Ajuste de cuentas (VII)

Resulta que ayer debía de entregar el artículo mensual para el periódico de El Espinar. Aunque JJ me dijo que me dispensaba de la entrega para este mes, yo me opuse, argumentado que me tenía que exigir el escribirlo, más como terapia, que por obligación.

Me puse a ello. Busqué un tema que me alejara de ti, pero no hubo manera. Pensé en escribir acerca de los sueños que tienen los cangrejos cuando están despiertos y ¡zaz! Qué a ti te encantaban los cangrejos. Pues nada, vamos a hablar del paralelismo entre las hormigas y Callao en día de rebajas. Pero no, tú te podías pasar horas contemplando, asombrado, el ir y venir de aquellos diminutos seres, con sus inmensas cargas a la espalda. Hablemos pues de la nada, pensé. Y, claro, salió tu nombre…

Así que, dado que el tiempo se acababa, retomé uno de mis diálogos imposibles, uno que te gustaba mucho en particular, y se lo dediqué a tus hijos. Ya verán el por qué.

El problema vino cuando terminé el artículo y me giré sobre mi silla, como siempre hacia, para decirte «¡Listo, tu turno!» y, entonces, te sentabas frente al ordenador, le ponías las gafas a tu gesto de editor e ibas leyendo el escrito a la vez que hacías las obligadas correcciones, siempre diciendo «¡ay, esas comas, generala!»…

He enviado el texto sin tu apreciada revisión. Luego, me he enfadado mucho contigo, pobre de ti, pero no hay derecho: ¡No sólo me has dejado sola, sino que, además, me has dejado aconjogada por las erratas!