La princesa y el ministro

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– Desde que sales con ministros…

– ¿Yo? ¡Anda, déjate de bobadas!

– Pues entonces es que ya no te gusto, que ya no me quieres ver. Será que soy músico…

– A ver, a ver… ¿Con quién se fue la princesa después del concierto?

– Conmigo

– ¿En que cama ha despertado la princesa esta mañana?

– En la mía

– ¿Y con quién está hablando la princesa en este momento?

– ¡Joder,  pues estás hablando conmigo!

– Entonces, ¿quién ha ganado en esta historia? ¿El ministro o tú?

– ¡Por supuesto que yo!… ¿Es que acaso lo dudabas?

– ¿Yo? ¡Pero qué cosas dices!…

En realidad el que ganó fue el ministro que, una vez conseguido el más primitivo de los objetivos, utilizó su astucia para librarse de un futuro miserable al lado de la puñetera princesa…

Moraleja

Ten cuidado con lo que deseas…

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Woman with Guitar 1988, Fernando Botero

Woman with Guitar 1988, Fernando Botero.

 

Misantropía 4.0

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Te subes al vagón. Compartes trayecto con veinte, treinta extraños, atrapados en la red.

Pasas por el bar a tomar café. Miras a un lado y a otro: seis personas abducidas por el móvil, incluído el camarero.

En la sala de espera están ocupados todos los asientos. Desde un rincón, cuentas veinte pacientes abstraídos en su íntimo mundo virtual. Sus  apellidos, uno a uno, son reclamados por una pantalla. No los conoces ni los vas a conocer. En todo caso, tu única certeza es que les duele algo. Igual que a ti.

De regreso, te paras a hacer la compra. Vas esquivando a un montón de semejantes ajenos a ti. En la caja, una mujer te da unas desgastadas buenas tardes. Parece tener un nombre propio: lo lleva impreso en una chapa sujeta al pecho. Agradeces ese sútil toque de humanidad. Le devuelves el saludo.

Vuelves a casa. En tu edificio hay veinticuatro puertas que resguardan historias que no te afectan. Solo conoces al portero. En realidad, solo sabes que dice llamarse Ángel porque un día te envió un mensaje para avisarte de la llegada de un paquete. De su vida, ni remota idea.

Colocas las viandas. Cuando llevas el jabón al baño, te chocas en el espejo con una mirada baldía que te observa inquieta.

Se te ocurre que sería una buena idea colgarte una chapa como la de la cajera…

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chapa-ovejas

M30

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La puerta mejor cerrada es la que puede dejarse abierta.
(Proverbio chino)

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A ver, señorita, se lo vuelvo a repetir…

No soy señorita, soy la Doctora Lozano… Y no, no me lo vuelva a repetir.

¡Qué no estoy loco, joder!… Lo del accidente en el túnel es verdad, créame…

¿Sí? Entonces, según usted, ¿desde el mismo infierno llegó directamente aquí?

Que sí, joder, que sí… Corrí a través de un pasillo muy largo y oscuro que terminaba en unas escaleras. Las subí… y he aparecido justo por esa puerta…

Ya… ¿Cómo por arte de magia?…

¡Menos burlas, doctorcita, menos burlas!

Bueno, vamos a ver. Lo primero es que se relaje, está usted muy excitado… Suponiendo que lo que dice es verdad, ¿no le parece lo más absurdo que haya contado nunca?

Pues… pues sí, es absurdo, pero es verdad…

Mmm… Y los otros, los que salieron corriendo igual que usted, ¿dónde están?.. (seguir leyendo…)

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40°15’8″N 58°26’22″E

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Distinguir al nieto de Batman entre la muchedumbre resultaba harto complicado.

Abrirse paso entre aquel hatajo de humanos, móvil en mano, siguiendo las coordenadas designadas por una mente aún más perversa que la del célebre Pingüino, era misión más que imposible.

¡Ay, si su abuelo lo viera! Ahí lo tienen, entregado a la caza de quimeras binarias. Directo al matadero, capturando pokemones…
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Pozo del Infierno (Darvaza)

Pozo del Infierno,  Darvaza (Turkmenistán)  40°15’8″N 58°26’22″E

Douro

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«Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.»
(Fernando Pessoa)
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Porto
Mesa para sozinhos
Lagosta
Maionese
Vinho Verde
Pessoas ao Redor
Você Não esta…

.lagostayvinhoverde

Oporto
Mesa para solos
Langosta
Mahonesa
Vino verde
Personas alrededor
Tú no estás..

 

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El Campo de las Cruces

 

¡Anda, Paco, ¿tú por aquí?!… ¿Qué tal estás?

– ¡Miguelón, qué alegría verte!… ¡Tanto tiempo!… ¿Sigues en el barrio?

– ¡Qué va! Ahora vivo en Lomas del Colesterol. Bueno, vivía. Los hijos se casaron y la casa de Villasana se nos quedó grande.  Y tú, qué tal, ¿cómo te va la vida?

– ¡Bah! ¡Un desastre! Bueno, al principio todo bien. Después de la mili, me casé y nos fuimos a vivir al barrio de la Glucosa, al piso de mis padres. Entré a currar en la fábrica de coches; mi mujer siguió llevando la tienda y los hijos en el colegio. Pero el chaval se nos torció. Comenzó a juntarse con los Triglicéridos y ahora está de ocupa en Peñacirrosis. Por su parte, la chavala se fue a vivir con el hijo de Pólipo,  ¿te acuerdas de él?

– Sí, hombre, aquél que tenía cara de estreñido, ¿no? Qué mala suerte, chico… Pues yo me divorcié y me eché una nueva novia…

-¡No has cambiado nada! Ninguna se te iba viva…  ¿Es guapa?

– Si la conociste en el barrio. Es la Próstata, con la misma mala leche de siempre…

– ¡Ah, sí, claro!… Bueno, guapa guapa no era… ¿Y cómo está?

– Pues más vieja y más maniática, si se puede ser… Pero ya me acostumbré a sus rarezas. Eso de ir tres, cuatro veces al baño cada noche, ¡mira qué me jode, pero no hay manera! … Y tú, ¿qué? ¿Qué fue de tu mujer? Tú sí que te llevaste a la más guapa, gandul…

– ¡Una santa, la pobre! Pese a la vida que le dimos los hijos y yo, ella nunca se quejó. Allá que iba al Parque de las Reumas para pasear a los nietos. Allá que volvía de Fuentepiojos,  para llevarle comida al colgado de su hijo. Y allí que estaba ella, para soportarme a mí. Hasta que un mal día, desapareció. Yo sospecho que se fue con la tal Fátiga Crónica, pues eran muy amigas, pero nadie me ha sabido dar razón. Desde entonces, yo estoy sufriendo mucho. Es como si me hubiesen arrancado el corazón. Hago cosas sin sentido, como la de esta madrugada que, lleno de desesperación, eché a andar hasta llegar aquí. Solo espero encontrarla pronto para quedarme en paz.

– Cuanto lo siento, amigo. Ojalá no tarde en aparecer.

– Muchas gracias, compañero… Y tú, ¿qué narices estás buscando por estos lares?

– Pues buscar, buscar, nada. Más bien, me encontraron. Es que hoy, poco después de comer, se me subió la sangre a la cabeza y todo me estalló. Y aquí que me han mandado, al Campo de las Cruces. Los muy doctos certificaron que, conmigo, ya no había remedio posible…

Y visto lo visto, mucho me temo que contigo tampoco lo hay. ¡Tamaño agujero te has abierto en el pecho, colega!

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