Cuentos a medianoche

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Una de las afortunadas consecuencias de publicar un libro, son las entrevistas. Y  aunque te dan pánico los micros  -porque siempre te queda la sensación de haber dicho muchas tonterías y haber olvidado lo de verdad importante-, a todas dices que sí.

Así que ayer me fui a cumplir una visita a la periodista Yolanda Pintor, que dirige y presenta  La Buhardilla de Radio 5 (RNE). Con mucho cariño, me invitó a dejar el bolso, los formalismos, las frases hechas, etc., en el perchero. Me sentó a su lado…

Y cuando me quise dar cuenta, me había enredado en el programa de radio más bonito y emocionante de mi vida… ¡Muchas gracias!… Y mil más…

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la-buhardilla-radio-5Cuentos a medianoche en La Buhardilla radio 5 (RNE)

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Bautismo

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Algo escribió Luis Eduardo Aute en el prólogo de Cuentos chinos sobre «la irregularidad caótica justificada por el contenido» de mis cuentos. Yo agregaría que el caos, entendido como algo que sucede para desarmar el orden que uno se empeña, inútilmente, en conseguir, se extiende al resto de mi vida.

Les cuento esto, porque nunca se me habría ocurrido imaginar que la presentación «mundial» de mi último libro sería en Bilbao, ciudad muy especial para mí, y a la que regreso después de unos cuantos años, uno más otro menos. De hecho, por aquella época, nada más lejos que pensar en escribir un libro. Mucho menos cuatro. Esa primera vez, como siempre que he cambiado de país, ciudad, continente, fue por un amor. ¿Por qué sí no?

En este segundo viaje a la ciudad de las Siete calles, las cosas han cambiado. Un cúmulo de inesperadas circunstancias y felices complicidades canallas, encabezadas por Txetxu Barandiarán, me llevarán el próximo jueves 3 de julio a la Librería Cámara de Bilbao, para presentar «No hay tres sin dos» (Trama editorial), acompañada de dos impecables −e implacables−, padrinos: Manuel Ortuño, editor donde los haya, y  John Hemingway, que ha reconocido al «chamaco», con sus letras y apellido.

Y aunque todo lo anterior me hace muchísima ilusión, lo que más me inquieta es el encuentro con las tres madrinas de excepción: Beatriz Celaya, Elena Sierra y Noemí Pastor, que se harán cargo de «destripar» al bautizado.

Por cierto, por si se lo preguntaban, de aquel amor, solo quedaron un par de relatos. Aunque estoy segura que en esta próxima aventura, se van a consolidar otros amores… (y algún nuevo cuento…)

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Presentación Bilbao.

 

La Trama eterna

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** Calaveritas dedicadas a Trama editorial  y sus amigos…

 

En su mesa estaba Ortuño

Garrapateando inciertos textos

Con  empeño tan perverso que

A la Parca no sintió llegar:

«Ándele ya con la última errata,

Que le espera el cuadratín.

No se me preocupe, güerito.

Le aseguro -se lo juro-  que en la caja

No le van a faltar

Pruebas y galeradas pa´reparar.»

Sin soltar el rojo plumín,

Impasible, don Manolo se dejó llevar.

 

La Catrina siguió su camino

En busca de Manuel Gil.

Allá en el santuario de Santos

Rezando lo fue a encontrar.

Pero el viejo lobo la enredó

Con los datos del sector.

− Te ofrezco un nuevo paradigma.  Dame un año más y te mejoro la estadística, le ofertó.

La Parca, viendo cómo andaban las cosas, quiso negociar.

− Pero a cambio, a alguno me tendré que llevar…

Y pa´l norte la mandó.

 

Allá que se fue volando,

La Flaca en Ryanair,

Hasta dar con un tal Txexu, de apellido Barandiarán.

Lo encontró cambiando de tercio,

Copa en mano de Pacharán.

Y sin más aperitivos, pa´l panteón lo empaquetó.

¡Por SEUR, mándame por SEUR…!

Se escuchaba demandar al condenado.

 

Al querer volver

La Calaca con Albanta se topó.

− ¿A dónde vas, niña guapa?

−  A comer, le respondió.

Y hasta Visual que la siguió.

Tras probar las viandas de Yola,

Ninguna duda le quedó. Pa´l  agujero,

Al Sobrino, un tal Álvaro, se llevó.

En las catacumbas estaba haciendo falta

Un experto en dar la chapa. Y el melenudo la bordó.

 

Volvió la Parca en inglés cantando,

Con poco estilo y menos gracia.

A Iñigo García Ureta andaba buscando

Pues de su éxito y buena lente

Había escuchado mentar.

La flaca presumida una foto suya quería

Para perpetuar su eternidad.

Luego, como a todos, al hoyo lo fue a tirar.

 

Aburrida la Calaca,

Con muchas ganas de bailar,

Ante Daniela se presentó.

«Venga bonita, déjate ya de pedidos», le ordenó.

Y al panteón se la llevó.

«O me pones así de guapa como estás o

De la Trama eterna no saldrás».

 

Y entre Texturas y Tramas, la Parca

Con Maite se quedó a morar.

En el número seis de Blanca la de Navarra,

Hallarás la casa donde los vivos,

Y hasta los menos muertos,

Tequila en mano, por Barlovento

Se dejan llevar.

Con Ortuño padre, lord capitán.

Portland, de grumete digital.

Día de Muertos, 2012.

 

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N. de A.-

Las calaveritas literarias, antes llamadas “panteones”, surgen en el siglo XIX, a modo de epitafio burlesco. Aunque fueron motivo de censura por la policía de la época colonial, lo cierto es que la tradición sigue muy viva.  Sirven igual para hacer crítica política que para ensalzar a la familia, los amigos, los amores…

Las primeras calaveras impresas fueron publicadas en 1849, en el periódico El Socialista, de Guadalajara.

Los dibujos que suelen acompañar los versos son conocidos con el nombre de La Catrina o Calavera Garbancera, figura creada por José Guadalupe Posada y bautizada por el muralista Diego Rivera.

Segunda nota de autora: Han de disculpar los lectores, pero lo de rimar, versar y esas cosas, no es lo mío. Eso sí, están hechas con harto corazón…

 

La vida es una noria (FIL 2010)

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(*Artículo publicado en el periódico de El Espinar el 3/12/10)

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Adivina, adivinanza: estoy en una Feria. Al otro lado del charco. Está repleta de atracciones de papel. Hay mucha gente buscando diversión en formato de tapa dura o de bolsillo, fácil de llevar y económico de pagar. El colorido y las formas atrapan las miradas y la tentación.

Una vez al año, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (en Jalisco, México), reúne a cientos de editores, libreros, autores y a medios de comunicación de todo el mundo. Y, por supuesto, a los imprescindibles visitantes (y potenciales compradores), que éste año se calculan en cuatro millones.

Durante diez días, la FIL, que el próximo año cumple su primer cuarto de siglo de existencia, convoca al público a firmas de libros de mano de sus autores.  Lecturas de novedades y atractivos conciertos. A numerosas actividades infantiles e  interesantes talleres de creación. Para comer, sabrosos encuentros gastronómicos, etc. A lo largo de su recorrido, podemos llegar a descubrir la oferta de editoriales que ni siquiera imaginamos que existan. Por ejemplo, la especializada en Futbología.

Pero, antes que ser un atractivo mercado literario, la feria es un lugar de encuentro entre editores y distribuidores que buscan cerrar acuerdos entre sus empresas,  en unas pequeñas salas preparadas para tal fin: pequeñas mesas redondas con tres o cuatro sillas cada una, en donde los unos muestran su catálogo y los otros hacen sus ofertas. En una de ellas, me encontré a la hermosa Maite Ortuño, de Trama Editorial.

Por el siguiente pasillo (porque han de saber que la FIL está llena de pasillos que te van guiando al área nacional, internacional, infantil, de servicios, etc.) caigo, sin darme cuenta, en el stand de ARCE (Asociación de Revistas Culturales de España), que hace un par de años ganó el premio al mejor expositor. Me recibe la cálida sonrisa de Patricia, su coordinadora.

Poco tardé en ver caras conocidas: Hugo Vargas, editor mexicano,  y a quien no veía desde hacia diez años; Armando Mena, librero  de la Universidad de Puebla; Manuel Gil, de editorial Siruela… Esto es la Feria, un lugar de encuentros, reencuentros, negocios y, como no, de  gustosas reuniones alrededor de una buena mesa y exquisitos tequilas, guiados por el incombustible editor Manuel Ortuño.

Feliz estaba, tras presentar mi libro “Cuentos chinos” en la Ciudad de México, dar entrevistas y grabar un programa de televisión, cuando entré a las instalaciones de la  Expo. Curiosamente, la última vez que estuve en ese mismo sitio, fue como productora de conciertos. Ocho años después, crucé la misma puerta con una acreditación que asegura que soy: “Escritora”… ¡Las vueltas que da la vida!… Como una imparable noria…

Una de las atracciones de la FIL es que en cada edición hay un país o una región invitada de honor. Al invitado de turno,  se le concede un espacio preferente para que exhiban lo mejor de su industria editorial, de su quehacer cultural y puedan dar a conocer su región, cultura, costumbres, etc. Cuba, precisamente hace ocho años,  presentó a un buen número de sus escritores y editores, a la par que organizó un festival cultural y musical con más de trescientos artistas. Además de sus muestras gastronómicas y artesanales.

Este año, para mi orgullo y curiosidad, el invitado de honor era Castilla y León. Así pues, me fui rápidamente a conocer el espacio destinado a “La cuna del español” como se anunciaba en la publicidad,  tras presumirle a todos los que me iba encontrando que yo vivía, precisamente, en un pequeño pueblo de la provincia de Segovia.

Y, bueno, queridos lectores, poco puedo contarles, porque poco, muy poco, había en ese espacio. La verdad, me quedé parada. Me fui a buscar el programa de actividades de CyL para ver si era yo la que me encontraba sosa, pero no, no era yo.

Tan sólo dos conferencias llamaron mi atención, y en las dos, el protagonista era el querido Don Antonio Gamoneda. Por supuesto, no perdí la oportunidad de acercarme a saludarlo. Nos dimos un par de besos. Su apretón en mi brazo, mientras recordábamos a Carlos, “nuestro Carlitos”, ha sido lo mejor de mi visita.

Cariñosamente, le pregunté qué tal estaba: “Estoy muy cansado”, me dijo, sin soltar mi mano. En eso, apareció un amable caballero, mientras yo le aconsejaba: “A descansar, Don Antonio”. Resignado, me respondió: “Es que este buen hombre no me suelta”, mientras se marchaban a paso lento.

Mientras me alejaba de ahí, en busca de un libro de Roberto Bolaño, pensé en qué había echado de menos. Fueron varias cosas que no encontré en el espacio de “Castilla y León, la cuna del español”. Por ejemplo, ni una sola mención al centenario del poeta Miguel Hernández. Poco o nada de María Zambrano, autora muy reconocida en México. Del importante y prestigioso premio literario, Gil de Biedma, nada. De excelentes poetas como Miguel Casado, Olvido García Valdés, vecinos de la ciudad de León…

La segunda, la que más me chocó, por haber desaprovechado una oportunidad muy valiosa para difundir, a nivel internacional y, precisamente, en el sector interesado, el mensaje de las ciudades catellanoleonesas candidatas a Capital Cultural 2016, Burgos y Segovia, no encontré absolutamente nada más que una foto del acueducto.

El espacio centró gran parte de su atención literaria en la figura de Miguel Delibes. En cuanto a obra expuesta,  además de una extraña disposición de estanterías con obras de diversos géneros; tres vitrinas con libros, supongo que,  incunables, también contaba con una sala pequeña para las conferencias, mal llamada Vinoteca, en la cual yo esperaba encontrar una buena exposición de vinos de Rivera o de Rueda o de la DO de Castilla y León. Lo que había, a la hora del evento, era un agradable camarero ofreciéndonos una copa. Nunca supe de qué vino.

Más tarde, al incorporarme en una animada tertulia, en la terraza exterior de la primera planta de la feria, y en la que se podía fumar y beber una cerveza para paliar los 26º que marcaba el termómetro, confirmé que la agridulce sensación que me había producido la representación de Castilla y León en la Feria no había sido sólo mía: los siete tertulianos de la mesa, cada uno de diferente país, coincidían en que esperaban mucho más de, en efecto, la Cuna del Español. “¡Con la de cosas maravillosas e interesantes que tienen para mostrar al mundo!… Al menos, se podrían haber traído un pedacito del acueducto”, concluyó un editor inglés.

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Mudanza

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Recién notificada la mudanza de las oficinas de Trama editorial, que apenas se movió unos cuantos pasos desde Monte Esquinza a la pequeña, casi mínima, calle de Blanca de Navarra número 6, los curiosos y amigos de Manuel Ortuño nos fuimos acercando a conocer el nuevo territorio conquistado.

Entre cajas, mesas y estanterías; opiniones doctas y sugerencias variopintas, Ortuño tenía muy claras dos cosas: Una, qué había cumplido el proyecto que llevaba abrigando desde hacía mucho tiempo y que era tener un espacio, el suyo, el de la editorial, en esa calle. Lo consiguió en este nuevo local, curioso y acogedor.

Desde la calle  llama la atención, e invita a entrar, la librería que exhibe los títulos publicados en las diferentes colecciones: Largo recorrido, la más emblemática y reconocida de Trama editorial. Cercanías, la de los autores que estamos vivos y gustamos de una caña con nuestro editor. Barlovento, Tipos móviles, Memoria del presente, etc.

El segundo deseo del editor en jefe, el güerito, que bien te escucha con su llana mirada azul y te tranquiliza tomando notas de todo cuanto le has dicho para ―a modo de despedida― decirte sonriendo ¡Ya me has puesto a trabajar!, era tener un hule alegrando las nuevas oficinas.

Así, una tarde de verano, me llamó para preguntarme «Alejandra, ¿cómo se llama el hule en España?» Ficus, le respondí. No, eso no, me respondió. (Poco tardé en hacerme con un buen ejemplar en maceta e irlo a dejar justo en medio de la editorial.)

La cuestión es que en México, el hule es una planta de nuestra vida cotidiana. Casi podría afirmar que todos hemos tenido un hule marcando una etapa importante en nuestras vidas. Como el amor.

El ficus robust, que así se llama en España, es una planta de bellas y tupidas hojas verde oscuro, brillantes y ancestrales. Considerada como una especie «dura», apenas exige atención y, a cambio, va creciendo de maneras caprichosas, aunque con una buena guía, sigue el camino que se le va marcando. Le cuesta muy poco crecer lo suficiente para llegar a ofrecer su estimada sombra. De ahí el popular dicho, que mi abuela solía repetir: «A quién a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija»

Y eso es lo qué hacemos todos los que vamos, estamos, visitamos, Trama editorial: arrimarnos a la buena sombra de nuestro amigo Manuel, que, como el hule, apenas nos exige atención. A cambio, él, generoso, siempre nos cobija…

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Antes de llegar a su nueva casa…

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“Egos a las finas hierbas” de Ruth Toledano (publicado en El País, 11/06/2010)

Allí estábamos todos, con nuestros egos revueltos, como los llama Juan Cruz (“los egos son la materia misma de la escritura”). Egos revueltos esplendiendo sobre la hierba en ese backstage al que se refería el otro día la periodista Lola Huete. Éramos esos excursionistas que han ido a pasar un día de picnic en lo que ella llamaba la trastienda de la Feria del Libro: la parte de jardín, más o menos privilegiado, que hay detrás de las casetas de editores y libreros. Excursionistas librescos, por así decir.

Nos había convocado la escritora Alejandra Díaz-Ortiz, que como es mexicana no tuvo dificultad en sobornarnos con promesas de guacamole. Allí estábamos, en la parte de atrás de la caseta 94, compartida por la editorial Trama y por la joven editorial Veintisiete Letras (cuyo lema son estas palabras, también mexicanas, de Octavio Paz: “Nos hacen falta obras-puente y hombres-puente. Nos hace falta un pensamiento crítico que, sin ignorar la individualidad de cada obra y su carácter único e irreductible, encuentre entre ellas esas relaciones, casi siempre secretas, que constituyen una civilización”).

En ese backyard nos recibieron Alejandra y Manuel Ortuño, su admirable editor, un hombre que hace libros porque le gusta, porque quiere y por lo tanto puede, porque ama los libros, porque cree en la literatura. En sus expositores, una delicia, se codean títulos raros de grandes escritores (Lady Nicotina, de J. M. Barrie; Diario de Adán y Eva, de Mark Twain; Cuentos de una abuela,de Georges Sand) con títulos raros de escritores estrambóticos (París Canalla, de Maurice Sachs; Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Philippe) y títulos raros de escritores exquisitos (Mi suicidio, de Henri Roorda; El amor es la desgracia, de Joan Rois de Corella).

A su lado, codo con codo, los brevísimos Cuentos chinos, de Alejandra Díaz-Ortiz (Siete vidas tiene el gato: “Mi primera vida la perdí jugando a la pelota. La segunda me abandonó buscando una respuesta que nunca encontré. La tercera me la robó un cantante de mala fama. De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón. Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta. La sexta la doné a Soledades sin Fronteras. La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar en lo más profundo de tu boca”). Y junto a ellos, junto a ella, Los mares detenidos, de Carlos Álvarez-Ude, editor de la mítica revista Ínsula, que fue su esposo y pasó recientemente a la otra dimensión, desconocida. El último regalo de su vida fueron sus poemas, publicados por Trama, escritos por Manuel Ortuño: “Resucita el Cantábrico. / He llegado y le hablo, de ti, de mí, de cuando el aire / es viento, o solo eso: / aire, tenue caricia del beso”.

Así, en familia de sangre y en familia literaria, sobre la hierba, bajo la sombra de cualquier árbol (que diría la escritora Bárbara Aranguren -quien también firmará, mañana sábado, en la caseta de Huerga&Fierro Editores, su nuevo libro de relatos,Madame Ming),en un microclima de frescura y cariño que combatía el calor con calor, pasamos el día en la Feria del Libro, rodeados de niños con un cuento en la mano, de perros sueltos, de familias latinas que compartían sandía. Bebimos, reímos, nos tumbamos: okupamos la Feria. Y me dio por pensar que esta edición incorporaba más que nunca esa parte de atrás sobre cuyo césped se tumban los autores, los editores, los amigos, los lectores; me dio por pensar que la Feria del Libro, de las palabras, era más que nunca un pacífico reducto, un refugio neutral frente a la crispación y el miedo que provoca una sola palabra.

Me dio por pensar que esa (esta) crisis maldita nos estaba brindando la ocasión de recuperar el verde, la brisa, la lectura, el simple estar. Que (más allá del negocio) los libros siempre han sido nuestros aliados frente a la soledad, a la frustración, a la incertidumbre, a la confusión, a la tristeza. Que han sido también el mejor reflejo de nuestra alegría y de nuestro amor. Pensé que los libros nos han salvado siempre y que acaso esta sea la ocasión de salvarlos también a ellos de la especulación, de la banalidad, del exceso. Recordé que Carlos Borsani, hombre de teatro, me había dicho que la crisis iba a ser buena para templarnos el carácter: ¿acaso hay una imagen que retrate mejor a un carácter templado que la de alguien concentrado frente a un libro abierto, enfrascado en su lectura, abstraído?

En esas estaba cuando otro editor, Juan González, llegó acompañado del más pospoético de sus escritores, Agustín Fernández Mallo, cuyo alto y gafapastoso ego esplendió como un paradigma en nuestra fina hierba. Tuve fe, entonces, al recordar la Aclaración previa su libro titulado Postpoesía: “De la misma manera que las células actúan por duplicación de lo más pequeño a lo más grande, y acogen en su estructura toda la información del pasado para lanzarla al organismo futuro, la poesía postpoética intenta ser ese germen proteico, esa célula, que recoja la tradición, experimente con ella, la ensamble a todos los ámbitos de la cultura del siglo XXI, y la relance hacia un futuro orgánico, no estático, complejo, sin que por ello deba arrastrar proyectos utópicos del pasado”. Tal aclaración se subtitula El huevo lógico. Entonces pensé que nada está perdido si existen libros así, nucleares. (Si existen momentos así). Feliz lectura, compañeros de crisis. Va por vuestro ego, lógicamente.

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