Niños en la Memoria

La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por tanto nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
(John Donne)

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Niños de Morelia
Niños de Morelia (México, 1937.)

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Los Niños de Morelia también llegaron por mar. Pero no murieron ahogados.
En el año 1937 llegaron a Morelia, la capital de Michoacán, México, los primeros niños exiliados, víctimas de la Guerra Civil Española.
Amparados por la solidaridad del entonces presidente Lázaro Cárdenas, los niños fueron acogidos con generoso mimo y cuidado por la población, que se hizo cargo de alojarlos en sus propios hogares y en albergues habilitados para atender a aquel involuntario exilio infantil.
El plan era que permanecieran refugiados el tiempo necesario hasta que terminara la guerra.
La derrota de la República tuvo como consecuencia que muchos de esos niños nunca volvieran a reencontrarse con sus familias, con sus amigos, con su país…
Hoy, esta imagen que, muy a mi pesar, adjunto a este post, movida por el dolor y la indignación, y para tener bien presente que podrían ser nuestros hijos, nuestros nietos, en suma, nuestro futuro,  me ha hecho recordar a aquellos niños que llegaron a México huyendo del horror. Ellos sí tuvieron un futuro.

Está claro, humanidad, no hemos avanzado nada.

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Sin futuro (Costa de Turquía, 2015)
El pequeño sirio   (Costa de Turquía, 2015)

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Caradura

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Hace tiempo me preguntaron en una entrevista acerca de la inmigración. Respondí que la única migración que debería existir, es la que se hace por amor. La otra, la de cruzar fronteras jugándote la vida, es la de la desesperación, la del hambre, la de ya no tener nada que perder. Ni temer.

Para esta migración, no hay ríos bravos ni alambradas que detengan la mínima posibilidad de una vida mejor. No hay argumento posible contra un cuerpo empotrado en el motor de un coche. Ni contra la muerte de la infancia amenazada por concertinas.

Yo crecí en un país atravesado por “La Bestia”. Un país en cuya frontera norte se despliega un vergonzoso muro de “la tortilla”. Donde los inmigrantes en busca del sueño americano son cazados como conejos en mitad del infernal desierto que separa México y la pesadilla americana. Crecí leyendo infinidad de historias de engaños por parte de los “polleros”, lo que en Europa llaman “mafias”. Ahora aplaudo los esfuerzos del presidente Obama para legalizar el futuro de los millones de ilegales que consiguieron despistar a la mala suerte. Él mismo es fruto de aquella inmigración obligada, la de la esclavitud.

Pero estamos en el siglo veintiuno. Vivo en Europa porque un día llegué en avión. No tuve que entrar en patera. Tampoco entré en una maleta. Ni tuve que esconderme de la policía. No tuve que vivir en un barrio marginal con veinte desconocidos. No me he tenido que cuidar las espaldas ni temer a los xenófobos. No, yo no soy una inmigrante, soy una caradura. Tan caradura como todos los que ahora nos avergonzamos por la ola de desesperación que trata de llegar a la Europa de bonanza.

Y soy de los que no soportamos ver las imágenes con que nos bombardean los medios a todas horas para, acto seguido, informar del último fichaje futbolero. Soy de las que andan dando paseítos por el campo, mientras otros amenazan con volver a cerrar las fronteras. Soy tan caradura como todos los que escribimos y twiteamos que esto es intolerable y que exigimos se tomen medidas humanitarias.

Confieso que trato de no cerrar los ojos doloridos al ver los trenes del siglo veintiuno atravesando países europeos para llegar a cualquier destino y que, inevitables, me hacen recordar imágenes similares del siglo veinte, de cuando, en aquel entonces, el objetivo era escapar del genocidio. Luego, con la conciencia estrujada, me pongo a escribir esto.

Es por eso, desde la comodidad de mi wifi, Señores Líderes del Primer Mundo, incluido Washington, que les pido que dejemos la caradura para otro momento. Dejen de amenazar con cerrar fronteras inexistentes. La desesperación no las conoce. Lo urgente es hacerse responsables de lo que tenían que haber previsto hace mucho tiempo. Es preciso, más que nunca, que se hagan cargo de los inocentes que van quedando en medio de las guerras que han ido provocando. Eso que tan alegremente llaman “víctimas colaterales”.

Porque el drama del éxodo que ahora nos preocupa tanto, no es más que el resultado de sus cuestionables intervenciones en los países de origen de los cientos de familias que están siendo obligadas a migrar. Es ahora, y no en septiembre ni en noviembre, Señores Líderes de los Estados de Bienestar, cuando toca hacerse cargo de los miles de hombres, mujeres y niños, que no tienen más futuro que el de estar dispuestos a morir en un camión frigorífico…

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Desesperación (Frontera Húngara, 8/2015) © REUTERS/ Bernadett Szabo

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