secretos, porque ya era «muy mayor». Entonces se acercaba a la mesa de los adultos, que en cuanto notaban su presencia, la mandaban fuera, porque estaban hablando «cosas de mayores». Al final, cada domingo, terminaba sentada, sola,  en el primer escalón que subía a ninguna parte. Quizá de ahí, le viniera su especial aversión al séptimo día de la semana.

            Aquella época, que duró un par de años, fue terrible: no había sitio para ella. Se había convertido en una especie de estorbo para unos y para otros. Aprendió a ser invisible y se construyó un mundo paralelo, lleno de cajas de cartón convertidas en castillos. Quizá de ahí, salió arquitecta.

            Pues bien, ahora, con cincuenta, sentía la misma cosa. Resultaba joven para sus colegas, aunque mayor y respetable para los aprendices.  Para la jubilación o la tarjeta descuento de los museos, aún le faltaban años,  aunque, si fuese el caso, sería demasiado mayor para pedir un nuevo empleo. Las ayudas que se otorgaban, eran destinadas para personas de hasta treinta años o para  las mayores de sesenta y cinco: ella no encajaba en ninguno de los dos baremos. En un banco era considerada una persona de riesgo: demasiado mayor para garantizar el pago de una hipoteca, pero en la edad justa de quedarse sin trabajo. Y qué decir de los seguros de cualquier tipo: el razonamiento era el mismo. A menos, claro, que estuviese dispuesta a pagar el doble por cada cuota. A su edad, ya se debía tener dinero para eso. Aunque no el suficiente como para no pensar en un plan de pensiones.

            Era muy joven para pedir ayuda. Demasiado vieja para no darla.  No estaba en edad de vestirse como una venerable abuela, pero tampoco podía volver a sus minifaldas que tanto le habían gustado. El recto traje sastre se convirtió en su uniforme. Fue joven al quedarse viuda, pero demasiado vieja para volver a coquetear.

            Sus hijos y los amigos de ellos, callaban cuando la veían aparecer. Huían al jardín sí a ella se le ocurría sentarse en el salón. No la invitaban a sus fiestas ni a sus viajes. Ya era vieja para volver a ser madre. Muy joven para ser abuela: sus hijos ni siquiera se lo planteaban. Pero, si había algo que le causaba una profunda angustia, era percibir cierto tonito de condescendencia en su voz, algo así como; «Háblale despacio para que se entere». Igual que se le habla a un abuelo medio sordo o a un turista despistado.

            En cambio, cuando se sentaba en un corro de amigos suyos, no hacia más que escuchar de nietos y enfermedades: dos cosas que ella aún no tenía. En pocas ocasiones daba su opinión sobre algún tema, pues invariablemente la interrumpían con un «¡Ay, qué joven eres. Lo que te queda todavía por vivir!», así que aprendió a callarse. Si alguna vez, en  el autobús, un joven le cedía el asiento, no tardaba un viejo en plantarse delante de ella para, con mirada lastimera, obligarla a cedérselo a él. En la sala del médico de familia, los niños tenían preferencia por su inquietud, los mayores por sus prisas. A su edad, la de ella, no se consideraba el tiempo. En fin, sin advertirlo, volvió a ser invisible.

            A los catorce años, vivía esperando la llegada de la tan ansiada adolescencia. Esa etapa que obliga a ser rebelde para conquistar un espacio propio. Ahora, le tocaba esperar la llegada de la mal llamada «edad madura», para dejarse ver de nuevo.

            Lo curioso es que, la primera estaba marcada por la llegada de la primera menstruación. La segunda, se anunciaba con la partida de la última regla.

            Un periodo realmente corto, pensó, mientras apuraba el ciclo de treinta minutos en la caminadora, quemando invisibles calorías…