ITV

Por razones que no vienen a cuento pero que bien podrían resumirse en una palabra: «ganga», llegó a mi vida un coche de marca Audi y de modelito A6, quattro tiptronic 3.0 (¿a saber qué, y cómo, funciona eso?), asientos de piel, etc…etc…

Lo cierto es que, querid@s mí@s, jamás me habría planteado tener tal vehículo de lujo de no haber sido por las condiciones, precio y comodidad que en su momento requería la imperiosa necesidad de tener un transporte propio hace un par de años.

Y se quedó a vivir en casa como uno más de la familia. El de los gustos más caros, por cierto. Sibarita a la hora de beber en la gasolinera, no se corta nada a la hora de reclamar atención: una luz amarilla, acompañada de un pitido intolerante, no para de recordarte que algo le duele o le hace falta pasar por la consulta del mecánico.

El caso es que, en opinión de los demás, tener un coche así parece situarte en un plano más elevado que si tuvieses un modelito más económico. Así pues, las bromas han sido varias. Desde el «tienes coche de ministro», pasando por el «¡joder con los escritores! Y luego se quejan de la crisis del sector…» hasta el  «con este vas a ligar de miedo»…

Y de miedo ligas: O te miran como una madurita de gustos caros a la que es mejor no mirar o eres una madurita con posibilidad de pagar caprichos caros a los que yo ni miro. Como no me sitúo en ninguno de los dos supuestos, pues eso: de ligar, nada de ná.

Hace unos meses que anduve mirando en el mercado para venderlo. Imposible, con la crisis de la gasolina, cualquiera se mete con un depósito de ese tamaño, amén del seguro de siniestros caros. Incluso, traté de cambiarlo por dos de cinco, pero no conseguí engañar a nadie. Por lo que no me ha quedado más remedio que cuidarlo. Ya le tengo hasta cariño.

Inevitable, un buen día como hoy, te toca pasar la ITV. Tu primera vez y vas hecha un flan. Pides que te acompañen para no meter la pata. Por supuesto, ley de Murphy, te toca el más «simpático» de los revisores. Te fijas en el que va delante de ti: un coche viejo, un tanto destartalado, que echa humo negro como si de una fumata papal se tratase,  pero que pasa las pruebas sin esfuerzo y sale feliz con su papelito de aprobado. Entonces, suspiras aliviada, segura de que tú tienes un súper coche bien cuidado. Sonríes ganadora…

Hasta que el «simpático» te dice:

― Todo perfecto, pero… las ruedas traseras no pasan. El dibujo está algo gastado. Es mejor que las cambies y vuelvas.

― ¿Cómo?… Pero… Es que ahora me viene fatal…  Además, las tenía peor el que iba por delante…

― Ya, pero ese no podría alcanzar más de ciento veinte  y muy lejos no va a llegar… Tú tienes un avión…

― ¡Pero si yo sólo voy al mercadona y poco más…!

―Anda… anda, mujer, no te quejes… Teniendo este coche seguro que te puedes permitir comprarle un par de zapatos nuevos y hasta unas vacaciones en el mar…

¿Cómo convencerle de que con mi flamante Audi A6 ni ligo, ni puedo permitirme nada  y que, después de pasar por caja, tendré que cancelar las vacaciones que ni siquiera había pensado tener?

Como una maldición, aún recuerdo cuando el vendedor me dijo: «Te aburrirás de él.  Te llevas  un coche para toda la vida»…

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Birlibirloque

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Nació en año bisiesto, lo que ya per se lo hacía especial. Sus padres le convencieron de que él sólo podría cumplir años cuando el calendario marcara la fecha de su nacimiento: 29 de febrero. Así que, mientras sus amigos sumaban cuatro décadas, él apenas celebraba su décimo cumpleaños.

Le llamaron Bienvenido, motivo de más de cuatro disgustos escolares. Sus padres le aseguraron que lo bautizaron con tal santo por la felicidad que les produjo su llegada. La verdad es que fue el señor cura, faltó de inspiración, que, tras mirar el cartel de la puerta del bar, decidió llamarlo así.

A los ocho años, el oftalmólogo le incrustó unas feas y pesadas gafas, con la intención de corregir la bizquera que le hacía tropezar con cuanto objeto se le ponía por delante. Una vez más, sus padres le engañaron. Le juraron que así se veía más guapo y algo mayor. El creyó creerles.

En la adolescencia se sintió bisexual. Igual de fuerte era el amor que sentía por Rosita, su compañera de banca, que por Perico, el portero del equipo de fútbol. Fue el nuevo cura el que le convenció de que sentir todo eso, era el mayor de los pecados. «Con rezar quince padres nuestros y un baño helado cada noche, se te quitarán los malos pensamientos», le recetó.

En el patio del instituto aprendió a fumar con un cigarrillo bisonte. Esta vez, fue él quien se descubrió engañando a sus padres. Y le gustó.

Se graduó de bibliotecario. Al poco tiempo, raposeando al secretario, se hizo jefe de la Biblioteca Provincial, a la que iba cada mañana ―y salía cada tarde―  con la bicicleta en la mano. Nunca consiguió mantener el equilibrio.

Una tarde tuvo que llamar la atención a dos mujeres que bisbiseaban en un rincón de la sala de lectura. Una se llamaba Bibiana. Con ella se casó. Pero, se enamoró de la otra. Así que, mintiendo un poco a cada una, se hizo con las dos.

Entrados los cincuenta, tuvo que pasar una temporada en el pabellón de psiquiatría del Hospital Central, diagnosticado de un severo trastorno bipolar. No le resultó difícil aparentar delante del médico, de la enfermera y hasta del celador. Volvió a casa cargado de pastillas.

Sus mujeres le abandonaron al poco de llegar. Las dos, cada una en su casa, le reclamaron su mal carácter. «Un mal bicho te has vuelto», dijo una. «Es bilis lo que te corre por las venas», le dijo la otra. De ninguna de las dos volvió a tener razón.

Lo cierto es que, no estaban equivocadas. El tratamiento para mantenerlo cuerdo, le estaba carcomiendo las entrañas. La biopsia no mintió.

Por eso, desde entonces, Bienvenido se pasa los días puliendo el exquisito arte del birlibirloque que tan bien aprendió de sus mayores. A la vida ya la tiene engañada. A la muerte, no la dejará llegar. No, al menos, hasta cumplir la mayoría de edad.

No en vano había nacido bisiesto…

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De árboles y recuerdos

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Cuando un amigo se va
Se queda un árbol caído…

(Facundo Cabral)

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La muerte nunca es una buena noticia. Pero, cuando se trata de una muerte con nombre y apellidos conocidos, impacta. Si, además, es alguien con quien se vivió alguna parte de nuestra vida, duele.

Más lo peor, si hay algo peor que la muerte misma, es la forma en que llama a la puerta. Facundo Cabral no merecía morir acribillado en mitad de la nada. Ni él ni las miles de víctimas que caen día a día en esas tierras de nadie, donde, como alguna vez escribió José Alfredo Jiménez: “La vida no vale nada”.

A principios de los noventa, en el recién remodelado Auditorio Nacional de la Ciudad de México, se anunció un concierto de Facundo Cabral promovido por la empresa Showtime, para la cual yo trabajaba en la producción de “Proyectos Especiales”.

Mi jefe, Darío de León, el promotor de los proyectos culturales en la empresa de moda y que se encargaba, básicamente, de artistas como Rocío Dúrcal, Luis Miguel, Camilo Sesto, Juan Gabriel, etc., decidió que yo me hiciera cargo de esa área por las “peculiaridades” de los artistas del “otro tipo”. Eso incluía la atención a Serrat y Doña  Amalia Rodríguez en el concierto de la Primera Cumbre Iberoamericana; una gira con Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba por todo el país; a Pablo Milanés… y al cantautor argentino.

No dejó de extrañarme que insistieran en hacerlo en ese recinto. Demasiado grande (casi diez mil butacas) para un concierto en domingo a las seis de la tarde, con un artista muy conocido en México, pero en un sitio muy complicado de llenar. Más me extrañó que me dieran carta libre para el presupuesto de un evento que, de antemano, arrojaba perdidas. Ingenua que era una.

La mañana de un mes después de promoción,  estaba en la puerta del avión para recoger al artista. Así conocí a un hombre encantador, simpático, seductor y muy inteligente, que llegaba con un severo problema en los ojos, por lo que jamás pude ver de qué color los tenía. Siempre, entre él y yo, sus gafas negras.

Para hospedarle, escogí el Hotel Imperial de la avenida Reforma. Le gustó tanto el sitio que ya no quiso salir de ahí hasta el mismo día del concierto. Casi todas las entrevistas se hicieron en ese exquisito lugar que, según presumen sus directivos, es una réplica del hotel María Cristina de San Sebastián. Yo diría que sí…

Llegó la tarde del concierto. El público, tal como esperaba, fue muy escaso pero entusiasta. Creo recordar que el concierto duró casi tres horas. Una ovación de pie le despidió. Entre bambalinas, celebrábamos que ese domingo nos iríamos pronto a casa (lo normal, en día de concierto, era terminar de madrugada). Se hizo el silencio, las luces de la sala  se fueron encendiendo. Y, entonces,  nos sorprendió escuchar a Don Facundo Cabral:

“Querido público, afuera hay un puesto donde pueden comprar mis libros y mis discos. Luego, el amable personal de éste hermoso teatro,  les traerá hasta mi camerino para que yo se los firme…”

Los técnicos, el personal de seguridad, los trabajadores del Auditorio, mis compañeros de producción, y yo misma nos quedamos mudos: ¡la cola sumaba quinientas personas! Iban entrando, uno a una, a saludar al artista que se interesaba por la familia, los hijos, el trabajo, los amigos, etc… Les firmaba, les dibujaba, les besaba…

Y nosotros, esperando a que terminara lo inesperado. Sobra decir que yo llegué a casa más allá de la madrugada. Que el presupuesto se elevó en demasía por el pago de horas extras del personal. Y que el autor agotó todas las existencias que llevaba de su obra.

Horas largas más tarde, cuando por fin se fue el último peregrino, la encargada del recinto, que no podía irse hasta que el artista hiciera lo propio, le soltó, al despedirse – disco firmado en mano: “Señor, desde ahorita, con todo mi cariño y respeto, le voy a llamar Fecundo Cab… n”. Él se echó a reír y le respondió: “Lo siento, querida, pero vos no sos la primera,”…

Dos días después le dejé de nuevo en el Aeropuerto. Antes del obligado beso de despedida y las promesas del reencuentro, me encargó que, en su nombre, ofreciera sus disculpas a todos los que aquella noche tuvimos que esperar. “Es que vengo tan poco, querida. Y la gente, mi gente, está tan necesitada de cariño”…

Luego, me regaló un libro y un disco. A modo de dedicatoria, había dibujado un árbol…

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Nocturnidad

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De vez en cuando, como casi cada siempre, detener los mares -y las madrugadas-, para conjurar  ausencias. ..

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Qc

…Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada…

Elegía, Miguel Hernández .

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El tiempo

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Me llama la atención  la definición de Tiempo que he encontrado en wilkipedia:

“El tiempo es la magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos sujetos a cambio, de los sistemas sujetos a observación, esto es, el período que transcurre entre el estado del sistema cuando éste aparentaba un estado X y el instante en el que X registra una variación perceptible para un observador (o aparato de medida). Es la magnitud que permite ordenar los sucesos en secuencias, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y da lugar al principio de causalidad, uno de los axiomas del método científico. El tiempo ha sido frecuentemente concebido como un flujo sucesivo de situaciones atomizadas.” ¡La vida misma!

La verdad es que al tiempo siempre lo he definido según mis circunstancias. Mal tiempo cuando de tormentas se trata. Tiempo gramatical por aquello de (con)jugar. Tiempo pasado fue mejor: bendita mentira. Prefiero el tiempo por- venir.

Llegar a tiempo o dejar pasar el tiempo.  Lo que todo cura, el tiempo. Ir con el tiempo justo o no saber qué hacer con él. Tiempo de amar o tiempo de morir.

Libre, escaso, justo, dorado, difícil, bueno, perdido…

He aquí los versos de Renato Leduc (1895-1986), escritor, periodista y poeta mexicano que, en mi opinión, renombra con un toque de genialidad el sentido del tiempo.

 

Aquí se habla del tiempo perdido que como dice el dicho, los santos lloran

Sabia virtud de conocer el tiempo;

a tiempo amar y desatarse a tiempo;

como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…

que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo

martirizóme tanto y tanto tiempo

que no sentí jamás correr el tiempo,

tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo

-ignoraba yo aún que el tiempo es oro-

cuanto tiempo perdí -ay- cuanto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,

amor de aquellos tiempos, como añoro

la dicha inicua de perder el tiempo…

(De “Breve glosa al Libro de buen amor” 1939)

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Mi propuesta musical para esta ocasión es una de las mejores canciones de la historia de la música, interpretada por otro grande: Frank Sinatra…

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You must remember this

A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh.

The fundamental things apply

As time goes by…

Tócala otra vez, Sam…

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