La mochila

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Ayer, a propósito de unos textos que estoy transcribiendo, comentaba con MO que desde mi juventud no había vuelto a leer, ni a escuchar, términos como “dictadura del proletariado”, “la revolución de las masas”, “centralismo democrático”, “moral comunista”… Y es que el texto en cuestión tiene  mucho que ver con una ardiente defensa de la Revolución Cubana, allá por el año 1974.

Así, lo último que podría imaginar es que hoy me despertaría con la muerte de Fidel Castro. Es curiosa la vida.

Hace cuatro años que escribí “Los hijos de la Revolución”  (publicado en Pizca de sal, Trama ediorial),  un cuento en el que imaginaba un “diálogo imposible” entre Fidel y el Ché acerca de sus respectivos hijos. Y es que yo nací en, crecí con  y heredé la defensa de aquella revolución. Aún recuerdo a mi padre con su eterna sudadera de la bandera cubana. En mi casa familiar, Cuba era Cuba. Y punto.

Hoy, tras la triste noticia, tengo la sensación que, de pronto, me he hecho mayor. Fidel era la última referencia viva de mi infancia y juventud como activista revolucionaria, cuando la mochila la tenía llena de ideales, energía y sueños para cambiar el mundo. Hoy, la mochila se ha quedado vacía…

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El 25 de noviembre de 1956, zarpa de Tuxpan (Veracruz, México) el barco Granma rumbo a la revolución cubana. Fidel Castro eligió ese mismo día, pero de 2016, para zarpar a otro plano.

Octavio Paz y España

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En esta carta de 1962,  Octavio Paz habla de su amor por España: “Le confesaré que me dió gran alegría publicar en España, estar cerca de los españoles, fue y es uno de mis sueños. Cada día me siento más español. Y un día me iré a vivir entre ustedes.”

Más adelante, Paz recomienda a algunos autores mexicanos: “…Lo que haga Xirau estará bien hecho. Por lo pronto, le adelanto algunos nombres. Entre los poetas (parto de la idea de que se trata de la “joven literatura mexicana”) hay tres nombres indispensables: Jaime Sabines, Marco Antono Montes de Oca y Tomás Segovia…”

En referencia a los cuentistas, escribe: “… Juan José Arreola, Juan Rulfo y Elena Garro: para mí son los tres más importantes. Rulfo parece que ahora escribe poco y que se rehusa a publicar…”

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Julia

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Para el día de ayer tenía planeado presentar en sociedad a Julia.

Más, como decía Lennon, la vida es lo que pasa mientras planeas otras cosas. Y, por desgracia, la tristeza se impuso a la alegría. Como la vida misma.

Hoy, con un poco de mejor ánimo, quiero hablarles del nacimiento de la colección Hypatia, promovida por el jovencísimo sello ViveLibro Editorial, y que surge con el espíritu de editar obras escritas por mujeres.

Detrás de este nuevo proyecto se encuentra un buen equipo de profesionales, con mucha experiencia en el sector del libro, y mucha pasión por la literatura. Su objetivo es publicar autores a su cargo, en papel y en formato electrónico. También ofrecen la posibilidad de la autoedición para todos aquellos que quieran ver sus obras publicadas, y no tengan -o no quieran- una editorial.

Y, sin esperarlo, tuve el honor de que me invitaran a formar parte de sus autoras con una obra mía.

Julia es una novela breve. Ya saben, querid@s lector@s, que la brevedad es lo mío. Es una novela íntima. Dura. Cuenta la historia de dos mujeres que, por casualidades, y causalidades, del destino, se encuentran en el mundo virtual. A partir de ese primer contacto, entablan una relación de complicidad electrónica, en la que van desnudando sus almas, sus tristezas, sus miedos y su desgarrada realidad.

Soledad, amor, música, desamor, muerte, drogas y violencia de género, son los mundos en los que gravitan María y Julia. Dos mundos alejados entre sí, pero que, como espejos, se cruzan a la velocidad de los megas y de la desesperación.

Esta novela, que comencé a escribir en México, está llena de ciudad y de mar. Hay  una parte, la de Julia, que, como aclaro en el libro, sí existió, fue escrita, en gran medida, por ella. Luego, desapareció sin dejar rastro. Así que, ojalá, este libro llegue a sus manos y se haga presente. Después de tantos años, sigo esperando su regreso.

Para esta edición, como un extraordinario lujo, mí admirado amigo, Armando Ledoux, magnífico ilustrador uruguayo, «nacido en 1930» −me pide que lo destaque−, se hizo cargo de la portada y de una serie de ilustraciones que, a modo de necesaria pausa, van acompañando al texto.

El «embarazo» de Julia ha sido corto. Considerando que estaba en la «incubadora» desde hace años, una vez corregida por mi amado Carlos,  a la espera de encontrar los «forceps» adecuados a sus propias necesidades.

Dado que esta obra se aleja, y mucho, de mis amados, e irreverentes, cuentos breves, editados por la también, irreverente Trama editorial,  dejo, por esta ocasión, a Julia en manos de otro buen editor.

Porque Julia, es todo menos divertida. Porque la violencia de género es un tema muy serio, demasiado serio. Por ello, en forma de colofón,  se incluye una reflexión escrita por María Martín Barranco, Especialista en Igualdad, mujer muy comprometida con el tema de género, a la que agradezco de corazón, su tiempo, e interés, por formar parte de este libro.

 Lectores y lectoras, les presento a mi niña bonita…

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Julia, Col. Hypatia, ViveLibro (2013)
Julia, Col. Hypatia, ViveLibro (2013)

De árboles y recuerdos

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Cuando un amigo se va
Se queda un árbol caído…

(Facundo Cabral)

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La muerte nunca es una buena noticia. Pero, cuando se trata de una muerte con nombre y apellidos conocidos, impacta. Si, además, es alguien con quien se vivió alguna parte de nuestra vida, duele.

Más lo peor, si hay algo peor que la muerte misma, es la forma en que llama a la puerta. Facundo Cabral no merecía morir acribillado en mitad de la nada. Ni él ni las miles de víctimas que caen día a día en esas tierras de nadie, donde, como alguna vez escribió José Alfredo Jiménez: “La vida no vale nada”.

A principios de los noventa, en el recién remodelado Auditorio Nacional de la Ciudad de México, se anunció un concierto de Facundo Cabral promovido por la empresa Showtime, para la cual yo trabajaba en la producción de “Proyectos Especiales”.

Mi jefe, Darío de León, el promotor de los proyectos culturales en la empresa de moda y que se encargaba, básicamente, de artistas como Rocío Dúrcal, Luis Miguel, Camilo Sesto, Juan Gabriel, etc., decidió que yo me hiciera cargo de esa área por las “peculiaridades” de los artistas del “otro tipo”. Eso incluía la atención a Serrat y Doña  Amalia Rodríguez en el concierto de la Primera Cumbre Iberoamericana; una gira con Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba por todo el país; a Pablo Milanés… y al cantautor argentino.

No dejó de extrañarme que insistieran en hacerlo en ese recinto. Demasiado grande (casi diez mil butacas) para un concierto en domingo a las seis de la tarde, con un artista muy conocido en México, pero en un sitio muy complicado de llenar. Más me extrañó que me dieran carta libre para el presupuesto de un evento que, de antemano, arrojaba perdidas. Ingenua que era una.

La mañana de un mes después de promoción,  estaba en la puerta del avión para recoger al artista. Así conocí a un hombre encantador, simpático, seductor y muy inteligente, que llegaba con un severo problema en los ojos, por lo que jamás pude ver de qué color los tenía. Siempre, entre él y yo, sus gafas negras.

Para hospedarle, escogí el Hotel Imperial de la avenida Reforma. Le gustó tanto el sitio que ya no quiso salir de ahí hasta el mismo día del concierto. Casi todas las entrevistas se hicieron en ese exquisito lugar que, según presumen sus directivos, es una réplica del hotel María Cristina de San Sebastián. Yo diría que sí…

Llegó la tarde del concierto. El público, tal como esperaba, fue muy escaso pero entusiasta. Creo recordar que el concierto duró casi tres horas. Una ovación de pie le despidió. Entre bambalinas, celebrábamos que ese domingo nos iríamos pronto a casa (lo normal, en día de concierto, era terminar de madrugada). Se hizo el silencio, las luces de la sala  se fueron encendiendo. Y, entonces,  nos sorprendió escuchar a Don Facundo Cabral:

“Querido público, afuera hay un puesto donde pueden comprar mis libros y mis discos. Luego, el amable personal de éste hermoso teatro,  les traerá hasta mi camerino para que yo se los firme…”

Los técnicos, el personal de seguridad, los trabajadores del Auditorio, mis compañeros de producción, y yo misma nos quedamos mudos: ¡la cola sumaba quinientas personas! Iban entrando, uno a una, a saludar al artista que se interesaba por la familia, los hijos, el trabajo, los amigos, etc… Les firmaba, les dibujaba, les besaba…

Y nosotros, esperando a que terminara lo inesperado. Sobra decir que yo llegué a casa más allá de la madrugada. Que el presupuesto se elevó en demasía por el pago de horas extras del personal. Y que el autor agotó todas las existencias que llevaba de su obra.

Horas largas más tarde, cuando por fin se fue el último peregrino, la encargada del recinto, que no podía irse hasta que el artista hiciera lo propio, le soltó, al despedirse – disco firmado en mano: “Señor, desde ahorita, con todo mi cariño y respeto, le voy a llamar Fecundo Cab… n”. Él se echó a reír y le respondió: “Lo siento, querida, pero vos no sos la primera,”…

Dos días después le dejé de nuevo en el Aeropuerto. Antes del obligado beso de despedida y las promesas del reencuentro, me encargó que, en su nombre, ofreciera sus disculpas a todos los que aquella noche tuvimos que esperar. “Es que vengo tan poco, querida. Y la gente, mi gente, está tan necesitada de cariño”…

Luego, me regaló un libro y un disco. A modo de dedicatoria, había dibujado un árbol…

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Mensaje para Alfredo Téllez

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Querido Alfredo,

 

No encuentro otra forma de localizarte más que mi blog, al que visitas con cierta frecuencia. No has dejado correo ni mayor dato para poder localizarte.

Esta mañana nos hemos despertado con la terrible noticia del terremoto en Japón. Estoy rogando -no sé bien a qué o a quién- para que te encuentres lo mejor posible y que tu familia, amigos y conocidos no hayan sufrido más que las consecuencias de ser testigos de tan inesperado suceso.

No puedo evitar recordar a nuestro México en 1985. Y el cuerpo ha recordado, también, la angustia de la falta de noticias en la distancia.

En una sucesión de imágenes,  te he visto sentado en aquella inmensa mesa de Tamiahua, presidida por el Tobi.

Espero que puedas leer estas líneas y que nos hagas saber que todo va bien.

Nuestro abrazo solidario (hablo en nombre de l@s Díaz-Ortiz), y no dudes en pedir cualquier cosa que haga falta.

 

Alejandra.

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