Juan, Majadero Jones…

“Una explicación que nadie me ha pedido.
La palabra MAJADERO viene de “majo” (martillo de hierro) y este del latín “malleus” (martillo). Originalmente se refería al palo que sostiene la cabeza del majo. Luego pasó a designarse a la persona que usa el majo. Luego a la persona que importuna o molesta con el ruido del majo.
Finalmente a la persona necia y porfiada que no para en sus majaderías.
Creo que he elegido bien. “

(Juan, Majadero Jones)

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La muerte, como noticia, siempre conmueve, aún cuando se trate de muertes lejanas. Más, si la noticia es sobre alguien cercano, duele como un golpe bajo, muy mal dado.

Ayer, mientras comía  tacos y bebía tequila, alegremente,  en Madrid, recibí un mensaje que nunca habría querido leer: «Juanito, Majadero Jones, se ha ido».

Le conocí en mis épocas de «tabernera». Apareció en la barra del brazo de Aurora, su pareja. Me retó: «¿No tendrás tequila bueno, mexicana?»… Y yo, que soy como soy, le saqué una botella de Tradicional y me quedé tan ancha.

A partir de ahí, nos fuimos haciendo amigos. Comidas, veranos, vinos y barra. Luego llegó el facebook y nos «veíamos» más.

Solía verle acompañado de Toñín y de Pilar, esa pareja maravillosa que, como Juan, saben transmitir su afecto en abrazos y besos bien dados. Ahora, todos estamos muy tristes. Se ha marchado con sus apenas cincuenta y un años, sin despedirse, como solía hacer.

El último trago de mi tequila, Juan, fue por ti.

¡Buen viaje!

(Y salúdame a Carlos…)

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Majadero Jones y la pandilla del terror...
Majadero Jones y la pandilla del terror…

Genuflexiones*

I

«Nunca» es una medida de extensión muy amplia donde «siempre» es un espacio muy breve.

II

La distancia entre dos puntos no es, necesariamente, la línea recta. Entre la vida y la muerte, hay muchas curvas.

III

De un buen tahúr y de un buen amante, lo que más se estima es su destreza para cambiar dos besos por media mentira.

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*Del libro Pizca de sal, Trama editorial (2011)

 

Where are we now?

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¿Dónde estamos ahora?, se pregunta Bowie.

David, David… En domingo no se disparan esas preguntas.

Pero, en todo caso, ya estamos más cerca de la primera línea.

 

(O la última, según se mire.)

º

 

«… ¿Dónde estamos ahora?
El momento en que lo sabes,
Sabes que lo sabes.
Mientras haya sol.
Mientras haya lluvia.
Mientras haya fuego.
Mientras esté yo.
Mientras estés tú.»

 

 

De cuando bailé con Pancho Villa

«Mientras toca un grupo a lo lejos,
imagina que a tus pies está el cantante…»
(Arando al aire, Jaime López)

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Todo comenzó sobre las once de la mañana. Apenas una hora después de haber aterrizado en Durango, México.

Habíamos aceptado hacer ese concierto con muchas dudas. Cuando nos llamaron los hermanos Dorador, lo primero que me dijo Jaime fue: «¿Durango?… ¡Pero si nadie va pa´llá!»

Bajamos a la cafetería del céntrico hotel Casablanca, donde nos hospedaron.

Dábamos buena cuenta del desayuno típico: caldillo duranguense, cerveza y café, cuando de repente comenzó a sonar un piano. El sonido era viejo, casi rancio. De sus teclas salía el tema de la película que daba nombre al hotel.

No, no era Sam el que tocaba.

Era un hombre sin edad precisa, con un pequeño bigote encima del labio superior. Y con ese gesto tan de los pianistas de bar: melancólico, harto y resignado. Eso sí, de traje y corbata, impecable, a pesar de que, ni había llegado el mediodía ni era la hora de las copas. Era como un espectro: fuera de lugar y tiempo.

Jaime y yo nos miramos, sorprendidos. Guardamos silencio por respeto a nuestro particular Sam. Y porque éramos los únicos en el restaurante.

Entonces, justo al otro lado, algo llamó nuestra atención. A través del ventanal de la cafetería, mitad inferior opaco, mitad superior clarísimo, vimos la cabeza de una jirafa. Luego la trompa de un elefante. Apareció y desapareció un enano dando piruetas en el aire.

Se asomaron los payasos…

Jaime cogió mi mano. La apretó con fuerza, mientras me llevaba hacia la habitación.

«Chinita, lo que no pase en Durango no podrá pasar en ningún otro lugar», me dijo, y me dejé alucinar…

No fue nada extraño que la historia terminara siendo canción. Y que yo terminara bailando con Pancho Villa y bebiendo tequilas con su nieta.

Tras cuatro años juntos. Dos discos bajo mi producción. Muchas giras y conciertos; un par de video clips, algunas canciones y varias despedidas,  Jaime y yo nos reencontramos hace muy poquito, no en Durango, si no en el Acueducto de Segovia… Y, por supuesto, seguimos alucinando…

Pero, esa ya es otra historia…

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Pasen, pasen y vean a Pancho Villa bailando con servidora… 

*Por cierto, la señora que aparece en el bar, es una de las nietas del mismísimo general… ¡Ah! Y las piernas, mías…

Biznaga de Neón era mi empresa…  Sí, nostalgia pura y dura…

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