Las cartas de Federico

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¿Se imaginan que un día, haciendo limpieza en el trastero, descubren un puñado de cartas del mismísimo García Lorca?… Pues sucedió. Y no es ficción, ni un cuento chino.

En la Revista Texturasnúmero 27, la historia de un tesoro: Un original y tres copias… 

Mi particular homenaje al poeta…

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Original y tres copias (Alejandra Díaz-Ortiz)

Árbol Genia/lógico

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Siendo como es hoy,  22 de febrero,

Declaro que: yo tengo madre y hoy cumple años.

A su vez, mi madre tiene madre, aunque ella cumple en otro mes.

También tengo hermanas, que son dignas hijas de su madre.

Entre todas, compartimos abuela y madre. Unas más que otras.

No es por falta de cariño, si no por exceso de distancia.

Nuestros hijos también tienen madres. Y  abuela y bisabuela.

Y hermanos. Y hermanas. Y primos. Y tíos. Y tías. Y perros. Y gatos.

Así pues, siendo como es hoy, cumpleaños de mi madre -que también es hija y abuela-

Me sumo a todas, y cada una de sus ramas, para acariciar su corazón.

Te quiero, madre. Gracias.

.cumplemama

 

(Hoy también sería tu cumpleaños. Te imagino celebrando en la nube de los versos…)

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Lágrimas negras

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Si de llorar se trata, lo mejor es picar una cebolla mediana muy finita.

Luego, tres jitomates bien coloraditos que se deben mezclar con un manojito pequeño de cilantro.

Para terminar, tres aguacates maduros bien bañaditos de limón verde, a fin de que no se pongan negros. Como las lágrimas.

Se agrega un buen chorro de aceite y sal al gusto.

Con el mismo gusto que hay que maldecir a quien se fue.

Una vez bien llorada la pena, el guacamole se sirve con totopos o chicharrones crujientes, pero sin rencores. Dice mi abuela que el aguacate y la muina no se llevan bien.

Les recomiendo acompañarlo con buen tequila blanco o reposado, sin olvidar a José Alfredo cantando «Ando volando bajo»…

¡Ay, dolor, ya me volviste a dar!

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Play Gastro, Cadena SER, “Poesía y lágrimas de cebolla”

(A partir del minuto 10, 34 podrán escuchar una poética forma de hacer el guacamole…

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Pizca de sal (Trama editorial), el sábado 8 de junio a partir de las 12,00 hrs. en la Feria del Libro de Madrid.

Buen tiempo, mal tiempo*

 

Me alegra que se vaya
el invierno con sus nieblas, temporales y frío.
La primavera entra en mí, ¡oh! alegría verdadera.
La risa es como un rayo de sol, todo de oro puro,
no hay otro jardín como el del amor,
el calor de la canción derrite todas las nieves.
Qué agradable cuando la primavera
siembra de flores las verdes campiñas.
Pero si tienes el corazón herido es como si llegara el invierno.
La tristeza puede empañar el más brillante de los soles;
si estás apenado, Mayo parecerá Diciembre,
porque las lágrimas son tan frías como la nieve.

*Buen tiempo, mal tiempo (C.P. Cavafis)

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Tema: You can never hold back the spring

Interpreta: Tom Waits

Tema: Primavera

Interpreta: Carlos Santana

Tema: Canción de otoño en primavera

Interpreta: Paco Ibañez

22 de febrero

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Hoy tengo tres cosas que recordar.

La primera, siguiendo la propuesta de Alberto Granados, es sobre D. Antonio Machado. Setenta y cuatro años ya desde que marchó.

En segundo lugar, y desde las entrañas, es recordarte a ti,  Carlos. Cariño, hoy tendríamos que estar aquí, juntos, celebrando tus sesenta años. No se me ocurre mejor regalo que éstos versos de D. Antonio.

La tercera, extraña coincidencia, es que hoy, también, es el cumpleaños de mi madre, gran admiradora de Machado y de Carlos.

Para ella, para la hermosa Margarita, que sigue aquí, tan viva y tan cercana. Siempre abrazando mis   malos momentos…

Los ojos

I

Cuando murió su amada

pensó en hacerse viejo

en la mansión cerrada,

solo, con su memoria y el espejo

donde ella se miraba un claro día.

Como el oro en el arca del avaro,

pensó que guardaría

todo un ayer en el espejo claro.

Ya el tiempo para él no correría.

II

Más pasado el primer aniversario,

¿Cómo eran – preguntó -, pardos o negros,

sus ojos? ¿glaucos?…¿grises?

¿Cómo eran ¡Santo Dios! que no recuerdo?

III

Salió a la calle un día

de primavera, y paseó en silencio

su doble luto, el corazón cerrado…

De una ventana en el sombrío hueco

vio unos ojos brillar. Bajó los suyos,

y siguió su camino…¡Cómo esos!

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mamá...

Mi hermosa madre…

Carlos...

Carlos, mi compañero de batallas…

Luna

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.

 (Jaime Sabines)

 

 

Tema: Durmiendo con la luna

Interpreta: Elefante

 

Tema: The man on the moon

Interpreta: REM y Bruce Springsteen

 

Tema: Luna Misteriosa

Interpreta:  Paco Barrios, Botellita de Jerez

 

Tema: Moonlight drive

Interpreta: The Doors

 

Tema: Claro de Luna (Ludwig Van Beethoven)

Interpreta: Daniel Baremboin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Música y poesía

Si el viento fuera aire,
Miles Davis volvería a estar con nosotros.
(Carlos Álvare-Ude)

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Hace algunos años, Carlos planeaba hacer un monográfico sobre Poesía y Música en la revista Ínsula, de la cual fue  editor buena parte de su vida. Recuerdo que hablamos del asunto en un pequeño bar del Espinar. Me pidió que le hiciera una cita con el buen amigo Aute, con la intención de buscar su complicidad para coordinar el número. El encuentro tuvo lugar en el estudio de él. Según me contó después, abordaron el asunto bajo dos premisas:

¿En qué momento la poesía se vuelve canción? O, mejor aún: ¿Cuándo se convierte una canción en poesía?

El tema para este mes del Club de las Canciones, propuesto por Ana María, «Poemas hechos canción», me ha traído al recuerdo aquel asunto que, por cosas de la vida, no llegó a concretarse. Pero, sigo dándole vueltas a las respuestas.

Considerando la musicalidad de la poesía, responder a la primera pregunta es fácil: Miguel Hernández, Antonio Machado y Serrat, caben en el mismo ejemplo. O, Goytisolo y Paco Ibañez. Incluso, el propio Aute y Gil de Biedma.  Podría citar numerosos ejemplos, en los que la poesía aguanta hasta un sol menor.

Pero, la segunda pregunta: ¿Hay canciones que se convierten en poesía a pesar de ellas mismas? No sé, se me viene a la cabeza Leonard Cohen, por ejemplo…

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Canción: A trabajos forzados

Canta: Antonio Vega

Versos: Antonio Gala

 

 

Canción:  Me va la vida en ello

Canta: Luis Eduardo Aute

Letra: L.A.  Aute, inspirado en “No volveré a ser joven” del poeta Jaime Gil de Biedma

 

 

Canción: La décadense

Autor: Serge Gainsbourg

 

La primavera es pelirroja

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a Ruth Toledano, porque la quiero.

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El día de hoy entra oficialmente la primavera. Y llega como debe ser: una mañana soleada, alborotada por el ir y venir de los pajarillos que apuran sus nidos y sus mejores trinos de amor.

También hoy se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, un tema del que aún queda mucho recorrido por hacer.

En todo el mundo, los poetas celebran el Día de la Poesía, lo que me recuerda lo mal que he quedado con Norberto García Herranz, entusiasta y comprometido poeta y organizador del Día de la Poesía en Segovia. Este año me acercaré al teatro Juan Bravo y veré si puedo volver con el ejemplar del libro editado el año pasado y en el que se incluyen algunos versos de Carlos.

Curiosamente, hace ocho años, nos manifestábamos en la Puerta del Sol al grito de: NO A LA GUERRA. Hoy estamos siendo testigos, impasibles, del comienzo de una nueva intervención militar. Nos dicen que ésta tiene carácter humanitario. ¿Acaso no fue el mismo argumento utilizado en la guerra de Irak?  Las razones no han cambiado: el petróleo y los oscuramente claros intereses económicos, valga el oxímoron.

Pero, también hay un buen recuerdo. El 21 de marzo de 2003 tuve el privilegio de conocer a una mujer pelirroja natural en Madrid, lo que ya la hacia única en ese momento.

El encuentro fue en el salón de su casa en Chueca, ahumado, en ese momento, por muchos de sus amigos que también lo eran de Carlos, quien le había pedido prestado el «nido» a su mejor amiga. Cuál sería mi sorpresa al llegar ahí, yo con toda la vergüenza de quien se siente culpable por andar cometiendo pecado, y ver aquella fiesta tan divertida. Pensé «nuestro gozo en un pozo».

Más la sorpresa fue mayor cuando, a los diez minutos de nuestra llegada, aquella curiosa pelirroja llamó al orden y se llevó a todos sus invitados a otro sitio. Creo recordar que dijo algo así como: ¡Vamos, que estos chicos tienen que quedarse solos! Yo no entendía nada. «Esto en México no pasa», me dije. ¡Una cita de amor clandestino, de pronto, se había convertido en todo un suceso público!

Antes de cerrar la puerta de su casa, la hermosa pelirroja, que luego se convertiría en mi comadre (a la mexicana) en mitad de nuestra accidentada boda y, que a la fecha, considero cuasi una hermana, aunque nuestra historia es tan atípica como nosotras mismas, me plantó dos besos y me dijo: Te dejo el corazón rojo encendido…

Esa noche, a la luz del corazón rojo, Carlos escribió estos versos a modo de ofrenda. Hoy, 21 de marzo, ocho años después, los encuentro por demás significativos: la primavera, la guerra, la civilización, el amor, la ausencia…

La ausencia

Ahora mismo te estoy viendo

con esa expresión tan tuya:

un rictus en la boca

que significa.

Los ojos entornados,

mirándote el corazón,

pensando -poco- el sentimiento.

Y, de repente, la luz

que, aunque en el cielo poco le queda,

tú la pones, farola de la vida,

de toda nuestra vida.

Esos ojos rasgados

que miran del todo

y, aun pareciendo ausentes,

delatan ternura, pasión

que tú mereces.

Llegó la primavera

y nos sorprendió reunidos.

Sí, re-unidos, pues -estoy seguro-,

nos vimos en otra parte,

y el imán nos fue acercando

hasta el encuentro.

Dos mundos,

varias civilizaciones,

hicieron explosión.

No para la guerra,

sino para la ternura,

para escucharnos,

para acariciarnos despacio

y poder decir

que aún existe el respeto,

y, más que nada,

esa manera de estar completa

que significa amar,

amor.

No tengo palabras para despedirme. Sólo te guiño un ojo y, más tarde, te haré una caricia y te daré dos besos, que no son blasfemia ni derrotas, sino regreso a la inocencia perdida.

Bexos,

Carlex

(N.- Lo transcribo tal cual lo recibí)

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Un minuto para Claudio

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Efraín Huerta nos juntó por primera vez (¡Ay, la poesía, siempre la poesía!). Claudio Obregón presentaba el libro del poeta mexicano,  Amor patria mía (Efraín Huerta, ECP, 1980) que publicó Ediciones de Cultura Popular, la editorial del desaparecido Partido Comunista Mexicano. En ese entonces, yo recién estrenaba mi primer trabajo en las oficinas de la editorial, en la calle de Balderas, en el flamante puesto de «coordinadora de ventas» que no era otra cosa más que, chica para todo (incluido el café). Raúl Macín era el director en aquella época y fue quien me mandó coordinar el acto.

Sí algo hubo en Claudio que llamó mi atención, fue su voz. Él, que entonces ya era considerado un actor de primer orden, no sólo por las películas y obras de teatro en las que tenía por demás demostrada su valía, sino también por su constante quehacer cultural, a mi me resultaba un tanto lejano.

Sabía que mis padres le admiraban por su papel en la película Reed, México Insurgente (Paul Leduc, 1973)  o en Actas de Marusia (Miguel Litin, 1975), entre otras.  Yo, que apenas rondaba los veinte años, le ubicaba, más bien, como un activo militante de izquierdas. Y como un hombre mayor.

Pero, terminamos comiendo un solomillo al cognac, que él preparó con soltura, en su casa de los edificios Condesa. Así comenzó una relación que pocos conocieron: la también desaparecida actriz, Beatriz Sheridan, su íntima amiga; el propio Macín; mi amiga Sonia y Jorge L. y pocos más. No obstante, para mí fue, y sigue siendo, una historia básica en mi vida y que marcaría mi manera de entender a la pareja en el futuro.

A pesar de la considerable diferencia de edad; de que más de una vez sufrimos el típico tópico de «Y su hija ¿qué va a comer?», los cinco o seis meses que estuvimos juntos estuvieron llenos de mucho amor.

Aún me veo sentada en un rinconcito de la habitación que Claudio solía utilizar para ensayar (en aquel momento, creo recordar, que era un monólogo que estrenó en una pequeña sala de la Colonia Roma). Él repasaba toda la obra mientras yo, su público, le observaba llena de admiración. Luego, me pedía mi opinión… Así aprendí que, sí quieres ser feliz con un actor, te debes convertir en un hermoso espejo.

La ruptura fue triste para ambos. Yo tardé mucho tiempo en comprender porqué lo hizo: me quería, simplemente y, dejarme, fue su mejor acto de amor. A modo de despedida, me regaló una pequeña flecha de oro colgada de una cadenita y que un mal día perdí. A veces,  he buscado reemplazarla con otra cuando me da por ver la sección de joyería. Pero no he encontrado una igual.

Durante un par de años, seguimos en contacto. Poco a poco, nos fuimos perdiendo la pista. Yo, de vez en cuando, le veía en la tele o en algún periódico, pues su carrera nunca se detuvo. El año pasado leí que le habían homenajeado por sus cincuenta años de trayectoria artística. Me alegré.

Esta mañana, apenas con la resaca del mal sabor que dejó la noticia de la despedida de José Luis Berlanga, me encuentro con la partida de Claudio. Lo primero que me vino a la cabeza fue que este año, 2010, lo recordaré por los demasiados adioses tristes en su haber.

Luego, me vino el recuerdo de la última vez que nos vimos. Fue en el jardín del Centro Cultural Helénico.

Estábamos sentados en una banca Jaime López y yo, durante un descanso del ensayo de su Lírica, que íbamos a estrenar en el foro cultural la Gruta. Claudio, por su parte, ensayaba en el Teatro Helénico, me parece recordar que la adaptación de Art.

Fue un encuentro bonito, mientras se consumían un par de cigarrillos. Nos despedimos con un par de besos y prometimos llamarnos para vernos pronto… Lo lamento, Claudio, el pronto se prolongó demasiado…

Va por ti, y para ti, mi mejor recuerdo… Descansa en paz…

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