Trueque

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Como llegó tarde, le tocó el último puesto. No le importó: era feliz.

Delicadamente, fue exhibiendo lo que llevaba en la mochila.

Cayó la tarde oscura. En silencio, fue recogiendo las preguntas intactas.

Ninguna respuesta se acercó a interesarse por ellas. Nada nuevo, lo sabía.

De vuelta a casa, decidió que, la próxima vez, llegaría la primera.

Exigiría un buen lugar y un mejor trato.

Y, en lugar de preguntas, ofertaría sueños a cambio de amor. (Del bueno.)

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Llévelos... llévelos...
Llévelos… llévelos…
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Lo malo, en viernes

Cuando alguien muere por causas naturales (enfermedad, vejez, tristeza…) pensamos que es “ley de vida” y parece que en esa idea, nuestra pena queda confortada.

Como la Sra. Victoria, una vecina del pueblo, que fue alguacila durante muchos años. Menuda y amable, su vida fue muy dura, muy rural, muy poco feliz, pero ella siempre tenía una sonrisa para el que quisiera tomarla.

Murió su marido y se le fue la cabeza. Nadie quiso hacerse cargo de su situación y los servicios sociales se la llevaron a una residencia. De vez en cuando, yo preguntaba por ella. La última vez que la vi, me pidió que le marcara un número de teléfono: sabía leer pero ya no veía aquellos deslavados garabatos.

Ayer me enteré que falleció. Una mala noticia, pero me alegré por ella.

Pero, ¿Qué pasa cuando el que se va decidió quitarse de en medio una tarde cualquiera, después de tomar café en el bar con sus amigos? ¿Cómo se le llama a eso? ¿En dónde se puede paliar el dolor de tal absurdo?

Nunca habría imaginado recibir esa clase de noticia sobre él. Era un caballero encantador, muy educado y simpático. Reconocido empresario local y buen padre de familia, había llegado a ese punto de la vida en el que ya se puede vivir en paz sin hipotecas inmobiliarias, familiares o emocionales. Pero, decidió alejarse andando por el puente, hasta convertirse en un suceso.

La última vez que le vi, fue en el tanatorio, cuando me fue a dar consuelo a la sinrazón de tu partida. Aquella triste mañana de sábado, me abrazó y me dijo, paternal: “Alejandra, la vida sigue. Tienes que ser fuerte. No te sientas sola, aquí estamos y te vamos a cuidar entre todos…”

¿Qué fue lo que quebró tu fortaleza, querido Vicente? ¿Por qué has dejado a los tuyos sin respuestas? ¿Por qué no encontraste tú, una mejor?

También, ayer viernes por la tarde, me enteré de su inexplicable despedida. Me dolió por él, por su familia, por su gente, por Juan Carlos, nuestro “pelo pincho”…

Y pienso en ti, mi Carlos. Pienso en que todo lo malo me pasa en viernes. Pero, me consuelo pensando en que te estás rodeando de buenas personas.

Mientras, aquí, nos vamos quedando solos con más preguntas que respuestas…

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