Back stage

No soportaba su voz. Ni sus canciones.

No le atraía su cara, ni su música, ni su traje. Le resultaba irritante la impertinente admiración de sus fans. Las luces engordaban su fama y el público pagaba sus facturas.

Era un gran fraude, y lo sentía. En lo personal, jamás habría pagado una entrada para asistir a su propio espectáculo. En cada función se sabía aún más patético que la noche anterior.

Pero ahí estaba, en mitad de su concierto, frente a una masa extasiada que amaba todo lo que a él le resultaba insoportable.

Bis. En el camerino, un cambio de ropa. Se miró de frente: no, no se gustaba nada.

¡Maldito espejo que jamás aprendió a aplaudir!…

º

º

Punto final

ºdec

El tener algo abandonado el blog no ha sido por un repentino ataque de pereza o, porque, ¡al fin!,  asumí mi pasión por la vagancia. Tampoco andaba de parranda ni, mucho menos, perdida en el mar (que ya me gustaría).

Todo lo contrario. En este periodo de ausencia voluntaria, he estado dando forma al nuevo hijo literario,  cobijada por los  amables aires serranos.

Ha sido difícil poner el punto final. La parte más dura del asunto, pues siempre queda la sensación de poder hacerlo mejor. O de estar equivocada de principio a fin. Una palabra cobra importancia capital a mitad de la noche. Las dudas se mezclan con el café de la mañana.

Ayer, más que nunca, tuve que recordar las sabias palabras que Carlos me dijo en su día: “O lo das por terminado o te pasarás el resto de tu vida mareando la misma obra”.

Así pues, querid@s lector@s, comunico que ya está. Qué, como buena madre, creo que mi hijo ha quedado guapo tal como le he dejado.

Por ello, aquí -y ahora-, dejo constancia del punto final. Juro, y perjuro, que no lo volveré a tocar.

Si las cosas van bien, estaremos de parto editorial por ahí del mes de octubre…

º

Sexo

“No es tu boca  -tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo en que bebo…”
(No es nada de tu cuerpo, Jaime Sabines)

 º

A mí me gusta la palabra «Sexo».

Sexus en latín y que, en su origen, según Plinio, se utilizaba para referirse al sexo femenino e incluso, llamar a la mujer.

Me gusta como palabra porque contiene una «X» que, gráficamente, es una conjunción: el cruce de dos líneas que producen un infinito fonema. Porque comienza con una afirmación: «Se». Porque, aunque le amputes la última letra, no se queda coja.

Empezó a gustarme cuando descubrí que no se podía poner encima de la mesa de la casa de mi abuela paterna. Una palabra prohibida era lo que yo necesitaba para reivindicar mi adolescencia.

Tampoco se podía sacar a pasear con el chico que te gustaba, a riesgo de que te elevara a la condición de «chica mala». (Lo que tampoco estaba mal, según descubrí al paso del tiempo.)

Me gusta porque es una palabra que incomoda a los correctos. Una palabra roja. Una palabra indecorosa. Una palabra apátrida. Contestataria. Rebelde. Atea.

Sexo es una palabra sin sexo. No es masculina ni femenina: es de todos. No tiene edad ni raza ni condición social. No depende del «Señor Mercado», tan en boca de todos, últimamente.

La palabra sexo es víctima de si misma. Habita en la cabeza de todos a modo de una pobre cenicienta del léxico. Pocos poetas se han atrevido a utilizarla tal cual. Prefieren las metáforas, como si sus cuatro letras desnudas mancillaran los versos.

Aunque no es separatista, se le  utiliza para separar al hombre y la mujer. Por ejemplo, en los papeles a rellenar. También suele separar a quién haya cometido el pecado de buscarla más allá de las fronteras establecidas en los continentes de dos.

En general, se la encuentra parapetada en el área de servicio de la cabeza de los seres pensantes. Aunque nos gustaría utilizarla más que pensarla, muchas veces la negamos, cual viles Judas.

Otras tantas, juramos por ella en vano. A veces nos traiciona. La mayoría, la traicionamos a ella.

No obstante, es la primera en acudir al llamado de una mirada, de una caricia, de un beso, de una primavera, de una revolución, de una mano solitaria, de un corazón enamorado, de un recuerdo, de las ganas de sentir.

Sí, hoy día del español, reivindico la palabra sexo. Me gusta.

º

“No estaba muerta, andaba de ferianta…”

º

Este fin de semana termina la Feria del Libro de Madrid…

Un buen pretexto para echar el último vistazo a las tentaciones de papel. Saludar y despedirse de los amigos que nos iremos encontrado caseta arriba, caseta abajo. Firmar algún libro o pedir que te lo firmen.

Como aliciente, la #acampadatrama vuelve a ofrecer su tradicional guacamole, vino y buen rollo a todo el que se acerque a la caseta 214 de Trama editorial. 

El sábado 11  firma Iñigo García Ureta su “Éxito”. El domingo 12 a las 12, Juan Ángel Juristo hará lo propio con las dos novelas que tiene publicadas con la editorial.

Servidora, encargada del manjar azteca, andaré por ahí, con mis “Cuentos chinos”…

º

º

º

Rutina (Club de las canciones: El libro)

º

Por la mañana, libro la batalla con el libro que no acabamos de escribir.

Luego, muero cada noche. No me libro.

(¡Alabado sea Gutemberg!)

º

º

Sin duda,  una de las imágenes que más me ha conmovido recientemente con respecto al libro, se dió a consecuencia del desalojo de la acampada en la ciudad de Barcelona: un grupo de chavales se defienden del avance de las fuerzas del orden mostrando sus libros al tiempo que gritan: ¡soy estudiante no un delincuente!

¿Qué mejor uso se le puede encontrar a un libro? Un escudo contra la ignorancia. Una defensa contra la mala educación. Un arma cargada de cambios…

º

º

Fueron los chinos ¡ay, los chinos! los que imprimieron el primer libro en el año 868 de nuestra era. Utilizaron para ello planchas de madera y el texto, una traducción del hindú, de «Sutra de diamante». Pero es hasta 1449, cuando Gutemberg publica el primer libro tipográfico: «El misal de Constanza».

º

º

Un viejo chiste…

― ¿Profesión?

― Soy escritor.

― ¡Ah! Ya… Pero ¿cómo se gana la vida?

º