Botox

Tengo hambre. No recuerdo cuando fue la última vez que comí algo. Me voy a la nevera. Está más vacía que mi estómago. Abro la despensa. Estoy de suerte: hay una lata de caricias caducadas.

¡Qué más da!, pienso, mientras considero la posibilidad de terminar convertida en un cadáver exquisito: pálido y sin arrugas…

Código QR

Unos asuntos por la ciudad me llevan a desplazarme por el metro de Madrid. Debo sumergirme en la línea 6, la gris, para seguir por la línea naranja, la 7.

Me adentro, con esa irritante calma que llevamos los sin prisa, por los pasillos que me conducen hasta el andén. Recorro los túneles entrecruzados que se me van presentando en el camino. Subo y bajo los empinados tramos de escaleras que me devolverán al mundo exterior.

Mientras tanto, voy entreteniendo la vista con cuanto anuncio se me exhibe.

Una generosa porción de ellos contienen, en mayor o menor medida, algún tipo de referencia a las nuevas tecnologías. Desde el simple www de la empresa anunciante, pasando por el “síguenos en Facebook”, hasta lo último de lo último, los códigos digitales. Y dentro de ellos, lo ultimísimo de lo ultimísimo: los códigos QR, esos pequeños cuadraditos llenos de robóticas formas, contenedores de una ingente cantidad de información.

A mi espalda queda la publicidad de alguna marca que no consigo recordar, pero de la que se me quedó grabado que, como única información, exhibía cuatro códigos QR  ―cada uno de diferente color―, para ser leídos por todo aquel que disponga de una aplicación móvil de cuarta, quinta  o vaya usted a elegir, generación. Como si de una elitista información para iniciados se tratara, el resto de los mortales no seremos capaces de saber lo que ofrece tal empresa, a menos que nos iniciemos.

Seguí  mi camino, preguntándome…

¿Serán esos pequeños cuadraditos rellenos de puntos imposibles los que, en el futuro, a semejanza de las pinturas rupestres de nuestro pasado, centrarán las investigaciones de ulteriores antropólogos interesados en los yacimientos arqueológicos que, seguro, irán emergiendo dentro, digamos,  unos quince siglos?

¿Ofrecerán los códigos de barras, o los códigos QR, y/o formatos por venir,  información vital, imprescindible y relevante acerca de nuestros usos y costumbres?

Volví al pueblo con la sensación de que ayer anduve de paseo por las futuras Cuevas de Altamira…

Pd.- Por si acaso, ya generé mi propio QR…

Activos tóxicos

Sin caer en el pánico general, llamo a la sucursal del banco y me certifican que sí, que soy parte de los diez millones de problemas, ellos los llaman clientes, que ahora mismo tiene Bankia, aunque mi cartilla es roja y dice Caja Segovia.

De momento, no puedo disponer de mi dinero en depósito. No me sorprende. Me quedo dándole vueltas al asunto. Entonces caigo en que, si una parte de los impuestos que cada irpf me tocan pagar a toca teja serán destinados a diluir los problemas de Bankia, es decir, al mío y al de otros nueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve clientes más, pues mira tú, que hoy me han reconvertido en banquera de mí misma.

Por tanto, declaro poseer una solvencia lejos de cualquier duda. (Al menos eso avalan los amigos).

Así mismo, aprovecho para enviar un mensaje de tranquilidad a mis clientes ―ellos prefieren llamarse acreedores― para que no recelen en ningún momento de mi liquidez.

Mi casero,  la compañía de luz,  el señor del gasoil y  el ayuntamiento con sus tasas, no deben preocuparse: recibirán sus ingresos, en tiempo y forma.

Por lo contario, a los señores de la visa, del plus, el móvil, el fijo y alguno más, es decir, todos mis activos tóxicos, lamento informarles que se verán afectados por una recesión temporal.

Esta situación, insisto, temporal, durará lo que tenga que durar, en tanto me llega alguna intervención pública y/o privada sobre mi deuda (también se acepta crowdfunding), a fin de sanear mis cuentas y controlar mi déficit.

No es algo que me guste, ni que sea viernes…

 

Alegría

 
Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.
 
Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.)
 
Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.
 
Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.
(José Hierro, de Alegría, 1947)
 

Sin duda, lo que suele alegrarme el día (lo escucho cada mañana), es el Canon en re mayor del maestro alemán Johann Pachelbel. El nombre completo de la pieza, escrita en 1680, es: “Canon y Giga en Re mayor para tres violines y bajo completo”.

Aunque existen innumerables versiones del canon: clásica, pop, rock, celta, flamenca,etc… Para esta ocasión he escogido la del San Francisco Early Music Ensemble Voices of Music por ejecutarla con instrumentos originales. Me encanta imaginar, mientras la escucho, cómo habrá sido la vida en el barroco.  Estoy segura de que alguna de mis vidas la gasté por ahí…

 

 

Creo en los finales felices, aunque duren cuatro minutos… Por eso, cuando siento  el desánimo de no vislumbrar alguno,  saco el sombrero, la escoba o la fregona, y me pongo esta canción de Joe Cocker. Allá voy dando botes por toda la casa. La mejor terapia, oiga usted. La casa y yo quedamos limpias… limpias…

 

 

Podría quedarme colgando canciones eternamente… Para evitarlo, cerraré este mes del “Club de las canciones” con un tema que no habla de alegría precisamente, pero, será porque conozco a los Garaje Jack en persona. Será porque Óscar, Jorge, Manolo y otros locos más, estuvimos bebiendo gin tonics alegremente en casa. Será que nos reímos mucho mientras acampaban sus grupis en mi jardín. Será porque su concierto en La Losa fue un exótico placer. Será que la voz de Laura me toca el corazón… El caso es que esta canción, “Tú y yo”, siempre me alegra el día…