Seis años Seis

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El gesto y la palabra

El papel en que te escribo
se hace pequeño, es un átomo.
Mis dedos sólo se prolongan
porque te escribo, y te describo
en la intuición, y se acuerdan de ti.

( Los mares detenidos, Carlos Álvarez-Ude, 2010.)

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Porque la memoria es la memoria, más allá de mí. Aquí estoy, endosando la palabra a tu recuerdo. Y echándote de menos. Siempre.

A los seis años de tu último vuelo.

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Inbox

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Descuida, no estoy sufriendo.
Es sólo el poder de tanta ausencia…
(Los mares detenidos, Carlos Álvarez-Ude, 2010)

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La culpa fue de ese inesperado correo, el primero de la mañana. Me solicitaban algo tuyo. Como se trataba de un asunto que te haría sentir orgulloso, decidí buscarlo.

Me acerqué al baúl, el nuestro, ese que no conseguimos llenar. El mismo que lleva conmigo cuatro mudanzas y  dos nuevas vidas, sin abrir. Me hundí en él.

Ya sabes como soy: resultó inevitable mojar con sal más de tres recuerdos. Revolví todo. Me revolví toda.  No conseguí encontrar lo que me pedían.

Entonces, rabiosa de tanta ausencia, te pregunté: «¿Cariño, ¡dónde coño lo has guardado!?»

Bruce me respondió…

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Sí, los recuerdos pulga pican de tres en tres… Sin avisar.

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Ausencia

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No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia…
Antonio Vega

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Pues de ausencia hablamos

que constancia quede:

no solo es ausencia.

La presencia, ahora,

es total. Si cierro los ojos,

te veo. Estás en todo.

Tan solo el contacto falta:

palpar con las manos,

con los ojos ver sin presencia,

sentir esas cimas erizadas,

y no poder decir sima,

pues extensa es en el recuerdo.

 

Mundo toda ella se vuelve

y se disloca el sentido

intentando nombrarla.

 

Carlos Álvarez-Ude, Los mares detenidos, 2010.

 

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* Hoy, 1 de cotubre, tendríamos que celebrar el noveno aniversario “legal” de una vida que no fue, pero sigue siendo…

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Tres años

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Porque nunca siempre tiene un principio.

Y siempre, siempre acaba.

Tres años se cumplen hoy,

De aquel absurdo siempre.

Y, aunque a veces parezca que me distraigo,

Es la memoria de mi piel

La que sigue invocando tu presencia

En estos, nuestros mares detenidos.

Tú, tan alto.

Y yo aquí, tan abajo.

Y tan sin ti…

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Desde tu Insula...Desde tu amigo Luis Alberto...
Carlos Álvarez-Ude (1953-2010)

Como los osos en invierno

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Cuando despiertes, y te levantes,

y veas tu cuerpo en ese espejo de amor,

acuérdate: te estoy mirando.

Obsérvate despacio,

estudia cada uno de tus poros:

me verás, seré «el testigo» de tanta belleza.

 

Vuelve a recordar:

qué poro es el que absorbe,

cuál el que aguarda.

 

Resulta ridículo que, «a estas alturas de la vida»,

vayamos a creer que todo esto es incierto,

una invención, sólo un sueño;

no lo es. Es simplemente vida.

 

Nunca me escondí,

fue que estuve en un letargo,

como los osos en invierno.

 

Los mares detenidos, Carlos Álvarez Ude

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De las pocas cosas buenas que podría contar de 2010, año fatal, es, sin duda, el recuerdo de tu cara llenita de sorpresa y  tu mirada de amor al sentir, por primera vez, Los mares detenidos entre tus esbeltas manos…

Nuestros sueños y tu cuerpo se rindieron a una batalla perdida de antemano… Más tus versos están muy vivos, aquí, conmigo, observándome cada poro…

¡Feliz eternidad 2011, cariño mío!

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“Egos a las finas hierbas” de Ruth Toledano (publicado en El País, 11/06/2010)

Allí estábamos todos, con nuestros egos revueltos, como los llama Juan Cruz (“los egos son la materia misma de la escritura”). Egos revueltos esplendiendo sobre la hierba en ese backstage al que se refería el otro día la periodista Lola Huete. Éramos esos excursionistas que han ido a pasar un día de picnic en lo que ella llamaba la trastienda de la Feria del Libro: la parte de jardín, más o menos privilegiado, que hay detrás de las casetas de editores y libreros. Excursionistas librescos, por así decir.

Nos había convocado la escritora Alejandra Díaz-Ortiz, que como es mexicana no tuvo dificultad en sobornarnos con promesas de guacamole. Allí estábamos, en la parte de atrás de la caseta 94, compartida por la editorial Trama y por la joven editorial Veintisiete Letras (cuyo lema son estas palabras, también mexicanas, de Octavio Paz: “Nos hacen falta obras-puente y hombres-puente. Nos hace falta un pensamiento crítico que, sin ignorar la individualidad de cada obra y su carácter único e irreductible, encuentre entre ellas esas relaciones, casi siempre secretas, que constituyen una civilización”).

En ese backyard nos recibieron Alejandra y Manuel Ortuño, su admirable editor, un hombre que hace libros porque le gusta, porque quiere y por lo tanto puede, porque ama los libros, porque cree en la literatura. En sus expositores, una delicia, se codean títulos raros de grandes escritores (Lady Nicotina, de J. M. Barrie; Diario de Adán y Eva, de Mark Twain; Cuentos de una abuela,de Georges Sand) con títulos raros de escritores estrambóticos (París Canalla, de Maurice Sachs; Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Philippe) y títulos raros de escritores exquisitos (Mi suicidio, de Henri Roorda; El amor es la desgracia, de Joan Rois de Corella).

A su lado, codo con codo, los brevísimos Cuentos chinos, de Alejandra Díaz-Ortiz (Siete vidas tiene el gato: “Mi primera vida la perdí jugando a la pelota. La segunda me abandonó buscando una respuesta que nunca encontré. La tercera me la robó un cantante de mala fama. De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón. Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta. La sexta la doné a Soledades sin Fronteras. La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar en lo más profundo de tu boca”). Y junto a ellos, junto a ella, Los mares detenidos, de Carlos Álvarez-Ude, editor de la mítica revista Ínsula, que fue su esposo y pasó recientemente a la otra dimensión, desconocida. El último regalo de su vida fueron sus poemas, publicados por Trama, escritos por Manuel Ortuño: “Resucita el Cantábrico. / He llegado y le hablo, de ti, de mí, de cuando el aire / es viento, o solo eso: / aire, tenue caricia del beso”.

Así, en familia de sangre y en familia literaria, sobre la hierba, bajo la sombra de cualquier árbol (que diría la escritora Bárbara Aranguren -quien también firmará, mañana sábado, en la caseta de Huerga&Fierro Editores, su nuevo libro de relatos,Madame Ming),en un microclima de frescura y cariño que combatía el calor con calor, pasamos el día en la Feria del Libro, rodeados de niños con un cuento en la mano, de perros sueltos, de familias latinas que compartían sandía. Bebimos, reímos, nos tumbamos: okupamos la Feria. Y me dio por pensar que esta edición incorporaba más que nunca esa parte de atrás sobre cuyo césped se tumban los autores, los editores, los amigos, los lectores; me dio por pensar que la Feria del Libro, de las palabras, era más que nunca un pacífico reducto, un refugio neutral frente a la crispación y el miedo que provoca una sola palabra.

Me dio por pensar que esa (esta) crisis maldita nos estaba brindando la ocasión de recuperar el verde, la brisa, la lectura, el simple estar. Que (más allá del negocio) los libros siempre han sido nuestros aliados frente a la soledad, a la frustración, a la incertidumbre, a la confusión, a la tristeza. Que han sido también el mejor reflejo de nuestra alegría y de nuestro amor. Pensé que los libros nos han salvado siempre y que acaso esta sea la ocasión de salvarlos también a ellos de la especulación, de la banalidad, del exceso. Recordé que Carlos Borsani, hombre de teatro, me había dicho que la crisis iba a ser buena para templarnos el carácter: ¿acaso hay una imagen que retrate mejor a un carácter templado que la de alguien concentrado frente a un libro abierto, enfrascado en su lectura, abstraído?

En esas estaba cuando otro editor, Juan González, llegó acompañado del más pospoético de sus escritores, Agustín Fernández Mallo, cuyo alto y gafapastoso ego esplendió como un paradigma en nuestra fina hierba. Tuve fe, entonces, al recordar la Aclaración previa su libro titulado Postpoesía: “De la misma manera que las células actúan por duplicación de lo más pequeño a lo más grande, y acogen en su estructura toda la información del pasado para lanzarla al organismo futuro, la poesía postpoética intenta ser ese germen proteico, esa célula, que recoja la tradición, experimente con ella, la ensamble a todos los ámbitos de la cultura del siglo XXI, y la relance hacia un futuro orgánico, no estático, complejo, sin que por ello deba arrastrar proyectos utópicos del pasado”. Tal aclaración se subtitula El huevo lógico. Entonces pensé que nada está perdido si existen libros así, nucleares. (Si existen momentos así). Feliz lectura, compañeros de crisis. Va por vuestro ego, lógicamente.

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