Tres años

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Porque nunca siempre tiene un principio.

Y siempre, siempre acaba.

Tres años se cumplen hoy,

De aquel absurdo siempre.

Y, aunque a veces parezca que me distraigo,

Es la memoria de mi piel

La que sigue invocando tu presencia

En estos, nuestros mares detenidos.

Tú, tan alto.

Y yo aquí, tan abajo.

Y tan sin ti…

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Desde tu Insula...Desde tu amigo Luis Alberto...
Carlos Álvarez-Ude (1953-2010)

Insomnios VI

Febrero 20, 2010.

Viernes por la noche. Estoy metida en la cama, en alerta, pues estás muy inquieto.

            Al caer la tarde, te ha llamado tu viejo amigo Luis Alberto de Cuenca. «Me gusta hablar de la vida con él», me dijiste. Estuviste largo rato contándome de cuando le conociste y de cómo se fraguó el cariño entre los dos. Del gran respeto que le guardas como poeta e intelectual. Pero, sobre todo, de la inmensa admiración que le profesas como persona. Te imaginé sentado en el bar de la calle Juan Bravo donde, me dices, le viste por primera vez.

            Supongo que, exaltado por los recuerdos y la nostalgia, me pediste el número de Don Antonio. «¿De qué Antonio?» te pregunté. «De Gamoneda» me respondiste con cierto fastidio en la voz ¿Cómo no saber que Don Antonio es él? Fue divertido escucharte y deducir lo que pasaba al otro lado de la línea. Al final, habéis quedado para ir a tomar unos vinos al Humedal…

            Para cerrar la noche, te llamó Juan José Lanz. Sólo alcancé a escuchar que le decías: «Juanjo, no te pongas sentimental». Luego, dejaste el teléfono y lo único que dijiste fue: «Veinticinco años». Y no volviste a hablar.

            Por supuesto, tantas emociones juntas, te agotaron. Te metí en la cama muy pronto, pues estabas especialmente «torpe». Cuando salía de la habitación, me diste un ejemplar de tu libro: «Toma» —¿Para quién es?, te pregunté . «Para ti…»

            Me quedé parada. No me esperaba eso. «Para mi Valentina, luz de mis ojos» habías escrito con una minúscula letra y una extraña fecha: 08/02/1012. Así has firmado varios libros: 1012.  Me reí y te dije que tenías una errata en la dedicatoria. «Trampas del editor» afirmaste. Te di un par de besos y me fui con mi ejemplar entre las manos. Al poco, me llamaste de nuevo para decirme: «Tú aún no me has dedicado tu libro». Es verdad, no se me había ocurrido.

            Me quedé pensando en ello.

            Don Manuel Ortuño, padre, me hizo firmarle el primer ejemplar de mi libro. Entonces, nerviosa y abochornada, le pregunté qué era lo que se debía escribir en una dedicatoria. Él, hombre sabio y amable, me aconsejó:«Tú siempre escribe Con amor y la firma, así nunca fallas».

            El caso es que, a estas alturas, he firmado algunos libros con más que amor, tratando siempre de dar un toque especial a cada mensaje, que es, al fin y al cabo, lo que la otra persona espera. Pero, en tu caso, querido mío, no puedo escribir con amor, con cariño ni cosas así. Eso te lo trato de  dar a cada momento y sin recato. No hay lugares comunes qué dedicarte ni palabras que se ajusten a tres líneas en este libro: es este trozo de vida, mi mejor dedicatoria.

            Al final, en un avanzado estado de insomnio me tuve que admitir que en realidad, lo que me impide firmarte el libro es pensar que, en cualquier momento, lo tendría que meter en la maleta de los recuerdos. Mientras lo pueda evitar…

            Lo siento, la noche de anoche, no se me ocurrió nada feliz.