16 de abril, 2011: fin de la ruta de duelo

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Aquí estoy, de madrugada, sola y escribiéndote de nuevo.  Hace un año que llegó el último golpe, a cara descubierta, catéter en mano. No fue por sorpresa, es cierto. Lo llevaba advirtiendo tres años. Pero, me sorprendió.

Entre el abril de ayer y el día de hoy, cuento un tiempo que habría deseado no contar.

«Un año», dijo Fernando. Un año en que todo pasará por primera vez. Y ha pasado todo, y de todo, incluso nada, también.

Doce meses de ajustes y reajustes. De aprender algo que nunca quise aprender. Tiempo de miedo. Tiempo de incertidumbre. Y  de descubrimientos. De abrir y cerrar cajones.

Un luto que, a veces, se vistió de negro y, otras, lo vestí de ti.

Un re-aprender a hablar con el silencio. De reposar la soledad en la almohada y retomar los sueños. Sonreír de nuevo. Incluso, hasta desear mirarme en otros ojos. Poder volver a leer tus versos y besarlos míos. Conseguir hablar de ti sin tener que vencer el dolor atragantado.

Y, aunque al principio me parecía imposible, al final, cariño, hemos conseguido, tú y yo ―con dolorosa pena―  fundir tu ausencia con esta nueva vida que dejaste para mí.

Y te acercas, suavemente, acariciando la noche: «A partir de mañana ―me adviertes― comienza el año nuevo: el tuyo. Se acabaron las coartadas y los refugios lastimeros.  Al alba, volverás a abrir la ventana, los ojos y el corazón. Sacudirás la rabia, tu tristeza y mi fantasma». Prometo hacerte caso.

Lo primero que haré será pintarme con mi mejor vestido. Bailaré con tus recuerdos y pondré música a tus mares detenidos mientras brindo por ti y por mí. Ya no serás más lágrimas.

(Y si se escapa alguna, se quedará entre nosotros. Lo juro)

Lo sé: ya nada pasará por primera vez. Ni siquiera tú. Ni siquiera yo.

Te quiero. Para siempre,

Tu generala.

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La enamorada

ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

Alejandra Pizarnik

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* Este fue el primer poema que me leíste, el mismo día en que nos conocimos…

*… Y este, el primer disco… Como si ya entonces, presintieras el final del cuento…

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Un minuto para Claudio

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Efraín Huerta nos juntó por primera vez (¡Ay, la poesía, siempre la poesía!). Claudio Obregón presentaba el libro del poeta mexicano,  Amor patria mía (Efraín Huerta, ECP, 1980) que publicó Ediciones de Cultura Popular, la editorial del desaparecido Partido Comunista Mexicano. En ese entonces, yo recién estrenaba mi primer trabajo en las oficinas de la editorial, en la calle de Balderas, en el flamante puesto de «coordinadora de ventas» que no era otra cosa más que, chica para todo (incluido el café). Raúl Macín era el director en aquella época y fue quien me mandó coordinar el acto.

Sí algo hubo en Claudio que llamó mi atención, fue su voz. Él, que entonces ya era considerado un actor de primer orden, no sólo por las películas y obras de teatro en las que tenía por demás demostrada su valía, sino también por su constante quehacer cultural, a mi me resultaba un tanto lejano.

Sabía que mis padres le admiraban por su papel en la película Reed, México Insurgente (Paul Leduc, 1973)  o en Actas de Marusia (Miguel Litin, 1975), entre otras.  Yo, que apenas rondaba los veinte años, le ubicaba, más bien, como un activo militante de izquierdas. Y como un hombre mayor.

Pero, terminamos comiendo un solomillo al cognac, que él preparó con soltura, en su casa de los edificios Condesa. Así comenzó una relación que pocos conocieron: la también desaparecida actriz, Beatriz Sheridan, su íntima amiga; el propio Macín; mi amiga Sonia y Jorge L. y pocos más. No obstante, para mí fue, y sigue siendo, una historia básica en mi vida y que marcaría mi manera de entender a la pareja en el futuro.

A pesar de la considerable diferencia de edad; de que más de una vez sufrimos el típico tópico de «Y su hija ¿qué va a comer?», los cinco o seis meses que estuvimos juntos estuvieron llenos de mucho amor.

Aún me veo sentada en un rinconcito de la habitación que Claudio solía utilizar para ensayar (en aquel momento, creo recordar, que era un monólogo que estrenó en una pequeña sala de la Colonia Roma). Él repasaba toda la obra mientras yo, su público, le observaba llena de admiración. Luego, me pedía mi opinión… Así aprendí que, sí quieres ser feliz con un actor, te debes convertir en un hermoso espejo.

La ruptura fue triste para ambos. Yo tardé mucho tiempo en comprender porqué lo hizo: me quería, simplemente y, dejarme, fue su mejor acto de amor. A modo de despedida, me regaló una pequeña flecha de oro colgada de una cadenita y que un mal día perdí. A veces,  he buscado reemplazarla con otra cuando me da por ver la sección de joyería. Pero no he encontrado una igual.

Durante un par de años, seguimos en contacto. Poco a poco, nos fuimos perdiendo la pista. Yo, de vez en cuando, le veía en la tele o en algún periódico, pues su carrera nunca se detuvo. El año pasado leí que le habían homenajeado por sus cincuenta años de trayectoria artística. Me alegré.

Esta mañana, apenas con la resaca del mal sabor que dejó la noticia de la despedida de José Luis Berlanga, me encuentro con la partida de Claudio. Lo primero que me vino a la cabeza fue que este año, 2010, lo recordaré por los demasiados adioses tristes en su haber.

Luego, me vino el recuerdo de la última vez que nos vimos. Fue en el jardín del Centro Cultural Helénico.

Estábamos sentados en una banca Jaime López y yo, durante un descanso del ensayo de su Lírica, que íbamos a estrenar en el foro cultural la Gruta. Claudio, por su parte, ensayaba en el Teatro Helénico, me parece recordar que la adaptación de Art.

Fue un encuentro bonito, mientras se consumían un par de cigarrillos. Nos despedimos con un par de besos y prometimos llamarnos para vernos pronto… Lo lamento, Claudio, el pronto se prolongó demasiado…

Va por ti, y para ti, mi mejor recuerdo… Descansa en paz…

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Domingo 7

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Han venido tus hijos a conocer la casa nueva. También vino tu hermano; Sara, tu dulce nuera y Ana, la sobrina cantarina.

Para empezar, nos hemos comido una deliciosa paella con garrafones y rosellones.Vinito y sidra a tu salud.

Luego, hemos hecho lo que teníamos pendiente por hacer: repartir los recuerdos…

Mientras iban colocando las cosas sobre la mesa, el triste silencio se fue rellenando con anécdotas. Fueron unas cuantas horas repartiendo tu vida en montoncitos.

Se han marchado, cada uno, con sus bolsas llenas de ti.

Y cuando creo que ya no queda más, te descubro mirándome desde la foto que se escondió, astuta,  por debajo de la mesa…

Un día muy duro…

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Cuatro meses

Otra vez, el 16 se presenta, insolente e implacable. Cada mes cuenta con un día dieciséis que me recuerda, con sutil crueldad, que nunca más nosotros.

Apenas se ha serenado la ausencia. No han dejado de doler las fotos y el silencio de la música. Los amigos y el verano.  El armario sigue cerrado. Las paredes, aunque las pinté de otro color, siguen oliendo a tu sonrisa. Aún no soy capaz de leer el final del libro que dejaste a medias. Pero ya lo haré, no te preocupes, en voz alta. Quizá el próximo dieciséis…

¿Cómo se muere dónde estás? Porque aquí, no se vive bien…

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