Misantropía 4.0

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Te subes al vagón. Compartes trayecto con veinte, treinta extraños, atrapados en la red.

Pasas por el bar a tomar café. Miras a un lado y a otro: seis personas abducidas por el móvil, incluído el camarero.

En la sala de espera están ocupados todos los asientos. Desde un rincón, cuentas veinte pacientes abstraídos en su íntimo mundo virtual. Sus  apellidos, uno a uno, son reclamados por una pantalla. No los conoces ni los vas a conocer. En todo caso, tu única certeza es que les duele algo. Igual que a ti.

De regreso, te paras a hacer la compra. Vas esquivando a un montón de semejantes ajenos a ti. En la caja, una mujer te da unas desgastadas buenas tardes. Parece tener un nombre propio: lo lleva impreso en una chapa sujeta al pecho. Agradeces ese sútil toque de humanidad. Le devuelves el saludo.

Vuelves a casa. En tu edificio hay veinticuatro puertas que resguardan historias que no te afectan. Solo conoces al portero. En realidad, solo sabes que dice llamarse Ángel porque un día te envió un mensaje para avisarte de la llegada de un paquete. De su vida, ni remota idea.

Colocas las viandas. Cuando llevas el jabón al baño, te chocas en el espejo con una mirada baldía que te observa inquieta.

Se te ocurre que sería una buena idea colgarte una chapa como la de la cajera…

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Don Luis

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“Poros desde Villa Nikki. Yo esperándote en Poros. Ábreme los brazos, אל תעזבני: No me abandones. Salmo de David.”

Luis González de Alba, 2 de octubre de 2016. Su último mensaje.

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La primera vez que leí sobre el amor, la izquierda y la homosexualidad, todo en un mismo texto, fue gracias al escritor Luis González de Alba. Para mí, aquella lectura marcaría mi salida de la adolescencia y mis primeros pasos en los asuntos amatorios. Desde entonces, he seguido, y leído, cualquier cosa que publicara Don Luis. Sí, le llamo Don, porque era una especie de Padrino del desgarro amoroso, la conciencia política y los firmes principios de un exquisito caballero, aunque no siempre estuviese de acuerdo con él. Aún así,  yo lo he admirado siempre.

Esta mañana, 3 de octubre, después de un fin de semana complicado, lleno de recuerdos, (que celebré enviando unas flores a mi madre. ¿A quién sí no?), me despierto con la noticia de la muerte elegida de Luis González de Alba. Son las ocho de la mañana y me cuesta encajarlo. Pero la red, esa misma que me permitía ser “su amiga” en facebook, me lo confirma.

Leo que ha sido una decisión voluntaria, meditaba y organizada. En días previos, se había dedicado a poner sus cosas en orden. Deja arreglado todo lo relacionado a su obra, derechos y herencia. Y elige el significativo 2 de octubre,  cuarenta y ocho años después de haber sido líder del movimiento estudiantil, lo que le llevó a la cárcel, para despedirse de todos nosotros. Para que no olvidemos.

Por supuesto que la noticia me ha descolocado. Me entristece por lo que la ausencia significa entre los que nos quedamos aquí. Pero no puedo negar que, aunque me desazona, admiro su valentía y, sobre todo, su coherencia hasta el final.

Lo ha hecho en paz, discreto.Tan solo pidiendo que el amor, ese amor tan suyo, le abra los brazos…

¡Buen viaje, Don Luis!

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Esta es la última imagen que Luis González de Alba colgó en su facebook. Así quiere que lo recordemos. Así será, maestro…