Cleopatra

 

 

al poeta Antón Castro



“Tuvimos tiempo. Pero no el suficiente.”
(Liz Taylor)


Cuidado con ese momento en que el recuerdo te traicione y enmascare la nostalgía. Cuando lo amargo se transmute en imperioso deseo. Cuando lo feo se tiña de ensoñada belleza y la ausencia se troque en incómoda presencia.

Atento a ese instante en que te descubras añorando el infernal averno de aquella indeleble mirada.

De esa, y no de otra.

Entonces, justo en ese preciso instante, huye del teléfono más cercano como quien huye de la peste.

Házme caso, por tu bien, no escudriñes en las buenas intenciones. Recuerda que se envenenaron de palabras no cumplidas. No lo olvides.

Corre. Conjura la insensata tentación de volver atrás. No te detengas. Blasfema contra tus miles de demonios.

Porque es inútil, Marco Antonio, te lo aseguro. Ni yo, el mismísimo Burton, lo conseguí.

Los ojos de ella jamás cambiaron de color…

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Crónica de una pregunta inevitable

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Se lo fue advirtiendo por activa, por pasiva y hasta por reflexiva.
Lo hizo por la mañana, por la noche, y algunas veces, por teléfono.
También a voces. También sin voz, pero por escrito. Una vez trató en silencio.
Alguna tarde lo intentó con risas que, inevitables, se trocaron en sal.
Por ahí leyó que era bueno hacerlo con velas y vino. Tan solo consiguió enturbiar la oscuridad.
Lo probó con todo y se quedó sin nada. Al final, un mal día, se rindió.

− ¿Cuándo dejaste de quererme?, le escuchó preguntar desde el fondo del insomnio.

No consiguió responder.
También se le habían muerto las palabras.

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Me voy, Julieta Venegas.

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Pre-fijo

− Me siento desamado…

− No se dice así.

− ¿Y cómo es?

− Tendrías que decir: «no me siento amado», por ejemplo.

− Pues con, o sin ejemplo, yo me siento desamado… Y sentirse así no es lo mismo que no ser amado…

− Mira que eres necio, hombre… Desamado no existe…

− ¿Qué no?… ¡Mírame!