Segovia, 2016

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A Segovia llegué por amor, que es la mejor razón para llegar a cualquier sitio. Fue en el mes de abril de hace algunos años. La primavera asomaba tímida.

Recuerdo con cariño aquella «primera vez» en que, mi entonces novio, luego marido y del que ahora soy viuda, Carlos, mi poeta, preparó con diligencia aquella clandestina escapada (porque en aquel entonces, éramos furtivos). Me citó a las nueve de la mañana, advirtiéndome de que no debía retrasarme. Me subió en un autobús en la vieja estación de Príncipe Pío, en Madrid.

Yo, que apenas llevaba unos pocos meses en territorio español, supuse que me llevaba a conocer ¡Toledo! Cuando la listilla de mi se lo dijo, se echó a reír, me cogió la mano y me dijo: «Te llevo al sitio donde nacen los mejores versos» Entonces me imaginé que íbamos al pueblo vallisoletano de su amigo Gamoneda.

Pero el viaje se hizo corto: apenas una hora y ya habíamos llegado a nuestro destino. Al entrar a la estación leí: «Bienvenidos a Segovia» ¡Eso sí que fue una inesperada sorpresa!

Carlos, diestro guía, me condujo hasta el hermoso Paseo de la Fuencisla. A mitad del camino nos sentamos, abrió su inseparable bolso, sacó un pequeño libro, casi diminuto, de tapa roja y comenzó a leer un poema que me conmovió profundamente.

No sé si fue el inigualable entorno, la grave voz del lector, el amor que me bullía o todo junto al mismo tiempo:

«Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo…»

(Poemas de Faná, San Juan de la Cruz)

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En ese instante comprendí que estaba en Segovia, en el sitio preciso y con el hombre indicado. A partir de ahí, seguir andando, llegar hasta San Juan de la Cruz y guardar como un tesoro aquel pequeño ejemplar de sus poemas, han marcado mi vida desde entonces.

Al poco tiempo, llegamos a vivir juntos (y legales) a un pueblo cercano, pero como todos los caminos conducen a Segovia, he pasado todos estos años al pie del acueducto. Y de las calles de la judería. Y en los cafés de la Plaza Mayor. He subido y bajado la calle real tantas veces como he admirado las vistas en el paseo del Salón. Me saqué el carné de conducir entre sus pequeñas calles y la circunvalación. El Figón de los Comuneros ha sido testigo de grandes celebraciones al sabor de un plato de judiones. Muchos libros he regalado de sus pequeñas y acogedoras librerías.

Descubrí el mundo de Titirimundi. De las ferias interculturales, donde, por cierto, una vez me encontré con una vecina que tenía en la ciudad de México. He visto tocar a mi cuñado en las plazas, al son de la Música al fresco. Alguna noche la he pasado en blanco, sin darme tiempo a ver cuanto espectáculo estaba programado.

Segovia me ha dejado conocer a personas muy interesantes. Comprometidas con su entorno, con la cultura, con la vida. He ido al cine, al teatro. He conocido pintores, artistas, escultores que la aman y, que a través de sus obras y de sus charlas, me han enseñado a amarla de igual manera. Porque, lo más bonito de Segovia no está en su gran patrimonio histórico, sino en su gran patrimonio humano, que comparte, generoso, su ciudad.

Es aquí donde me bautizaron como escritora. Fue la ciudad y sus pueblos, los que llenaron mis folios de cuentos. La parroquia fue el Bar Santana, el padrino Luis Eduardo Aute, los invitados, todos, segovianos. Mi madrina, Doña Ana San Romualdo, que sin conocerme de nada, me conocía del todo. En una esquina, discreto, amable, sensible, descubrí a Pedro Arahuetes, un hombre que despierta mi curiosidad y respeto, pues, según cuentan las buenas lenguas, una de sus grandes inquietudes como alcalde, es apoyar a los que de una forma u otra, nos dedicamos a la cultura.

En Segovia también he vivido el peor episodio de mi vida, pero de ello sólo puedo agradecer la atención y cariño que recibí, y sigo recibiendo, en tan penoso trance.

Y podría seguir sumando los bienes que me ha dado esta hermosa ciudad: sus paisajes; sus callejones empedrados que me recuerdan mucho a algunos rincones mexicanos. Inconfundibles sus dulzaineras y las aguederas con sus rosquillas. Me gusta que me cuenten la leyenda del acueducto, una historia de las miles que componen su tradición oral…

A Segovia llegué por amor, y  me seguiré quedando por la misma razón, aunque la vida me conduzca por otros lares.

Por eso, cuando leo que en breve será la selección de las capitales culturales, no me queda ninguna duda de que los jurados que hayan estado alguna vez en Segovia, optarán por ella. Porque no hay nada más que se le pueda exigir a esta ciudad, que ya lo tiene todo.

Toda la suerte para Segovia, Capital Europea de la Cultura 2016.

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Mudanza

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Recién notificada la mudanza de las oficinas de Trama editorial, que apenas se movió unos cuantos pasos desde Monte Esquinza a la pequeña, casi mínima, calle de Blanca de Navarra número 6, los curiosos y amigos de Manuel Ortuño nos fuimos acercando a conocer el nuevo territorio conquistado.

Entre cajas, mesas y estanterías; opiniones doctas y sugerencias variopintas, Ortuño tenía muy claras dos cosas: Una, qué había cumplido el proyecto que llevaba abrigando desde hacía mucho tiempo y que era tener un espacio, el suyo, el de la editorial, en esa calle. Lo consiguió en este nuevo local, curioso y acogedor.

Desde la calle  llama la atención, e invita a entrar, la librería que exhibe los títulos publicados en las diferentes colecciones: Largo recorrido, la más emblemática y reconocida de Trama editorial. Cercanías, la de los autores que estamos vivos y gustamos de una caña con nuestro editor. Barlovento, Tipos móviles, Memoria del presente, etc.

El segundo deseo del editor en jefe, el güerito, que bien te escucha con su llana mirada azul y te tranquiliza tomando notas de todo cuanto le has dicho para ―a modo de despedida― decirte sonriendo ¡Ya me has puesto a trabajar!, era tener un hule alegrando las nuevas oficinas.

Así, una tarde de verano, me llamó para preguntarme «Alejandra, ¿cómo se llama el hule en España?» Ficus, le respondí. No, eso no, me respondió. (Poco tardé en hacerme con un buen ejemplar en maceta e irlo a dejar justo en medio de la editorial.)

La cuestión es que en México, el hule es una planta de nuestra vida cotidiana. Casi podría afirmar que todos hemos tenido un hule marcando una etapa importante en nuestras vidas. Como el amor.

El ficus robust, que así se llama en España, es una planta de bellas y tupidas hojas verde oscuro, brillantes y ancestrales. Considerada como una especie «dura», apenas exige atención y, a cambio, va creciendo de maneras caprichosas, aunque con una buena guía, sigue el camino que se le va marcando. Le cuesta muy poco crecer lo suficiente para llegar a ofrecer su estimada sombra. De ahí el popular dicho, que mi abuela solía repetir: «A quién a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija»

Y eso es lo qué hacemos todos los que vamos, estamos, visitamos, Trama editorial: arrimarnos a la buena sombra de nuestro amigo Manuel, que, como el hule, apenas nos exige atención. A cambio, él, generoso, siempre nos cobija…

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Antes de llegar a su nueva casa…

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¿Por delante o por detrás?

Así como de inevitable ha sido mantenerme al margen del mundial, más por razones del corazón que por tener una razón, así de inevitable fue no ver esta mañana uno de los encierros de San Fermín. Bueno, si, pudo ser evitable, apagando el televisor, pero quise comprobar la sinrazón.

La primera idea que me vino a la cabeza fue que, en México, se les  llama mozos a los que sirven. A los que van delante del amo, abriéndole las puertas y limpiando sus zapatos.

Luego, pensé en que todos esos mozos vestidos de blanco con pañuelo rojo al cuello, que corren por delante de seis animales desorientados  (cuyo instinto les hace buscar una salida, ignorantes de que el juego es el «pilla, pilla» y cuyo final ya está pagado, hagan lo que hagan), son una manada de egoístas, por no hablar de lo irracional que resulta todo el tema.

Se trata de que no les pille el toro. No importa los que caigan a su paso. El mozo pasa por encima de quien sea, aunque el caído esté herido. Da igual que pueda ser su hermano o un torpe  desconocido. El caso es llegar,  por encima del que sea y como sea. El objetivo final  es muy claro:  ser  el más animal de todos.

A modo de premio, horas después, ese mismo mozo, aplaudirá que, otros, vestidos de pocas luces, cobren la factura, armados con espadas de matar. Pero, eso, ya lo explica bastante bien, Ruth Toledano en  http://www.elpais.com/articulo/madrid/Salvajadas/elpepiespmad/20100709elpmad_12/Tes

Para completar el domingo, esta tarde seremos testigos de la gran e histórica final del mundial de fútbol. No la quiero evitar. Se la debo a Carlitos.

Veremos justo lo contrario. Dos equipos, cada uno con diez jugadores correr por detrás de un balón y,  al onceavo jugador, defender su portería. En este caso, el objetivo es clavar tantos goles, como sea posible, en la casa del rival.

El secreto del éxito, coincide todo el equipo de la selección española, es la labor de equipo. Cada uno tiene que estar pendiente del resto. Sólo con la labor de conjunto, pueden sorprender al contrario con jugadas que culminen en el gol decisivo. O, evitar que el otro equipo sorprenda al portero y les gane la partida.

Al final, tras correr los noventa minutos reglamentarios, más el tiempo extra que otorgue el árbitro, a modo de premio, el ganador recibirá una copa: la más deseada del mundo. Entonces habrá lágrimas de alegría; abrazos; felicitaciones, besos…

Y, para los hinchas, forofos, seguidores y, hasta para los simples espectadores ocasionales  como yo, contagiados por la euforia de la masa, habrá una clara lección:  entre todos, detrás del objetivo, podemos conseguir que las cosas cambien.

Los que corren por delante, me dan miedo. Sé que no dudan en pasar por encima de ti o de mi o del resto, para clavarnos la estocada…

Así que yo,  prefiero por detrás… Y ¿usted?

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Carles Puyol haciendo el signo "Tortura no es cultura" (Contra el maltrato animal)

“Egos a las finas hierbas” de Ruth Toledano (publicado en El País, 11/06/2010)

Allí estábamos todos, con nuestros egos revueltos, como los llama Juan Cruz (“los egos son la materia misma de la escritura”). Egos revueltos esplendiendo sobre la hierba en ese backstage al que se refería el otro día la periodista Lola Huete. Éramos esos excursionistas que han ido a pasar un día de picnic en lo que ella llamaba la trastienda de la Feria del Libro: la parte de jardín, más o menos privilegiado, que hay detrás de las casetas de editores y libreros. Excursionistas librescos, por así decir.

Nos había convocado la escritora Alejandra Díaz-Ortiz, que como es mexicana no tuvo dificultad en sobornarnos con promesas de guacamole. Allí estábamos, en la parte de atrás de la caseta 94, compartida por la editorial Trama y por la joven editorial Veintisiete Letras (cuyo lema son estas palabras, también mexicanas, de Octavio Paz: “Nos hacen falta obras-puente y hombres-puente. Nos hace falta un pensamiento crítico que, sin ignorar la individualidad de cada obra y su carácter único e irreductible, encuentre entre ellas esas relaciones, casi siempre secretas, que constituyen una civilización”).

En ese backyard nos recibieron Alejandra y Manuel Ortuño, su admirable editor, un hombre que hace libros porque le gusta, porque quiere y por lo tanto puede, porque ama los libros, porque cree en la literatura. En sus expositores, una delicia, se codean títulos raros de grandes escritores (Lady Nicotina, de J. M. Barrie; Diario de Adán y Eva, de Mark Twain; Cuentos de una abuela,de Georges Sand) con títulos raros de escritores estrambóticos (París Canalla, de Maurice Sachs; Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Philippe) y títulos raros de escritores exquisitos (Mi suicidio, de Henri Roorda; El amor es la desgracia, de Joan Rois de Corella).

A su lado, codo con codo, los brevísimos Cuentos chinos, de Alejandra Díaz-Ortiz (Siete vidas tiene el gato: “Mi primera vida la perdí jugando a la pelota. La segunda me abandonó buscando una respuesta que nunca encontré. La tercera me la robó un cantante de mala fama. De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón. Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta. La sexta la doné a Soledades sin Fronteras. La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar en lo más profundo de tu boca”). Y junto a ellos, junto a ella, Los mares detenidos, de Carlos Álvarez-Ude, editor de la mítica revista Ínsula, que fue su esposo y pasó recientemente a la otra dimensión, desconocida. El último regalo de su vida fueron sus poemas, publicados por Trama, escritos por Manuel Ortuño: “Resucita el Cantábrico. / He llegado y le hablo, de ti, de mí, de cuando el aire / es viento, o solo eso: / aire, tenue caricia del beso”.

Así, en familia de sangre y en familia literaria, sobre la hierba, bajo la sombra de cualquier árbol (que diría la escritora Bárbara Aranguren -quien también firmará, mañana sábado, en la caseta de Huerga&Fierro Editores, su nuevo libro de relatos,Madame Ming),en un microclima de frescura y cariño que combatía el calor con calor, pasamos el día en la Feria del Libro, rodeados de niños con un cuento en la mano, de perros sueltos, de familias latinas que compartían sandía. Bebimos, reímos, nos tumbamos: okupamos la Feria. Y me dio por pensar que esta edición incorporaba más que nunca esa parte de atrás sobre cuyo césped se tumban los autores, los editores, los amigos, los lectores; me dio por pensar que la Feria del Libro, de las palabras, era más que nunca un pacífico reducto, un refugio neutral frente a la crispación y el miedo que provoca una sola palabra.

Me dio por pensar que esa (esta) crisis maldita nos estaba brindando la ocasión de recuperar el verde, la brisa, la lectura, el simple estar. Que (más allá del negocio) los libros siempre han sido nuestros aliados frente a la soledad, a la frustración, a la incertidumbre, a la confusión, a la tristeza. Que han sido también el mejor reflejo de nuestra alegría y de nuestro amor. Pensé que los libros nos han salvado siempre y que acaso esta sea la ocasión de salvarlos también a ellos de la especulación, de la banalidad, del exceso. Recordé que Carlos Borsani, hombre de teatro, me había dicho que la crisis iba a ser buena para templarnos el carácter: ¿acaso hay una imagen que retrate mejor a un carácter templado que la de alguien concentrado frente a un libro abierto, enfrascado en su lectura, abstraído?

En esas estaba cuando otro editor, Juan González, llegó acompañado del más pospoético de sus escritores, Agustín Fernández Mallo, cuyo alto y gafapastoso ego esplendió como un paradigma en nuestra fina hierba. Tuve fe, entonces, al recordar la Aclaración previa su libro titulado Postpoesía: “De la misma manera que las células actúan por duplicación de lo más pequeño a lo más grande, y acogen en su estructura toda la información del pasado para lanzarla al organismo futuro, la poesía postpoética intenta ser ese germen proteico, esa célula, que recoja la tradición, experimente con ella, la ensamble a todos los ámbitos de la cultura del siglo XXI, y la relance hacia un futuro orgánico, no estático, complejo, sin que por ello deba arrastrar proyectos utópicos del pasado”. Tal aclaración se subtitula El huevo lógico. Entonces pensé que nada está perdido si existen libros así, nucleares. (Si existen momentos así). Feliz lectura, compañeros de crisis. Va por vuestro ego, lógicamente.

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Los tratos malos

8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

 

            Cuando alguien le pregunta sobre el padre de sus hijos,  lo primero que recuerda es la sensación de ardor en las mejillas. Lo sintió el día que lo vio en la plaza, tan lejano. El rubor le maquilló la cara cuando él la miró por primera vez. Esa misma noche, él le propuso un trato: ella aceptaba pasear cada día y él se comprometía a quererla toda la vida.

            Despertó con un fuerte ardor en el estómago —«Son los nervios» le consoló su madre—,  el día que firmaron aquel papel  con el que él cumplía su promesa: una vida juntos, en las buenas y en las malas.

            Un doloroso ardor mezclado con lágrimas y sangre fue lo que sintió cuando le sorprendió con la primera bofetada. Desde entonces, el trato tácito fue que, él le pedía perdón y ella se callaba.

            Diez años después, no hubo tiempo para más tratos:  mientras una ambulancia la llevaba al hospital, a él le obligaban a dejar la casa.

            Pero a ella, le sigue ardiendo el miedo.

Treinta minutos

 

«Ya no soy más que yo para siempre…»

(Idea Vilariño)

 

Mercedes llevaba unos días triste, sin poder encontrar una buena razón para asomar la nariz más allá de la puerta de casa. Al principio, culpó al mal clima: exceso de lluvias, frío y cielos grises. Pero el domingo había salido el sol y tampoco pudo sonreír. Entonces pensó que, quizá, la razón de su desasosiego estaría en su falta de actividad, así que se apuntó a un gimnasio. No es que se sintiera mejor, pero ahí fue donde comprendió la razón de su pesar.

            El primer día, llegó vestida con un viejo pantalón deportivo que solía utilizar para estar en casa. Una camiseta cualquiera y unas zapatillas que, de tan viejas y poco usadas, estaban nuevas. El monitor quiso saber cuál  era su objetivo, a lo que ella respondió que no lo tenía claro: «Quizá mantenerme en forma, ya no seré Miss Musculitos». Así que la mandaron a la cinta caminadora por treinta minutos, para empezar.

            Por la colocación de las maquinas, ella podía observar el resto del gimnasio. Distinguió dos grupos claramente: los de su quinta, en las caminadoras, bicicletas, escaladoras y, digamos, ejercicios de bajo impacto, específicos para quemar calorías y contener el tiempo.  Al otro lado, los jóvenes, los que si querían ser musculitos. Los que se preparaban para mostrar los resultados de su esfuerzo, en cuanto llegase el buen tiempo. Los que, sin miramientos, cargaban barras y pesos imposibles. Entre ellos, las chicas jóvenes que endurecían sus glúteos; levantaban sus pechos y pegaban saltos al  enloquecido ritmo del aeróbic.

            Al ver los gastados cuerpos de sus compañeros de caminata, que sobrepasaban, la mayoría, los sesenta años y ver los de los chicos, que no sobrepasaban los cuarenta, Mercedes cayó en cuenta de que su problema era, precisamente, ese.

            Se recordó a la edad de doce años. Sus hermanos y sus primos eran más pequeños que ella y no la dejaban compartir sus juegos y secretos, porque ya era «muy mayor». Entonces se acercaba a la mesa de los adultos, que en cuanto notaban su presencia, la mandaban fuera, porque estaban hablando «cosas de mayores». Al final, cada domingo, terminaba sentada, sola,  en el primer escalón que subía a ninguna parte. Quizá de ahí, le viniera su especial aversión al séptimo día de la semana.

            Aquella época, que duró un par de años, fue terrible: no había sitio para ella. Se había convertido en una especie de estorbo para unos y para otros. Aprendió a ser invisible y se construyó un mundo paralelo, lleno de cajas de cartón convertidas en castillos. Quizá de ahí, salió arquitecta.

            Pues bien, ahora, con cincuenta, sentía la misma cosa. Resultaba joven para sus colegas, aunque mayor y respetable para los aprendices.  Para la jubilación o la tarjeta descuento de los museos, aún le faltaban años,  aunque, si fuese el caso, sería demasiado mayor para pedir un nuevo empleo. Las ayudas que se otorgaban, eran destinadas para personas de hasta treinta años o para  las mayores de sesenta y cinco: ella no encajaba en ninguno de los dos baremos. En un banco era considerada una persona de riesgo: demasiado mayor para garantizar el pago de una hipoteca, pero en la edad justa de quedarse sin trabajo. Y qué decir de los seguros de cualquier tipo: el razonamiento era el mismo. A menos, claro, que estuviese dispuesta a pagar el doble por cada cuota. A su edad, ya se debía tener dinero para eso. Aunque no el suficiente como para no pensar en un plan de pensiones.

            Era muy joven para pedir ayuda. Demasiado vieja para no darla.  No estaba en edad de vestirse como una venerable abuela, pero tampoco podía volver a sus minifaldas que tanto le habían gustado. El recto traje sastre se convirtió en su uniforme. Fue joven al quedarse viuda, pero demasiado vieja para volver a coquetear.

            Sus hijos y los amigos de ellos, callaban cuando la veían aparecer. Huían al jardín sí a ella se le ocurría sentarse en el salón. No la invitaban a sus fiestas ni a sus viajes. Ya era vieja para volver a ser madre. Muy joven para ser abuela: sus hijos ni siquiera se lo planteaban. Pero, si había algo que le causaba una profunda angustia, era percibir cierto tonito de condescendencia en su voz, algo así como; «Háblale despacio para que se entere». Igual que se le habla a un abuelo medio sordo o a un turista despistado.

            En cambio, cuando se sentaba en un corro de amigos suyos, no hacia más que escuchar de nietos y enfermedades: dos cosas que ella aún no tenía. En pocas ocasiones daba su opinión sobre algún tema, pues invariablemente la interrumpían con un «¡Ay, qué joven eres. Lo que te queda todavía por vivir!», así que aprendió a callarse. Si alguna vez, en  el autobús, un joven le cedía el asiento, no tardaba un viejo en plantarse delante de ella para, con mirada lastimera, obligarla a cedérselo a él. En la sala del médico de familia, los niños tenían preferencia por su inquietud, los mayores por sus prisas. A su edad, la de ella, no se consideraba el tiempo. En fin, sin advertirlo, volvió a ser invisible.

            A los catorce años, vivía esperando la llegada de la tan ansiada adolescencia. Esa etapa que obliga a ser rebelde para conquistar un espacio propio. Ahora, le tocaba esperar la llegada de la mal llamada «edad madura», para dejarse ver de nuevo.

            Lo curioso es que, la primera estaba marcada por la llegada de la primera menstruación. La segunda, se anunciaba con la partida de la última regla.

            Un periodo realmente corto, pensó, mientras apuraba el ciclo de treinta minutos en la caminadora, quemando invisibles calorías…