Ad-versos II


Cuando a uno le falta uno

y a tres le sobran dos.

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Cena para tres

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― Cariño, tenemos que hablar…

Juan suspiro con fastidio. Sabía que esa frase era la antesala para una mala noche. Era algo que no lograba entender de las mujeres: ¿Por qué demonios siempre dejaban los asuntos espinosos para última hora?

― ¿Qué te pasa ahora, María?

― Me he acostado con Paco… No sé como pasó, pero pasó…― Tomó aire y se lo soltó así, a bocajarro. Cerró los ojos llena de vergüenza, esperando la explosión.

― ¡¿Con Paco?!…  ¡¿El vecino del 3ºA?! ― respondió, incrédulo.

― Sí, la otra noche, cuando estuviste en tu congreso… Nos encontramos en la escalera… Le invité a cenar… Nos pusimos a ver una película… Y cuando quisimos darnos cuenta… Lo siento, de verdad lo siento…― Hipando por el llanto, María trataba de disculparse.

― ¿Con besos?

― Sí ― musitó, avergonzada.

― ¿Desnudos?… ¿En nuestra cama?

― Sí… Por favor, perdóname… ¡No sé como sucedió!

― ¿Con orgasmos?

― Sí… no… no sé… ¡No sabes lo mal que me siento!― respondió María, confundida por la tranquilidad de su marido.

― ¿Te gustaría hacerlo otra vez?

― ¡Juan, por dios! ¿Qué pregunta es esa?

― Ninguna, cariño, es que deberías volverle a invitar para poder cenar los tres…

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