Julia

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Para el día de ayer tenía planeado presentar en sociedad a Julia.

Más, como decía Lennon, la vida es lo que pasa mientras planeas otras cosas. Y, por desgracia, la tristeza se impuso a la alegría. Como la vida misma.

Hoy, con un poco de mejor ánimo, quiero hablarles del nacimiento de la colección Hypatia, promovida por el jovencísimo sello ViveLibro Editorial, y que surge con el espíritu de editar obras escritas por mujeres.

Detrás de este nuevo proyecto se encuentra un buen equipo de profesionales, con mucha experiencia en el sector del libro, y mucha pasión por la literatura. Su objetivo es publicar autores a su cargo, en papel y en formato electrónico. También ofrecen la posibilidad de la autoedición para todos aquellos que quieran ver sus obras publicadas, y no tengan -o no quieran- una editorial.

Y, sin esperarlo, tuve el honor de que me invitaran a formar parte de sus autoras con una obra mía.

Julia es una novela breve. Ya saben, querid@s lector@s, que la brevedad es lo mío. Es una novela íntima. Dura. Cuenta la historia de dos mujeres que, por casualidades, y causalidades, del destino, se encuentran en el mundo virtual. A partir de ese primer contacto, entablan una relación de complicidad electrónica, en la que van desnudando sus almas, sus tristezas, sus miedos y su desgarrada realidad.

Soledad, amor, música, desamor, muerte, drogas y violencia de género, son los mundos en los que gravitan María y Julia. Dos mundos alejados entre sí, pero que, como espejos, se cruzan a la velocidad de los megas y de la desesperación.

Esta novela, que comencé a escribir en México, está llena de ciudad y de mar. Hay  una parte, la de Julia, que, como aclaro en el libro, sí existió, fue escrita, en gran medida, por ella. Luego, desapareció sin dejar rastro. Así que, ojalá, este libro llegue a sus manos y se haga presente. Después de tantos años, sigo esperando su regreso.

Para esta edición, como un extraordinario lujo, mí admirado amigo, Armando Ledoux, magnífico ilustrador uruguayo, «nacido en 1930» −me pide que lo destaque−, se hizo cargo de la portada y de una serie de ilustraciones que, a modo de necesaria pausa, van acompañando al texto.

El «embarazo» de Julia ha sido corto. Considerando que estaba en la «incubadora» desde hace años, una vez corregida por mi amado Carlos,  a la espera de encontrar los «forceps» adecuados a sus propias necesidades.

Dado que esta obra se aleja, y mucho, de mis amados, e irreverentes, cuentos breves, editados por la también, irreverente Trama editorial,  dejo, por esta ocasión, a Julia en manos de otro buen editor.

Porque Julia, es todo menos divertida. Porque la violencia de género es un tema muy serio, demasiado serio. Por ello, en forma de colofón,  se incluye una reflexión escrita por María Martín Barranco, Especialista en Igualdad, mujer muy comprometida con el tema de género, a la que agradezco de corazón, su tiempo, e interés, por formar parte de este libro.

 Lectores y lectoras, les presento a mi niña bonita…

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Julia, Col. Hypatia, ViveLibro (2013)
Julia, Col. Hypatia, ViveLibro (2013)
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Punto final

ºdec

El tener algo abandonado el blog no ha sido por un repentino ataque de pereza o, porque, ¡al fin!,  asumí mi pasión por la vagancia. Tampoco andaba de parranda ni, mucho menos, perdida en el mar (que ya me gustaría).

Todo lo contrario. En este periodo de ausencia voluntaria, he estado dando forma al nuevo hijo literario,  cobijada por los  amables aires serranos.

Ha sido difícil poner el punto final. La parte más dura del asunto, pues siempre queda la sensación de poder hacerlo mejor. O de estar equivocada de principio a fin. Una palabra cobra importancia capital a mitad de la noche. Las dudas se mezclan con el café de la mañana.

Ayer, más que nunca, tuve que recordar las sabias palabras que Carlos me dijo en su día: “O lo das por terminado o te pasarás el resto de tu vida mareando la misma obra”.

Así pues, querid@s lector@s, comunico que ya está. Qué, como buena madre, creo que mi hijo ha quedado guapo tal como le he dejado.

Por ello, aquí -y ahora-, dejo constancia del punto final. Juro, y perjuro, que no lo volveré a tocar.

Si las cosas van bien, estaremos de parto editorial por ahí del mes de octubre…

º

Insomnios VI

Febrero 20, 2010.

Viernes por la noche. Estoy metida en la cama, en alerta, pues estás muy inquieto.

            Al caer la tarde, te ha llamado tu viejo amigo Luis Alberto de Cuenca. «Me gusta hablar de la vida con él», me dijiste. Estuviste largo rato contándome de cuando le conociste y de cómo se fraguó el cariño entre los dos. Del gran respeto que le guardas como poeta e intelectual. Pero, sobre todo, de la inmensa admiración que le profesas como persona. Te imaginé sentado en el bar de la calle Juan Bravo donde, me dices, le viste por primera vez.

            Supongo que, exaltado por los recuerdos y la nostalgia, me pediste el número de Don Antonio. «¿De qué Antonio?» te pregunté. «De Gamoneda» me respondiste con cierto fastidio en la voz ¿Cómo no saber que Don Antonio es él? Fue divertido escucharte y deducir lo que pasaba al otro lado de la línea. Al final, habéis quedado para ir a tomar unos vinos al Humedal…

            Para cerrar la noche, te llamó Juan José Lanz. Sólo alcancé a escuchar que le decías: «Juanjo, no te pongas sentimental». Luego, dejaste el teléfono y lo único que dijiste fue: «Veinticinco años». Y no volviste a hablar.

            Por supuesto, tantas emociones juntas, te agotaron. Te metí en la cama muy pronto, pues estabas especialmente «torpe». Cuando salía de la habitación, me diste un ejemplar de tu libro: «Toma» —¿Para quién es?, te pregunté . «Para ti…»

            Me quedé parada. No me esperaba eso. «Para mi Valentina, luz de mis ojos» habías escrito con una minúscula letra y una extraña fecha: 08/02/1012. Así has firmado varios libros: 1012.  Me reí y te dije que tenías una errata en la dedicatoria. «Trampas del editor» afirmaste. Te di un par de besos y me fui con mi ejemplar entre las manos. Al poco, me llamaste de nuevo para decirme: «Tú aún no me has dedicado tu libro». Es verdad, no se me había ocurrido.

            Me quedé pensando en ello.

            Don Manuel Ortuño, padre, me hizo firmarle el primer ejemplar de mi libro. Entonces, nerviosa y abochornada, le pregunté qué era lo que se debía escribir en una dedicatoria. Él, hombre sabio y amable, me aconsejó:«Tú siempre escribe Con amor y la firma, así nunca fallas».

            El caso es que, a estas alturas, he firmado algunos libros con más que amor, tratando siempre de dar un toque especial a cada mensaje, que es, al fin y al cabo, lo que la otra persona espera. Pero, en tu caso, querido mío, no puedo escribir con amor, con cariño ni cosas así. Eso te lo trato de  dar a cada momento y sin recato. No hay lugares comunes qué dedicarte ni palabras que se ajusten a tres líneas en este libro: es este trozo de vida, mi mejor dedicatoria.

            Al final, en un avanzado estado de insomnio me tuve que admitir que en realidad, lo que me impide firmarte el libro es pensar que, en cualquier momento, lo tendría que meter en la maleta de los recuerdos. Mientras lo pueda evitar…

            Lo siento, la noche de anoche, no se me ocurrió nada feliz.