Punki

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Vivir en un pueblo tiene sus ventajas. Si el pueblo es pequeño, de apenas unos quinientos habitantes, también tiene sus desventajas. Por ejemplo, siempre te echarán de menos, aunque tú insistas en esconderte. Porque, en un pueblo tan pequeño, casi todos nos conocemos, bien porque hemos compartido más de un vermú a mediodía, o bien, porque son los padres –o hijos- de.

En un pueblo pequeño, las referencias son inevitables. Ser «de» cuando se refieren a los hijos de tal o cual familia. Vivir «por encima o por debajo», según la calle donde se ubique tu casa. Yo, según el callejero local, vivo a «las afueras, en una calle de mal pasar». Es decir, a dos calles largas de la plaza mayor.

Por eso, cuando hay un acontecimiento que nos saca de la rutina, lo notamos todos. Cuando hay un nacimiento. O una boda. O un divorcio. Si pasa una ambulancia o ha llegado el frutero. O, como cuando alguien se va del pueblo, como fue el caso de Jesús Santos, «el» Chuchi, nuestro artista local.

También, por desgracia, cuando hay una baja en el padrón perdemos todos. Y si es por un inesperado y absurdo accidente, nos pega duro y por igual. Sobre todo, si se trata de alguien con quien te relacionabas más allá del «buenos días, ¿cómo va todo, maja? »

Ayer, a la misma hora en que yo estaba en Madrid leyendo cuentos, un guardarrail se llevó a uno de los nuestros. Apenas a trescientos metros de su casa. Como una fatal ironía, cayó a las puertas del cementerio. Conociendo al Punki, Eduardo en su dni, esto le habría resultado un mal chiste de humor negro.

El Punki era un ser muy cercano. Educado, cariñoso. Demasiado joven, apenas cincuenta años, para acabar cercenado por esa filosa arma colocada para salvaguardar, valga el sarcasmo, vidas.

Apenas escuché un par de historias sobre su vida. Vivía solo y había venido de cualquier otro sitio. Creo que del norte y de «buena familia».  Pero no hacía falta contarse los pasados. Bien a bien no supe nunca cuál era su profesión, pero pintó la casa en donde vivo. No porque ser pintor fuera su oficio, sino porque no le importaba mancharse las manos. Me ayudó a escoger los colores y, mientras tanto, hablábamos de la nada. Siempre me preguntaba, con interés de verdad, cómo estaba, si iba superando lo de Carlos, al que apreciaba mucho, si me iban bien las cosas…

Hoy, el pueblo ha despertado más pequeño. Hace poco se fue Juan, ayer Eduardo.

Y yo me quedo con la casa llena de ti. De hecho, querido Punki, no tenías que haberte ido: nos quedó pendiente el techo del baño, cabroncete…

¡Buen viaje!

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Eduardo Esteve Pradera, Punki...
Eduardo Esteve Pradera, Punki…
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Veraneantes

Como todos los mediodías, nos vamos acercando a la terraza del Chiringuito, el sitio más agradable de nuestro pueblo. Somos un grupo de vecinos que, al paso de los veranos y los largos inviernos, disfrutamos de nuestras mutuas compañías, hablando de temas varios. Bien de literatura, por la parte que me toca. Bien de asuntos médicos, por lo que respecta a Nacho. O de enseñanza y bibliotecas con Nieves, su mujer.

También está Mariano, feliz jubilado del mundo de la cosmética femenina. Como te hayas dado un tinte, él es capaz de decirte –a ojo de experto- el número del color  y cuánto tiempo te los has dejado.

No nos hace falta acordar citas. Poco a poco, Chema, Esperanza, la otra Nieves (con la que nos ponemos al día en política), Chus… etc… van creciendo la mesa. Luego, claro, las rondas se vuelven interminables. Eso, y que Rashid, el simpático dueño del negocio, lo tiene muy claro: no hace falta pedirle nada. Él va apareciendo en la mesa con lo que bebe cada uno y con interminables platos de aperitivos.

Por alguna razón que no recuerdo, ayer  el tema giró en torno a los visitantes veraniegos. En su mayoría capitalinos, dada la cercanía que tenemos con Madrid. Cierto es que, de todos los que nos juntamos, ninguno nacimos aquí. Hemos ido llegando por una u otra circunstancia. Los hay con más de media vida por estos lares y otros que apenas contamos unos pocos años de residencia pero, eso sí, todos muy bien integrados a la vida del pueblo.

Uno a uno, fuimos opinando sobre ciertas actitudes, poco respetuosas, que tienen algunos veraneantes. Por ejemplo, se acercan a comprar el pan y dejan el coche en mitad de la calle, bloqueando el paso al resto de vehículos. Y ni se inmutan. O, se paran a mitad de la estrecha carretera que lleva al bosque, para tomar fotos o vaya usted a saber a qué, y les da igual que tú tengas que salirte por el arcén.

Eso sin hablar de los que consideran que, como están en el pueblo, sus perros son libres de hacer sus necesidades en tu portal y no hace falta recogerlo. Ya se sabe, las cositas se reciclan. Yo tengo un perro al que adoro, y que es medio asilvestrado y feliz, pero sabe muy bien dónde debe hacer lo suyo, por mucho campo que haya dispuesto.

¡Ah! Y las prisas… Menudas prisas tienen nuestros veraneantes para todo: para el pan, para la carnicería, para el bar, para el médico… Por eso, nuestra farmacéutica, Esperanza,  está deseando que termine el verano.  Sus ocasionales clientes no entienden que, si sus recetas no vienen bien elaboradas, ella no puede surtir. Eso, o no cobra ni un duro, que para eso, el sistema gusta mucho de anularlas, teniendo ella que asumir el gasto.

Estábamos tratando de recordar aquel viejo libro, “El manual de Carreño” y lamentando la palpable pérdida de urbanidad y respeto al vecino, cuando una escena nos dejó sin habla:

En la mesa de al lado, cinco mujeres y dos niños. Por su apariencia y vestimenta, quedaba claro que era una familia de “posibles” y que estaban de visita por el pueblo.  Tenían una mesa dispuesta para comer. De pronto, dos de las mujeres se levantan con la niña, de unos tres añitos, y la llevan cinco pasos más allá de su mesa. La que supongo su madre, la pone en cuclillas y espera a que la niña defeque. Una vez que la cría ha terminado, la otra, la que supongo la tía, le va acercando a la madre un sinfín de toallitas húmedas de la mejor marca del mercado para que limpie el culito de la pequeña.

A estas alturas, nosotros, incrédulos, mirábamos como las otras seguían comiendo. La niña salió corriendo, limpita y alegre, mientras las otras dos, madre y, la que supongo tía, recogían los “restos” y los metían cuidadosamente en una bolsa de papel de Massimo Dutti. Luego, la más joven entró al bar y le entregó la bolsa al camarero para que la llevara a la basura.

¡Ni siquiera se tomaron la molestia de acercarla al contenedor que queda justo detrás de la terraza!

Pensaran ustedes, queridos lectores, que el Chiringuito no tiene baño. Pues sí que tiene: dos y muy limpios. Dirán: “es que quedan lejos y la niña no llegaba”. Pues no, están muy cerquita de la terraza. Vamos, habrían terminado antes de haber dado los mismos cinco pasos pero al fondo a la izquierda, que es donde se deben hacer estas cosas.

Y yo digo: los niños hacen lo que ven. Esa niña, de escasos tres añitos, ya aprendió que tiene permiso para hacer lo que le dé la gana dónde le venga en gana.

Ayer entendí lo de los ciento veintisiete mil kilos de basura en Cuatro Vientos. Ell@s están acostumbrados a que los otros recojamos su mierda…

Por supuesto, ellas siguieron comiendo, ajenas a nuestra indignación…

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Aviso

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Para los que me han preguntado por la emisión del programa Destino España en el que muestro mi pueblo, La Losa y algunas calles de Segovia, les informo que se emite el día martes 18 de enero a la hora de cenicienta, por la primera cadena de TVE…

Para los que no les sea posible verlo ese día y a esa hora, a partir del miércoles lo tendrán en la web del programa.

Espero vuestras críticas y comentarios… 😉

 

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El rastro (Reajustes VI)

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Hace pocos días, durante las fiestas de mi pueblo, me encontré con una pareja mayor que por alguna razón, supongo alguna, me tienen mucho aprecio. No les había visto desde el verano pasado, así que se sintieron en la obligación de darme un pésame tardío. Como pude, salí al paso de sus muestras de afecto. Al despedirnos, ella se me acercó al oído para que su marido no la escuchara y me dijo: «Cariño, ese color quítatelo lo antes posible» Sorprendida por el consejo, sin entender la razón del mismo, me despedí.

Más tarde caí en cuenta: iba vestida toda de negro. Pero es que, cuando salgo por las noches, casi siempre me visto de ese color.  Puri, la vecina de enfrente,  me explicó que es una vieja tradición, que aún conservan algunas mujeres, de llevar el luto riguroso en caso de pérdida familiar. Luego, se pasa al medio luto, seguido del alivio de luto. Con tan mala suerte que, cuando por fin se pueden vestir de color, se les muere otro miembro de la familia y  tienen que volver al primer luto.

Así pues, no sé si estoy de luto, hice luto o voy de luto. Lo que si sé es que aún no tengo alivio.

Porque hay dos formas de morir: por sorpresa o lentamente. El golpe de una muerte inesperada, lo imagino brutal para los que lo reciben. Es, en su fatal contundencia, un hecho incuestionable. No puedo imaginarme la desazón de una familia, unos amigos, una mujer que ven roto su presente sin posibilidad alguna de apelar la sentencia.

En cambio, la muerte lenta, la que sobreviene tras una enfermedad ―larga o corta―  es quizá la forma más cruel de llegar al mismo sitio. La gente piensa que es menos «dolorosa» porque has tenido tiempo de «hacerte a la idea». En realidad es todo lo contrario: te conviertes en un testigo involuntario de un proceso al que tratas de engañar; al que pateas con rabia fracasada y del que te conviertes en sumisa cómplice. El hecho es que, hagas lo que hagas, con médicos o brujos, o ambos a la vez, el fallo es el mismo. Pero no te puedes permitir asumirlo, ni siquiera pensarlo en voz alta, porque, entonces, estarías aceptando la derrota.

A diferencia de lo inesperado en lo que apenas cabe un «sí hubiera hecho…», en lo esperado siempre  queda la (in)certidumbre de no haber hecho todo lo posible, aunque tengas la certeza de haber hecho eso,  y cuatro cosas más. Y curarse de tantos sies no resulta de fácil consuelo.

Por eso, un domingo por la mañana le permites al sol  que te acaricie la cara. Te das cuenta de que llevas sonriendo más de media hora. Te dan ganas de comprarte una falda de un gris oscuro casi negro y sientes a tus piernas, nuevamente, pateando las calles del rastro. Abrazas a tu hija, mientras le cuentas tus planes de futuro porque, en ese momento justo, sientes que hay de nuevo futuro.

Te despides feliz y te montas en tu coche para volver a casa. Sin apenas darte cuenta, empiezas a sentir como te van aplastando, como una losa,  los setenta y cuatro kilómetros de carretera  a ciento veinte por hora. Según te vas alejando de la ciudad, se va diluyendo la  vólatil fantasía dominguera en tus recuerdos.

Mientras, te vas acercando al pueblo y tu realidad: nadie te espera en casa. Nadie abrirá la puerta para besarte porque te quiere, simplemente por eso.  A nadie ― a él ― le podrás contar lo bien que te has sentido ese domingo en que quisiste exorcizar a su fantasma. Ese mismo con el que tendrás que volver a dormir esa noche, y la de mañana, también.

Si no hubiese salido de casa…

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Lo malo, en viernes

Cuando alguien muere por causas naturales (enfermedad, vejez, tristeza…) pensamos que es “ley de vida” y parece que en esa idea, nuestra pena queda confortada.

Como la Sra. Victoria, una vecina del pueblo, que fue alguacila durante muchos años. Menuda y amable, su vida fue muy dura, muy rural, muy poco feliz, pero ella siempre tenía una sonrisa para el que quisiera tomarla.

Murió su marido y se le fue la cabeza. Nadie quiso hacerse cargo de su situación y los servicios sociales se la llevaron a una residencia. De vez en cuando, yo preguntaba por ella. La última vez que la vi, me pidió que le marcara un número de teléfono: sabía leer pero ya no veía aquellos deslavados garabatos.

Ayer me enteré que falleció. Una mala noticia, pero me alegré por ella.

Pero, ¿Qué pasa cuando el que se va decidió quitarse de en medio una tarde cualquiera, después de tomar café en el bar con sus amigos? ¿Cómo se le llama a eso? ¿En dónde se puede paliar el dolor de tal absurdo?

Nunca habría imaginado recibir esa clase de noticia sobre él. Era un caballero encantador, muy educado y simpático. Reconocido empresario local y buen padre de familia, había llegado a ese punto de la vida en el que ya se puede vivir en paz sin hipotecas inmobiliarias, familiares o emocionales. Pero, decidió alejarse andando por el puente, hasta convertirse en un suceso.

La última vez que le vi, fue en el tanatorio, cuando me fue a dar consuelo a la sinrazón de tu partida. Aquella triste mañana de sábado, me abrazó y me dijo, paternal: “Alejandra, la vida sigue. Tienes que ser fuerte. No te sientas sola, aquí estamos y te vamos a cuidar entre todos…”

¿Qué fue lo que quebró tu fortaleza, querido Vicente? ¿Por qué has dejado a los tuyos sin respuestas? ¿Por qué no encontraste tú, una mejor?

También, ayer viernes por la tarde, me enteré de su inexplicable despedida. Me dolió por él, por su familia, por su gente, por Juan Carlos, nuestro “pelo pincho”…

Y pienso en ti, mi Carlos. Pienso en que todo lo malo me pasa en viernes. Pero, me consuelo pensando en que te estás rodeando de buenas personas.

Mientras, aquí, nos vamos quedando solos con más preguntas que respuestas…

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