Busca y captura

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a Óscar Berdugo, autor de la primera frase.

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― Un zulo empapelado con su nombre…

― ¡¿Un qué?! ― preguntó, desconcertada, la inspectora jefa.

― Pues eso, señora: dos metros cuadrados empapelados de…

― ¿Y las armas, los explosivos, la propaganda subversiva…? ― le interrumpió.

― Señora, de eso no hay ningún rastro ― contestó, decepcionado, el subinspector.

― Nos hemos equivocado de cabo a rabo, jefa. La pista, en este caso, ha sido falsa: de terroristas ni el aroma. En mi opinión, esto tan sólo es obra de un psicópata enamorado ― intervino la novata.

― Así que con mi nombre… ― murmuró, mientras olisqueaba el ambiente.

Por la madrugada, antes de entrar a casa, desenfundó su arma. Sin encender la luz, se aseguró de que las ventanas estuvieran bien cerradas y aseguró las puertas. Subió hasta su habitación, se desnudó. De un salto bien calculado, cayó sobre el sujeto que parecía camuflarse entre las sabanas. Apuntándole a la cabeza con su treinta y ocho reglamentaria, le advirtió:

― ¡No te muevas, aprendiz de terrorista!… Ahora, me vas empapelar el cuerpo con la misma diligencia con que hiciste tu agujero…

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(Mio)cardio

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No fue el colesterol ni el exceso de grasas. Tampoco tuvieron la culpa los dos paquetes de tabaco diarios ni el último gintonic. El stress no fue el causante, ni el insomnio ni las citas clandestinas.

 

No, fue el desprecio de sus ojos lo que le mató.

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La primavera es pelirroja

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a Ruth Toledano, porque la quiero.

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El día de hoy entra oficialmente la primavera. Y llega como debe ser: una mañana soleada, alborotada por el ir y venir de los pajarillos que apuran sus nidos y sus mejores trinos de amor.

También hoy se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, un tema del que aún queda mucho recorrido por hacer.

En todo el mundo, los poetas celebran el Día de la Poesía, lo que me recuerda lo mal que he quedado con Norberto García Herranz, entusiasta y comprometido poeta y organizador del Día de la Poesía en Segovia. Este año me acercaré al teatro Juan Bravo y veré si puedo volver con el ejemplar del libro editado el año pasado y en el que se incluyen algunos versos de Carlos.

Curiosamente, hace ocho años, nos manifestábamos en la Puerta del Sol al grito de: NO A LA GUERRA. Hoy estamos siendo testigos, impasibles, del comienzo de una nueva intervención militar. Nos dicen que ésta tiene carácter humanitario. ¿Acaso no fue el mismo argumento utilizado en la guerra de Irak?  Las razones no han cambiado: el petróleo y los oscuramente claros intereses económicos, valga el oxímoron.

Pero, también hay un buen recuerdo. El 21 de marzo de 2003 tuve el privilegio de conocer a una mujer pelirroja natural en Madrid, lo que ya la hacia única en ese momento.

El encuentro fue en el salón de su casa en Chueca, ahumado, en ese momento, por muchos de sus amigos que también lo eran de Carlos, quien le había pedido prestado el «nido» a su mejor amiga. Cuál sería mi sorpresa al llegar ahí, yo con toda la vergüenza de quien se siente culpable por andar cometiendo pecado, y ver aquella fiesta tan divertida. Pensé «nuestro gozo en un pozo».

Más la sorpresa fue mayor cuando, a los diez minutos de nuestra llegada, aquella curiosa pelirroja llamó al orden y se llevó a todos sus invitados a otro sitio. Creo recordar que dijo algo así como: ¡Vamos, que estos chicos tienen que quedarse solos! Yo no entendía nada. «Esto en México no pasa», me dije. ¡Una cita de amor clandestino, de pronto, se había convertido en todo un suceso público!

Antes de cerrar la puerta de su casa, la hermosa pelirroja, que luego se convertiría en mi comadre (a la mexicana) en mitad de nuestra accidentada boda y, que a la fecha, considero cuasi una hermana, aunque nuestra historia es tan atípica como nosotras mismas, me plantó dos besos y me dijo: Te dejo el corazón rojo encendido…

Esa noche, a la luz del corazón rojo, Carlos escribió estos versos a modo de ofrenda. Hoy, 21 de marzo, ocho años después, los encuentro por demás significativos: la primavera, la guerra, la civilización, el amor, la ausencia…

La ausencia

Ahora mismo te estoy viendo

con esa expresión tan tuya:

un rictus en la boca

que significa.

Los ojos entornados,

mirándote el corazón,

pensando -poco- el sentimiento.

Y, de repente, la luz

que, aunque en el cielo poco le queda,

tú la pones, farola de la vida,

de toda nuestra vida.

Esos ojos rasgados

que miran del todo

y, aun pareciendo ausentes,

delatan ternura, pasión

que tú mereces.

Llegó la primavera

y nos sorprendió reunidos.

Sí, re-unidos, pues -estoy seguro-,

nos vimos en otra parte,

y el imán nos fue acercando

hasta el encuentro.

Dos mundos,

varias civilizaciones,

hicieron explosión.

No para la guerra,

sino para la ternura,

para escucharnos,

para acariciarnos despacio

y poder decir

que aún existe el respeto,

y, más que nada,

esa manera de estar completa

que significa amar,

amor.

No tengo palabras para despedirme. Sólo te guiño un ojo y, más tarde, te haré una caricia y te daré dos besos, que no son blasfemia ni derrotas, sino regreso a la inocencia perdida.

Bexos,

Carlex

(N.- Lo transcribo tal cual lo recibí)

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Variaciones sobre el pájaro azul

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I

La primavera se acerca.

Hay un pájaro azul a la vera del rio.

Ella lo intuye.

Él aún no lo sabe.

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II

Cuenta una vieja leyenda que hubo una vez un pájaro azul que solía despertar al sol con sus trinos.
Una cálida mañana se posó a su lado un hermoso colibrí mágico. Mostrarse las alas y comenzar a quererse fue todo junto. Con él aprendió a volar, a peinar sus plumas y a no temer.
También le enseñó a cantar. Al principio, lo hacían juntos. Luego, al llegar el invierno, el pájaro azul se quedaba cantando solo. Al volver la primavera,  enredada en las alas del colibrí,  se volvía a escuchar su alegre coro por todo el bosque.
A veces, el colibrí mágico desaparecía por más de dos estaciones, pero el pájaro azul nunca dejó de cantar sus nombres.
Era la señal que habían pactado para no perderse nunca…

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Idus de Marzo

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Nada más salir de la estación de Recoletos, le vio parado justo enfrente de la puerta de la Biblioteca Nacional. Le hizo una señal con la mano que él no advirtió, así que caminó hasta el paso peatonal para cruzar la avenida y darle alcance.

Para cuando llegó al punto, él ya no estaba. Miró a su alrededor: no podía haber ido lejos. Mientras dudaba la dirección a seguir, alcanzó a ver como se sentaba en la terraza del bar “Los espejos”. Retrocedió en sus pasos hasta el semáforo. Espero pacientemente la luz roja para los coches.

¡No puede ser! ― pensó al descubrir que en el lugar no había ni dios. ¡Pero si te he visto sentarte aquí mismo, joder!, le reclamó a nadie. Un poco molesta y otro poco desconcertada, dedujo que habría seguido el camino de todos los días, así que echó a andar por la calle de Génova hacia Alonso Martínez.

Pues si, presumió bien. Aunque su espalda le llevaba al menos una calle de ventaja, ésta vez no lo perdería de vista. Y, aunque así fuera, ella conocía de sobra el sitio al que se dirigía. Al llegar a la glorieta, giró a la izquierda. Bajó por el bulevar en dirección a la calle de Hortaleza.

Aunque el día pintaba un color gris plomizo, no hacia nada de frío ni de melancolía. Madrid lucía muy agradable, asomando su incipiente primavera. La primera terraza con la que tropezó fue la de la Cervecería Santa Bárbara. Sonrió a un par de miradas conocidas y se cercioró de que él no estaba ahí. Siguió su camino.

Dos terrazas más y llegó al lugar de siempre. Bueno, de siempre con él. Era el bar donde se habían visto la primera vez y del que salieron juntos para llegar a viejos. «El lugar del crimen» le llamaba él. No estaba en la terraza, ni tampoco dentro. Supuso que habría ido al baño o a comprar tabaco, algo que solía hacer nada más entrar. Se sentó en la única mesa que quedaba libre: entre la puerta y la tienda de los chinos.

Notó que tiritaba de frío cuando el camarero le acercó la cuenta y, de paso, a darle aviso de que ya iban a cerrar. Tan sólo tenían permiso hasta la una, «ya sabes, los del ayuntamiento y los vecinos…». Sorprendida, miró a su alrededor. En efecto, la noche había entrado muchas horas antes. Las mesas habían desaparecido. Coloridas luces de neón descubrían bocas de lobo ocultas al día. La gente había cambiado los trajes por cazadoras y minifaldas.

Sacó dinero y pagó la cuenta. Guardó el tabaco. El italiano, que recogía su mesa, le sonrió:

― Buonna notte, piccola principessa… ¡Eh, cuídate de los idus de marzo que aún no acaban!…

― ¡Hasta mañana, Nico!―  prometió, mientras se alejaba calle arriba.

Mientras la veía desaparecer, tragada por la boca del metro, el camarero pensó en la absurda naturaleza humana, empeñada en volver, una y otra vez, al lugar de los hechos.

― ¡Y por estas calles, grazie a Dio, anda mucho criminal suelto!, canturreaba, contando el dinero de caja.

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Mensaje para Alfredo Téllez

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Querido Alfredo,

 

No encuentro otra forma de localizarte más que mi blog, al que visitas con cierta frecuencia. No has dejado correo ni mayor dato para poder localizarte.

Esta mañana nos hemos despertado con la terrible noticia del terremoto en Japón. Estoy rogando -no sé bien a qué o a quién- para que te encuentres lo mejor posible y que tu familia, amigos y conocidos no hayan sufrido más que las consecuencias de ser testigos de tan inesperado suceso.

No puedo evitar recordar a nuestro México en 1985. Y el cuerpo ha recordado, también, la angustia de la falta de noticias en la distancia.

En una sucesión de imágenes,  te he visto sentado en aquella inmensa mesa de Tamiahua, presidida por el Tobi.

Espero que puedas leer estas líneas y que nos hagas saber que todo va bien.

Nuestro abrazo solidario (hablo en nombre de l@s Díaz-Ortiz), y no dudes en pedir cualquier cosa que haga falta.

 

Alejandra.

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