Lustro

16 de abril. Del diez al quince.

Cinco años, un lustro.

Y aún continúas arropando mis miedos de madrugada,

Con ese tú y yo tan nuestro.

Aquel que nos inventamos

Cuando los besos seguían siendo ciertos.

Gracias por serenar la ausencia.

Inevitable, te pienso cada día.

(Han vuelto las flores al jarrón. Sé que las has enviado tú…)

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a Carlos Álvarez-Ude, mi Carlos…

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Un gintonic a tu memoria

.

Cuatro años después, aquí sigo. Aquí seguimos.
Todo va más o menos bien. Hay poco que contarte.
Lo más reciente es que, al final me decidí, y he vuelto a vivir en Madrid.
Por otro lado, y aunque perjuré lo contrario, he escrito otro libro. Sí, lo sé, mis «nuncas» de siempre.
Me imagino que ya sabrás que algunos amigos tuyos se han marchado para seguir haciendo poesía al mismo sitio al que tú te adelantaste. Supongo que ya estarás verseando con Panero.
Una buena noticia es  que Ruth ha sido tía abuela de una hermosa niña. También se cambió de casa. Por mi parte, en los últimos tiempos, he hecho nuevos amigos y sigo tratando de conservar a los viejos, pero ya sabes que soy un desastre. Esperanza, tu «niña», está muy divertida. Daniela se fue a seguir sus sueños a Mallorca. Tus hermanos, uno cantando, el otro, viajando, como siempre. Manuel sigue siendo mi compadre, amigo y editor. No hemos dejado de cantar rancheras.
En fin, ya ves, todos seguimos empeñados con la vida.
¿Yo? Ya sabes, la misma. Sonriéndole al diablo, enamorada del presente y sin más futuro que lo que estoy tratando de escribirte ahora mismo, robándole un instante a la mañana para decirte que sigues tan vivo como siempre. Que aunque la vida, mi vida, se ha rehecho en otras calles, lo bueno y lo duro, no lo puedo, ni lo quiero, olvidar.
Ni en uno ni en cuatro años. Ni en siete vidas.
Y, aunque la espalda me siga doliendo, la ausencia, la tuya, por fin encontró su sitio en éste devenir de la vida mía. Escogió un buen lugar, a salvo de penas y tristuras. Un lugar amable, cálido, muy cercano a esa «extraña lasitud de la ternura»…
Quiero imaginar que tú debes estar muy bien, disfrutando de ese limbo privado para poetas que gustaban de los gintonics sin floripondios y que ahora están tan de moda por aquí. ¡Te daría un ataque si vieras esas copas llenas de gominolas, pétalos de flores y granitos de raras especias!
En fin, querido Carlos, ya para despedirme, quiero darte las gracias por andar revoloteando por ahí como un duendecillo invisible, ayudándome a desenredar las dudas y arropándome los miedos, mientras voy tratando de ser feliz.
No es fácil, tú lo sabes. Los años, los sueños y la puñetera realidad no ayudan. Se trata de aquello que solías citar de Cernuda sobre «la realidad y el deseo», lo que no termino de cuadrar.
Pero no te preocupes. Bien me conoces y sabes que seguiré «braceando a muerte» para no ahogarme en los mares detenidos de éste absurdo cuento que es la vida.

(A Carlos Álvarez-Ude, en el cuarto aniversario de su último beso.)

 

 

Tres años

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Porque nunca siempre tiene un principio.

Y siempre, siempre acaba.

Tres años se cumplen hoy,

De aquel absurdo siempre.

Y, aunque a veces parezca que me distraigo,

Es la memoria de mi piel

La que sigue invocando tu presencia

En estos, nuestros mares detenidos.

Tú, tan alto.

Y yo aquí, tan abajo.

Y tan sin ti…

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Desde tu Insula...Desde tu amigo Luis Alberto...
Carlos Álvarez-Ude (1953-2010)

La primera vez

A dos meses…

Ayer me preguntó Fernando, mi querido cuñado doctor, si sabía la razón por la qué el duelo dura un año.

La verdad, nunca lo había pensado. De hecho, ignoraba que “científicamente” tuviera ese valor. Su respuesta fue muy sencilla:

El primer año, tras la perdida, es en el que todo sucede por primera vez: el primer cumpleaños que no festejaréis juntos; las primeras vacaciones sin él; la primera navidad y un regalo menos bajo el árbol. El aniversario de casados que ya no se celebrará. La primera vez que tienes la certeza de que no volverá…

¿Así qué tengo un año?, pensé.

Pues bien, en cuanto se marchó el Doc, me fui directo al calendario y comencé a marcar, mes a mes, todas esas fechas señaladas para nosotros.

El resultado no me dejó lugar a dudas: un día especial por cada  día del año,   de los cuales ya gasté,  las  primeras sesenta veces…

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