Un buen día…

º

Hoy me han dado, por partida doble, la grata sorpresa de publicarme dos relatos inéditos…

El primero se llama “Albino, vino”.  Lo pueden leer en Un cuento al día, la web de Carlos G. Barba, a la que he sido invitada varias veces.

El segundo es  “El club de la lectura”, publicado por el periódico digital Cuarto Poder.

Les invito a descubrirlos…

º

Anuncios

Veraneantes

Como todos los mediodías, nos vamos acercando a la terraza del Chiringuito, el sitio más agradable de nuestro pueblo. Somos un grupo de vecinos que, al paso de los veranos y los largos inviernos, disfrutamos de nuestras mutuas compañías, hablando de temas varios. Bien de literatura, por la parte que me toca. Bien de asuntos médicos, por lo que respecta a Nacho. O de enseñanza y bibliotecas con Nieves, su mujer.

También está Mariano, feliz jubilado del mundo de la cosmética femenina. Como te hayas dado un tinte, él es capaz de decirte –a ojo de experto- el número del color  y cuánto tiempo te los has dejado.

No nos hace falta acordar citas. Poco a poco, Chema, Esperanza, la otra Nieves (con la que nos ponemos al día en política), Chus… etc… van creciendo la mesa. Luego, claro, las rondas se vuelven interminables. Eso, y que Rashid, el simpático dueño del negocio, lo tiene muy claro: no hace falta pedirle nada. Él va apareciendo en la mesa con lo que bebe cada uno y con interminables platos de aperitivos.

Por alguna razón que no recuerdo, ayer  el tema giró en torno a los visitantes veraniegos. En su mayoría capitalinos, dada la cercanía que tenemos con Madrid. Cierto es que, de todos los que nos juntamos, ninguno nacimos aquí. Hemos ido llegando por una u otra circunstancia. Los hay con más de media vida por estos lares y otros que apenas contamos unos pocos años de residencia pero, eso sí, todos muy bien integrados a la vida del pueblo.

Uno a uno, fuimos opinando sobre ciertas actitudes, poco respetuosas, que tienen algunos veraneantes. Por ejemplo, se acercan a comprar el pan y dejan el coche en mitad de la calle, bloqueando el paso al resto de vehículos. Y ni se inmutan. O, se paran a mitad de la estrecha carretera que lleva al bosque, para tomar fotos o vaya usted a saber a qué, y les da igual que tú tengas que salirte por el arcén.

Eso sin hablar de los que consideran que, como están en el pueblo, sus perros son libres de hacer sus necesidades en tu portal y no hace falta recogerlo. Ya se sabe, las cositas se reciclan. Yo tengo un perro al que adoro, y que es medio asilvestrado y feliz, pero sabe muy bien dónde debe hacer lo suyo, por mucho campo que haya dispuesto.

¡Ah! Y las prisas… Menudas prisas tienen nuestros veraneantes para todo: para el pan, para la carnicería, para el bar, para el médico… Por eso, nuestra farmacéutica, Esperanza,  está deseando que termine el verano.  Sus ocasionales clientes no entienden que, si sus recetas no vienen bien elaboradas, ella no puede surtir. Eso, o no cobra ni un duro, que para eso, el sistema gusta mucho de anularlas, teniendo ella que asumir el gasto.

Estábamos tratando de recordar aquel viejo libro, “El manual de Carreño” y lamentando la palpable pérdida de urbanidad y respeto al vecino, cuando una escena nos dejó sin habla:

En la mesa de al lado, cinco mujeres y dos niños. Por su apariencia y vestimenta, quedaba claro que era una familia de “posibles” y que estaban de visita por el pueblo.  Tenían una mesa dispuesta para comer. De pronto, dos de las mujeres se levantan con la niña, de unos tres añitos, y la llevan cinco pasos más allá de su mesa. La que supongo su madre, la pone en cuclillas y espera a que la niña defeque. Una vez que la cría ha terminado, la otra, la que supongo la tía, le va acercando a la madre un sinfín de toallitas húmedas de la mejor marca del mercado para que limpie el culito de la pequeña.

A estas alturas, nosotros, incrédulos, mirábamos como las otras seguían comiendo. La niña salió corriendo, limpita y alegre, mientras las otras dos, madre y, la que supongo tía, recogían los “restos” y los metían cuidadosamente en una bolsa de papel de Massimo Dutti. Luego, la más joven entró al bar y le entregó la bolsa al camarero para que la llevara a la basura.

¡Ni siquiera se tomaron la molestia de acercarla al contenedor que queda justo detrás de la terraza!

Pensaran ustedes, queridos lectores, que el Chiringuito no tiene baño. Pues sí que tiene: dos y muy limpios. Dirán: “es que quedan lejos y la niña no llegaba”. Pues no, están muy cerquita de la terraza. Vamos, habrían terminado antes de haber dado los mismos cinco pasos pero al fondo a la izquierda, que es donde se deben hacer estas cosas.

Y yo digo: los niños hacen lo que ven. Esa niña, de escasos tres añitos, ya aprendió que tiene permiso para hacer lo que le dé la gana dónde le venga en gana.

Ayer entendí lo de los ciento veintisiete mil kilos de basura en Cuatro Vientos. Ell@s están acostumbrados a que los otros recojamos su mierda…

Por supuesto, ellas siguieron comiendo, ajenas a nuestra indignación…

º

Superman

º

Te levantas temprano. Escuchas la radio mientras vas al trabajo. En menos de cinco kilómetros, sientes como se va apoderando de ti un ataque de ansiedad. El mundo está a punto de sucumbir a los perversos ataques kriptoníticos de Moody´s Zod, que gusta de exhibir  su poderío frente a Merkado Luthor. Su único objetivo es conseguir los favores de su prima Ursa Risk.

Y, por si fuera poco, Papa Ratz está a punto de hacer su entrada triunfal para distraer al pueblo. No, si al final va a resultar que los mayas tenían razón.

El locutor advierte que las milicias indignadas están tratando de recuperar la plaza central, sitiada por las tropas locales. No podrás llegar a tu oficina. Decides tomar un respiro. Aparcas el coche. Empujas la primera puerta que te topas con la idea de tomarte un café con leche  y volver a casa. Te has equivocado de lugar. No puedes evitar lanzar un grito desesperado: si el mismísimo Superman está implorando ayuda en ese lugar…  ¡Habrá que darse por jodid@s!

º

(La foto me llegó por correo. Me gustaría saber quién es el autor de tan oportuna imagen)

º

(Sobre Dios) «Desde el principio de los tiempos, los sacerdotes, que siempre se han creído Sus sirvientes designados y asalariados, se han reunido con toda su fuerza numérica y han rogado al unísono que lloviera, sin conseguirlo ni una sola vez a no ser que estuviera programado según las leyes eternas de la naturaleza. Cuando lo consiguieron se podían haber ahorrado el esfuerzo de orar por ellos, si hubieran tenido un servicio meteorológico  competente, pues el servicio meteorológico les podría haber anunciado que de todos modos llovería antes de veinticuatro horas, así oraran o se ahorraran su sagrado aliento.»

Mark Twain, Reflexiones sobre la religión (Trama editorial)

º

Tres amigas y una rusa

º

Aprender de la rusa

 

Por Ana San Romualdo*

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. Mejor dicho, estos días he estado quedando mucho con ‘la’ rusa, porque Irina es la única rusa que ha pisado este pueblo en los últimos 70 años, desde que, cuentan, algún ruso que hizo la guerra para intentar defender la República o para llevarse el oro a Moscú se dejó caer, seguramente despistado, por estas tierras.

El caso es que Irina, una chica monísima, jovencísima, majísima… y rubísima, faltaría más, apareció en el pueblo hace un par de semanas, una buena mañana de agosto, salida nunca se supo muy bien de dónde y armada con una sonrisa arrolladora y unos nulos conocimientos del castellano.

Mi madre, que es una santa, ya lo dice todo el mundo en el pueblo, anda que no le aguantó a mi padre hasta que tuvo a bien pasar a mejor vida, no pudo soportar la idea de que la pobre muchacha, sola en el mundo, no tuviese ni dónde pasar la noche, con el sitio que hay en casa, y si fueras tú, hija, la que estuviera perdida en otro país… Total, que la adoptamos.

Desde entonces paseo a la rusa por las calles del pueblo; yo por la sombra, para evitar el sol que a ella, se ve que por lo del frío que habrá pasado en Rusia, le encanta. Los chicos nos persiguen, las chicas nos esquivan… Y en medio del calor sin tregua, yo estoy aprendiendo ruso…

 

Narcisismo secundario

 

Por Maribel Gil-Sanz**

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. Sin embargo, no la conozco. No me refiero a conocerla en profundidad, no. Quiero decir que tampoco conozco su superficie. Quedo con ella, sí, pero no se presenta a ninguna de las citas. Cada vez me pone una disculpa diferente: todas tan originales que me niego a dejar de quedar. He descubierto, con sus plantones, mi vocación de escritor. Sus excusas alimentan mis relatos.

Andaba perdido, con la única preocupación de ligar un poco al salir de la oficina. Ahora sé a lo que quiero dedicar esa energía que desperdiciaba entre mujeres que no me importaban nada en realidad.

Creo que la rusa ha comprendido lo que quiero de ella y me sigue el juego.

Temo que me plante definitivamente o que empiece a presentarse a las citas y sus pretextos dejen de ser mi fuente de inspiración.

¿Y ella? ¿Tendrá deseos de convertir esos imaginarios encuentros en realidad? Mi única esperanza es que sea tan fea que no quiera dejarse ver o que esté utilizando mis variadas formas de perdonar sus plantones para escribir algún tratado de psicología.

 

Puenting

 

Por Alejandra Díaz-Ortiz

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. No suele ser muy puntual cuando acordamos una cita, pero siempre llega, aunque sea temprano.

Algunas veces le gusta dar largos paseos por el campo. Asegura que el aire fresco y el olor de la tierra la relajan. A mí no es que me encante lo de andar pero, si ella lo pide, ¿quién soy yo para negarme?

En otra ocasión, llegó muy entusiasmada con la idea de tirarnos de un puente. Claro que, asustada, me negué en rotundo. Ella me explicó que a esa experiencia se le llamaba puenting. Me aseguró que contaba con muchas medidas de seguridad homologadas por no sé cuántos ministerios. En algún sitio había leído que la descarga de adrenalina era atómica. Al final, me convenció de hacerlo cuando me juró que era una inigualable terapia de choque para recolocar la autoestima a su nivel más óptimo.

Y no se equivocó: desde entonces, no quepo en mí.

Es verdad que sus visitas me producen una inmensa y desconocida felicidad. Su costumbre es aparecer sin avisar, por lo que casi siempre me sorprende. Hábil, me conmueve con sus locuras y, a veces, también se ríe de mí. (Y no conmigo, que sería lo suyo.)

Desde que empecé a quedar con ella, mi rutina está vuelta de cabeza. Es como una niña malcriada: nunca pide permiso para cantar, para bailar, para irse… Igual se mete a la cama conmigo toda la noche que se queda como ausente en un rincón, ignorándome, perversa. Al rato está de lo más dicharachera y al siguiente está más triste que una plañidera.

Más, os voy a confesar, y no lo repitáis, os lo suplico, es que comienza a visitarme la fatiga con tantas idas y venidas. No, no me juzguéis mal: no soy una malagradecida. Para ella, sólo albergo infinita gratitud en el corazón y la plena disposición de mi cuerpo para satisfacer todos, y cada uno, de sus caprichos. Pero, si al menos observase un horario o la cortesía de advertirme sus visitas, yo podría complacerla de mejor ánimo.

Sí, señor, lo sé. Vos me los advertisteis: así son las ru… ¡Ay, de mi torpeza! Habrá de disculpadme, gentil lector. ¿Cómo he podido cometer tamaña errata? Seguro que fue ella, jugándome otra de las suyas… Quise decir musa… ¡M-u-s-a!

(Qué no es lo mismo pero bien podría ser igual.)

º

* Ana San Romualdo, periodista.

**Maribel Gilsanz, escritora.

Ambas, segovianas.

º