Lágrimas negras

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Si de llorar se trata, lo mejor es picar una cebolla mediana muy finita.

Luego, tres jitomates bien coloraditos que se deben mezclar con un manojito pequeño de cilantro.

Para terminar, tres aguacates maduros bien bañaditos de limón verde, a fin de que no se pongan negros. Como las lágrimas.

Se agrega un buen chorro de aceite y sal al gusto.

Con el mismo gusto que hay que maldecir a quien se fue.

Una vez bien llorada la pena, el guacamole se sirve con totopos o chicharrones crujientes, pero sin rencores. Dice mi abuela que el aguacate y la muina no se llevan bien.

Les recomiendo acompañarlo con buen tequila blanco o reposado, sin olvidar a José Alfredo cantando «Ando volando bajo»…

¡Ay, dolor, ya me volviste a dar!

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Play Gastro, Cadena SER, “Poesía y lágrimas de cebolla”

(A partir del minuto 10, 34 podrán escuchar una poética forma de hacer el guacamole…

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Pizca de sal (Trama editorial), el sábado 8 de junio a partir de las 12,00 hrs. en la Feria del Libro de Madrid.

Juan, Majadero Jones…

“Una explicación que nadie me ha pedido.
La palabra MAJADERO viene de “majo” (martillo de hierro) y este del latín “malleus” (martillo). Originalmente se refería al palo que sostiene la cabeza del majo. Luego pasó a designarse a la persona que usa el majo. Luego a la persona que importuna o molesta con el ruido del majo.
Finalmente a la persona necia y porfiada que no para en sus majaderías.
Creo que he elegido bien. “

(Juan, Majadero Jones)

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La muerte, como noticia, siempre conmueve, aún cuando se trate de muertes lejanas. Más, si la noticia es sobre alguien cercano, duele como un golpe bajo, muy mal dado.

Ayer, mientras comía  tacos y bebía tequila, alegremente,  en Madrid, recibí un mensaje que nunca habría querido leer: «Juanito, Majadero Jones, se ha ido».

Le conocí en mis épocas de «tabernera». Apareció en la barra del brazo de Aurora, su pareja. Me retó: «¿No tendrás tequila bueno, mexicana?»… Y yo, que soy como soy, le saqué una botella de Tradicional y me quedé tan ancha.

A partir de ahí, nos fuimos haciendo amigos. Comidas, veranos, vinos y barra. Luego llegó el facebook y nos «veíamos» más.

Solía verle acompañado de Toñín y de Pilar, esa pareja maravillosa que, como Juan, saben transmitir su afecto en abrazos y besos bien dados. Ahora, todos estamos muy tristes. Se ha marchado con sus apenas cincuenta y un años, sin despedirse, como solía hacer.

El último trago de mi tequila, Juan, fue por ti.

¡Buen viaje!

(Y salúdame a Carlos…)

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Majadero Jones y la pandilla del terror...
Majadero Jones y la pandilla del terror…

¡Qué hippie!

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Hace pocas semanas asistí a  una charla de Eduardo Mendoza a propósito de su libro “Riña de gatos” (Planeta, 2010). Entre un montón de cosas interesantes y divertidas que contó, hubo una que me llamó la atención en especial: «En mis inicios me presenté –como todos los que comenzamos a escribir-  a todos los premios literarios. Por fortuna, nunca me dieron ninguno». Me quedé meditando en el asunto. Yo, como muchos más, he enviado más de tres obras, sin resultado alguno. Debe ser que los premios llegan cuando tocan, concluí.

Y me vienen al recuerdo esas palabras, al enterarme de que a mi querida Ana Borderas le ha sido concedido el Premio Nacional de Periodismo Cultural 2011. Un premio que lo tiene más que merecido y que, para fortuna de ella,  le llega en muy buen momento.

Cuando la llamé, (según ella, la primera persona que lo hizo en ésta mañana tan especial), me sentí  tan emocionada como la recién premiada. Me soltó, con ese tono tan poco discreto que la caracteriza: «estoy en mitad de la calle, llorando de la emoción. ¡Qué hippie lo que me está pasando!». Y yo me la imaginé, en plena Gran Vía, a la puerta de su oficina en la cadena SER, dando voces de alegría.

Curiosamente, el sábado pasado estuvimos comiendo unos tacos en el centro de Madrid y hablamos de los premios en general. Recién acababan de conceder uno a los informativos de RTVE. También mencionamos a los premios Ondas e incluso, derivamos, como no, a los premios literarios.

La culpable del tema fue mi hija cuando le preguntó a Ana si sabía cuándo fallaban el premio que hoy le han concedido. «Es el lunes» respondió ella.  «¿Te imaginas que te lo dieran a ti?», le preguntó Daniela.  Ana la miró como si le hablara en chino y se pidió un café… Hoy me contó que la “preguntita de la niña”  la dejó muy inquieta el resto del fin de semana.

Fue hace dos años, por estas fechas, cuando nos conocimos por teléfono. Ella me quiso hacer una entrevista, la primera para mí, a propósito de mis Cuentos chinos… Yo estaba muerta de miedo y, para disimular, le comencé a hablar de comida mexicana… Poco después, fue vernos las caras al sabor de una cochinita pibil, para sabernos cómplices. El tequila hizo el resto…

Desde aquí, mi queridísima Borderas, una vez más: ¡Enhorabuena!

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Datos biográficos

Ana Borderas (Eibar, País Vasco, 1962), licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es directora del programa cultural La Hora Extra de la Cadena SER. Inició su trayectoria profesional como redactora en Radio Vitoria. En 1985 se incorporó a Onda Madrid donde fue jefa de programas y se ocupó durante 4 años de la organización y presentación de los premios de cine que otorga esta emisora. En 1992 se une a los servicios informativos de la Cadena SER. Lleva 13 años al frente del programa cultural La Hora Extra, que el año que viene cumple su vigésimo aniversario.

El Jurado del Premio Nacional de Periodismo Cultural

El Jurado ha estado compuesto por Jacinto Antón y Fabricio Caivano, galardonados en las ediciones de 2009 y 2010 respectivamente; Emilio González, designado por la Asociación de Periodistas Culturales de Andalucía; Elsa González por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España; Álvaro San Román, por la Asociación de Revistas Culturales de España; María Jesús Casals, por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas; Manuel Marlasca, por la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión de España; Luis María Ansón por la Real Academia Española; Xosé Ramón Barreiros, por la Real Academia Gallega; Arantxa Urretabizkaia, por la Real Academia de la Lengua Vasca; Joaquim Puyal i Ortiga, por el Instituto de Estudios Catalanes; Juana Castro, por la Asociación de Críticos Literarios; Ada Castells, por la Asociación de Periodistas Culturales de Cataluña; y María Silveiro, por la ministra de Cultura. Ha actuado como presidente el director general de Libro, Archivos y Bibliotecas, Rogelio Blanco; como vicepresidenta la subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas, Mónica Fernández y como secretaria, Teresa Atienza, jefa del Servicio de Promoción Exterior.

(Datos biográficos e imagen extraídos del blog: La aventura humana.)

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La vida es una noria (FIL 2010)

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(*Artículo publicado en el periódico de El Espinar el 3/12/10)

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Adivina, adivinanza: estoy en una Feria. Al otro lado del charco. Está repleta de atracciones de papel. Hay mucha gente buscando diversión en formato de tapa dura o de bolsillo, fácil de llevar y económico de pagar. El colorido y las formas atrapan las miradas y la tentación.

Una vez al año, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (en Jalisco, México), reúne a cientos de editores, libreros, autores y a medios de comunicación de todo el mundo. Y, por supuesto, a los imprescindibles visitantes (y potenciales compradores), que éste año se calculan en cuatro millones.

Durante diez días, la FIL, que el próximo año cumple su primer cuarto de siglo de existencia, convoca al público a firmas de libros de mano de sus autores.  Lecturas de novedades y atractivos conciertos. A numerosas actividades infantiles e  interesantes talleres de creación. Para comer, sabrosos encuentros gastronómicos, etc. A lo largo de su recorrido, podemos llegar a descubrir la oferta de editoriales que ni siquiera imaginamos que existan. Por ejemplo, la especializada en Futbología.

Pero, antes que ser un atractivo mercado literario, la feria es un lugar de encuentro entre editores y distribuidores que buscan cerrar acuerdos entre sus empresas,  en unas pequeñas salas preparadas para tal fin: pequeñas mesas redondas con tres o cuatro sillas cada una, en donde los unos muestran su catálogo y los otros hacen sus ofertas. En una de ellas, me encontré a la hermosa Maite Ortuño, de Trama Editorial.

Por el siguiente pasillo (porque han de saber que la FIL está llena de pasillos que te van guiando al área nacional, internacional, infantil, de servicios, etc.) caigo, sin darme cuenta, en el stand de ARCE (Asociación de Revistas Culturales de España), que hace un par de años ganó el premio al mejor expositor. Me recibe la cálida sonrisa de Patricia, su coordinadora.

Poco tardé en ver caras conocidas: Hugo Vargas, editor mexicano,  y a quien no veía desde hacia diez años; Armando Mena, librero  de la Universidad de Puebla; Manuel Gil, de editorial Siruela… Esto es la Feria, un lugar de encuentros, reencuentros, negocios y, como no, de  gustosas reuniones alrededor de una buena mesa y exquisitos tequilas, guiados por el incombustible editor Manuel Ortuño.

Feliz estaba, tras presentar mi libro “Cuentos chinos” en la Ciudad de México, dar entrevistas y grabar un programa de televisión, cuando entré a las instalaciones de la  Expo. Curiosamente, la última vez que estuve en ese mismo sitio, fue como productora de conciertos. Ocho años después, crucé la misma puerta con una acreditación que asegura que soy: “Escritora”… ¡Las vueltas que da la vida!… Como una imparable noria…

Una de las atracciones de la FIL es que en cada edición hay un país o una región invitada de honor. Al invitado de turno,  se le concede un espacio preferente para que exhiban lo mejor de su industria editorial, de su quehacer cultural y puedan dar a conocer su región, cultura, costumbres, etc. Cuba, precisamente hace ocho años,  presentó a un buen número de sus escritores y editores, a la par que organizó un festival cultural y musical con más de trescientos artistas. Además de sus muestras gastronómicas y artesanales.

Este año, para mi orgullo y curiosidad, el invitado de honor era Castilla y León. Así pues, me fui rápidamente a conocer el espacio destinado a “La cuna del español” como se anunciaba en la publicidad,  tras presumirle a todos los que me iba encontrando que yo vivía, precisamente, en un pequeño pueblo de la provincia de Segovia.

Y, bueno, queridos lectores, poco puedo contarles, porque poco, muy poco, había en ese espacio. La verdad, me quedé parada. Me fui a buscar el programa de actividades de CyL para ver si era yo la que me encontraba sosa, pero no, no era yo.

Tan sólo dos conferencias llamaron mi atención, y en las dos, el protagonista era el querido Don Antonio Gamoneda. Por supuesto, no perdí la oportunidad de acercarme a saludarlo. Nos dimos un par de besos. Su apretón en mi brazo, mientras recordábamos a Carlos, “nuestro Carlitos”, ha sido lo mejor de mi visita.

Cariñosamente, le pregunté qué tal estaba: “Estoy muy cansado”, me dijo, sin soltar mi mano. En eso, apareció un amable caballero, mientras yo le aconsejaba: “A descansar, Don Antonio”. Resignado, me respondió: “Es que este buen hombre no me suelta”, mientras se marchaban a paso lento.

Mientras me alejaba de ahí, en busca de un libro de Roberto Bolaño, pensé en qué había echado de menos. Fueron varias cosas que no encontré en el espacio de “Castilla y León, la cuna del español”. Por ejemplo, ni una sola mención al centenario del poeta Miguel Hernández. Poco o nada de María Zambrano, autora muy reconocida en México. Del importante y prestigioso premio literario, Gil de Biedma, nada. De excelentes poetas como Miguel Casado, Olvido García Valdés, vecinos de la ciudad de León…

La segunda, la que más me chocó, por haber desaprovechado una oportunidad muy valiosa para difundir, a nivel internacional y, precisamente, en el sector interesado, el mensaje de las ciudades catellanoleonesas candidatas a Capital Cultural 2016, Burgos y Segovia, no encontré absolutamente nada más que una foto del acueducto.

El espacio centró gran parte de su atención literaria en la figura de Miguel Delibes. En cuanto a obra expuesta,  además de una extraña disposición de estanterías con obras de diversos géneros; tres vitrinas con libros, supongo que,  incunables, también contaba con una sala pequeña para las conferencias, mal llamada Vinoteca, en la cual yo esperaba encontrar una buena exposición de vinos de Rivera o de Rueda o de la DO de Castilla y León. Lo que había, a la hora del evento, era un agradable camarero ofreciéndonos una copa. Nunca supe de qué vino.

Más tarde, al incorporarme en una animada tertulia, en la terraza exterior de la primera planta de la feria, y en la que se podía fumar y beber una cerveza para paliar los 26º que marcaba el termómetro, confirmé que la agridulce sensación que me había producido la representación de Castilla y León en la Feria no había sido sólo mía: los siete tertulianos de la mesa, cada uno de diferente país, coincidían en que esperaban mucho más de, en efecto, la Cuna del Español. “¡Con la de cosas maravillosas e interesantes que tienen para mostrar al mundo!… Al menos, se podrían haber traído un pedacito del acueducto”, concluyó un editor inglés.

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Insomnios IV

Febrero 13, 2010.

Uno de los grandes problemas de una cuidadora y/o acompañante de un enfermo tan enfermo, es tener la certeza de que todo lo que se  hace o se puede hacer, no llegará a buen puerto. Hace poco, alguien me dijo que estaba equivocada en mi reflexión, que se trata de hacer la vida agradable al enfermo para que tenga una muerte feliz. Pero ¿acaso alguién muere feliz? ¿No es, en si, una gran contradicción?

            La muerte nunca es feliz. Hasta donde yo puedo entender, por más romántica que pueda ser, nadie se siente feliz ante un hecho desconocido, del que únicamente reconocemos su fatal contundencia. Una persona que muere en un accidente, desde luego no lo hace feliz: lo hará sorprendida,  llena de dolor, atemorizada. Un suicida, lo es por la desesperación, cuestión bastante lejana del concepto felicidad. No creo que, los condenados a muerte, encuentren en ella felicidad. Estoy convencida que la cambiarían, sin duda, por la cadena perpetua. Los que mueren por amor, desde luego mueren de dolor. Incluso, aquellos que mueren dormidos, ni siquiera son conscientes de ello, así pues, ni pánico, ni dolor, ni felicidad. No, no creo que nadie muera feliz. Como mucho, se puede morir tranquilo.

            Estos tres últimos días, la casa ha estado revolucionada. Tu homenaje ha sido como un chute de vitalidad y estás hiperactivo. El teléfono no ha parado de sonar:  te han llamado amigos que no fueron y amigos que sí lo hicieron, pero que quieren comentar contigo. Te he hecho la lista de los libros que tienes que firmar: te cuesta tanto trabajo, pero deseas hacerlo.

            Pero, ayer, me he enfadado mucho contigo y en mi insomnio, me he sentido fatal.

            Me invadió la rabia cuando te sorprendí con un chupito de tequila en la mano. Sé que ésta extra-dosis de energía te hizo pensar qué no pasaba nada. Y la verdad es que, a estas alturas, no pasa nada. Hace un mes que el médico dijo: «Dejadle hacer lo que le dé la gana» (eso traducido, significa lo que significa). Así pues, las normas se relajaron: puedes tomarte tus vinitos en las comidas y tus pinchos de sobrasada menorquina, tu favorita. Incluso, he cerrado los ojos a tus gin-tonic en Madrid: había gente, estábamos felices y… al final, ya ves lo qué te pasó…

            Pero, el chupito me sacó de mis casillas. Te dije cosas feas, lo siento. Sé qué lo haces lo mejor que puedes, como sabes o como sientes. Fue tan absurdo cuando te dije qué eso era veneno para ti ¡Pero si el veneno te habita desde hace tiempo! Te dije qué sí hacías eso, te ibas a morir ¡Es la mayor estupidez que he dicho en mi vida! No te estaba diciendo nada que tú no sepas…

            Anoche, en mi insomnio, comprendí que a ti, en ese momento, aquello te hacia feliz. Y te lo jodí con mis miedos. Quizá, lo qué tenía que haber hecho, era haberme puesto un chupito yo también y brindar contigo, como en los viejos tiempos, cuando nos sentábamos a charlar, a beber y a escribir el futuro.

            Eso, en el fondo, es lo que me dolió: no haberlo hecho…