Temporada de setas

A San Alejo de los Palotes

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Por un instante deseó ser pimiento rojo y pimiento verde.
Ser cebolla y sofrito. Ser patata bien cortada.
Sentir la levedad de un suspiro de pimentón. Romper las nubes hasta convertirlas en delicada lluvia de vino blanco que arrastrase hojas de laurel.
Ser sal y ser pimienta. Ser cayena que animase al paladar.
Quiso poseer la firmeza de aquellos níscalos, frescos y recién cortados.
Y dejarse fundir en el placer cocinado a fuego lento. Bullir a borbotones.
Quiso ser cuchara y entregarse plena al regusto de su boca.
Ser, en ese preciso instante, aquel humeante plato que él admiraba con tan hambriento deseo.
El mismo deseo que en ella estaba a punto de estallar.

Tuvo paciencia. Esperó al postre…

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Temporada de Setas
Temporada de Setas

La partida

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a Mr. Dick…

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Aquella noche celebraban una década de reunirse todos los jueves.

Siempre lo hacían en casa de Lola, la única soltera del grupo. Eran cinco amigas. Tres de ellas: Merce, Silvia y Rosa, llevaban tanto tiempo casadas que ya se habían olvidado de contar los años. En el caso de Ana, ésta sumaba tres matrimonios y no tenía muy claro que el último fuera el definitivo.

Hicieron juntas la universidad, así que continuaron viéndose, ya no para salir de juerga, sino para jugar a las cartas o ver películas. Casi siempre, para evocar tiempos mejores. En todo caso, se reunían para librarse durante algunas horas de sus respectivas rutinas.

Tras un par de copas de vino, se iban relajando mientras la anfitriona las ponía al día de sus aventuras nocturnas. Incluso, alguna vez, Merce, una de las casadas, les confesó un desliz. «Nada de importancia», concluyó.  Por otro lado, Ana,  la más canalla de todas, intervenía describiendo al detalle las «habilidades» de sus compañeros de trabajo. Tenía tres, en total.

Fue durante el último año cuando Lola introdujo un nuevo entretenimiento al grupo. Todas lo aceptaron sin titubear pues encontraron el juego de lo más divertido. Tan solo había que cumplir dos reglas básicas: nunca se podría convertir en realidad ni jamás se podría revelar la identidad de las participantes. La segunda regla se estableció por precaución. Por lo demás, todo les estaba permitido con tal de ganar la partida semanal.

Se trataba de lo siguiente. Primero tendrían que apuntarse a una web de contactos. En concreto, la de aventurillas.com. El siguiente paso sería ligar con aquellos que se confesaran bien casados pero aburridos. En general, era el tipo de hombre más dispuesto a participar. El juego consistía en seducirlos a través de las palabras, hasta que, una vez entregados por completo a su amante virtual, no tuvieran ningún reparo en prodigarse enviando imágenes de sí mismos al objeto de su deseo electrónico.

Valían todo tipo de propuestas. Vestidos o desnudos. Eróticos o pornográficos; en su casa, en su cama, en la calle o en la oficina. En las más variadas e imposibles posturas que fueran capaces de imaginar. «Tampoco es que imaginen mucho», apuntó Ana.

Pero ahí estaban ellos, mostrando con orgullo la firmeza de sus atributos. Enseñando pecho, lengua  y trasero.  En calzoncillos o a medio vestir. En el baño de un bar o en el asiento de su propio coche. Descartaban de inmediato a los que, henchidos de emoción, mostraban la cara. «¡Juego peligroso!», cantaba Silvia. En cambio, se apreciaba en particular a los que enviaban vídeos como constancia de sus homenajes a Onán y a su amante imaginaria.

Con el fin de motivar a sus contactos, ellas también podían enviar sus propias imágenes , las que causaban momentos de bastante hilaridad entre ellas por aquello de la celulitis, la cintura perdida, la lencería, las arrugas o las posturitas. Así, muertas de risa,  conseguían relajar un ambiente muy cargado de tensión, lógico en cualquier tipo de competición.

Una vez revisados en detalle los resultados semanales, ganaba la que conseguía el mensaje más escabroso. Antes de volver a sus casas, borraban cualquier vestigio de sus archivos. Luego, se abrazaban y besaban a modo de despedida, con el siguiente reto en mente.

Las cinco amigas esperaban con impaciencia el siguiente reencuentro. Cada una iba llegando con el móvil en la mano, bien cargado de batería, y de las irrefutables pruebas conseguidas a lo largo de la semana.

Hasta aquella fatídica noche, la última, en la que una de ellas señaló una peculiar marca sobre la cadera de un cuerpo desnudo que mostraba, directamente a cámara y sin el menor pudor, un hermoso pene erecto del que colgaba un mensaje: «Mis dos cabezas solo piensan en ti. Hoy se han despertado haciéndote el amor.». Lo firmaba «Oz», la última conquista de Ana.

Rosa no tuvo ni un ápice de duda. Se trataba del mismo lunar que había besado y relamido por la mañana de ese mismo jueves.

Fue durante el jugueteo previo hasta terminar montada sobre aquel erguido, y descarado, pene. El de su marido…

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wasa

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Conversaciones en cualquier terraza de verano (II)

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(Mesa a la espalda)

 
Él, el amigo desconsolado:      De verdad, tía, no sé que ha pasado. Todo iba tan bien y de pronto… ¡Nada!

Ella, la amiga que anima:          ¡Ay, amigo! A ver cuando terminas de entender que hay amores que matan y otros que ni salpican…

(Me habría gustado intervenir para pedirle que no olvidara a los que tan solo escupen…)

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(Mesa de enfrente)

 
Él:                  Disculpe, pero ésto no hay quién se lo coma. Está muy picante. ¡Es excesivo!

Camarera: ¿Sí? No se preocupe, ahorita mismo lo regreso a la cocina para que se lo regulen…

(Mientras la camarera se aleja con el plato, él y ella –y yo, desde mi mesa− cruzamos el pasmo de nuestras miradas, tratando de dilucidar bajo qué parámetros regularán el picante. ¿Servirán también para la pasión?)

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Lisboa
Lisboa, Nicolás Pasciecznik.

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N.de A.-  Así fueron, tal cual. MO, un testigo de excepción…

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Cinco sentidos

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¿Qué fuimos antes de amarnos?
¿Quién eras tú?
¿Y yo quien era?
(Lina Zerón, poeta)

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Terminamos los cafés y seguimos con las copas. La sobremesa se iba prolongando, tal y como era de esperarse. Como una versión humana del cortejo animal. Las sillas y los gestos se iban acercando. Una mano rozó a otra, instante que aprovechó para abrir la boca.

−¿A qué huele un cuerpo enamorado?, preguntó.

¡Joder! ¿A qué viene eso?, pensé. ¿A qué huele un cuerpo enamorado? ¿Y me lo pregunta a mí, precisamente a mí, ahora y aquí?… Ante mi silencio, su boca insistió en seguir abriéndose.

−¿Amor, pasión, ternura, futuro, pieles que se funden, perfume, magia, a ti, a mí…?, enlistaba mientras me miraba a los ojos.

Conteniendo mis ganas de salir corriendo, retiré su mano de la mía. Respiré dos veces. Me acerqué a su oído.

− Un cuerpo enamorado no tiene olor, porque quien ha estado enamorado bien sabe que en ese acto se pierden todos los sentidos. La zozobra del enamorado le impide ver, oír, saborear, oler o tocar nada más allá que su propia angustia. La de aquel que se sabe muerto en amor… En todo caso, a eso huele un cuerpo enamorado: a muerte. A esa dulce e in-voluntaria muerte que se va apoderando del inerme corazón de los amantes, esclavos de la incertidumbre que provoca un amor recién nacido. Corazones acechados por perennes y pestilentes dudas que, en consecuencia, terminan impregnando de olor a muerte a los cuerpos enamorados…

Estiré mi brazo y lo deslicé suavemente debajo de su nariz.

−¿Lo hueles?… Hace mucho tiempo que morí.

Aproveché el silencio, y su desconcierto, para desaparecer.

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De aquellos polvos estos lodos…

 

Instrucciones para recibir a la Primavera

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1.-       Despertar en otros ojos.

2.-       Abrir puertas y ventanas.

3.-       Orear el campo de batalla.

4.-       Reponer los sueños usados. (De ser posible, comprar un nuevo rollo.)

5.-       Sacudir enérgicamente las piedrecillas de aquellos lodos.

6.-       Conservar en un jarrón las emociones con almizcle de quimeras frescas.

Su aroma es infalible.  Renueva cualquier pasión. Incluso, las exánimes.

Eso sí, deben estar a punto de flor. Los capullos no valen.

¡Venga, vamos!… ¡Ya está aquí!…

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